Me desperté muerto y condenado, con la boca llena de carbones ardiendo.
También estaba ciego, lo que probablemente fuera misericordioso.
Sin duda, sordo no estaba, a juzgar por la forma en que el teléfono
me atormentaba los oídos. Finalmente lo encontré y conseguí
emitir un graznido infrahumano. El que me llamaba era un veterano
morador del otro mundo.
Morris West. “Arlequín”
CAPITULO XXVI:
Espectros de carne y hueso
(17-12-1999)
El vehículo que le seguía no podía ralentizar más su marcha pues
estaba interrumpiendo el tráfico, se detuvo apenas un instante, bajó
un hombre y caminó detrás de Rafael mientras el coche se perdía calle
abajo. El joven, ajeno a todo excepto a sus propios pensamientos, consultó
su reloj en el umbral de la taberna, era pronto pero decidió entrar,
esperaría a Morales tomando un café y charlando con Rosa.
– Buenas días Rosa ¿qué tal estás hoy?
– Bien, con sueño, cansancio, nauseas… ya sabes, lo normal-, dijo
un tanto resignada-, y ¿tú cómo estás?
– Pues como tú más o menos, con sueño, cansancio… nauseas aún
no tengo pero todo se andará porque hay asuntos que me revuelven el
estómago... ya sabes, lo normal.
Rosa le sirvió el desayuno sin preguntar lo que quería y se sentó
frente a Rafael.
– En realidad hay una novedad-. Confesó Rafa y ante el silencio expectante
de Rosa siguió su explicación-, ayer, al llegar a casa me encontré
una sorpresa, ¿recuerdas a Candelaria verdad?- Rosa asintió y el
joven continuó hablando-, me estaba esperando en el portal, se había
quedado sin alojamiento y me pidió ayuda, va a quedarse en mi casa
hasta que encuentre algo o pueda instalarse en el piso que su empresa
le ha obligado a alquilar, de hecho ya está instalada.
– Y ¿cómo le va?
– Bueno, sobrevive que no es poco mientras aguarda a poder incorporase
al trabajo.
Dos hombres entraron en el local y se dirigieron a la barra, pidieron
un desayuno que Rosa les sirvió con eficacia y permanecieron de pie a
pesar de haber sitios libres en las mesas. Vestían con trajes oscuros,
camisas de rayas y corbatas lisas, por su aspecto y sus acciones, se les
podía considerar ejecutivos de alguna empresa, de las muchas que se
ubicaban en la zona, tomando café antes de su jornada laboral, eso es
lo que parecían, aunque en realidad la apariencia no era sincera en esta
ocasión.
– Volviendo a lo de Candelaria, ¿Por qué no le pides que se instale
de forma definitiva en tu casa? sería un alivio económico para ti y no
digamos para ella. Aunque claro, un hombre y una mujer jóvenes y
apuestos bajo el mismo techo tiene su peligro.
– Te agradezco que me consideres joven y apuesto, sí lo había pensado
y no sólo por economía, también por combatir la soledad, sin embargo
no creo que sea posible, ella debe pagar el alquiler del piso de la
empresa viva o no viva allí, por tanto no creo que le interese pagar dos
casas.
– Eso es un asunto que se puede solucionar en los juzgados.
– Sí, es una cláusula abusiva que habría que denunciar, pero ¿crees
que recién llegada a la empresa, sin papeles y desesperada por encontrar
un trabajo Candelaria se atreverá a denunciar esa situación?
– Ni esa ni ninguna otra supongo.
A las siete y media en punto hizo su entrada en el bar el sargento
Morales, tras una breve y experta observación descubrió la presencia
de Rafael y hacia él se dirigió.
– Buenos días-. Saludó el recién llegado interrumpiendo la conversación
de los jóvenes.
– Buenos días Morales-. Respondió Rafael tendiendo su mano diestra
al policía-. Gracias por venir, te presento a Rosa, amiga y copropietaria
de este negocio, Rosa éste es el sargento Morales.
Se saludaron escuetos y un tanto azorados, sobre todo Morales que
quedó visiblemente impresionado por la belleza de la chica, pidieron el
desayuno del sargento y luego Rafael y el policía se sentaron en un rincón
discreto del fondo del local.
– Bueno Rafa por si te sirve de algo te diré que no he podido dormir
en toda la noche pensando en qué tendrás que contarme.
– Son varias cosas pero nos seas impaciente que poco a poco te iré
informando.
La extraña pareja de falsos ejecutivos habían terminado sus consumiciones
y ya abandonaban el local, la mirada de uno de ellos coincidió
por unos instantes con la de Morales. Ya en el exterior se separaron,
uno de ellos subió por la calle Fernando VII, giró en la esquina de la calle
Pelayo y desapareció, el otro cruzó la calle y entró en la librería Antonio
Machado donde permaneció ojeando libros muy cerca del escaparate
y esa situación también le permitía ver la puerta de la Taberna del
Renco.
– Estoy deseando escucharte Rafa, pero por encima de todo necesito
descartar que lo que nos ocupa tenga relación con el atentado, con
tu participación en su resolución y tu futuro testimonio.
– No tiene nada que ver con el atentado, se trata de cosas totalmente
distintas.
– Adelante entonces, soy todo oídos-. Adujo Morales visiblemente
aliviado.
– Bien, empezaremos por el final que lo tengo más reciente y requerirá
menos esfuerzo. He descubierto, de modo accidental, dentro
de las taquillas de algunos compañeros míos, bolsas de plástico conteniendo
cocaína y por lo que he podido observar en otras ocasiones son
los propios inspectores de la empresa los que la suministran, supongo
que deberíais hacer un registro en el vestuario de seguridad y buscar
un alijo de drogas.
– ¿Cuántas bolsas puede haber en cada armario?
– No lo sé-, respondió Rafa encogiéndose de hombros-, dos o tres
supongo, en unas más en otras menos.
– Bueno, con esa cantidad no podemos acusarlos ni tratarlos como
narcotraficantes sino como simples consumidores lo cual no nos ayuda
demasiado; si efectuamos un registro de manera legal, es decir con orden
de registro con desfile policial por el edificio y demás parafernalia
los pondremos alerta y tendrán más cuidado con sus acciones, es mejor
investigar sin delatarse, que continúen creyéndose libres de sospecha
y que cometan errores, lo que en realidad no interesaría sería llegar
al origen de la red.
– No estoy de acuerdo en denominarlos simples consumidores-, dijo
Rafael un tanto contrariado por las palabras del policía-, algunos sí
son sólo consumidores, Carlos por el contrario no, tiene más cantidad
que los demás, seguro que es un distribuidor y me atrevería a asegurar
que Dionisio, el jefe de seguridad y don Javier, el inspector de calidad
también están implicados.
– En ese caso empezaremos por confeccionar una lista de sospechosos,
tanto de posibles clientes como de posibles vendedores incluyendo
a los inspectores de tu empresa que supongamos implicados y
comenzaremos una discreta investigación en torno a ellos, pero ¿esto
es todo lo que tenias que contarme?
– ¿Cómo que si esto es todo?, ¿no te parece importante? Son hombres
que portan armas, auxiliares de la policía judicial y pueden estar
bajo los efectos de las drogas en el transcurso de su servicio, ¿no te
parece peligroso e importante?
– Sí es importante Rafa pero no lo suficiente como para sacarme de
la cama a las dos de la madrugada -, adujo Morales intuyendo que lo
más grave estaba por llegar-, ¿seguro que no hay algo más?
– La verdad es que tienes razón Morales, hay más, también está el
asunto del incendio.
– ¿A qué incendio te refieres?
– Al incendio de la nave abandonada de Villaverde-. Respondió Rafa
que no sabía con exactitud de que modo abordar su narración-. Fue
provocado y causó quince muertos y cuatro heridos graves.
– Y ¿qué información tienes respecto de ese asunto?- Preguntó extrañado
Morales que no veía conexión entre el vigilante y el acto vandálico
acontecido tiempo atrás.
– En realidad más que información fehaciente es una sospecha razonable,
creo que sé quienes fueron los causantes del siniestro.
– Y supongo que también tiene relación con tu empresa, tu servicio
actual y tus compañeros-, intuyó Morales.
– Sí. La noche que sucedió el terrible incidente yo estaba de servicio,
era el cumpleaños del jefe de seguridad y para celebrarlo invitó a
tres de mis compañeros, dejaron los coches en el garaje del edificio, en
torno a las tres de la madrugada Fernando, Carlos y Dionisio vinieron a
por los coches, era evidente que habían bebido, sobre todo Dionisio cuyo
aspecto era realmente lamentable. Parecía muerto y condenado,
con la boca llena de carbones ardiendo. También estaba ciego, lo que
probablemente fuera misericordioso.
– Perdona que te interrumpa Rafa, al principio dijiste que eran cuatro
personas, ahora hablas de tres.
– Sí, Quiqe era el cuarto, según dijeron se fue antes a dormir pues
debía trabajar al día siguiente, también debo añadir otra cosa, creo
que les acompañó don Javier a lo largo de toda la velada.
– De acuerdo, en ese caso serían cinco personas, continúa entonces.
– Cuando vinieron a por los coches las ropas de Carlos y Fernando
desprendían un fuerte olor a humo, sin embargo Dioni desprendía un
intenso olor a resina.
– Y tú crees que fueron ellos, los tres.
– Creo que fueron ellos, los cinco. El fuego comenzó poco antes de
la una de la madrugada, tuvieron tiempo, todo encaja, lo tenían bien
planeado, durante la cena concretaron los detalles y luego envalentados
por el alcohol lo hicieron. Dionisio debió ser el encargado de extender
la sustancia resinosa que inició la deflagración, los otros prendieron
varios focos en sitios estratégicos que cortaran las salidas y luego huyeron.
Don Javier y Quiqe tendrían otro vehículo cerca del lugar y se
marcharon a sus casas, a los otros todavía les dio tiempo de tomarse
un par de copas para celebrar el éxito de su misión y llegar a las tres
para recoger los vehículos.
– Bueno Rafa-, Morales pensaba tratando de elegir bien sus palabras-.
No digo que no estés en lo cierto pero no hay ninguna prueba
que les acuse, las circunstancias que detallas pueden ser sólo casualidades
y entonces nada tendrían que ver con el incendio, se trata de
una corazonada tuya.
