viernes, 9 de septiembre de 2011

La vida y la justicia




No todos tienen amigos con influencia para salvaguardar esta noche
su libertad o sus vidas. Pasada la una de la madrugada, bajo la lluvia
que rompe a ráfagas sobre la ciudad en tinieblas, una gavilla de presos
empapados y deshechos de fatiga camina con fuerte escolta. Casi todos
van despojados, descalzos, en chaleco o mangas de camisa.
Arturo Pérez Reverte. “Un día de colera”







CAPÍTULO XXI
La vida y la justicia
(12-11-1625)




La persecución le llevó lejos pero ya llegaba a su fin, no obstante, su
esfuerzo tenía aspecto de terminar siendo baldío.
El niño estaba agotado, tanto que ya llevaba un buen rato en brazos
del adulto, quien por cierto, también acusaba el cansancio. Los perseguidos
miraban atrás continuamente y veían reducirse la ventaja inicial
de forma paulatina, aún así seguían corriendo, rehuyendo la pelea, no
tenían más opciones. Al llegar a la calle de Los Siete Jardines su implacable
perseguidor ya se les había echado encima, fue entonces cuando
no tuvo más remedio el judío que finalizar la carrera, bajar el chico al
suelo y empuñar la espada.
– Aguarda aquí pequeño Fernán y descansa un instante, si algo va
mal intenta escapar.
Apenas se dio la vuelta cuando el Capitán de la Guardia de Madrid
llegó a su lado.
– ¡A fe que corréis como gacelas los judíos! Ahora comprobaremos
si manejáis con igual acierto el acero con las manos que las botas con
las piernas.
El judío no dijo nada, permaneció callado ante la bravuconada del
soldado y se limitó a esperar en posición defensiva el inminente ataque
de su enemigo. En aquel instante tan inferior debió de estimar el soldado
a su rival en la lucha que le dio la oportunidad de ser detenido.
– Si no queréis pelear tirad las armas, conservareis la vida y seréis
juzgado por el Santo Oficio.
– No gracias, el Santo Oficio ya nos ha juzgado y dudo que nos permita
conservar la vida, tengo más posibilidades luchando contra vuestra
espada que contra las llamas de vuestro Dios.
– En ese caso, si preferís que sea yo quien os mande al infierno así
será-. Dijo el guardia mientras lanzaba sus primeras mojadas contra el
adversario.
El judío se defendía como podía, con concentración y buena voluntad,
de la habilidad del contrario, sabía que el soldado era muy ducho
en el arte de la esgrima y que sólo era cuestión de tiempo que fuese
herido por su acero, sin embargo, afrontó con inusitada calma la situa-

ción esperando que la suerte le diera una oportunidad y así se limitó a
defenderse, a mantenerse lo más lejos posible del hierro del militar y
permanecer atento buscando un hueco, un descuido, una esperanza.
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Lucas percibió el odio en los ojos del soldado nada más tenerlo delante.
– Tanto peor para él-, pensó-, el odio ofusca la mente, precipita las
acciones y conduce a cometer errores-. Y no obstante él también sentía
odio, la sangre hervía dentro de sus venas y por ello no demoró la
lucha y desencadenó el ataque.
– Espero por vuestro bien y la paz de mi conciencia que hayáis venido
confesado-. Dijo lanzándose con fuerza sobre su enemigo.
Dos estocadas como furiosos latigazos que cortaron rápidas el aire
buscaron sin disimulos el pecho del oponente y luego, sin pausa y con
algo de prisa, otra mojada furiosa abajo, dirigida con fuerza y rapidez
al vientre. Mas el soldado las paró todas con su acero sin inmutarse ni
emplear gran esfuerzo, incluso se permitió hostigar al maleante cuando
éste tenía la guardia desprotegida.
– No es un principiante este bellaco-, pensó Lucas y sin embargo dijo-,
bien pensado tanto os da haber confesado o no, dar muerte a mi
compañero disparándole por la espalda os condena al infierno sin remisión
y yo os voy a facilitar el viaje.
Otro ataque furibundo siguió a sus palabras, dos estocadas rápidas
esta vez por los lados y otra al centro buscando el corazón. El guardia
paró las dos primeras con maestría y esquivó la siguiente quedando en
posición ventajosa que aprovechó para contraatacar de modo astuto
sorprendiendo al rival. Lucas percibió como el frío acero rozaba la tela
de su camisola, al percibir tan cerca el peligro no se amilanó, se encolerizó
todavía más y con mayor ímpetu se entregó a fondo en su afán
de herir al guardia.
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Tras el primer choque de hierros se concedieron distancia y escrutaron
al rival. Benito se percató en primer lugar de donde estaba pues
sobre la puerta de la cual había salido la sombra que tenía enfrente
colgaba un cartel que anunciaba: Taberna del Renco. Y luego se apercibió
de la identidad de su adversario.
– Pero don Gonzalo ¿sois vos?
– Pues claro que soy yo ¿y quién sois vos y qué hacéis en las calles
a esta hora?
– Soy Benito Jiménez y huimos del Capitán de la Guardia y de sus
hombres-. Afirmó rotundo liberándose del embozo para que don Gonzalo
pudiera ver su rostro.
– Pues a juzgar por el ruido de pisadas y hierro los tenéis aquí mismo,
entrad a la taberna, rápido y preparad vuestras explicaciones.
El verdugo y los dos adolescentes judíos entraron en la taberna del
Renco, don Gonzalo cerró la puerta y pegó el oído a ésta. Unas velocísimas
zancadas se oyeron muy cercanas, también percibió voces de al
menos dos hombres:
– Por aquí, corrían en esta dirección.

