jueves, 30 de diciembre de 2010


Luna de mazapán :::Relato de Ángel Utrillas Novella
··········







Principio del capítulo séptimo…




“Plenilunio, de nuevo el astro, o mejor dicho, satélite, reina de la noche y reina en la noche mostrando todo su esplendor.

Novilunio y de nuevo un cuerpo de mujer aparece torturado y sin vida en un oscuro callejón con la demencia y la violencia de telón de fondo y la luna de espectador privilegiado de la macabra escena por séptima vez repetida”.




Mientras lo escribo no puedo dejar de pensar y de reírme. La policía piensa que mi modo de operar tiene algo que ver con la luna, con sus fases, con los eclipses, con sus mares, con su lado oculto o con sus rituales mágicos inherentes, están convencidos de que fui un niño maltratado y de infancia difícil, un reprimido sexual que ahora muestra su sempiterno odio por todas las mujeres cometiendo pérfidos crímenes en sus prodigiosos cuerpos.

¡Qué lejos están de la verdad! Podía incluso afirmarse, a pesar de caer en la mediocridad del tópico, que están en la luna.

En caso de que mis actos tuvieran relación con la luna, mataría en cuarto menguante, asesinaría escritores en cuarto menguante para que menguara el alarmante número de esta especie que tanto prolifera en las últimas décadas.

“Yo nací en mala luna”, escribía mi adorado Miguel Hernández, “Yo morí en buena luna” se titula la novela en la cual trabajo, la primera y la última, la única que publicaré y que verá la luz cuando yo ya haya perecido. Cada uno de los crímenes perpetrados, cada uno de mis asesinatos, es un capítulo de mi libro y solamente de la rapidez de la policía en descubrirme dependerá la extensión de la obra. Por lo desencaminados que van en sus investigaciones tengo tiempo de sobra para preparar mi final. El apoteósico final, que tengo pensado, debería ser en luna azul, o en luna traidora como a mí me gusta denominarla aprovechando que la palabra inglesa de la cual deriva, “blue”, en la antigüedad tanto podía significar “azul” como “traidor”.

En todo caso, la ocasión más cercana en que habrá dos lunas llenas dentro del mismo mes será en agosto del año 2012; el escenario también lo tengo elegido, el castillo templario de Obano en la Villa de Luna, hasta la última víctima de mi obra la he seleccionado ya, un escritor pedante y engreído, valga la redundancia, que conocí en la entrega de premios de un certamen poético y desde entonces no me deja en paz, quiere a toda costa ligar conmigo. Otro que está en la luna, en luna roja de peligro y misteriosa Derya, pretende intimar y todas mis insinuaciones lo aproximan a una muerte inexorable.

Qué cara se le quedará al policía de turno cuando aparezca la guinda del pastel, un cadáver de un hombre y descubran, por añadidura y pura casualidad, que su asesino en serie es una mujer.

Y qué agradecimiento me deberán los habitantes de Luna, municipio de la comarca de las Cinco Villas, por haber elegido uno de sus tres castillos como escenario del final de mi novela y de mi vida, tal vez incluso me nombren “Dama de Luna”… sin embargo prefiero no adelantar acontecimientos, ya casi está amaneciendo y sigo fuera de la muralla, “estoy a la luna de Valencia”, voy a concentrarme y terminar de escribir el capítulo del crimen cometido anoche y me iré a descansar, matar escritores bajo el argénteo reflejo de una luna de porcelana es verdaderamente agotador.

Final del capítulo séptimo…




“Y no era mala mujer esa buena escritora, ni era mala escritora esa buena mujer, en realidad hasta me parecía simpática y me identificaba con sus textos, me molestó, eso sí, que me superara en aquél concurso, me alteró sobre todo el título de su relato ganador, “Luna de abril” ¿a quién se le ocurre escribir una luna de abril ahora que Marte transita por Capricornio? No hay escritor más odioso que aquél que no se sabe documentar, ni más repulsivo que aquél que no deja de sangrar”.




Serás famosa a título póstumo querida, me he tomado la licencia de cambiar el título de tu obra dándole un toque de buen gusto navideño, un soplo de diciembre con solsticio de invierno, una luz creciente con sabor a capricornio; no vayas a creer que no lo he trabajado, incluso he tenido serias dudas al respecto, en principio pensé titularlo luna de miel, pero no, era dulce y sin embargo implicaba enlace con aspiraciones de eternidad y podía inducir a error, así que lo dejé en “Luna de mazapán”, sabroso y no obstante etéreo, tus lectores se chuparán los dedos, les va a encantar.





Este relato se ha publicado en el colectivo Toc Arte y forma parte de los trabajos que en dicho colectivo se están publicando bajo el lema: Luna.
Espero que sea de vuestro agrado.

Entrevista Rincón Literario





Jóse Manuel Contreas con "Silbando en la oscuridad" (tercera edición)y yo con "La profecía del silencio" (primera y espero que no última edición)









Una imagen a lo largo del programa.




Esta mañana he tenido una vez más la suerte de visitar Rincón Literario y conversar con José Manuel Contreras y David Sañudo sobre mi tercera novela "La profecía del silencio" si queréis escuchar el programa podéis hacerlo en la web de Chema.

http://www.josemcontreras.es/

jueves, 23 de diciembre de 2010

"Simple cuestión de tiempo" y "Recuerdo familiar"








Una vez más os pongo dos relatos perdedores.
El primero Recuerdo de familia con un talismán que tiene doble sentido, doble uso y por tanto es juzgado dos veces.
El segundo excede de 100 palabras, envié al concurso una versión más breve, 30 palabras menos, pero aquí en el blog sin límite de espacio prefiero poner la versión original y completa.
Como el asunto va de árboles he puesto una foto de la presentación en Madrid de mi novela "Tiempo de cerezas"
Espero que os guste.


Recuerdo familiar

“Más tarde, con el tiempo, plantaremos un árbol junto al porche que dé frescor a la casa”, anunció mi abuelo un día. Lo hizo, plantó una catalpa. Con los años se convirtió en magnífico ejemplar de excepcional altura y también en recuerdo del antepasado ya finado.
Hoy voy a talarlo, aunque algunos quieren conservar viva la única herencia del abuelo, asumo la responsabilidad de cortarlo, acarrearé con las consecuencias, no puedo soportarlo, veo la inquietante sombra balancearse cerca del tronco.
El talismán familiar fue un arma; inaccesible queda aún un pedazo de cuerda en una rama y en mi retina la terrible escena de encontrar a mi hermano ahorcado.







Simple cuestión de tiempo.

Más tarde, con el tiempo, plantaremos un árbol

Una higuera o tal vez un castaño, uno de hojas frondosas que dé buena sombra en verano. Y nos sentaremos a sus pies al atardecer, apoyadas en su tronco nuestras espaldas, y, nos leeremos poemas de Miguel Hernandez a la tibia luz de nuestros ocasos.
Los fines de semana de otoño invitaremos a hijos y nietos, merendaremos juntos viendo caer, lánguidas, las hojas sobre las viandas, en invierno nos taparemos las piernas con una manta para que no nos llegue la humedad de sus raíces y en primavera..., ¡ay en primavera!…
En primavera haremos el amor bajo sus ramas.

_ ¿Cuanto tarda en crecer y dar sombra un castaño recién plantado?
_ No sé, unos doce, quizá quince años ¿por qué?
_ Porque entonces no nos va a dar tiempo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Campanas de Belen. Y Tapa aderezada con silicona


Como viene siendo habitual no he ganado el concurso correspondiente lo cual me permite poner en el blog los dos relatos presentados. El primero está
hecho con un poco de guasa y aprovechando la Navidad lo he titulado Campanas de Belén, el segundo tergiversando el significado de la palabra tapa y añadiendo un aditivo especialmente adictivo, se titula: Tapa aderezada con silicona. La primera frase, la de la tapa, es obligatoria, no crean que tengo ningún trauma adquirido con dichos artilugios. Espero que gusten.