– Dionisio olía a resina, ¿por qué desprendía ese olor después de
una fiesta de cumpleaños? Yo he asistido a muchas fiestas, he ido mil
noches de juerga y nunca he vuelto a casa envuelto en ese aroma,
además debo añadir que no se les veía felices, no tenían la alegría de
quien ha disfrutado de una agradable velada, se mostraban irascibles,
agresivos, era una situación muy extraña.
– Está bien, teniendo en cuenta que vamos a iniciar una investigación
sobre el asunto de la droga y nuestros sospechosos son los mismos
aprovecharemos también para indagar también este otro suceso, de todos
modos permíteme recordarte que la policía ha cerrado el caso y les
ha imputado la autoría del delito a los integrantes de una tribu urbana.
– Sí lo leí en el periódico pero no han reconocido ser ellos los autores
de ese crimen.
– No, no se han confesado culpables y en realidad eso induce a pensar
que no fueron ellos pues han reconocido otros delitos. Además, conociendo
el olfato que tienes para detectar delincuentes deberemos
darte un pequeño margen de confianza.
– Gracias, entonces abrirás una investigación para esclarecer ambas
infracciones.
– Sí, también haremos algunos seguimientos y todo ello sin desmontar
el sistema de alerta que tenemos instalado a tu alrededor.
– Y ¿es debido a esa alerta que miras en todas las direcciones mientras
hablamos o es porque te ha gustado mi amiga la camarera?- Preguntó
sonriendo Rafael que había observado como Morales dirigía furtivas
miradas a todo el local aunque se recreaba más tiempo en la zona
por la cual Rosa transitaba.
– No es por ninguna de las dos cosas, es deformación profesional ,
me gusta tener controlado mi entorno, ayuda a salvar el pellejo en ocasiones,
sin embargo sí te diré-, añadió el policía sonrojándose levemente-,
que de hoy en adelante voy a venir más por aquí, me voy a
encargar personalmente de llevar la nueva investigación y también seguiré
con tu protección claro está y de paso podré también ver a tu
atractiva amiga. Por cierto ¿tiene novio?
– No, lo tenía, un compañero mío, falleció hace poco tiempo.
– Vaya, ¡qué mala suerte!
– Sí, pero no le digas que te lo he dicho.
– No diré nada, pero dime Rafa, ¿no crees que es demasiado joven
para mí? Además no me da la sensación de que yo sea su tipo-. Adujo
Morales medio en broma medio en serio.
– Hombre sargento ya sabes que sobre gustos no hay nada escrito-
, dijo Rafa guiñando un ojo.
– En fin, dejémonos de bobadas y retomemos nuestros asuntos,
¿hay algo más que quieras decirme?
– No, creo que no, esto es todo, ¿te parece poco?
– No, pero si recuerdas algo más o surgen nuevas pistas me llamas
de inmediato.
– ¿A cualquier hora?- Preguntó Rafael con una amplia sonrisa en sus
labios.
– Si es importante sí, a cualquier hora. Y otra cosa, en cuanto al tema
del atentado, me da la sensación de que ya te has relajado y te
sientes a salvo, eso es un error, debes seguir alerta y estar muy atento
a tu alrededor, no es fácil que los terroristas hayan conseguido información
sobre tu participación en la detención de sus colegas pero
tampoco es por completo imposible.
– No sufras por mí sargento, se cuidarme, nadie me sigue, no tengo
nuevos compañeros de trabajo, ni vecinos raros en el barrio.... bueno
un momento, en realidad sí tengo una nueva vecina, una compañera
de piso en realidad, una amiga va a vivir en mi casa una temporada,
sólo por unos días.
– Me lo deberías haber comunicado antes para poder investigarla.
– No es peligrosa, se trata de una inmigrante sin papeles, sobrevivió
al incendio de la nave de Villaverde.
– ¿Has metido a una desconocida en tu casa?- Interrogó algo perplejo
y muy preocupado Morales.
– No es una desconocida, se llama Candelaria y va a trabajar en el
mismo edificio que yo presto servicio.
– Demasiadas casualidades Rafa, no me gusta, quisiera hacer algunas
averiguaciones sobre ella.
– Como quieras, pero perderás el tiempo.
– Dime todos los datos que sepas de ella-. Dijo sacando una pequeña
libreta del bolsillo interior de la chaqueta.
– No vas a necesitar apuntarlos, sólo sé que se llama Candelaria,
que es preciosa, encantadora y humilde, que va a trabajar en la contrata
de limpieza en el mismo sitio que yo y su dirección, habitación de
invitados de mi casa.
– Me arreglaré con eso-, respondió Morales guardando la libreta en
la que no había anotado nada-, y ahora qué te parece si nos vamos,
supongo que querrás dormir.
– Sí, voy a despedirme de Rosa y me marcho.
– Si no te importa te acompaño, yo también quiero despedirme de
Rosa y luego quisiera hablar con tu jefe de seguridad, quiero comentarle
un par de cosas y de paso veré que sensación me causa con respecto
a los otros asuntos que se nos han planteado.
– Es demasiado temprano para Dionisio, hasta las diez por lo menos
no le encontrarás-, dijo Rafa mientras se dirigían al lugar de la barra
donde se encontraba Rosa.
– ¡Vaya!-, suspiró Morales y no se supo bien si estaba contrariado o
aliviado, sea como fuere procuró que la camarera oyera el final de su
frase-, en ese caso me quedaré unos instantes más a ver si Rosa me
acepta que la invite a un café.
– Acepto la invitación, gracias a ver si a base de café consigo despertarme,
¿tú qué quieres tomar Rafa?
– Nada, gracias estoy cansado y me voy a ir ya a dormir, así os dejo
solos.
En efecto así lo hicieron, Morales quedó en la Taberna del Renco
charlando animadamente con Rosa mientras Rafael se despidió de sus
amigos y despacio, con el cansancio de quien no ha dormido, abandonó
el local. En la librería de enfrente, un hombre trajeado que llevaba
un buen rato ojeando libros y dirigiendo furtivas miradas a través del
escaparate, abandonó de forma apresurada y un tanto descuidada en
un estante el ejemplar de “Tiempo de cerezas” que hojeaba y salió con
algo de precipitación del establecimiento.
El sargento Morales en aquel momento no tenía ojos para nadie que
no fuera Rosa, de no haber sido por esa circunstancia hubiese detectado
en seguida lo que ocurría, se hubiera dado cuenta de que alguien
seguía a Rafael.
– Y ¿cómo marcha el negocio Rosa?
– Bien de momento, hay que dedicarle muchas horas de trabajo pero
por ahora no nos podemos quejar.
– Y con los clientes ¿qué tal te arreglas? Quiero decir que siempre
habrá algún pesado y más aún teniendo en cuenta lo atractiva que
eres, seguro que tienes que estar apartando moscones todo el día.
– Gracias por el cumplido-, dijo la joven-, pues no creas que es así,
por la mañana vienen clientes habituales a desayunar o al bocadillo de
medio día, gente de visita rápida y que van a lo suyo, por la tarde no-
che la cosa se complica algo, en ocasiones alguien se pasa con las copas
y se pone un poco patoso, nada grave por lo general, en contadas
ocasiones hay algún patoso que se cree con derecho a algo más, pero
yo sé cuidarme bien de ellos, son ya muchos años detrás de la barra.
– Si alguna vez tienes problemas serios llama a la policía, vendré
encantado a tu rescate.
– No será necesario, no obstante muchas gracias. Oye por cierto
tengo una curiosidad, he observado que Rafa siempre te llama Morales,
¿es que no tienes nombre?
– No. Todo el mundo me llama así, incluso mi madre, sólo tengo
apellido, es uno de mis misterios; de todas formas un día te invito a cenar
y te cuento el indescifrable mito de mi nombre, pero hasta que no
me concedas el honor de aceptar mi invitación te quedarás con la intriga.
– Aceptaré encantada tanto la invitación a cenar, cuando ésta se
produzca, como la confesión del enigma de tu nomenclatura-, dijo Rosa
sorprendiéndose a sí misma de sus palabras. Nunca había brindado
tanta amabilidad a un cliente ligón nada más conocerlo, nunca daba
alas a sus clientes para cortejarla y ahora lo estaba haciendo, acaso
fuera porque Morales tenía algo especial, era una persona envuelta en
un halo de buenas vibraciones, un hombre que más por su personalidad
que por su físico despertaba interés y agrado en quienes le rodeaban.
– En ese caso el primer día que el servicio me lo permita te invitaré
a salir, no obstante me preocupa un detalle ¿no se enfadará tu novio si
quedas conmigo?
– No, mi novio no se enfadará no te preocupes por él, sobre todo
porque no existe, mi novio es un espectro-, y dichas estas palabras un
escalofrió recorrió su cuerpo.
Una llamada al teléfono móvil de Morales cortó la magia de la conversación
y borró la sonrisa bobalicona de su rostro, la de Rosa ya se
había borrado con el recuerdo de Álvaro y del retoño que crecía en su
vientre. El policía se apartó un poco mientras duró la conversación,
luego regresó junto a la camarera.
– Bueno Rosa debo marcharme, estaba muy a gusto contigo pero el
deber me llama, tengo que seguir trabajando, hasta otro día, ha sido
un enorme placer conocerte-, tomó su mano derecha sujetándola por
la punta de los dedos, la condujo hasta sus labios y depositó un calido
beso en sus nudillos.
– Gracias, yo también estoy encantada de haberte conocido y recuerda,
me debes una cena y una confesión.
Rafael no tuvo suerte.
Estaba agotado, realmente exhausto, la noche había sido larga y a
esa circunstancia había que añadir la posterior entrevista con Morales,
deseaba llegar a casa y dormir pero no tuvo suerte, fueron necesarias
tres vueltas a la manzana para conseguir un hueco libre donde aparcar
y aún así bastante lejano del portal de su casa por lo cual tuvo que caminar
diez minutos soportando el frío viento matinal. Momentos después
de su llegada y muy cerca de su vehículo estacionó otro en doble
fila, el acompañante bajó y el coche, que también había dado tres
vueltas a la manzana aunque no buscaba aparcamiento, continuó su
camino. Un hombre que no hacia mucho tiempo había estado apostado
en la librería frente a la Taberna del Renco aguardando la salida del vigilante
de nuevo seguía sus pasos. Cuando Rafael se detuvo en el umbral
del portal buscando las llaves el extraño dio unos pasos apresurados
para poder entrar junto a él sin que la puerta se cerrase.
– Buenos días-, saludó con una leve inclinación de testa.