– No pueden estar muy lejos.
Una sola vela de sebo situada en la mesa más alejada de la entrada
de la taberna era la única luz que se permitieron.
– Tomad-, dijo el hijo mayor del Renco poniendo una hogaza de pan
sobre la mesa y una jarra de vino-, parecéis cansado Benito, decidme,
en que lió os habéis metido.
– En el de la vida y la justicia don Gonzalo-, respondió un tanto apesadumbrado
el verdugo-, la vida nos lleva a complicaciones, a situaciones
que no buscamos y sin querer encontramos en nuestro camino.
Una vez golpeados de sopetón por las adversidades tratamos de conseguir
justicia. Yo hoy he creído justo salvar la vida de estos dos mozalbetes
y otro más que huyó por otro lado y en ello ando esta noche
en vez de descansar tras un largo y agotador día de trabajo, buscando
justicia en contra de la ley del Dios verdadero o de la ley de sus representantes
en la tierra.
– Si esas palabras que oigo de vuestra merced salieran de otros labios
no me asombraría en absoluto, pero de vos no sólo me sorprenden,
además me preocupan.
– Hacéis mal en preocuparos, nuestra único desvelo admisible es
ocultar a los chicos por esta noche y mañana tratar de sacarlos de la
ciudad, cualquier otra cosa sería condenarlos a la hoguera implacable.
– ¿Son estos los judíos de la mercería?
– Su familia es judía, ellos son apenas unos niños, los niños de la
mercería.
– No será fácil salir de aquí, ni tampoco lo será encontrar escondrijo
hasta mañana, lo más seguro será que permanezcan dentro de la
taberna toda la noche.
– No me place traeros complicaciones ni procuraros problemas con
la justicia ni la Inquisición.
– No lo haréis, desde la muerte de mi padre esos son mis enemigos
naturales y mis peores pesadillas por lo tanto no aportaréis más fantasmas
a mis sueños de los que ya padezco. Pasad la noche aquí, con
ellos, mañana al amanecer vendré y os ayudaré a salir de Madrid.
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– Al final no vais a resultar un rival indigno-, fanfarroneó de nuevo
el Capitán de la Guardia de Madrid ante su impasible enemigo que en
esta ocasión se mostró más locuaz.
– También vos me habéis sorprendido, por desgracia para mí sois
mejor espadachín de lo que imaginaba.
– Pues lamento que penséis así porque aún no he desplegado mis
mejores tretas-. Dijo el Capitán henchido de orgullo, quiso con sus actos
confirmar sus palabras desencadenando un ataque rápido y certero.
El judío pretendió con su frase de alabanza que el Capitán se sintiera
muy superior en la lid, que se relajara y cometiera algún error. En
primera instancia sus propósitos no fueron logrados, el soldado sabía
que sentirse mejor que el rival puede llevar a la tumba y aunque lo era
no subestimaba a su enemigo y de ese modo le envió una serie de estocadas
altas que el judío retrocediendo pudo sortear no sin apuros,