Campanas de Belén.




_ Recuerda a papá que baje la tapa y cómete el pollo, coño, y dile a tu padre que no arrastre el buen nombre de esta familia por Telecinco.

_ Papá, que…

_ Ya lo he oído, hija. Dile a tu madre que ya se arrastra ella bastante sin ayuda.

_ Mamá, dice papá que…

_ Ya, hija ya, dile que él está acostumbrado a los cuernos y yo, hay festejos que no perdono y que por mi hija “ma-to”.

_ ¿Por qué no te callas?, llevamos días sin hablarnos y me hablas más que nunca me hablaste.

_ ¿Callarme yo? ¡Presiento que ya no me quieres!


El segundo y último.



Título:
Tapa aderezada con silicona




Recuerda a papá que baje la tapa, pídeselo de rodillas si es necesario, suplícale a ver si te hace caso, a mí ya no me escucha. Con su estólida y persistente actitud está arruinando la estabilidad de la familia y yo, ya estoy cansada de luchar contra viento y marea. Si no cambia la situación de forma radical me marcho, se acabó, no pienso seguir haciendo la respiración artificial a un moribundo voluntario ni a un matrimonio que se hunde sin remisión.
No soporto nuestro local desierto y el de enfrente lleno, allí todo es más barato, por no hablar de la camarera rubia aderezada con silicona.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Capítulo XII: El peso del silencio







Con cita de una de las novelas del reciente premio Planeta Eduardo Mendoza, decidí empezar este capítulo. Espero que os guste.







Nota usted una sensación extraña, ¿verdad? Suele suceder: allí donde ha habido una muerte violenta, el ambiente está cargado de electricidad. Dicen que en el momento de cometerse un homicidio, tanto quien muere como quien mata experimentan una tremenda descarga emocional, una emanación de energía, y que esta energía liberada se mantiene en el mismo lugar por largo tiempo, durante años e incluso siglos. Éste sería el origen de las apariciones, la explicación científica de los fantasmas: algunas personas sensibles podrían percibir esta energía en forma de susurros, fosforescencias y otros efectos similares. Vista así, la cosa no parece inverosímil ni contradice el dogma de nuestra religión, ¿no cree?
Eduardo Mendoza. “Una comedia ligera”









CAPÍTULO XII
El peso del silencio
(25- 11- 1999)

El silencio abrumador del vestuario incomodaba a Rafael. Procuraba cambiarse, sustituir su ropa por la del uniforme, haciendo el máximo ruido posible; dejaba caer los zapatos al suelo con violencia zafia, golpeaba con la hebilla de su cinturón las paredes metálicas de la taquilla y finalmente cerró con fuerza la puerta de ésta... con tanta y tan desproporcionada fuerza la cerró que el armario de al lado se abrió, era precisamente el de Carlos, el jefe de equipo.
_ ¡Qué desesperación de hombre!, no sabe ni cerrar correctamente su taquilla-. Dijo Rafa, y se dispuso a encajarla o cuando menos a dejarla como estaba. Fue entonces cuando vio en su interior una de aquellas cajas que el inspector entregó a Fernando algunas noches atrás. La observó unos segundos tratando de decidir cual iba a ser su actuación, aunque para ser sinceros por completo ya lo había decidido y sólo trataba de convencerse a sí mismo de no hacerlo, o quizá reunía el valor necesario para hacerlo. Se dirigió a la puerta del vestuario y echó el cerrojo, luego regresó hasta la taquilla, accidentalmente abierta, cogió la caja misteriosa y miró en su interior. Dentro de la caja había cinco pequeñas bolsitas transparentes cuyo contenido era un polvo fino y blanquecino.
_ A primera vista no me parecen diamantes-. Pensó en voz alta con la certeza de que se trataba de droga. Volvió a poner la caja en su sitio sin demasiado cuidado de ocultar su manipulación, tampoco se tomó la molestia de cerrar la puerta de la taquilla.
_ ¿Por qué voy a cerrar algo que no he abierto? ¡Qué lo cierre su propietario si quiere y sabe hacerlo!
Apagó la luz, liberó el cerrojo de su prisión y comenzó a bajar, si el silencio del vestuario era infernal el de la semi penumbra de la escalera sólo interrumpido por el amenazante crujir de los peldaños de madera antiquísima, era francamente insoportable, por ello comenzó a silbar, silbando en la oscuridad como Álvaro le había enseñado a hacer.
Silbando en la oscuridad intentando romper la profecía del silencio.
El jefe de equipo le aguardaba abajo, junto al vigilante a quien iba a relevar, aquello no era habitual, algo tramaba. Carlos no levantó la vista de los papeles que estaba revisando y por ello no pudo ver la mirada de desprecio que le dirigió Rafael. Su otro compañero le entregó las llaves del edificio, el revolver y la canana con la munición.
_ Sólo hay una novedad, tenemos una autorización para esta noche, es de Eva López, permanecerá en el edificio fuera del horario habitual, por lo demás no hay nada destacable, ¡qué tengas buen servicio compañero!
_ Gracias Fernando, hasta mañana.
El vigilante, fuera ya de servicio, se fue despacio en dirección al vestuario, sus pasos sonaban por la escalera cada vez más lejanos. Aquel instante de soledad fue el elegido por Carlos para empezar a hablar.
_ Escucha una cosa Rafael, hoy es el cumpleaños de Dionisio, vamos a ir a cenar por esta zona y quizá a tomar unas copas, dejaremos los coches en el garaje, vendremos a recogerlos más tarde de las doce.
_ No permitiré la salida de ningún vehículo más allá de las doce sin la pertinente autorización por escrito, ésas son las normas y según vosotros mismos son para todos igual, tanto Dioni como tú las conocéis a la perfección-. Sus palabras eran agrias pero había una sonrisa complacida en su rostro.
_ No seas rencoroso hombre, sólo son dos coches, el del jefe de seguridad y el mío, somos compañeros, no es necesaria ninguna autorización.
_ No estoy de acuerdo, vuestras órdenes fueron claras y concisas, las reglas son de obligado cumplimiento para todo el mundo, además, vosotros con mayor motivo deberíais acatarlas para dar ejemplo a los demás.
Carlos comprendió de inmediato que era inútil discutir más, Rafael no daría su brazo a torcer jamás, por tanto se fue con gesto irascible en dirección al despacho de Dionisio, a los diez minutos regresó con una autorización rubricada por el jefe de seguridad y la entregó a Rafael sin decir ni una sola palabra.
_ Perfecto-. Adujo Rafael con desenfado, ahora todo está en orden, podéis venir a retirar los vehículos a la hora que consideréis conveniente.
El jefe de equipo, cumplida la misión que su superior le había encomendado, ya se retiraba con paso lento y en absoluto silencio hacia el vestuario cuando Rafael tuvo una reacción inesperada. Abrió de par en par la puerta de la garita de seguridad y a grandes voces, para que el poco personal que aún trabajaba en los despachos adyacentes pudiera escucharlos sin problemas dijo:
_ Por cierto Carlos, felicita a Dioni de mi parte por su cumpleaños, dile que agradezco sinceramente y de todo corazón su generosa invitación para cenar, pero lo lamento no puedo ir, ya sabes, debo trabajar. De todos modos le haré llegar mi regalo.
_ Será imbécil-. Susurró Carlos, quien al contrario que su compañero lo hizo con voz muy baja para que absolutamente nadie pudiese oírle. Sólo una persona escuchó sus insultos, Mariano, Mariano Martín.
_ No le ha gustado a tu jefe lo que has dicho, Rafa-. Comentó Mariano al vigilante.
_ No, nunca le gusta percibir mis opiniones ni mis comentarios, pero no te preocupes Mariano, haciendo referencia a tu apellido te recordaré que a cada cerdo le llega su San Martín.
_ Bueno chico, yo ya he terminado mi jornada, me marcho, hasta mañana -. Aquel hombre era uno de los muchos amigos que el vigilante tenía en el edifico, además era uno de los más antiguos en la empresa y también uno de los que no soportaba la presencia de Dionisio y por extensión tampoco la de Carlos.
_ Hasta mañana Mariano.