– Buenos días-, respondió Rafael.
Aguardaron en absoluto silencio la llegada del ascensor, la profecía
del silencio se extendió por todo el portal y sólo el mecanismo del elevador
con sus quejidos molestos rompía el mutismo. Cuando por fin se
abrió la puerta del ascensor entraron y Rafa preguntó.
– ¿A que piso va señor?
– Al último-. Respondió escueto el extraño sin precisar número.
– Entonces yo salgo antes, voy al quinto-. Adujo pulsando las teclas
correspondientes a sus destinos.
– Hasta luego-, dijo Rafa al llegar a su planta.
– Adiós buenos días-, se despidió una voz ronca a su espalda.
Rafael entró en su casa con sigilo pues repentinamente recordó que
Candelaria quizá estuviera acostada todavía, dejó la bolsa del trabajo
en una rinconera del pasillo y se quitó el abrigo para colgarlo en la percha
de la entrada. Apenas se había dado la vuelta cuando vio una preciosa
aparición que flotando se acercaba a él. Era, no obstante, una
aparición de carne y hueso cuya belleza convertía en imposibles todos
sus intentos de apartar sus ojos de aquellas formas perfectas. El sueño
desapareció, un lento escalofrío recorrió su cuerpo y estremeció su deseo.
– Buenos días Rafa-, saludó Candelaria justo antes de darle un beso
en la mejilla.
– Buenos días-, balbuceó sorprendido-, esto si que es un verdadero
regreso al hogar, encontrarse a una bonita mujer que me de un beso
de bienvenida.
– Pues además de esto, si llegas hasta la cocina verás que tengo
preparado el desayuno.
– No deberías haberte molestado, pero muchas gracias-. Arguyó
tratando de dominar el océano de misterio sensual en el cual por momentos
naufragaba, intentando esquivar las olas de erotismo mágico
que lo atrapaban en su espuma salada, tratando de ocultar la atracción
irresistible que experimentaba.
– No es molestia ninguna, me he despertado temprano, supuse que
estarías a punto de llegar y me he tomado la libertad de asaltar tu despensa.
Desayunaban juntos y felices, a Rafael le había desaparecido el cansancio
de forma repentina y entre tanto, en la cocina, una magia especial
inundaba el espacio, fuera, un hombre misterioso aunque no desconocido
por completo merodeaba por el rellano de la escalera. Tras
permanecer unos instantes junto a la puerta tomó el ascensor y descendió
hasta la planta baja, allí buscó el buzón correspondiente al
quinto piso letra “c” y anotó en una pequeña libreta: Calle Corazón de
María nº 54- 5º C. Rafael Pizarro Serrano, después guardó la libreta y
salió a la calle, enseguida un vehículo llegó a su altura, subió en él y no
reinició la marcha, permaneció en doble fila hasta que tuvo un sitio en
el cual aparcar pero siempre cerca y sin perder de vista el portal de Rafael.
Definitivamente aquellos dos hombres lo seguían, lo espiaban y nada
bueno pretendían.
martes, 10 de enero de 2012
martes, 20 de diciembre de 2011
CAPÍTULO XXV: Pinceles, mazmorras y flechas

Ya sabéis que era Don Juan
dado al juego y los placeres;
amábanle las mujeres
por discreto y por galán.
Valiente como Roldán
y más mordaz que valiente...
más pulido que Medoro
y en el vestir sin segundo,
causaban asombro al mundo
sus trajes bordados de oro...
Muy diestro en rejonear,
muy amigo de reñir,
muy ganoso de servir,
muy desprendido en el dar.
Tal fama llegó a alcanzar
en toda la Corte entera,
que no hubo dentro ni fuera
grande que le contrastara,
mujer que no le adorara,
hombre que no le temiera.
Don Antonio Hurtado de Mendoza (1622).
“Romance a la muerte del conde de Villamediana”
CAPÍTULO XXV
Pinceles, mazmorras y flechas
(19-11-1625)
Suspiró.
Se sentía atrapado, prisionero de la oscura sacristía de la iglesia de
Santa Águeda, cautivo del Cristo de los cuatro clavos, preso de Helena
y de sus caricias.
Tenía que trabajar en el cuadro religioso que prácticamente estaba
acabado y sin embargo dedicaba su tiempo a otro que le causaba mayor
placer, a un lienzo por completo opuesto. Y así tenía, dentro de una
iglesia dedicada a recoger a las prostitutas de la ciudad y enmendarles
los renglones torcidos de su vida, dos obras pictóricas comenzadas e
inacabadas, un cuerpo de mujer desnudo de espaldas mirándose a un
espejo, y en frente a un Cristo crucificado. Aunque bien mirado ambos
trabajos tenían conexión; uno de los cuadros, el Cristo de los cuatro
clavos era una forma de expiar una culpa, era el regalo de un rey a la
Iglesia para hacerse perdonar su pecado, el otro, el de la mujer desnuda,
era una culpa, la confesión de una culpa, un pecado propio del cual
no estaba por completo arrepentido, un desliz del que no se arrepentía
en absoluto.
En el cuadro religioso no sabía conseguir un rostro apropiado que
expresara lo que quería transmitir y fuera el punto culminante de la
obra, el otro lienzo sí tenía un rostro y no obstante era mejor que permaneciera
oculto, anónimo, secreto. Un pecado de belleza. El rostro de
sor Helena.
El pintor de cámara del cuarto Felipe se obligó a trabajar en el cuadro
religioso, debía terminarlo, de hoy no pasaba, debía finalizar la pintura
y salir de allí para siempre, salir de la sacristía, de la iglesia, evadirse
del Cristo de los cuatro clavos, huir de Helena.
No, no era posible tamaño despropósito, ¿cómo iba a huir de Helena
si la amaba? La deseaba, era su ilusión, su vida.
Un ruido repentino sobresaltó su actividad. Como siempre que era
asaltado por sucesos extraños no hizo caso y trató de concentrarse en
su trabajo. No podían ser fantasmas puesto que los fantasmas no existen,
no podía, no debía ser Helena. Creyó percibir un susurro, un murmullo,
un lamento. Alguien lloraba allí o en otro mundo y el eco del dolor
reverberaba por los pasillos y llegaba casi nítido a la sacristía.
– Helena ¿sois vos? No juguéis conmigo os lo ruego, me estáis asustando.
Cesaba el sonido lastimero de cuando en cuando y enseguida volvía
a repetirse. Velázquez concluyó que no se trataba de Helena. Bastante
difícil le resultaba concentrarse en el rostro del Cristo de su lienzo en
circunstancias normales como para tener extraños sucesos alrededor
que lo despistaran todavía más.
Estuvo a punto de lanzar los pinceles contra el cuadro con gesto de
rabia y de desesperación, ya había alzado su mano diestra pero en el
último momento consiguió contenerse y simplemente los tiró con fuerza
contra el suelo. Una mancha oscura apareció en el encerado y en
ese preciso instante se incrementó la intensidad de los ruidos, definitivamente
alguien lloraba.
Salió de la sacristía armado con un hachón de tres velones encendidos,
las llamas agitadas por el aire dibujaron fantasmagóricos arabescos
en las paredes entenebrecidas de la capilla. Si llegó a pensar que
saliendo de allí se libraría del miedo se equivocó. Estuvo a punto de llamar
al hermano portero y pedirle que le abriera las puertas y le permitiera
salir y sin embargo no lo hizo y se dirigió al secreto pasadizo subterráneo
armado de determinación. En cuanto se introdujo en el pasaje
secreto y bajó por la enigmática escalera de caracol, el sonido lastimero
se incrementó y su temor también. Sabía que aquel pasaje oculto
constituía un túnel usado por los monjes para acceder a las celdas de
las novicias y lo que era más peligroso, era utilizado como calabozo de
la Inquisición. Si no tenía cuidado podía ser sorprendido por algún monje
o familiar de la inquisición y verse inmerso en un grave problema.
De todos modos la curiosidad era más poderosa que el miedo, por lo
cual, extremando las precauciones, avanzó por el pasadizo en dirección
a donde creyó que nacían los ruidos. Según sus cálculos le faltaba poca
distancia para alcanzar la zona donde se hallaban las mazmorras, en
el siguiente recodo, si su memoria no le fallaba, giraría a la diestra y ya
habría llegado.
Así fue, en efecto, al doblar la esquina se encontró con la fila de
puertas cerradas, había al menos diez celdas, sin embargo lo que capturó
su atención fue que al llegar al pasillo, donde creyó que iba a percibir
con mayor claridad los sonidos que le habían inquietado, sucedió
lo contrario, el eco de los sollozos cesó dejando una reverberación de
susurros, un rumor de voces, apenas un murmullo gutural, luego... nada;
silencio absoluto, la profecía del silencio. Sólo el crepitar de las llamas
de las velas, impulsadas por alguna corriente de aire inoportuna,
se percibía.
Avanzó Velázquez iluminando con su hachón el interior tétrico de los
calabozos. A tres o cuatro puertas al menos se había asomado y nadie
habitaba la obstinada penumbra, no obstante, en la siguiente, creyó
distinguir un bulto incipiente encima del catre, algo por completo inmóvil.
El pintor comprobó que a pesar de la extrema quietud allí había
o parecía haber un cuerpo humano con o sin vida. Avanzó a la siguiente
celda, nadie, en ésta sólo una yacija con mantas húmedas y roídas;
regresó tras su estela y de nuevo iluminó el habitáculo anterior. El bulto
extraño no había cambiado de posición, no se había movido, ¿estaría
muerto? ¿Carecería aquel cuerpo ya de alma?
– Si está muerto no ha podido llorar-. Se dijo siguiendo adelante.
Y de repente, al iluminar el ángulo más cercano de la mazmorra
contigua...
El rostro de un niño apareció al otro lado de la reja propinando al artista
un susto de muerte.
– ¡Ayúdame!, quiero salir de aquí-, chilló el arrapiezo a escasa distancia
del rostro del asombrado pintor de la corte.
Velázquez saltó hacia atrás, incluso juraría haber proferido un grito,
el candelabro cayó al suelo y las velas rodaron por el húmedo pavimento;
dos de las tres se apagaron y crearon con su ausencia un paisaje
más tenebroso. Alguien, una silueta borrosa y silente apareció fugaz,
abrazó al niño por la espalda con un brazo pues el otro aparecía
vendado y pegado al cuerpo y lo alejó de la puerta. El pintor recogió las
velas de forma apresurada y trató de iluminar con la que quedaba activa
el interior del calabozo. El niño lo miraba extrañado con lágrimas
rodando por las mejillas.