después otras dos buscando sus tripas que también pudo parar y de
súbito sintió un pinchazo en el hombro izquierdo que no vio ni de donde
le llegaba. Dio unos pasos atrás trastabillando, apretó los dientes
para no aullar de dolor y continuó empuñando la espada con la diestra
sabiendo que aquello no había terminado.
– ¡Vaya!, la sangre de los judíos es igual de roja que la de los cristianos.
Aprovechó el momento de tregua el herido para despojarse de la capa
y la enredó en su antebrazo izquierdo para usarla a modo de rodela,
pues solamente con la cimitarra no sería capaz de parar los ataques
continuados y mal intencionados del Capitán.
– Veo que no tenéis intención de claudicar sino que por el contrario
pretendéis continuar la lucha.
– No quisiera pero no me dejáis más remedio.
Durante la breve conversación se había percatado de su situación:
los ataques del Capitán lo habían obligado a retroceder y perder terreno,
como consecuencia de esa retirada el niño estaba bastante alejado
de él y además se encontraba a la espalda del soldado y por tanto éste
no podía verlo mientras luchaba.
– ¡Huye Fernán, vete!
El niño no reaccionó ante la desesperada orden lanzada por su protector,
era demasiado joven y quizá veía más peligro en marcharse él
solo que permanecer allí. ¿Dónde iba a ir? El Capitán atacó de nuevo, en
varias ocasiones tuvo el herido que usar su brazo dañado auxiliado de la
capa para detener peligrosas estocadas y así, casi accidentalmente,
descubrió que aquella circunstancia le proporcionaba una oportunidad.
Cada vez que paraba un golpe con la protección de la capa quedaba
desocupada su espada y tenía un segundo, tal vez menos, para contraatacar.
Decidió intentarlo.
Una profunda estocada que iba directa a su garganta con aviesas intenciones
la detuvo con el baluarte de la capa y de inmediato se lanzó
hacia delante impulsando el filo de su arma con toda su fuerza contra
el cuerpo del Capitán.
Muy cerca estuvo de conseguir su objetivo, el soldado se vio obligado
a saltar a un lado para esquivar el tremendo sablazo, sin embargo
tras la acción, en lugar de sorprenderse y observar mayor cautela, enseguida
atacó de nuevo por el flanco izquierdo con tal contundencia
que en esta ocasión hubo de ser el judío quien se retirara a un lado con
celeridad para ponerse a salvo.
– ¡Huye Fernán, obedece! Vete de aquí, escóndete-, gritó de nuevo
a su protegido.
Y en esta ocasión fue tan apremiante la orden emanada de sus labios
que el niño sí la obedeció. Se incorporó y sin mirar atrás salió corriendo
calle abajo con toda la fuerza de sus piernas. El Capitán al oír el ruido
producido por las rápidas zancadas del muchacho se volvió a verlo.
Aquella era una ocasión regalada por su oponente que el judío no podía
desperdiciar. El espadachín herido al percibir que el rival no lo miraba ni
a él ni a su espada, se lanzó con toda su fuerza y su fe hacia delante tratando
de herir por encima de la protección del coleto a su adversario.