Candelaria llevaba ya seis largos meses viviendo, o superviviendo en España, veinticinco semanas completas y no había sido capaz de encontrar un trabajo. Había muchas compatriotas suyas en su situación, sin trabajo por ser inmigrante ilegal, sin dinero, pues todos los ahorros de su vida los invirtió en pagar a las mafias que la ayudaron a escapar de la República Dominicana. Después de vagar por varias ciudades y distintos países del mundo, llegó a Madrid, donde poco a poco se desvanecían todas y cada una de sus esperanzas, desaparecían todos y cada uno de sus sueños. No sólo no había sido capaz de conseguir empleo, tampoco había logrado obtener permiso de residencia, aquella era la pescadilla que se mordía la cola, sin permiso de residencia era imposible encontrar trabajo, sin trabajo no era posible conseguir permiso de residencia. En consecuencia, Candelaria, era una persona sin papeles. Durante el tiempo en el cual había residido de forma ilegal en nuestro país había subsistido de milagro, en parte gracias a la mendicidad, en parte gracias a la prostitución; no sabría determinar con exactitud cual de estas dos actividades la había degradado más como ser humano. Mas con un ápice de suerte todo se acabaría por fin, mañana tenía una cita, había concertado una entrevista de trabajo con el propietario de una empresa de servicios. Pretendía obtener un empleo de limpiadora para el interior de inmuebles y oficinas. La entrevista era con un empresario, quien por cierto no siempre consideraba imprescindible la posesión de papeles para proceder a la contratación de trabajadores extranjeros, en especial de inmigrantes del sexo femenino.
Candelaria consiguió acceder a aquella oportunidad por mediación de un cliente habitual, un buen hombre el cual con cierta regularidad requería sus servicios como prostituta; en el edificio donde él trabajaba prestaba servicio esa empresa de limpiezas y conocía al dueño. Y fue aquel buen hombre, Mariano, Mariano Martín, quien se ocupó de todo, de contactar con el empresario, de hablar con él, de pedirle el favor y finalmente de conseguirle la entrevista, de abrirle una puerta a la esperanza. Candelaria le estaba profundamente agradecida, consiguiera o no consiguiera el puesto de trabajo siempre estaría en deuda con él.

Rafael vio como el jefe de seguridad, Dionisio, el jefe de equipo, Carlos, y tres de sus compañeros: Fernando, Gonzalo y también Quiqe, el compañero del garaje, salían por la parte trasera del edificio, aquellos eran los elegidos, los invitados a la cena, una vez en la calle le pareció ver como se les unía Don Javier, el inspector de calidad de la empresa, pero no podía estar completamente seguro, estaban ya a una distancia larga para poderlo precisar con la imagen de las cámaras de seguridad.
_ No estoy seguro, pero es algo que ni me interesa ni me importa -. Dijo hablando solo.
La emisora portátil emitió una llamada, era José Luís, el compañero de servicio en el garaje, el otro paria del equipo de seguridad, éste le comunicaba la necesidad de ir al baño.
_ Cierra el garaje y ve, yo vigilo el acceso con las cámaras -. Autorizó Rafael y añadió -. Antes de incorporarte a tu puesto pasa por mi posición.
En menos de quince minutos José Luís se encontraba ya en el control de accesos, a Rafael le caía bien aquel hombre, era responsable en el trabajo y sobre todo no le hacía la pelota a Dionisio ni a Carlos.
_ ¿Habrás visto a tus compañeros al salir? Los ha invitado a cenar Dioni por su cumpleaños.
_ Sí, los he visto, a ver si con un poco de suerte alguien pide pescado de segundo plato y se ahoga con una espina.
_ ¡Vaya! ¿A ti tampoco te caen bien tus jefes ni quienes hacen la pelota a tus jefes?
_ No, procuro pasar desapercibido y de momento no se meten conmigo, pero me da la sensación de que eso se debe solamente a que están muy ocupados en tratar de hacerte la vida imposible a ti.
_ Bueno vamos a olvidarnos de ellos, yo te llamaba para otro asunto, si no te importa me gustaría que echaras un vistazo discreto por la calle, mira entre los coches estacionados por los alrededores y cercanos al edificio a ver si hay alguno que te resulte raro o sospechoso, pero sobre todo avísame si ves esta matrícula-. Le pasó un papel con una matricula anotada.
_ Madrid treinta cincuenta y uno eme u, de acuerdo, si hay algo extraño te avisaré de inmediato.
_ Gracias José, comunícame también cuando llegues a ocupar tu puesto y el garaje vuelva a estar abierto para cambiar la orientación de las cámaras.
_ Así lo haré, hasta luego.

Candelaria era bella, una perla oscura. Su piel era del color del café con leche, aunque en aquella mezcla perfecta predominaba el café por encima de la leche. Su cabello era negro y rizado y caía en pequeños conjuntos de guedejas hasta la mitad de la espalda, su rostro tenía unos rasgos redondeados y agradables y en él destacaban unos ojos negros que todo lo observaban con cierta dosis de desconfianza, tenía largas piernas y eso le proporcionaba aspecto de mujer alta y delgada, y aunque su cuerpo se había deteriorado en los últimos y difíciles tiempos por causa del hambre, del frío y la mala vida, continuaba teniendo una figura casi perfecta.
Vivía en una vetusta construcción abandonada en el polígono de Villaverde Bajo junto a otros inmigrantes a quienes no importaba la posibilidad de derrumbe del inmueble. Formaban un extraño grupo de una veintena de individuos de distintos sexos y de distintos orígenes. Aquel día la joven Candelaria había estado toda la tarde ejerciendo el oficio más antiguo del mundo por las inseguras calles del centro de Madrid con poca suerte, y aunque sus ingresos no habían sido suficientes decidió no dilatar más la jornada y retirarse temprano, quería descansar lo máximo posible para tener buen aspecto en la cita del día siguiente.
Se hallaba en un rincón de la habitación que compartía con otras cuatro mujeres, estaba preparando su mejor vestido de su escueto vestuario, lo dejó extendido junto a su colchón para que no se manchara ni se arrugara, y se tendió en su humilde yacija con ánimo y necesidad de dormir, lo hizo vestida, según iba, tal y como era su costumbre. Pero dormir no iba a resultar una misión sencilla, en una de las habitaciones cercanas unos polacos bebían y cantaban, Candelaria no sabía el motivo de la celebración pues no comprendía su idioma ni sus costumbres, pero el bullicio creciente era un lenguaje universal y molesto, además, por los gritos cada vez más elevados creía que se les unía más y más gente a la fiesta.