– ¿Qué haces aquí? ¿Eras tú quién lloraba?
No obtuvo respuesta y sin embrago en ese preciso momento reconoció
aquel rostro, vino a su memoria un gesto de dolor, él había pintado
esas facciones no hacia mucho tiempo.
– ¿Eres tú el muchacho a quien su maestro castigó?
Fue en ese instante, al oír la pregunta del desconocido cuando Isabel,
rauda como una centella se acercó al pintor.
– ¿Y quién sois vos? No sois soldado y no tenéis aspecto de familiar
de la inquisición, ¿qué hacéis aquí entonces, cómo habéis entrado?
– Soy el pintor de cámara del rey, estoy en el convento de Santa
Águeda pintando un cuadro, dentro de la sacristía percibí el llanto del
niño, me hallo en peligro, no debería haber venido han sido sus sollozos
y lloriqueos los que me han guiado hasta aquí.
– Pues ya os podéis ir, ya no llorará más, no volverá a molestaros-.
Respondió Isabel un tanto ofendida.
– ¿Por qué estáis aquí?- Preguntó el pintor sin atender ni dar importancia
al enfado de la mujer.
– La Inquisición nos ha hallado culpables de herejía, estamos aquí
de paso, nuestro destino es la hoguera.
Velázquez no pudo evitar deslizar su mirada hacia el niño, no se
atrevió a preguntar si él también estaba condenado a perecer en el
fuego. La mujer leyó su pensamiento e intuyó que en la mente de
aquel hombre había un sentimiento de disgusto y otro más profundo
de culpabilidad.
– Correrá mi misma suerte-, se apresuró a decir para llegar al corazón
del hombre-, es mi hijo menor y ha heredado mis pecados.
– ¡Santo cielo!-, exclamó el joven pintor impresionado-, ¿cómo se
puede aplicar un tormento tan cruel a una criatura tan frágil?
– Preguntad a vuestro Dios si en alguna ocasión llegáis a verlo.
– No creo que mi Dios apruebe esto. Al menos estoy seguro de que
no lo aprueba como tal el Dios al que yo pinto.
– Ayudadnos pintor, sois un buen hombre y yo no pido auxilio para
mí, salvad al niño, yo moriré en la hoguera pero él es inocente.
– Esperad, tengo una idea, no sé si saldrá bien pero haré cuanto
pueda por sacar al chico de aquí, rezad a vuestro Dios sea cual fuere
para que mi plan tenga éxito.
Se marchó el pintor a toda prisa sin adelantar su estrategia a la azorada
madre y dejándola con la incertidumbre, en aquel preciso instante
Isabel comenzó a rezar sin pensar en un dios concreto.
El joven pintor de cámara del cuarto Felipe llegó jadeante y sudoroso
a las puertas del Alcázar. Se había dado mucha prisa en cubrir el trayecto
que separaba el convento de las arrecogidas del palacio del monarca,
pretendía entrevistarse con el rey antes de que éste saliera en
su habitual paseo vespertino por el Prado de San Jerónimo.
Felipe IV estaba despachando algunos asuntos con el Valido Olivares,
mas la trascendencia de los mismos no debía ser excesiva pues
permitió al pintor el acceso a la sala sin remilgos.
– Pasad Diego-, dijo el monarca apenas atisbó su figura oscura-, hace
varios días que no sé nada de vos y por añadidura tampoco tengo
noticias de mi cuadro, ¿cómo va ese Cristo crucificado?
– Pues de ese asunto precisamente vengo a hablaros Majestad, tengo
un problema, he cavilado también en la solución, mas solamente
con vuestra ayuda puedo aplicarla.
– En ese caso vos diréis, yo no acierto a adivinar en que puedo resultar
útil, os escucho con atención Diego, vos Conde Duque podéis
aguardar un instante a que solucionemos los entuertos del artista.
Asintió Olivares aunque su mirada desprendía fuego, ¿cómo osaba
el Rey hacerle esperar a él como a un vulgar bufón mientras atendía en
primera instancia a un simple pintor? Velázquez que no contaba con la
simpatía del valido, desde aquel instante contó con su aversión.
– El cuadro está casi terminado-, adujo el pintor que consideraba
oportuno dar buenas nuevas antes de pedir favores-, sin embargo falta
un detalle que me tiene bloqueado y preocupado, y es que no acierto,
por más que me esfuerzo, a reflejar la expresión del rostro del Mesías
que convierta esta obra en especial.
El monarca se encogió de hombros, puso cara de sorpresa y jugueteó
con los dedos en su bigote mientras decía:
– Querido Diego sigo sin ver donde puedo yo ayudar, no sé cómo
voy a proporcionaros un rostro, explicad mejor el asunto y sin rodeos.
– Vos majestad y sólo vos me podéis proporcionar el modelo-, afirmó
Velázquez sacando un dibujo de sus ropas-, mirad este boceto señor-,
el pintor desenrolló un pergamino y en él apareció impresa la cara
de un joven con expresión de miedo y padecimiento. Velazquez lo
mostró al nieto de Felipe II buscando aquiescencia y una vez captada
su atención continuó hablando.
– Hace unos días vi por la calle a este mozalbete, éste es precisamente
el rostro adecuado mas no con este gesto de dolor. Desearía tenerlo
como modelo unos días, tomar apuntes y realizar unos bocetos
que me permitieran alcanzar el gesto sublime que persigo.
– Cada vez os entiendo menos, si sabéis a quien necesitáis como
modelo adelante, contratadlo, no veo ningún inconveniente, si se trata
de dineros yo cubriré los gastos.
– Hay inconveniente majestad y no se trata de dineros, la dificultad
es otra bien distinta, no puedo contratar al muchacho, se halla preso
de la Inquisición, encarcelado en espera del auto de fe que lo lleve a la
hoguera, este joven-, adujo señalando con su dedo índice el rostro dolorido
del rapaz-, es Fernán, el hijo menor de los judíos propietarios de
la mercería de la calle Infantas.
– ¡Dios santo!- Exclamó Olivares tomando parte por primera vez en
la conversación-, ¿no osareis poner la cara de un hereje a un Cristo
crucificado? Majestad no debéis permitir semejante oprobio.
– No es el rostro Conde Duque, se trata del gesto, de la expresión.
Majestad debéis entender que puedo terminar el lienzo pintando cualquier
cara, sin embargo de ese modo sería un cuadro normal, una pintura
del montón, prácticamente vulgar. Por el contrario, con un rictus
apropiado en el rostro se convertirá en una obra maestra, una pintura
genial, la cara del crucificado como vos mismo dijisteis al comienzo del
proyecto es lo más importante de este cuadro y supongo que por el cometido
de vuestro encargo deseáis que sea un lienzo muy especial.
– Y ¿qué gracias precisáis de mí Diego? O ¿estáis solamente solicitando
permiso para plasmar el rostro de ese niño?
– No majestad, no es sólo vuestro beneplácito lo que pido. Sé que el
mozalbete está preso mas no sé dónde se halla-. Mintió el pintor-. Necesitaría
que lo pusierais en libertad de modo temporal y lo confiarais a
mi custodia por tres o cuatro días, sólo durante el tiempo preciso para
hacer los bocetos y tomar apuntes que luego pueda trasladar al lienzo.
– Poner en libertad a un reo de la Santa Inquisición y ponerlo bajo
la custodia del pintor de la corte no es plato de gusto ni tarea fácil ni siquiera
para un rey, ¡no sois nadie vos pidiendo favores Diego!
– Si no fuera por completo necesario no os lo pediría, Majestad,
además, por si os sirve de información, el rapaz no ha hecho nada malo,
su única culpa es haber nacido en el seno de una familia judía.
– ¿Es absolutamente imprescindible la participación del jovenzuelo
para la buena marcha de la obra?
– Lo es Majestad no os quepa duda, si no fuera de ese modo no os
hubiera molestado ni desviado vuestra atención de otros asuntos.
– Olivares averiguad donde está ese jayán, el tal Fernán Vaez hijo,
que lo pongan bajo custodia de Diego de Velázquez por tres días.
Transcurrido el plazo irá a donde el Santo Oficio considere oportuno.
– Sabed Majestad-, alegó Olivares con tono contrito-, que no estoy
conforme con esta decisión.
– No es necesaria vuestra conformidad necesitamos un modelo-, le
interrumpió el Rey-, Diego precisa un rostro definitivo, yo deseo una
obra maestra de tema religioso y vos sabéis con que fin.
Las palabras del monarca fueron duras y tajantes aunque no había
alterado el tono de su voz, era evidente que su decisión no admitía réplicas.
El silencio se instaló en la sala y su profecía no auguró nada
bueno, en breve espacio de tiempo el Austria volvió a hablar.
– ¿Diego precisáis algo más?
– No Majestad, simplemente agradecer vuestra comprensión y
vuestra ayuda, no os arrepentiréis, cuando veáis el lienzo comprenderéis
que todo esfuerzo merecía la pena.
– Bien, en ese caso si no precisáis más ayuda dejadnos, tenemos
otros asuntos que tratar.
Salía ya el pintor de la sala cuando a su espalda oyó un nombre:
Juan de Tassis y Peralta conde de Villamediana y escuchó también al
Monarca que preguntaba al valido.
– ¿Qué sorpresa nos ha preparado ahora el señor Conde?
No es que Velázquez gustase de cotillear ni entrometerse donde no
era llamado, sin embargo conocía al Conde, sabía de sus correrías y
había conocido por bocas ajenas de algunas afrentas que el noble había
infringido al Monarca, por todo ello y por primera vez en su vida decidió
meterse en camisas de once varas y trató de ocultarse tras la
puerta entornada para escuchar la conversación sin ser visto.
Desde el puesto de espionaje no conseguía Diego captar todas las
palabras del diálogo. El Rey formulaba preguntas a las cuales Olivares
respondía convirtiendo poco a poco su voz estentórea en atiplado susurro.
Según las correrías del Conde llegaban a conocimiento del cuarto
Felipe el enfado del Monarca crecía considerablemente. Percibió el
pintor que el Austria sentía celos del de Villamediana, sospechaba que
entre la Reina y el Conde había algo más intenso que simple amistad
derivada de relaciones cortesanas y si bien no tenía pruebas contundentes
de traición, la simple sospecha tosigaba el alma del rey galante.