El Capitán de la Guardia de Madrid era un hábil guerrero y de intuición
no debía estar mal surtido pues pareció adivinar la intención de su
enemigo, se giró raudo sabiendo que a pesar de su superioridad en el
lance acababa de cometer un error. Atisbó el filo del arma dirigiéndose
a su cuerpo y se agachó justo a tiempo, el sable del judío no partió su
pecho de milagro aunque sí impactó en su rostro y abrió una brecha
larga y profunda en la mejilla. El judío supo que había fracasado en su
última oportunidad, que había estado muy cerca de obtener la victoria
en aquella jugada, sin embargo le faltó suerte.
Un sudor frío atenazó su espalda de repente y un dolor inmenso
acudió a su vientre, miró hacia abajo, al lugar que ardía con un fuego
sempiterno, allí vio la espada del Capitán metida en su estómago hasta
los gavilanes, atravesando su cuerpo de parte a parte. El adversario
había sido hábil y utilizando su impulso a la par que completaba el giro
para esquivar la estocada había aprovechado para atacar a un rival
desprotegido y endosarle un espadazo terrible. El judío, atento al resultado
de su propia acometida no supo advertir la agresión, no vio el
filo de la espada avanzar con brillos de muerte en sus hojas en dirección
a su piel.
El Capitán tiró de su espada con brusquedad y la extrajo del cuerpo
herido, el dolor se intensificó adquiriendo grado superlativo, ardían sus
tripas, se helaba su espalda y advirtió que no se podía mover, ni siquiera
cerrar sus ojos y su boca que habían quedado entreabiertos con
gesto de sorpresa y miedo, ni soltar la espada o con la capa tapar el
agujero por el que salía sangre a borbotones, nada.
Tardó pocos segundos en morir, cuando por fin cayó, desplomado,
vio al Capitán corriendo calle abajo tras la estela del pequeño Fernán.
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La batalla entre Lucas y el soldado de la guardia se había convertido
definitivamente en guerra sin cuartel, los dos atacaban sin reparos,
sin miedo a ser heridos, sin ambages ni disimulos. Buscaban quebrar la
defensa del rival y ansiaban matarlo, no había tregua y el cansancio
hacia mella en sus cuerpos.
– Te mataré aunque tenga que emplear en ello toda la noche-. Afirmó
Lucas enrabietado.
– Deberéis ser más rápido de lo que decís, la ronda de mis compañeros
no tardará en llegar y entonces sí podéis daros por acabado.
Tenía razón el soldado, ya le había pasado por la mente la circunstancia
adversa, el tiempo jugaba en su contra pues él nunca recibiría
ayuda y por el contrario su oponente sí, más pronto que tarde se llegaría
a la zona una pareja de guardias y al percibir ruido de aceros chocando
acudirían en auxilio de su compañero.
– ¡A fe qué estáis en lo cierto! En ese caso no perdamos más tiempo
ni energías en charla inútil.
Atacó al soldado con renovados bríos, una concatenación atropellada
de estocadas casi desesperadas regaló a su rival quien con apuros
consiguió mantenerse indemne. Atacaba a oleadas furiosas y cada vez
le cegaba más su odio. Por fin Lucas tuvo una buena oportunidad. El
soldado de la guardia quedó descolocado tras su apresurada defensa,

se vio encerrado contra la pared y muy próximo a ella, sin posibilidad
de retroceder, cualquier movimiento debería ser hacia delante, hacia el
enemigo.
– Ya eres mío-, pensó Lucas y lanzó con toda su alma una estocada
alta hacia el cuerpo del guardia. El soldado la paró y de ese modo las
dos tizonas quedaron trabadas. A pesar de tener las fuerzas muy menguadas
ambos empujaron el acero con rabia, con la mano derecha en
tensión apretando al enemigo, la otra buscando en el cinto ayuda para
inclinar la balanza en el cuerpo a cuerpo. Lucas buscaba su daga y los
dedos de su siniestra no acertaban a encontrarla; el guardia buscaba la
pistola, la encontró, la sacó con presteza y apuntó con ella a los ojos de
Lucas.
– Está descargada mequetrefe, habéis matado con ella a mi compañero
y vos lo sabéis-, se burló Lucas cuyos dedos ya rozaban la cazoleta
de la daga.
Tenía razón por supuesto, el arma de fuego estaba sin munición, sin
embargo el soldado la usó en forma de maza, como arma arrojadiza, y
golpeó con todas las fuerzas que supo reunir el rostro del rival con el
cañón de su pistola. Lucas se tambaleó tras recibir el impacto, la vista
se le nubló, sintió la sangre corriendo en hilillos cada vez mayores por
su barbilla. Cayó al suelo, no llegó a perder la consciencia pero muy
cerca estuvo, quedó aturdido, las piernas no respondían, pesaban los
brazos, se hallaba a merced del guardia. El soldado se acercó y apoyó
la punta de su espada en el pecho del caído dispuesto a terminar con el
enemigo. No todos tienen amigos con influencia para salvaguardar esta
noche su libertad o sus vidas.
– Con vuestra muerte queda vengada la de mi compañero-, dijo con
una sonrisa en sus labios.
– ¡Alto, no lo hagáis Esteban! Lo quiero vivo.
Era la voz del Capitán de la Guardia de Madrid, recién llegado a la
escena con un destacamento, quien apremiaba a su soldado para que
no matara al maleante. El guardia que al parecer se llamaba Esteban
se lo estaba pensando mucho, se demoraba más de lo que un soldado
debía en ejecutar la orden de su jefe.
– Ha matado a Felipe, merece abandonar este mundo-, dijo el tal
Esteban.
– Y lo hará, pero a su debido tiempo, antes de que muera debemos
interrogarle, nos será más útil por el momento vivo que finado.
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Con grandes precauciones don Gonzalo salió de la taberna del Renco
y cerró la puerta atrancándola por fuera de tal modo que los de dentro
quedaron allí, encerrados, hasta que de nuevo él viniera a abrir. Era
noche avanzada y no resultaba sensato deambular por la calle a esas
horas y menos recomendable era aún en una noche tan ajetreada como
se estaba mostrando aquélla, sin embargo él estaba prevenido, solamente
debía llegar a salvo hasta su casa donde le aguardaría la madre
desesperada y medrosa, debía evitar a toda costa tropezarse con
las patrullas de los guardias. Bajó por la calle Barquillo dispuesto a dar
un pequeño rodeo y así evitar las zonas más frecuentadas por los sol-