A las once en punto Rafael ordenó a José Luís cerrar el garaje para que ocupara su puesto entre tanto él efectuaba la ronda de cierre del edificio. En teoría dentro de la empresa sólo se encontraban los dos compañeros de seguridad y Eva López. El vigilante, siguiendo una costumbre adquirida muchos años atrás, comenzó su trayecto por la segunda planta de la construcción, vio luz en el despacho de Eva y percibió su presencia pero no quiso molestarla, así pues empezó la ronda por el lado opuesto de la planta. Comprobó las ventanas, cerró las puertas y apagó las luces, únicamente dejó encendidas las necesarias para que Eva alcanzara el ascensor sin problemas a la hora de marcharse. Sólo entonces entró en el despacho de la chica.
_ Buenas noches, ¿te permite tu tarea un momento de asueto?
_ Sí, pasa Rafa, ya casi estoy terminando, he sido más rápida de lo previsto, de todos modos hoy no tengo problemas ¿no? Quiero decir que tengo la autorización necesaria y en regla.
_ Sí, todo correcto, no te preocupes por nada, puedes permanecer en este despacho hasta el amanecer si lo deseas.
_ Bueno es saberlo, aunque espero que no resulte necesario.
_ Por cierto Eva, ¿recuerdas las cajas que el inspector entregó al vigilante la otra noche?
_ Sí claro, las recuerdo muy bien, ¿por qué?
_ Accidentalmente he descubierto una de ellas en el interior de la taquilla del jefe de equipo.
_ Y, no contenía chocolatinas precisamente, ¿verdad?
_ No, ni diamantes tampoco, eran unas bolsitas de plástico transparente conteniendo un polvillo muy fino de color blanco.
_ Es decir cocaína o heroína.
_ No soy un experto en la materia pero yo diría que se trataba de coca.
_ O sea, que el inspector de tu empresa se dedica a vender droga a los vigilantes en sus horas de servicio.
_ No lo sé con seguridad, pero la apariencia eso indica.
_ De lo cual deduzco que entre ronda y ronda algunos de tus compañeros de éste y otros centros de trabajo se meten unas rayitas de coca para animar el cuerpo, y a todo esto no debemos olvidar que dichos individuos llevan un arma en el cinturón.
_ Bueno ya sabes que en este país todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y existen ocasiones en las cuales las apariencias engañan.
_ Sí en eso tienes razón, pero mi abuelo decía siempre: blanco y en botella es leche, y yo añado: polvo blanco en bolsa de plástico es coca; empiezo a temer que uno de tus colegas en una noche que carezca de autorización sufra un delirio y me pegue un tiro.
_ Si descubro alguna irregularidad, o que los vigilantes pueden causar problemas, o poner en peligro a alguien no dudaré en tomar cartas en el asunto y ponerlo en conocimiento de mis superiores o de quien sea necesario, pero para ello necesitaré pruebas fehacientes, no sólo indicios.
_ No quiero causarte más preocupaciones Rafa, bastantes tienes ya sin mi histérica colaboración.
_ Los problemas se irán resolviendo uno a uno-. Se encogió de hombros el vigilante y añadió con una cordial sonrisa-. Además, histérica también estás bonita.
_ Si vas a tirarme los tejos espera a que termine mi trabajo-. Dijo Eva y adujo después con una sonrisa radiante-. Pero te advierto que soy un hueso duro de roer.
_ Entiendo, entonces te esperaré abajo diseñando mi estrategia de seducción, te he dejado luces encendidas en la escalera pero si necesitas algo, cualquier cosa, no dudes en llamarme.
_ De acuerdo, muchas gracias, hasta luego.

Candelaria por fin estaba empezando a caer en la dulce inconsciencia de los primeros momentos del sueño, los polacos llevaban ya casi una hora en silencio, probablemente dormían sedados por el alcohol. Durante ese tiempo de silencio ella no había conseguido conciliar el sueño, los nervios se lo impidieron, pero ya parecía llegar el descanso. Escuchó unos ruidos durante su leve letargo, pero los ruidos no era extraños en absoluto en una casa con tantos moradores de diferentes horarios, en una construcción con puertas carentes de hoja y ventanas sin cristales, y no obstante abrió los ojos, se incorporó sobre el colchón principalmente con el objetivo de comprobar el estado de su vestido, pero no había motivo de alarma, seguía allí impecable. Fue entonces cuando percibió la primera vaharada de humo en sus pituitarias, el resto del nutrido grupo de habitantes de la nave dormía, ella decidió hacer lo mismo, sin embargo antes de volver a reclinarse se escucharon los primeros gritos de espanto. Unos delincuentes anónimos, unos conocidos y temidos desconocidos prendieron fuego a la casa. Vertieron un líquido inflamable en tres puntos distintos de la planta baja del caserío y provocaron así, con estudiada eficacia, un terrible incendio que se propagó con rapidez. Tras los primeros gritos de horror y de miedo del interior, donde realmente nadie pedía auxilio porque intuían que no lo iban a recibir, se percibieron insultos y consignas xenófobas en el exterior, incluso grandes risas y felicitaciones por el éxito conseguido en la macabra misión, después las risas se confundieron con los pasos de las carreras, los pirómanos habían iniciado su cobarde retirada.
Presa del pánico los habitantes del edificio trataron de buscar una salida, así todos optaron por lo más lógico, las escaleras, pero lejos de proporcionar una vía de escape aquel camino se convirtió en una trampa mortal. Quienes habían iniciado el descenso pronto se vieron sorprendidos e interceptados por gigantescas columnas de humo y llamas.
Quince inmigrantes sin papeles de diferentes nacionalidades murieron en el incendio. Cuatro resultaron heridos de diversa consideración; unos tenían quemaduras graves por todo el cuerpo, otros padecían asfixia por inhalación de gases tóxicos, algunos tenían contusiones y fracturas causadas por los golpes y caídas sufridos durante la huida de aquel infierno; sólo dos salieron ilesos físicamente, si bien heridos de muerte psíquicamente pues arrastrarían graves secuelas, miedo y odio durante toda su vida. Los más afortunados se habían quedado sin hogar, sin ninguna pertenencia y sin esperanza.
Candelaria se salvó de una muerte evidente con un acto valiente, saltó por la ventana de su habitación desde la primera planta de la casa. Se rompió un brazo y se fracturó un tobillo, amen de un fortísimo golpe recibido en la cabeza que la dejó inconsciente unos minutos. Los servicios sanitarios de urgencia la trasladaron al hospital, tras escayolarle el brazo derecho, inmovilizarle el tobillo dañado y hacerle una revisión neurológica, decidieron ingresarla, debería permanecer un tiempo en observación por culpa del terrible golpe en la cabeza.
En el transcurso de la noche se las arregló para recoger sus pertenencias y escaparse del hospital, tenía miedo, un miedo atroz a que la devolvieran a su país.