Por si esto fuera poco en los últimos tiempos el conde de Villamediana
disputaba también a su rey los favores de Francisca de Tavera y no era
Felipe IV hombre a quien gustara compartir caprichos con otros caprichosos.
El de Villamediana, tal fama llegó a alcanzar en toda la Corte
entera, que no hubo dentro ni fuera, grande que le contrastara, mujer
que no le adorara ni hombre que no le temiera.
Y sin embargo en el instante álgido de la conversación el Rey ordenó
a Olivares ir en busca de alguien y por unos momentos quedó en soledad.
Hablaba a grandes gritos creyendo que nadie le escuchaba:
– Maldito seáis Conde una y mil veces ¿quién os habéis creído que
sois para desafiar a un rey? Pagareis todas vuestras baladronadas muy
pronto.
Instantes después regresó Olivares acompañado de Alonso Mateo,
ballestero real. El cuarto Felipe dio unas breves instrucciones al recién
llegado y posteriormente lo sometió a un ligero interrogatorio.
– ¿Habéis comprendido el asunto?
– Sí Majestad, a la perfección.
– ¿Creéis que podéis efectuar la misión en soledad, con éxito y a la
par con discreción?
– Sí Majestad, no temáis, todo será como vos deseáis que sea.
– En ese caso venid a verme pasado mañana y me informáis sobre
los detalles.
– Así se hará Majestad, ¿deseáis alguna cosa más?
– No Alonso os podéis retirar.
Velázquez vio como el ballestero se dirigía hacia la puerta tras la
cual se ocultaba. Se alejó deprisa y en silencio para no ser descubierto
en infame acto de espionaje, cuando oyó que el postigo se abría de par
en par se encontraba apenas a medio pasillo, se detuvo allí mismo y
fingió contemplar un cuadro de los muchos que poblaban las paredes
del corredor. El azar lo había situado frente a un retrato del emperador
Carlos V.
– ¿Admiráis la obra de Ticiano o la personalidad del Emperador? don
Diego.
– A fe que ambas cosas son dignas de admiración, sin embargo en
este instante estudiaba las pinceladas maestras del artista.
El Rey debió considerar su jornada laboral ya finalizada pues Olivares
abandonó el salón de audiencias y llegó hasta donde se hallaban pintor y
ballestero interrumpiendo su presencia la conversación.
– Por cierto Velázquez, haríais mejor utilizando ese rostro como modelo
para nuestro Cristo y olvidaros del hereje que pretendéis pintar.
– Os equivocáis Conde Duque, yo me pregunto qué sabrá de herejías
un mozalbete que apenas levanta medio metro del suelo. En cuanto
a mi lienzo os aclararé que el rostro del rey Carlos I no puede ser útil
en un cuadro religioso, él fue guerrero no monje y su carácter se refleja
en el gesto de su cara. En definitiva señor, lo vuestro es el gobierno
del país, la política, las intrigas palaciegas-, Velázquez se crecía con su
discurso y enviaba un velado desafío al valido-, dedicaos a lo vuestro y
en lo tocante a pinturas dejadme a mí que es lo mío, de ese modo cada
cual estará a lo suyo.
– Tened cuidado pintor, las herejías y otros delitos también son cosa
mía-, adujo enfadado Olivares.
– Lo tendré en cuenta y no os preocupéis por mí, ni soy hereje ni
maleante-. Se defendió Diego dando la conversación por finalizada y
marchándose hacia su estudio.
Un cadáver apareció en la calle Mayor. Con las primeas luces del alba
del siguiente día, sus facciones tomaron forma y todo Madrid supo
de inmediato y de buena ley que habían matado al conde de Villamediana.
Apareció muerto y frío al amanecer, cerca de su casa, víctima de
una emboscada, a buen seguro, fue muerto con ánimo de robarle, o
con intención de hacerle pagar alguna deuda de honor con toda probabilidad.
Tres saetas le partieron el alma, el corazón y la garganta y todas
ellas truncaron su existencia. El conde de Villamediana como buen
dramaturgo había escrito con letras de sangre el último acto de la obra
de su vida.
Algunas personas sintieron su pérdida, fueron varias las mujeres
que lloraron al conocer la noticia de su muerte, fueron varios los maridos
que celosos contemplaron el llanto de sus esposas, uno de los más
contrariados fue el propio Felipe IV, quien sorprendido, sorprendió dos
lágrimas tristes rodando por las sonrosadas mejillas de la Reina.
El joven pintor de la corte no llegó al llanto pero podemos afirmar
sin temor a error que sintió la pérdida, además don Diego enlazó cabos
sueltos y al terminar de apañuscarlos supo que la conversación del Rey
con su valido y la posterior presencia del ballestero real tenía algo que
ver con el misterioso suceso. Supo que aquellas tres saetas habían sido
disparadas por Alonso Mateo cumpliendo órdenes directas del monarca.
Supo que las tres saetas causaron heridas mortales y sólo justificaba
la presencia de los tres impactos el deseo de asegurarse del fallecimiento
del de Villamediana. Supo que su rey era celoso además de
galante y que su ataque de cuernos lo llevó a tomar la decisión de ordenar
la muerte de su odiado Conde.
Mas la vida continuaba en el viejo Madrid de los Austrias y no era
asunto de un pintor de cámara atar cabos sueltos, ni investigar crímenes,
ni desfacer entuertos, y sí lo era por el contrario pintar cuadros.
En dos obras ocupaba Velázquez su talento al mismo tiempo y en
contra de lo que todos los días se proponía dedicaba más horas al cuadro
que representaba a Helena desnuda mirándose en un espejo que al
Cristo crucificado encargado por su rey. En el cuadro de su diestra se
alzaba el cuerpo desnudo de un hombre clavado en la cruz, la piel blanca
contrastaba con la oscuridad del fondo, faltaba únicamente terminar
el rostro para finalizar la obra. En el cuadro de su siniestra se apreciaban
con perfección y nitidez las facciones de la cara de sor Helena reflejados
en el espejo, el esplendor de la carne sonrosada mostrada en
toda su belleza resaltaba sobre los oscuros pliegues del hábito.
Estaba preparado para reanudar su trabajo y se disponía ya a iniciar
las pinceladas que darían al rostro de Cupido forma humana cuando
creyó oír la llave del hermano portero ludiendo en la cerradura. Prestó
mayor atención y percibió el chirriar de los goznes oxidados de la puerta
de la iglesia. Se apresuró entonces a ocultar el lienzo de su siniestra,
era evidente que nadie debía ver el cuerpo desnudo de Helena presidiendo
la sacristía del convento, apenas había terminado de taparlo
cuando dos sombras oscuras entraron en su improvisado estudio.
– Tenéis visita Don Diego-, informó el hermano al pintor y añadió
señalando al otro hombre recién llegado-, Benito, el verdugo de la corte
ha venido a vuestro encuentro.
– Gracias fray Timoteo, podéis marcharos y vos Benito adelante, pasad
a mi extraño taller.
El verdugo aguardó a que el monje saliera no solamente de la sacristía
sino incluso de la iglesia antes de pronunciar palabra alguna.
– ¿Trabajáis en dos obras a la vez maestro?
– No, no, al contrario-, mintió Velázquez-, en algunas ocasiones hago
copias de mis cuadros, copias exactas, o incluso réplicas con el mismo
mensaje principal del lienzo cambiando los elementos secundarios
pero siempre respetando la obra principal que en este caso es ésta.
– Y ¿por qué mantenéis oculta la copia si puede saberse?
– En realidad yo siempre tengo la costumbre de ocultar mis obras
hasta que están terminadas y en proceso de secado. Éste se halla destapado
porque estoy trabajando en él-, volvió a mentir el pintor-, un
artista debe conservar en secreto algunas de las técnicas que utiliza.
Pero decidme, Benito, ¿a qué debo la sorpresa de vuestra visita?
– Vengo a buscaros en nombre del Rey, me ha sido ordenado que
saque a un crío de su celda y lo ponga bajo vuestra tutela. Voy en este
preciso momento en su busca y quería saber dónde debo conducirlo.
– Al Alcázar Benito, llevadlo a mi taller, yo recojo mis bártulos y salgo
hacia allí de inmediato.
– Bien pues en ese caso aguardad allí, enseguida os llevo al mozalbete-.
Se marchó el verdugo dispuesto a cumplir una vez más con su
misión, aquella en verdad no le resultaba desagradable, sacar al chico
de prisión sería un placer y además de ese modo contaría con un plazo
de dos o tres días para trazar un plan cuya culminación fuera la liberación
del pequeño judío.
Al quedar solo Velázquez destapó de nuevo el lienzo de la mujer
desnuda.
– Helena, mi Venus-. Murmuró mientras comenzaba a dar unas cuidadosas
pinceladas.
Enseguida dio por terminada su labor, el rostro de Cupido, personaje
que sujetaba el espejo donde se reflejaba la faz de Helena quedó
perfilado y casi definido. Había decidido ya cual iba a ser la cara de Cupido,
Fernán Vaez, el joven judío condenado a la hoguera, sería quien
presentara el espejo de plata a la preciosa Venus desnuda.
Sonrió satisfecho y se dispuso a limpiar los pinceles antes de volver
a tapar ambos cuadros preservándolos de miradas indiscretas y entonces
algo aconteció que erizó sus cabellos y heló su sangre.
lunes, 12 de diciembre de 2011

Estás imágenes se repetirán en Zaragoza este sábado
En FNAC Plaza de España a las 20h, presentaré mis Recuerdos y Angélica Morales me presentará a mí, no necesariamente en ese orden.

El sábado día 17 a las 20h. estaré en Zaragoza presentando mi colección de relatos "Recuerdos de lluvia y Cierzo"
En la FNAC de Plaza España
Intervendrá en el acto la escritora Angélica Morales.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Un trasto inutil
El microrelato de esta semana, titulado Un trasto inutil, está ligado a un fragmento de mi segunda novela Tiempo de cerezas, la fotografía es de la presentación en Teruel de dicha novela, allá por el 2009.
Un trasto inútil.
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. La mano derecha ha llevado la copa a los labios. El alcohol va nublando los sentidos. El índice y el pulgar de la mano izquierda acarician las cuencas oculares, los párpados siguen cerrados.
Pronto los abrirá, la buscará, como si no supiera que ya no está ahí, como si de una pesadilla se tratara, como si entre el alcohol y las caricias de sus dedos pudiera despertar.