Pasada la media noche se oyeron los pasos apresurados de Eva por el pasillo. En el acceso principal del edificio se hallaban José Luís y Rafael, se estaban despidiendo pues el primero ya había finalizado su jornada laboral.
_ He estado muy atento Rafa y no he visto nada raro, ningún vehículo sospechoso por las cercanías de nuestro garaje, tampoco he hallado rastro de la matrícula que tú me has dado, dentro del aparcamiento quedan dos vehículos, el del jefe de seguridad y el del jefe de equipo, supongo que ya lo sabías.
_ Sí lo sabía, están autorizados, vendrán a recogerlos más tarde suponiendo que se encuentren en condiciones apropiadas para la conducción-. Dijo Rafa riéndose de buen grado por su propia broma y contagiando con su risa a su compañero. Sus carcajadas resonaban entre las paredes del recinto vacío y oscuro cuando llegó Eva.
_ ¡Qué contentos estáis!- Dijo la recién llegada sin poder evitar una sonrisa-. Comprendo la alegría de quien se va pero no entiendo la de quien debe quedarse y permanecer solo toda la noche en esta tumba.
_ Y ¿qué voy a hacer?- Adujo Rafael encogiéndose de hombros con impotencia en un gesto que le caracterizaba-. Debo permanecer aquí, no hay otra opción, por lo tanto le pongo un poco de humor a mi vida.
_ Pues yo bajo asustada, llevo más de una hora oyendo ruidos extraños, he salido tan deprisa como he podido, ni siquiera he apagado las luces.
_ No te preocupes por las luces-, añadió Rafael restando importancia-, yo subiré a hacer la ronda dentro de un momento y las apagaré.
_ ¿Has oído ruidos?- Preguntó José Luís con curiosidad y francamente extrañado por el comentario, para después añadir-, pero no es posible, arriba no hay nadie, no queda ningún trabajador en el edificio.
_ Ya deberías estar acostumbrada a esas cosas Eva y no concederles tanta importancia-. Intervino de nuevo Rafa-. Y más después de lo que vimos la otra noche.
_ ¿La otra noche? ¿Qué visteis la otra noche?- Interrogó el vigilante novel a medio camino entre la indagación y el temor.
_ La verdad es que estoy acostumbrada, habitualmente no siento miedo y tú lo sabes-, ambos jóvenes hablaban ignorando las preguntas de José Luís, como si no quisieran ponerle al corriente de algo cuyo conocimiento podría acarrearle problemas-, otras noches oigo ruido, siento presencias ajenas pero no me causan temor, siento que se trata de Álvaro. Esta noche no es él, ha sido muy distinto, he oído gritos de pánico, gritos que emergían de un rumor, del crepitar de un fuego devastador, por un instante he pensado en un incendio en el edificio, era como si estuviera viendo el futuro y mucha gente fuera a morir entre las llamas
_ Bueno cálmate, fuego no hay puesto que la central de detección de incendios no lo refleja, presencias extrañas tal vez sí pero ya sabes como son las noches en esta casa, por cierto y volviendo al asunto de la otra noche, ¿crees que se trataba de Álvaro, verdad?
_ ¿Creerlo dices?, no, no lo creo, estoy convencida.
_ ¡Bueno basta ya!- Exclamó José Luís dispuesto a informarse o a cambiar de asunto pues la incertidumbre lo estaba agobiando-. Si queríais asustarme ya lo habéis conseguido, ahora, ¿os importaría explicarme que ocurrió la otra noche y quién es ese Álvaro? ¿No será por casualidad el vigilante cuyo fallecimiento se produjo dentro del edificio estando de servicio hace unas semanas?
_ Perdónanos José-, dijo Rafa atiplando su tono de voz-, te lo contaremos todo si de verdad lo deseas, trabajas aquí y por tanto tienes derecho a saberlo-. Como quiera que el aludido asintiera con un gesto afirmativo de su rostro, Rafael comenzó la explicación.
_ La otra noche Eva y yo paseábamos por la parte de atrás del edificio, vimos una luz débil, precisamente en el despacho de Eva, era una luz que parecía proceder de un candil o algún instrumento similar, en cualquier caso no una luz de los fluorescentes de las oficinas.
_ Sería el haz de luz o el reflejo de la linterna del vigilante haciendo la ronda -. Dijo José Luís.
_ No, imposible, el vigilante era Fernando y en ese preciso instante acabábamos de verlo abajo, cerrando el garaje, no tuvo tiempo material de subir a la segunda planta.
_ Además-. Ahora fue Eva quien continuó con el relato -. La luz reflejó una sombra, había alguien junto a la ventana abierta, por unos fugaces instantes pudimos distinguir un rostro aunque no fuimos capaces de reconocer las facciones. Luego cerró la ventana, una ventana, debo añadir, que lleva seis meses rota y que desde ese tiempo no se puede abrir, inmediatamente después nos dijo adiós con la palma de la mano, sabía que le estábamos viendo, luego se desvaneció apagándose de repente la luz con su desaparición.
_ Entonces es verdad, hay fantasmas en este edificio-. Dijo José Luís sin acabar de digerir las palabras de sus compañeros.
_ Yo no creía en ellos cuando vine destinado a este servicio, ahora no tengo duda de su existencia, suele suceder, allí donde ha habido una muerte violenta, el ambiente está cargado de electricidad.-. Dijo Rafa solemne.
_ Y tú Eva también estás segura, acabas de afirmar que se trata de Álvaro y él está muerto, si se trata de él no puede ser otra cosa que su espíritu.
_ Sí, así es pero antes de la muerte de Álvaro ya ocurrían cosas inexplicables en este edificio, ten en cuenta que entre estos muros han tenido lugar traiciones, defecciones, ejecuciones, asesinatos, suicidios, incluso hay todavía restos humanos y esqueletos de las víctimas abajo, en la cripta. Este edificio es el lugar idóneo para el perpetuo vagar de almas en pena.
_ Nosotros creemos que durante la noche en que Álvaro murió ocurrieron aquí hechos extraños, él murió de miedo-. Aclaró Rafael.
_ Y ¿qué dicen los responsables de la empresa al respecto?- Interrogó José Luís.
_ Nada-. Fue Rafa quien contestó-. Quienes han presenciado fenómenos anormales callan por miedo o por interés, quienes no han sido testigos de nada no se lo creen y juzgan a los demás como unos locos ignorantes, pero la gran mayoría de los empleados no tienen ni idea, ninguna noticia de lo que aquí sucede.
_ Quizá debamos ser nosotros quienes divulguemos los acontecimientos-. Dijo José Luís.
_ Si Dionisio te oye pronunciar una sola palabra sobre fenómenos extraños considérate despedido.
_ Eso no será necesario, si yo soy testigo en alguna ocasión de algún hecho inexplicable pediré de inmediato la cuenta a la empresa y correré tanto y tan deprisa que Dionisio no podrá ni divisar mi estela. ¡Claro! Ahora comprendo alguna de las estúpidas preguntas de Carlos en la entrevista.
Dieron la conversación por finalizada y se dirigieron en silencio a la salida, ya en la puerta de la calle, en el exterior del edificio, Eva preguntó.
_ ¿Qué vas a hacer Rafa?
_ Mi trabajo, ¿qué otra opción tengo?, haré la ronda como siempre, apagaré las luces de tu despacho y la escalera mientras aspiro el rastro de tu perfume y después me pondré a leer un poco esperando a que regresen mis jefes a recoger sus coches.
_ Leer, no sé como puedes concentrarte en un libro estando solo en este recinto, yo desde luego no podría-. Admitió Eva para seguidamente preguntar -. ¿No habrás traído una obra de miedo ni de fantasmas?
_ No, de fantasmas no, he traído varios, no he decidido cual leeré, a ver si algún día me dejas tú una de tus obras, me gustaría ver tus trabajos.
_ Bueno chicos yo me marcho-. Se despidió José Luís presintiendo que sobraba y que tres eran multitud en aquella ocasión-. Buen servicio Rafa, hasta mañana.
_ Espera, yo también me marcho, estoy derrengada-. Añadió Eva-. Hasta mañana Rafa ten mucho cuidado.
_ Hasta mañana chicos, y no os preocupéis por mí, estaré bien, esta noche me dan más miedo y me causan más preocupación los vivos y su embriaguez que los caprichos de los muertos.
De pie en la cancela de la entrada con las manos en los bolsillos, les siguió con la mirada hasta que desaparecieron, él en la esquina con Fernando VII, ella en las cercanías de Alonso Martínez. Sólo entonces se decidió a cerrar de forma definitiva el acceso principal al edificio y regresando a su interior murmuró:
_ La lectura es el viaje de quienes no pueden tomar el tren.
Al mismo tiempo que se producían estos sucesos, Rosa cerraba la Taberna del Renco. Estaba cansada y no obstante ése era el menor de sus problemas, unas lágrimas resbalaban por sus mejillas, un sobre en su bolsillo contenía el resultado de unos análisis médicos, en su vientre un nuevo ser pugnaba por vivir.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Capítulo XI: Un retrato ecuestre condenado a desaparecer



El capítulo XI de La profecía del silencio.
Acompañado de un cuadro de Velazquez, Olivares a caballo, evidentemente no es el cuadro del que se habla en el capítulo.
La cita es de un buen libro de Eduardo Chamorro, finalista del Premio Planeta en el año 1992.
Se supone que a partir de aquí la novela engancha al lector, espero que así sea y no podáis resistir el impulso de leerla.






El rey mandó exponer el retrato que le hice en la calle Mayor, frente
a la puerta de la iglesia de San Felipe. Ahora todo el mundo sabe mi
nombre. El maestro Pacheco le ha hecho saber a Juana su intención de
venir a visitarnos. No sé si se le podrá disuadir de ese proyecto. Tras
unos meses de ajetreo, llevo tan sólo unos días en calma.

Eduardo Chamorro. “La cruz de Santiago”



CAPÍTULO XI
Un retrato ecuestre condenado a desaparecer

(25-10-1625)

Llovía.
Una vez más llovía sobre las ya embarradas calles del viejo Madrid,
el persistente calabobos caía sobre la vida, la libertad e incluso sobre el
honor de los ciudadanos. El honor, qué importante era el honor en
aquellos tiempos.
A Velázquez, como buen sevillano que era, no le gustaba la lluvia
aunque la admiraba, y no obstante, en Madrid el aguacero presagiaba
incomodidades y malos olores. Las calles se llenaban de una bahorrina
inmunda donde el lodo cedía protagonismo y se amalgamaba con simple
y llana porquería.
Diego debería caminar bajo el aguacero y sobre el resbaladizo lodazal
hasta el convento de Santa Águeda donde con un poco de suerte y
algo de inspiración trabajaría todo el día. Se despidió brevemente de
su esposa.
– Si quieres puedes acercarte al convento más tarde-. Dijo.
– Según está de lluvioso el día y las calles llenas de barro no creo
que sea una idea acertada.
– Tienes razón-, adujo el pintor besándola en la frente-, nos veremos
en la cena.
Salió del alcázar real bien envuelto en su capa y cobijado bajo un
amplio sombrero negro, y, por supuesto sin olvidarse de ceñir a su cinto
la espada, que no eran aquel Madrid ni aquellos tiempos propicios
para andar desarmado. Comenzó a caminar, y aprovechando que no
era excesivo el torrente de agua, lo hizo despacio. A decir verdad no
tenía demasiadas ganas de enfrentarse con aquel lienzo y pensó que
paseando quizá llegaría la inspiración y si no llegaba al menos retrasaría
el instante temido de permanecer como una esfinge frente a la tela.
Subió por la calle Mayor y no pudo evitar llegarse hasta las gradas
de la iglesia de San Felipe. Allí estaba expuesto para la admiración de
todo el público madrileño el primer retrato ecuestre que el pintor sevillano
hizo del rey y el cuadro que le abrió las puertas de la corte de Madrid
y del mundo. Tan contento estaba el cuarto Felipe con aquel retrato
que tenía previsto llevarlo luego de su pública exposición al nuevo

salón del alcázar donde debería reunirse con otros retratos como el de
Carlos V pintado por Tiziano.
Velázquez admiró su propia obra, en verdad era un buen lienzo. Se
apreciaba a Felipe IV, joven, apuesto, de porte galante, cubierto con
ostentoso sombrero oscuro, mirada directa, amplia, casi desafiante, altivo
vuelo hacia atrás de sus bandas rojas de general, en la mano diestra
un bastón de mando, en la siniestra aferradas las riendas manejando
al brioso corcel como si con la misma fuerza manejara los designios
del gobierno de su patria. Y el caballo, poderosa cabalgadura guerrera
que alza las manos apoyado sólo en las patas traseras, y así en majestuosa
corveta inmóvil deja espacio bajo sus manos para representar
una batalla. Toda la obra se caracterizaba por unas pinceladas minuciosas,
contundentes, detalladas, y los colores perfectamente elegidos,
vivos y naturales a la vez, impecablemente conseguidos.
– ¡Qué gran obra!- Susurró para sí mismo el artista-. El Rey mandó
exponer el retrato que le hice en la calle Mayor, frente a la puerta de la
iglesia de San Felipe. Ahora todo el mundo sabe mi nombre.
Sin embargo fue necesario despertar del sueño y regresar al mundo,
llegó a la Puerta del Sol y desde allí alcanzó la calle Ortaleza para
desembocar en el convento de las arrecogidas. Un monje le facilitó la
entrada al convento y el acceso a la capilla.
– La madre superiora y el abad de San Antón han dado orden de
que le facilitemos cuanto sea menester. He puesto cuatro candelabros
dentro de la sacristía, creo que será suficiente luz para vuestra labor, si
precisarais algo más sólo tenéis que pedirlo.
Asintió el pintor con gesto de su testa tras la disertación del fraile.
– También ha dado ordenes la superiora de respetar a la congregación
de religiosas, deberéis permanecer dentro de la capilla sin dejar
que os vean las hermanas y no podréis abandonar la sacristía durante
los oficios religiosos.
– Entonces deberé permanecer encerrado en la iglesia-, preguntó el
pintor un tanto alarmado.
– Si queréis salir sólo tendréis que golpear la puerta y yo os abriré
cuantas veces sea preciso.
Asintió de nuevo con el mismo gesto anterior aunque no le gustó la
idea de estar apresado entre los muros de la capilla. La iglesia del convento
estaba sumida en una oscuridad casi absoluta, apenas dos hachones
sobre el altar, cuyas llamas oscilaban perpetuas empujadas por
corrientes inoportunas, iluminaban la zona próxima a la sacristía aunque
también fabricaban inquietantes sombras y alarmantes sonidos similares
a quejidos molestos. En contra posición a la oscuridad del templo
estaba la excesiva iluminación interior de la sacristía. Cuatro grandes
centelleros situados en cada una de las esquinas sumaban un total
de veinte velones encendidos, allí el problema principal era la falta de
ventilación, era una estancia pequeña, con un armario en el que se hallarían
las vestiduras eclesiásticas propias de cada ceremonia. En la sala
el humo de las velas se convertía en aroma desagradable que flotaba
en vaharadas malignas.

Diego se quedó solo y encerrado, el sentimiento que abordó al pintor
fue el de haber cruzado los umbrales del purgatorio. De todos modos
se concentró en su trabajo, retiró con energía y determinación las
sábanas que cubrían el lienzo y corrigió levemente su posición, después
comenzó a preparar las paletas, los pinceles y los pigmentos, los
colorantes, las tizas y sanguinas. Cuando ya parecía tener todo preparado
para comenzar a trazar pinceladas en la tela se dirigió al candelabro
que quedaba en frente de su posición y apagó todos los hachones.
Un humo denso se esparció por la estancia, olía a vela vieja recién apagada,
a cera mal quemada y este nuevo aroma se mezcló impío con el
perfume de las pinturas. Todas aquellas circunstancias fabricaron en la
sala una esencia desconocida para él hasta entonces, llegó a sentirse
mareado por el olor jamás percibido, atmósfera irrespirable, etilamina.
La sacristía se llenó de un terrible hedor a espectro.
– Necesito respirar, salir de aquí.
Y en ese instante se abrieron las puertas de la iglesia y el templo se
fue poblando de religiosas silentes y de luz creciente.
– El oficio religioso del mediodía, ahora no puedo salir, las monjas
no deben verme.
Alguien entró en la sacristía con prisa sobresaltando al artista.
– Don Diego, ¿estáis aquí? Al no oír nada de ruido he creído que ya
os habíais marchado, ¡por cierto no es así! Y veo además que habéis
empezado ya vuestra tarea.
– Sí-, acertó a responder Velázquez pese a su tremenda sorpresa y
los continuos vahídos que sufría causados por las emanaciones de la
sacristía que el hermano Emilio, abad del convento de San Antón, parecía
no percibir.
– Un asunto más don Diego, ya lo sabréis y no obstante me permito
recordároslo, no debéis salir ahora, pero no os alarméis, el oficio religioso
será breve.
Mientras duró la conversación que prácticamente fue un monólogo
el abad compuso su hábito y salió sin despedirse para oficiar la ceremonia.
Cuando don Diego oyó al hermano Emilio musitar sus primeras frases
no pudo domar su curiosidad y con cautela se asomó por una rendija
que quedó en la puerta mal cerrada. Había allí no menos de dos
docenas de monjas sentadas en los primeros bancos de la iglesia y entre
todas ellas sólo un hombre, el hermano Francisco confesor del convento.
Sorprendió al pintor de cámara del cuarto Felipe que algunas de las
religiosas eran realmente atractivas, ahora alcanzó a comprender y no
sin razón las habladurías de la corte, aquellas que referían aventuras
de nobles que asaltaban los conventos por la noche para obtener las
atenciones carnales de las novicias, y claro, aquella congregación que
según tenía por oído y por cierto se alimentaba principalmente de las
mujeres descarriadas que poblaban las mancebías de la ciudad tendría
más popularidad que cualquier otra por la ligereza de sus pobladoras y
por la inusitada belleza de éstas.