Su otra pierna, la derecha, nunca volverá y, yo estaré allí para recordárselo. Con el pie izquierdo me dará unas pataditas antes de volverme a la caja, limpio, brillante, inútil zapato siempre nuevo.
Y ahora pongo los ganadores de esta semana. Me gustan bastante los dos últimos, me parecen muy interesantes y originales.
La cena es a las nueve
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso y se hace tarde. He dejado mi muñeca en el parque, con el resto de la mano y la mochila del colegio. Yo quisiera ir más rápido pero la carne se me cae a trocitos. Los huesos del pie asoman desnudos entre excrecencias podridas. Raspan el suelo. Si el tío Lauro no hubiera reventado mi otra rodilla con su escopeta... Suerte que no duele, pero a rastras va ser difícil llegar a tiempo. Mamá estará esperándome con la cena puesta, enfadada. ¿De donde vienes? Preguntará. Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo.
El arte del disimulo
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso y ahí sigue acariciando su pierna por debajo de la mesa sin tener en cuenta que soy yo el que debo esquivar la mirada desconcertada aunque complacida que me lanzan esos grandes ojos negros; soy yo el que debo partir con naturalidad el entrecot a la pimienta a la vez que finjo escuchar con gran interés la aburrida conversación del marido; soy yo el que debo disimular evitando así que mi cara revele lo mucho que me agrada lo que mi desligado pie hace y lo que su hermano derecho, más osado, ha comenzado hacer.
A la pata coja hacia la luz
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso otra vez, así que avanzo a la pata coja hacia la luz. No es la primera vez que sucede. A lo largo de mi vida me ha jugado muy malas pasadas. En cuanto me despistaba me zambullía en un charco. Espantaba a pisotones a mis parejas de baile. Tan pronto pateaba un perro salchicha como zancadilleaba a una anciana. La última fue ayer, apenas 3 meses después de que se declarase la guerra, cuando el capitán pidió voluntarios para una misión suicida y él dio un paso al frente.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Capítulo XXIV: Palabras para Julia

Fotografía de la reciente presentación en Valencia.
Todos esperan que resistas
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
... entre sus canciones.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más aquí me quedo
... aquí me quedo.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti. Pensando en ti
como ahora pienso…. Julia.
De la canción de Los suaves: “Palabras para Julia”
CAPÍTULO XXIV
Palabras para Julia
(16-12-1999)
Estuvo todo el día pensando en la preciosa mujer que había conocido
la noche anterior, un brillo especial en sus ojos y una mueca dulce
en sus labios lo delataban.
Carlos veía a su compañero alegre y pensaba que la sonrisa radiante
que lucía Fernando en su rostro se debía a la tranquilidad de saberse
sano y a salvo de la maligna sombra del antrax, sin embargo aquella
circunstancia constituía sólo un ínfimo detalle en su felicidad, lo importante
en realidad era que el tiempo, inexorable, transcurría y se
aproximaba la hora de su cita con Julia.
No sospechaba el joven que su adorada ninfa también había pasado
el día entero pensando en su nueva conquista, incluso en aquel preciso
instante estaba hablando de él, de todos modos y como la felicidad
nunca suele ser completa, su conversación tenía lugar con otro hombre.
– Nos interesa saber absolutamente todo de ese edificio-, estaba diciendo
el hombre de aspecto elegante que ayer la siguió durante su encuentro
con el vigilante-, cualquier información es valiosa y sobre todo
nos interesaría que pudieras verle en su lugar de trabajo, que consigas
ver el terreno sobre el que deberemos movernos.
– Tranquilo sé lo que hay que hacer pero necesitaré tiempo, en las
primeras citas no puedo pedirle demasiados detalles de su trabajo.
– Lo sé, no obstante debes aprovechar cualquier mínima oportunidad
para obtener datos, no deberíamos demorarnos en ejecutar la misión
más de lo estrictamente necesario.
– Me da la sensación de que estás algo nervioso, hemos hecho esto
otras veces y no te mostrabas tan suspicaz.
– Es cierto, en esta ocasión tengo un mal presentimiento, no me
gusta ese antiguo convento, cuanto antes terminemos con el asunto
mejor y sobre todo no pases nada por alto.
– No te preocupes, pondré más atención que nunca, tienes algo más
que decirme.
– Sí repetirte por enésima vez, nos interesa saber el lugar exacto de
situación de la garita de seguridad, el horario de las rondas, los cambios
de turno de los vigilantes, ubicación de las cámaras interiores.
La sonrisa extendiéndose por el bello rostro de Julia cortó la enumeración
del hombre.
– Todo va a salir bien, y ahora si me disculpas tengo una cita.
Al mediodía había empezado a llover con cierta intensidad y todavía
continuaba el temporal, el tráfico era denso y Rafael que había decidido
ir al trabajo en coche ahora se arrepentía de su decisión. El agua
formaba pequeños ríos por los arcenes, los vehículos circulaban con
parsimonia y los ánimos de los conductores se encrespaban al verse
atrapados entre el tráfico. Cuando el eterno color bermejo de los semáforos
por fin cambiaba los automovilistas no podían avanzar pues
había otros coches bloqueando los cruces, la gente que salía de sus
trabajos no podía salir de sus garajes y no había expectativas de mejoría
a corto plazo pues la lluvia arreciaba y el volumen de vehículos en
las calles se incrementaba.
– Al menor contratiempo esta ciudad se convierte en una trampa gigante-,
dijo Rafa hablando consigo mismo y buscando el teléfono móvil
para llamar a su compañero y advertirle de su posible retraso.
El ruido de los cláxones se mezclaba con los tonos del teléfono.
– Seguridad buenas tardes-. Respondió una voz conocida al otro extremo
de la línea.
– Fernando, soy Rafa, llamaba para decirte que estoy en un atasco
y es posible que te llegue tarde.
– Pues me haces polvo compañero, precisamente hoy tengo una cita
con mis universo y no quisiera llegar tarde no vaya a cansarse de esperar
y se busque a otro.
– Intentaré llegar lo antes posible pero no te prometo nada, es complicado
moverse en esta trampa.
– Te espero, no tengo más remedio, date prisa.
Darse prisa atrapado en un atasco, qué fácil era decirlo y qué difícil
hacerlo.
---------
Un todo terreno gris se movía también lento sorteando las dificultades
del tráfico y el temporal.
– Vaya atasco-, dijo Julia-, a este paso no voy a llegar a tiempo.
– Tranquila, te esperará, merece la pena perder unos minutos por
una mujer tan atractiva.
– Gracias-, adujo Julia sorprendida ante el halago de su acompañante-,
la verdad que estás cambiado en esta misión, nunca antes me
habías hecho comentarios galantes.
– Nuestra relación es simplemente laboral, hay ciertas familiaridades
que no son recomendables y más teniendo en cuenta la especialidad
de nuestra tarea, debemos ser cuidadosos y evitar posibles conflictos.
A pesar de sus palabras la contempló un tanto arrobado por
unos instantes hasta que el sonido de un claxon lo devolvió a la realidad,
entonces recuperó su argumento-. Soy el responsable de la seguridad
de esta organización y se me exige que sea por completo eficiente.
Julia, estaba acostumbrada a las miradas masculinas, sonrió agradeciendo
la inesperada admiración de su compañero y guiñó con complicidad
uno de sus preciosos ojos azules. El todo terreno gris continuó
moviéndose con pesada parsimonia por las calles mojadas pero ya el
silencio, había extendido dentro del reducido habitáculo, su profecía.
-----
La desesperación hacia presa de Fernando conforme los minutos pasaban,
su mirada viajaba de las cámaras exteriores al reloj con rapidez
vertiginosa y de ese modo no prestó casi ninguna atención a un hombre
de edad avanzada vestido por completo de negro que llegó por la
puerta principal.
– Buenas tardes joven-, saludó al vigilante.
Fue en ese instante cuando a Fernando le llamó la atención el
atuendo del llegado, traje negro con sombrero también del mismo color,
un sacerdote pensó el joven aunque no luciera alzacuellos.
– Dígame, ¿qué quería?
– Están ustedes bien aquí dentro con la que está cayendo fuera.
– Sí, aquí al menos se está a salvo de la lluvia.
– Y ahora en estos tiempos tan modernos que ya no existen peligros,
si usted hubiera conocido este edificio en el siglo XVII, ¡cuántas
anécdotas hay impresas en estos muros!
– Sí algo me han contado, pero dígame usted ¿qué deseaba?
– Sí, en verdad están ustedes bien ahora, ya no corren tanto riesgo
como nosotros en nuestro tiempo, las monjas de Santa Águeda no
eran malas, era la Inquisición quien acosaba a sus víctimas y algunos
líderes de los estamentos religiosos que aprovechaban muy bien sus
privilegios.
– Disculpe señor, no puedo entretenerme, ¿viene a visitar a alguien
de esta empresa?
– No, en realidad es a Álvaro a quien quisiera ver.
– ¿Álvaro, aquí no hay nadie con ese nombre?
– Se equivoca joven, Álvaro está aquí, pero no se moleste ya lo he
visto y ellos también me han visto a mí, estaban allí al fondo del pasillo,
Álvaro junto a Tordesillas y Espinosa.
– Mire señor creo que se ha equivocado entrando en este recinto.
– No, ¿cómo me voy a equivocar después de tanto tiempo? No se
preocupe ya me marcho, no quiero causarle problemas sólo quiero
asegurarle que ustedes no corren peligro, lo de Álvaro fue otra cosa, él
pertenecía a otro mundo. La historia se ha quedado impregnada en los
muros de este convento y en ocasiones quiere dejarse oír, sin embargo
las almas de sus habitantes son inocuas.
– Bien pues le agradezco su información y ahora si me disculpa…
– Adiós Álvaro-. Se despidió el extraño personaje mirando al pasillo
vació-. Adiós hijo ya no le molesto más, su compañero está a punto de
llegar a la puerta del garaje. Yo soy fray Timoteo, trabajaba aquí hace
muchos años, exactamente donde usted está, tenía yo mi mesa, pero
lo dicho, no le entretengo.
Salía ya el anciano sacerdote y el vigilante pensaba que era un viejo
chiflado, cuando llegó a la puerta y antes de salir adujo una profecía.
– Y no te preocupes hijo, aunque llegues tarde, Julia te aguardará.