Al menos cinco novicias contó que destacaban por sus encantos sobre
el resto; ojos claros bajo cejas muy negras, piel blanquecina en el
rostro y medias melenas rubias e incluso pelirrojas que escapaban de
los rigores del hábito en desordenadas y rebeldes guedejas, voluminosos
bustos adivinados apenas bajo la opresión del forjado. No obstante
lo que más poderosamente atrajo su atención fueron las manos de las
monjas: manos finas, dedos largos y tan blancas como si las hubieran
tratado con solimán.
Y de repente uno de aquellos níveos rostros lindos se elevó ligeramente
y los preciosos ojos verdes descubrieron su mirada clavándose
en las pupilas espías del artista. Trató de ocultarse veloz pero la mirada
limpia, bella, serena, lo había cautivado y sabían ella y él que volvería
a asomarse a la ranura.
Y así es, y de nuevo las miradas confluyen y ahora una sonrisa adorna
e ilumina aún con más intensidad el bonito rostro tiñéndolo de arcana
complicidad.
– Me ha descubierto, no debo permitir que las novicias me vean.
La ceremonia parecía haber acabado, las religiosas salieron con el
mismo paso lento procesional con el cual entraron, las luces se fueron
apagando devolviendo la oscuridad al templo. El abad de nuevo entró
con prisa en la sacristía en esta ocasión acompañado del confesor del
convento.
– Ya os dije que seríamos breves don Diego, además, por hoy, ya no
seréis molestado hasta última hora de la tarde-, informó el abad.
– Sabréis que está próximo a celebrarse el oficio al oír el toque de
oración-, añadió el confesor.
– Gracias, lo tendré en cuenta-, balbuceó el pintor sin saber añadir
nada más.
– Bien, ya podéis proseguir vuestra tarea-, adujo el abad que había
cambiado de nuevo sus hábitos y ya salía de la sacristía-. Nosotros nos
vamos.
De nuevo quedó en soledad, confusión y silencio.
– No sé si seré capaz de dar una sola pincelada en este ambiente
tan hostil y en tiempos tan aciagos-. Pensó en voz alta-. Bueno al menos
ya no apesta a fantasma sino que por fin huele a taller de pintura.
Empujado por la contundente determinación de una súbita inspiración
comenzó a trabajar en el cuadro. En varias ocasiones sintió presencias
a su espalda, se sintió espiado, a veces se giraba veloz tratando
de sorprender a quien fuera y nada había tras él, en otras ocasiones
ensimismado como se hallaba en su obra no hacia caso de esa sensación
incómoda.
– La luz no es lo más importante, ni tampoco lo son las sombras. Lo
trascendente es el dolor y también el tiempo, ¡ya lo tengo, ya lo tengo!
Estoy en el buen camino.
Sintió dos pupilas incandescentes clavándose en su espalda y sin
embargo no hizo caso, no quiso mirar atrás otra vez para no descubrir
nada y continuó con su trabajo y con sus pensamientos.
– Un fondo oscuro, incluso negro por completo, la cruz en tonos marrones
y una figura de Cristo con los músculos detallados y llenos de

luz, claroscuros, y el rostro con gesto de dolor apaciguado, sufrimiento
y paz al unísono, el detalle de los cuatro clavos y el tiempo, breves instantes
tras la muerte.
Movió el pincel que viajó de la paleta al lienzo y dejó de pensar en
voz alta, sin embargo el silencio no reinó en la sacristía, una voz se alzó
nítida a su retaguardia.
– ¿Habláis cuando pintáis o pintáis cuando habláis?
Se volvió aterrado y al hacerlo, patinó el pincel y manchó de modo
desafortunado una zona del cuadro. Creyó que sus ojos encontrarían
un fantasma tras él y en cambio vieron una aparición celestial. De modo
que era cierto, sus proféticas sospechas y sensaciones se habían
confirmado, alguien lo espiaba.
– Me habéis asustado-, dijo reconociendo los ojos verdes de la monja
que captó su atención durante el oficio-, además he manchado el
cuadro, ¿cómo habéis llegado aquí?
– ¿Es éste el cuadro que el Rey nos regala a cambio del fallecimiento
de sor Margarita? ¿Sois vos el pintor de cámara del rey?
– ¿Cómo habéis entrado si la puerta está cerrada con llave desde
fuera? ¿Quién sois y porque razón venís a inquietarme?
– ¿Vamos a seguir formulando preguntas y dejándolas sin respuesta?-,
dijo la novicia dejando escapar una risita divertida.
– La superiora y el abad me han dicho que ninguna monja puede
verme, no deberíais estar aquí.
– ¡Por cierto no! Sin embargo no os preocupéis, la vida conventual está
regida por muchas normas pero casi nadie las cumple a raja tabla y la
superiora y el abad menos que ninguno- sonrió con picardía.
– Yo debo cumplirlas, soy un invitado y debo gratitud y respeto.
– Vos no habéis hecho nada, soy yo quien se ha colado en donde no
debiera.
– ¡Por cierto sí! Y ¿cómo lo habéis hecho?
– Callad, se oyen pasos, alguien viene.
– Ocultaos bajo las sábanas de protección del lienzo, ¡deprisa!
Apenas la monja se terminaba de ocultar apareció el hermano portero
en la sacristía.
– Perdón por la intrusión Don Diego, me envía el padre Francisco,
confesor de este convento para que os traiga algo de comer-. Dejó una
bandeja que traía con una taza humeante, un trozo de pan y una copa
de vino sobre una pequeña mesa-. La sopa está recién hecha y se conserva
caliente, os hará bien, si precisáis algo más estaré en mi puesto.
– Gracias-, dijo escueto el artista rogando para que el monje se fuera
cuanto antes de la sala. Y sus ruegos fueron escuchados pues enseguida
salió y desapareció en la oscuridad eterna del pasillo dejando la
puerta de la iglesia cerrada con llave.
– Podéis salir, ya se ha ido-. Afirmó Velázquez con un suspiro de alivio.
– Era el hermano Timoteo, menos mal que no me ha visto, es un
viejo chismoso.
– Será mejor que os vayáis, todavía me tiemblan las piernas, si hubiera
descubierto vuestra presencia hubiera llegado a oídos del rey que
desobedezco las órdenes de mis anfitriones y no sé que hubiera hecho.