– Oiga espere, ¿de qué conoce usted a Julia? y ¿cómo sabe que yo
llegaré tarde y ella me esperará?
No obtuvo respuesta el fraile misterioso se marchó, Fernando corrió
tras él pero cuando alcanzó la calle no consiguió ver al hombre, había
desaparecido engullido por el asfalto.
– Ha desaparecido, no puedo creerlo, el viejo loco se ha esfumado.
Al volver al interior del edificio apreció que su compañero estaba accediendo
al recinto por el aparcamiento.
– Por fin, ése es Rafa-, murmuró consultando su reloj por quincuagésima
vez-, espero que el fraile majareta tenga razón y Julia me espere.
------
Acezando llegó Rafael al puesto de control a efectuar el relevo, se
había cambiado en tiempo record y corriendo por la escalera se ajustó
la corbata.
– Ya estoy aquí, perdona por el retraso.
– No hay novedad, me voy corriendo es que tengo una cita con una
rubia increíble, mañana hablamos.
Visto y no visto, Fernando también se cambió en tiempo record bajaba
ya la escalera vestido con traje de calle y a Rafa casi no le había
dado tiempo de instalarse en la garita.
– Por cierto Rafa, ha venido un loco, parecía un sacerdote todo vestido
de negro, sombrero incluido y con una larga barba blanca dijo llamarse
fray Timoteo y decía unas cosas muy raras, entre otras que trabajó
aquí hace años. ¿Ha venido otras veces?
– Con esa descripción y ese nombre no recuerdo a nadie, ¿has tenido
problemas con él?
– No, no, sólo era un poco pesado y muy raro pero no le des importancia
pues seguro que no la tiene.
– Fray Timoteo, no lo he oído en mi vida.
– Preguntaba por un tal Álvaro y mencionó otros nombres pero su
conversación no tenía sentido.
La alarma se encendió en el cerebro de Rafael al oír el nombre de su
compañero fallecido
– Quizá su conversación si tenía algún significado-. Dijo ya hablando
solo Rafael.
------
Era una de esas mujeres a las cuales resulta imposible pasar desapercibida
y en aquella ocasión no había excepción. Eran pocos los que
se atrevían a acercarse y hablar con ella, no obstante todos los hom-
bres del local la miraban, algunos incluso le sonreían y ella devolvía
amable la sonrisa y si trataban de entablar conversación los rechazaba
con esmerado afecto.
Julia era de ese tipo de mujeres que permanecen poco tiempo solas
en un bar y así fue también en esta ocasión, un joven llegó apresurado
dirigió una rápida y aprensiva mirada al local, sonrió al detectar su presencia,
se acercó despacio mientras ella fingía no haberlo visto, el rostro
de él casi rozó el cabello de ella cuando se acercó para susurrarle
algo al oído. Julia sonrió con angelical gesto un segundo antes de besar
apasionada al recién llegado. Todos los hombres que presenciaron la
escena sintieron un repentino ataque de envidia, uno, sentado solo en
un rincón, ataviado con un elegante terno gris, no sólo sintió envidia,
también sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo pues desde que comenzara
aquel trabajo había sentido una malas vibraciones en su alma.
La pareja recién consolidada no estuvo mucho tiempo en el local,
sin importarles demasiado el aguacero salieron al exterior, la búsqueda
de un taxi libre en una tarde de lluvia era harto complicada en la zona,
así pues desistieron de dirigirse a casa de Julia la calle Serrano, como
fue la primera intención y optaron por ir a casa de Fernando, más cercana
y con posibilidad de ir andando. Bajo un pequeño paraguas se
abrazaron y entre arrumacos fueron cubriendo el camino, la presencia
de Julia le hacía olvidar el resto del mundo, el ruido de la lluvia le impedía
oír las pisadas a su espalda, alguien, enfundado en un elegante
traje gris los seguía sin perderlos de vista. A pesar del mal tiempo el
perseguidor se instaló en un portal apenas guarecido de la lluvia frente
a la casa de Fernando.
– Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando
en ti como ahora pienso, Julia-. Canturreaba sin importarle el aguacero
y de ese modo aguardó paciente.
Paciente también aguardaba Rafael a que llegara el final de su jornada,
a buen seguro se le haría más larga la noche a él que a su compañero
Fernando y para corroborar esta afirmación unos ruidos se oyeron
justo encima de su posición, en el piso de arriba donde en teoría,
ya no había nadie.
Las personas pueden permitirse el lujo de sufrir alucinaciones alguna
vez, sin embargo cuando son tan frecuentes uno empieza a pensar
que los espectros le acosan y pueden llegar el miedo, la locura, incluso
la muerte. En ese peligroso instante en que el silencio lo envuelve todo
y lo llena de malos augurios es cuando hay que luchar con todas las
fuerzas restantes y demostrar al mundo o demostrarse uno mismo que
no se trata de alucinaciones sino de hechos tangibles, que no se trata
de locura sino de simple mala suerte, es la hora de perseguir a los fantasmas,
a todos los fantasmas: a los de los edificios, a los de las personas,
a los que habitan en húmedos y fríos muros y a los que anidan
en tibias almas.
Y en esa fase estaba Rafael, persiguiendo sonidos inexistentes escaleras
arriba en un edificio vacío, buscando sombras, esquivando miedos.
Recorrió todos los despachos de la primera planta y no encontró
nada fuera de lo normal, los ruidos habían dejado de percibirse y quizá,
esta vez sí, era su imaginación que le jugaba una mala pasada. Estaba
a punto de regresar a su chiscón cuando el ascensor se puso en
funcionamiento, subía con repentina rapidez y luego bajaba a trompicones.
La sangre se heló en sus venas, ¿también esto lo habría imaginado?
¿Era una alucinación o la presencia de algún ser maligno?
Fue hacia el ascensor y pulsó el botón de llamada, oyó rechinar a la
vieja maquinaria, sin embargo el cajón no se detuvo en su planta, continuó
hacia arriba, hasta la última y se detuvo. Rafael volvió a accionar
con rabia el pulsador.
– Maldito trasto, cada día funcionas peor-. Dijo como si el ascensor
fuera un ser vivo.
La cabina de acero se cerró y el habitáculo emprendió una vertiginosa
caída, el vigilante oía el roce metálico y olía el olor a quemado del
calor generado por la fricción. La caída finalizó de improviso, como había
comenzado, el ascensor se paró en seco y sus puertas se abrieron
con brusquedad inusual.
Rafael llevó su mano diestra a la culata del revolver al tiempo que
daba dos pasos atrás, ¿acaso pensaba que podía salir alguien de un ascensor
vació en un edificio desierto? No salió nadie pero sí algo. Las luces
del interior de la cabina estaban apagadas, dentro un humo denso
y helado muy compacto. Al abrirse la puerta el vapor alcanzó el exterior
y comenzó a disiparse como niebla. Un frío horrendo llenó toda la
planta, Rafael quedó petrificado, nunca había visto nada parecido, el
frío le llegó hasta el alma, el pavor, hasta el horizonte de la consciencia.
Por nada del mundo hubiera accedido al interior del ascensor y
tampoco podía permanecer en aquel pasillo eternamente, allí ya no tenía
nada que hacer.
De improviso todas las luces del edificio se apagaron y éste quedó
sumido en la oscuridad más profunda y el frío más rotundo, apenas el
débil haz de luz de su linterna guiaba sus pasos por tan inhóspito laberinto,
sólo oía el eco de sus propias pisadas y los latidos desesperados
de su corazón, el terror se centuplicó y en nada se asemejaba al de
otras noches. El miedo le aconsejaba huir, salir corriendo a toda prisa y
alejarse de aquel edificio endemoniado, no obstante, Rafa hizo todo lo
contrario desoyó el sabio consejo que siempre facilita el temor y se dispuso
a buscar soluciones, a hacer preguntas que quizá fuera mejor no
formular, a encontrar respuestas que tal vez fuera mejor ignorar. Estaba
predispuesto para una larga y dura batalla, estaba preparado para el
peligro. Era la hora del llanto.
De nuevo ruidos, ruidos de hierros contra hierros, metales que chocan
impulsados por manos invisibles o peldaños de escaleras de acero
pisados por pesados calzados que culminan en cadenas. En un principio
pensó que eran pasos en la escalera metálica que conducía a la
cripta lo que se oía y todo su cuerpo experimentó un sobrecogedor escalofrío,
mas pronto se percató de que los sonidos procedían de algún
lugar por encima de donde él se encontraba.
– El campanario, esos ruidos que se oyen proceden del interior de
nuestro vestuario.
Hacia allí dirigió sus precipitadas zancadas y cuando llegó su curiosidad
chocó contra una puerta cerrada que a pesar de su cerrazón no
podía impedir que salieran extraños ruidos del interior del vestuario.
– La puerta está cerrada cuando siempre queda abierta y esos ruidos
desgarradores del interior, es como si alguien estuviera arrastrando
cadenas por el suelo-, una vez más se sorprendió hablando solo,
había ido en busca de respuestas y no iba ahora a quedarse sin ellas.
Revistió de audacia su valor, no ignoraba que hay puertas cerradas
que es mejor no abrir, sabía que hay umbrales que es conveniente no
traspasar, conocía que existen estancias presididas indefectiblemente
por la muerte, aun así tenía que entrar en aquel cuarto.
Desenfundó su revolver a pesar de saber de lo inútil del gesto y propino
una violenta patada a la puerta del vestuario que se abrió con
gran estrépito, al mismo tiempo cesaron los ruidos extraños de manera
tan repentina y misteriosa como habían comenzado y se volvieron a
encender las luces. Estaba apuntando hacia las taquillas cerradas con
un arma y una linterna por completo innecesarias. La normalidad parecía
haber regresado, enfundó el revolver y apagó la linterna guardándola
en su cinturón y entonces de nuevo algo extraño sucedió: unas
manos invisibles con llaves inexistentes que ludían en las viejas cerraduras
de las taquillas abrían a la vez todos los armarios.
– ¿Qué es esto?- Preguntó al viento sabiendo que no obtendría respuesta
alguna.
Las puertas se fueron abriendo de par en par como partes vivas de
un fantasma en plena zarabanda, Rafael asistía al espectáculo anonadado,
por alguna extraña razón ya no sentía miedo, se sentía a salvo
en aquella estancia repleta de misterio.
– ¿Eres tú Álvaro? Tratas de decirme algo ¿no es verdad?
No obtuvo ninguna respuesta, sin embargo la ropa de los armarios
cobró vida de repente y comenzó a salir de los lugares, donde inertes,
permanecían dobladas y guardadas. Las prendas volaban unos instantes,
levitaban fugazmente y caían de nuevo inertes, plegándose en dobleces
inverosímiles. En pocos minutos toda la ropa de los trabajadores
del servicio de seguridad, todos los uniformes de sus compañeros, se
esparcieron por el suelo de toda la habitación en un revoltijo de telas
digno de un mercadillo de oportunidades. Rafael observó algo que ya
intuía, sus prendas permanecían intactas, perfectamente plegadas y
colocadas en la perchas de su taquilla tal como él las había dejado.
– No entiendo nada, ¿qué intentas decirme Álvaro?- Gritó el vigilante
en un vano intento de obtener alguna contestación.
La única respuesta que consiguió fue que algunos armarios se cerraron
con violencia del mismo modo extraño que se habían abierto y
vaciado, otras taquillas por el contrario permanecieron abiertas, desafiando
al joven, invitándole a hurgar en el interior. Rafael no captó la
invitación y así, de las taquillas que habían permanecido abiertas comenzaron
a salir, portadas por entes inexistentes, unas bolsitas de
plástico transparente que contenían un sospechoso polvo blanquecino.
– ¿Era esto lo que me querías mostrar? Supongo que se trata de cocaína,
no es la primera vez que veo algo así.
Una mano invisible y no obstante cargada de ira fue arrojando todas
las bolsas contra el suelo, contra las paredes, contra el techo. En breves
instantes el vestuario quedó sumido en una niebla fantasmal que
producía el polvo de los paquetitos en suspensión. La habitación quedó
convertida en un campo de batalla, el desorden y la confusión reinaban
en el vestuario a pesar de que conforme el polvo caía perezoso y se posaba
sobre las ropas tiradas en el suelo, la calma regresaba a los viejos
muros del edificio.
Rafael cerró la puerta del vestuario como si con ese gesto rompiera
el hechizo y despacio, cabizbajo, se encaminó a su chiscón.
– No sé qué quieres que haga Álvaro pero sé exactamente que debo
hacer.
Nada más llegar al cuarto de seguridad cogió el teléfono y marcó un
número de móvil. No era la hora más propicia para efectuar llamadas,
de todos modos él sabía que esa circunstancia no incomodaría a quien
hubiera al otro lado de la línea. Y fue la voz somnolienta de Morales la
que respondió sin poder ocultar el cansancio.
– Sargento Morales al aparato, dígame.
– Buenas noches sargento, perdón por molestar a hora tan avanzada
de la madrugada, soy Rafael…
– Te he reconocido Rafael-. Interrumpió Morales bruscamente saliendo
de su sopor, su tono de voz denotaba alarma, todos sus sentidos
estaban alerta-. ¿Has tenido algún incidente relacionado con el atentado?
– No, no es por ese motivo la llamada, es otro asunto el que quiero
tratar y no quisiera hacerlo a través de una línea telefónica, ¿cuándo
podemos vernos?
– Si el tema es muy grave voy ahora mismo, si no es muy urgente
podemos vernos mañana a primera hora pero si no me dices de qué se
trata no puedo determinar la premura del caso.
– Son varios casos en realidad y atañen a personas de servicio en
este edificio, creo que la policía debe investigar a fondo ciertos hechos.
– En ese caso y como supongo que estás en horario laboral podemos
desayunar mañana temprano cerca de tu trabajo y me pones al
corriente ¿te parece bien?
– Sí, es perfecto, podemos quedar a las siete y media en la Taberna
del Renco, ¿sabes dónde está?
– No, pero recuerda, soy policía, creo que podré encontrarla.
– Está muy cerca del edificio donde trabajo, en la confluencia de las
calles Bárbara de Braganza y Barquillo.
– De acuerdo, estaré allí a las siete y media en punto, tú pagas los
desayunos por haberme despertado a las dos de la mañana.
– Eso está hecho, yo pago el desayuno y tú desenmascaras a los
malos.
Cansado. Exhausto se sintió al finalizar la conversación; meditabundo
y apático estuvo el resto de la noche. Ya no hizo nada más, sólo esperar,
aguardar sentado e inmóvil a que llegara la hora de irse, de salir
de allí. No hizo nada excepto pensar, debería haber efectuado dos rondas
y no las hizo, debería haber subido al menos a limpiar y ordenar el
vestuario pero tampoco. Permanecía en la silla en incomparable quietud,
con la mirada extraviada, oyendo al silencio y a todas sus profecías
mientras pensaba… pensaba en qué descubriría la policía cuando él les
facilitara las pistas de que disponía y les confesara sus sospechas; pensaba
en Álvaro; pensaba en Eva; pensaba en Rosa. Fue tan larga la noche
que tuvo tiempo de pensar también en Candelaria y ése fue el recuerdo
al que más tiempo dedicó y el que le devolvió alguna posibilidad
de experimentar lo que significaba estar vivo. Una sonrisa un tanto bobalicona
se fue dibujando en el perfil de su rostro y un repentino calor
en los labios le traslado hasta el beso de anoche. No había visto a Candelaria
en todo el día, cuando Rafael se despertó ella ya se había marchado
y cuando él salió hacia el trabajo aún no había regresado, ahora
estaría acostada en la pequeña cama de la habitación de invitados, tapada
la perla negra de su cuerpo bajo las sábanas blancas. ¿Por qué la
había besado? ¿Por qué no dijo nada inteligente tras el beso y selló la situación
con un hasta mañana? ¿Por qué no continuó besándola que era
en realidad lo que quería, lo que necesitaba, lo que anhelaba?
Llegó el alba y con el ella el ansiado momento del relevo, cuando su
compañero Fernando subió al vestuario se quedó observando su reacción.
¿Qué haría al ver el estado en que había quedado el cuarto? A
buen seguro en breves momentos aparecería dando voces de alarma y
él no le diría nada de lo acontecido.
Sin embargo no fue así, Fernando tardó cinco minutos en regresar
correctamente uniformado y sin hacer comentario alguno respecto al
desorden del vestuario. le hizo el relevo, Rafael subió despacio, sin prisas
pero con curiosidad. Al llegar al vestuario todo estaba en orden, todo
impecable como si nada de lo ocurrido durante la noche hubiera sucedido,
incluso él empezó a dudar de si en verdad había o no pasado
algo a lo largo de la noche o sólo fue un mal sueño de su mente desquiciada.
El enigma quedó resuelto cuando se agachó para atarse los
zapatos, cerca de una de las filas de taquillas y casi oculto bajo una de
ellas se veía un montoncito de un polvo blanquecino que evidenciaba la
realidad de la pesadilla.
– Álvaro has vuelto a hacer una de las tuyas, has recogido todo y
me has hecho dudar de mí mismo, afortunadamente has dejado un indicio
para que yo supiera a qué atenerme.
Salió a la calle, mas tarde pasaría a recoger el coche, ya no llovía y
un viento suave, aunque frío, paseaba por la ciudad. Se abrigó cuanto
pudo y caminando sin prisa e inmerso en sus pensamientos se encaminó
a la Taberna del Renco, no volvió la vista atrás y por tanto no pudo
ver que una figura oscura se asomaba a ese rosetón donde nadie humano
podía encaramarse por causa de su desmesurada altura, no volvió
la vista atrás y no supo que un vehículo discretamente oculto entre
el tráfico lo seguía y dos personas en su interior lo vigilaban.
jueves, 10 de noviembre de 2011
A tren muerto, tren puesto

A TREN MUERTO, TREN PUESTO
Y nada más existió hasta el próximo tren, éste ya lo había perdido, como tantos otros, era ya solamente una insignificante mota de polvo en el horizonte. Un recuerdo en el apeadero de su vida.
Quedó solo, sin embargo, una gran estación como ésta que transita tiene mucho movimiento, entre un tren y otro apenas pasa un suspiro y de repente otra luz se abrió camino en el túnel y se detuvo en su andén.
_ Hola, me llamo Teresa- dijo nada más llegar.
_ Ya te he olvidado Carolina- murmuró mirando el horizonte-, te acaba de sustituir Teresa y, la verdad, está como un tren.
AMARGA SENSACIÓN
Y nada más existió hasta el próximo tren; para él nada más existió nunca.
Su decisión urgente robó su vida. Quiso salir del vagón, eligió otra posibilidad, pero lo hizo a destiempo, el tren ya había efectuado su salida.
Él cayó de bruces en el andén. Se golpeó, con violencia, el choque de su cabeza con el cemento fue mortal.
La sangre tiñó el futuro; muchos corrimos en su ayuda pero la suerte, la mala suerte ya estaba echada.
Cuando el siguiente tren estacionó en esa vía, su alma ya había estacionado en el paraíso.
Lloré con la amarga sensación de haber ayudado a aquel desconocido a morir.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Juguetes rotos

Juguetes rotos
Como tantas veces había hecho de niño cuando rompía un juguete, lloró.
_ ¡Yo lo quería!- hubiera dicho entonces.
_ ¡Yo lo quería!- dijo ahora.
_ Pero lo has estropeado- hubiera reprochado su padre entonces.
_ Usted lo ha estropeado- le dijeron hoy.
_ No hacia cuanto yo ordenaba- hubiera dicho el niño.
_ No cumplía mis deseos- dijo hoy adulto.
_ ¿Por eso tuviste que destrozarlo?- hubiera preguntado inquisitivo el padre.
_ ¿Por eso lo mató?- preguntó el policía.
_ Era mentira, no lo íbamos a regalar a otro niño- confesaría papá.
_ No me amaba, había otro hombre- confesó llorando, compungido, como el niño mimado que nunca había dejado de ser.
Horrores nocturnos
Como tantas veces había hecho de niño se tapó la cabeza con la almohada apretando fuerte los párpados.
Sabía que apenas duraría unos minutos, luego pasaría como una mala tormenta de otoño.
Como tantas otras noches de miedo y fantasmas, los espectros sólo querían jugar, divertirse un rato a su costa, luego desaparecerían hasta la próxima noche de ritos.
Trató de evadirse y no sentir, lo conseguía, llegaba el duermevela, sólo dos detalles ahuyentaban al sopor:
De niño los fantasmas tenían la voz de su padrastro
_ Tranquilo, no te haré daño.
¿Por qué de adulto le provocaban miedo cuando de niño simplemente fue asco?
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