– Sí, no temáis, aguardaré unos instantes a que el hermano Timoteo
llegue a su puesto y enseguida me iré; entre tanto podíais contestar
alguna de mis preguntas anteriores, ¿os parece?
– Soy Diego de Silva y Velázquez, pintor del Rey de España y este
cuadro en el cual trabajo lo ha encargado el monarca para expiar algún
pecado, supongo... y ¡por cierto sí!, casi siempre que pinto hablo, o a
decir verdad pienso en voz alta.
– Muy bien, gracias, ahora seré yo quien proceda a responder a vuestras
preguntas yo soy Helena y procedo de la mancebía de Lavapies donde
trabajé casi un año, ahora soy sor Helena; hasta vos he llegado desde el
cielo-, señaló con sus preciosos ojos glaucos hacia la cúpula del campanario-,
no con ayuda divina sino atravesando un pasadizo, un palomar que
comienza cerca de la zona donde están las celdas de las hermanas y comunica,
por un angosto paso, con el campanario de la capilla. No es difícil
pasar de un lado al otro, sólo hay que ser cauto y no resbalar, pues si pierdes
pie puedes terminar cayendo al patio.
– Pues tened mucho cuidado en el regreso.
– Lo tendré, descuidad, no quiero acabar estrellada entre los tilos, y
por cierto, perdonad el mal rato que os he hecho pasar y disculpad la
mancha que por mi culpa hicisteis en el cuadro, ¿podréis arreglarlo?
El pintor ya no se acordaba de la desafortunada pincelada, había experimentado
tantos sentimientos en tan poco tiempo que aquel recuerdo
había quedado postergado.
– Lo arreglaré, no os preocupéis, no es demasiado grande ni está en
una zona conflictiva, además, se supone que soy un gran pintor.
Sonrió sor Helena dejando a Velázquez prendado de su belleza y se
marchó sin mediar más despedida. De nuevo quedó el sevillano en soledad,
comió de buena gana y con gran apetito las viandas que le trajeron
y después siguió trabajando. Estaba satisfecho con su labor y
sorprendido al mismo tiempo de haber conseguido reiniciar el trabajo
en una obra abandonada sin gran esfuerzo; estaba insatisfecho, aunque
en verdad no sorprendido, de pensar mucho tiempo en la belleza
sin par de la novicia recién conocida.
A media tarde percibió el toque de oración, en esta ocasión no fue el
abad sino el padre Francisco confesor del convento de Santa Águeda
quien entró en la sacristía, se cambió el habito a toda velocidad y celebró
el oficio religioso sin prestar atención a la presencia del pintor. Durante
la santa misa no dejó de observar a Helena, su belleza le cautivaba,
en ocasiones ella también miraba hacia donde él se hallaba y
sonreía con pícaro gesto. Al finalizar la ceremonia quedó la última, fue
la encargada de apagar los hachones de la capilla y al salir, ya libre de
las miradas indiscretas de sus compañeras, se giró hacia la sacristía y
guiñó con encanto fascinante uno de sus ojos glaucos.
Velázquez recogió sus materiales dando la jornada por terminada,
lavó los pinceles y guardó con mimo todas sus pertenencias, no quiso
tapar el cuadro pues las pinceladas conseguidas no habían secado lo
suficiente. Salió del convento de Santa Águeda y se dirigió con prisas al
Alcázar Real. Tan apresurado fue que no apreció la ausencia de la lluvia.
Apenas llegó preguntó por el Rey.

– Su Majestad no está en Madrid, la Reina y él han salido hacia
Aranjuez esta tarde.
– ¿Aranjuez decís? Y ¿será muy larga su ausencia?
– No lo sé de cierto pero supongo que sí, escuché una conversación
de la reina con el Conde de Villamediana y hablaban de toros, teatro y
fuegos artificiales que iban a celebrarse.
– Muchos festejos son esos, llevarán varias semanas.
– Sí, además tened en cuenta que si la caza es buena el Rey no tendrá
prisa por volver.
Por un instante el pintor un tanto desolado pensó enviarle al monarca
un mensajero con una carta, no le parecía prudente continuar trabajando
entre los muros del convento cerca de la bella Helena. Alegaría
al rey, como motivo de su espantada, miedo a los fantasmas que
decían habitaban el convento o cualquier otra excusa, excepto mencionar
la verdad sobre su miedo a sucumbir a los sensuales encantos de
una religiosa. Sin embargo lo pensó mejor, no era conveniente molestar
al Rey ni obligarle a cambiar una decisión ya tomada por éste, tampoco
era conveniente ahora, reiniciados los trabajos, mover de nuevo
el lienzo y someterlo a engorroso transporte. No, no haría nada por el
momento, terminaría el cuadro cuanto antes y seguiría después con los
retratos encargados por su majestad ya en el refugio de su taller dentro
del Alcázar.
– ¿Cómo ha transcurrido el día querido?
– Bien-, respondió siendo excesivamente breve a la pregunta de su
esposa-, creo que al final va salir una buena obra de ese lienzo, y ahora
vamos Juana, tengo apetito y es ya la hora de la cena.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Tres micro relatos


La fotografía un doble arcoiris sobre el Valle del Jerte, nada que ver con tapas, ni váteres desde luego.





En esta ocasión, en la que tampoco he ganado, han sido tres los trabajos presentados.
El primero, Papelera de reciclaje es una protesta a la resolución del jurado de la semana anterior, imposible que ganara. El segundo, Malas noticias, una historia de desamor por pequeñas incidencias que desemboca en tragedia sin que se llegue a saber si es él, o ella o qué tipo de pareja forman, eso lo dejo a imaginación del lector. Este debería, haber entrado entre los finalistas una vez conocida la calidad de aquellos. El tercero, Superstición, un relato creo que original y con gracia, al menos en su parte final que espero os guste má que al jurado.
El ganador de esta semana es bastante interesante, si alguien tiene interés que me lo diga y lo pongo.
Y gracias a mi amigo Javier, creo que ya no hay más problemas con los comentarios en el blog, así pues, os espero a todos.


Papelera de reciclaje

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada, aprovecho la circunstancia para tirar al inodoro el micro relato que pensaba enviar al concurso, de todas formas acabarán en el mismo sitio. Salgo de la ducha, me visto, salgo corriendo, ¡ah se me olvidaba! Regreso al baño, ahora sí oigo el ruido del agua saliendo por la cisterna.
Siempre se me olvida bajar la tapa y tirar de la cadena.



Malas noticias.

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada y su ropa interior en el bidé. Lo hace a propósito, sabe que me molesta bajar la tapa del inodoro y recoger sus prendas para poder lavarme mis partes pudendas.
He encontrado abierta la puerta de la nevera y la mantequilla destapada, lo hace por despiste, piensa tanto en sus asuntos que olvida los del resto del mundo.
He encontrado la televisión conectada y la ropa sucia de color mezclada en la lavadora con la blanca.
Oigo las noticias de su muerte mientras lavo a mano su traje, a máquina es imposible que desaparezcan todos los restos de la sangre.





Superstición

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada, bajándola, iracundo, intento eludir la mala suerte.

Odio las tazas abiertas y a las palomas desde una noche lluviosa que se inundó mi casa de agua y excrementos. Construyeron la bajada de aguas pluviales junto con las fecales, los nidos de palomas atascaron el canalón, la tormenta convirtió mi baño en tormento, en mar de porquería.

Aborrezco los inodoros abiertos.

Las palomas atraen desgracias.

Y quizá no sea tan malo mi destino, mi nueva vecina, es preciosa y parece que le gusto.

_ Soy tu vecino- saludo meloso entre sonrisas y besos.

_ Encantada- dice sonrojándose-, yo soy Paloma.