dados de la guardia de Madrid, y precisamente en la confluencia con la
calle Infantas oyó ruido de pisadas que hollaban cercanas y rumores de
voces. Se ocultó en la oscuridad, pegado a la pared, tratando de meterse
dentro de los ladrillos del muro, inmóvil, embozado en capa y
sombrero y con las armas a punto.
Era una patrulla de guardias, al frente de ella su capitán y por añadidura
llevaban a dos detenidos, un adulto y un niño, pasaron muy cerca
de donde él se encontraba escondido. El adulto llevaba las manos
atadas a la espalda, caminaba con dificultad y tenía el rostro cubierto
de sangre reseca; el chico tenia las manitas atadas por delante, parecía
inmensamente asustado, era el mismo que había visto, castigado
por su maestro al haberse ausentado de las clases para asistir a la fiesta
de los azotes.
– Vida y justicia-. Susurró cuando ya habían pasado de largo en dirección
a la cárcel de la corte, despejada ya estaba la calle y por tanto
prosiguió su camino murmurando-. Mísera vida y dudosa justicia.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El manuscrito Voynich, verdadera fortuna. "Auténtica estafa"



Me he presentado a otro concurso, ya sabéis que no puedo vivir sin ellos y si me dicen ven lo dejo todo, elpremio es importante, una cena con Matilde Asensi, así que os pongo en antecedentes.
Me dice una amiga que al acceder a la página del concurso y leer mi relato no lo entiende. El título es “Auténtica estafa” y el concurso “Haz historia con Matilde Asensi”.
No es raro que haya personas que no lo entiendadn, por lo tanto os lo explico lo más brevemente posible.

El relato tiene que estar basado en “La codificación del Manuscrito Voynich”
El manuscrito Voynich es un libro anónimo escrito en torno al año 1570, aunque también se atribuye a Roger Bacon y entonces sería de 1214-1294. Su característica principal es que está escrito en un lenguaje desconocido o cifrado que todavía hoy no se ha podido descifrar.
También se piensa que puede tratarse de una estafa ideada por el propio Voynich quien elaboraría el documento apoyado por sus conocimientos de librero y anticuario y trataría de hacerlo pasar por un manuscrito perdido de Roger Bacon que podría venderse por una auténtica fortuna.
Y otra posibilidad, la que a mí más me gusta pero igual de improbable que las demás, es que el matemático y astrólogo Jhon Dee con algún ayudante más, lo idearan para sacar los cuartos a Rodolfo II de Bohemia.
En cualquier caso lo cierto es que Voynich comenzó a interesarse por los libros y manuscritos antiguos: prosperó muy rápidamente en un negocio en el cual era un profano, ignorándose la procedencia de sus recursos económicos iniciales y estableció un importante comercio de libros raros al cual acudían muchos coleccionistas para conseguir libros descatalogados, raros, incunables o imposibles de encontrar.
En 1912 halló en la biblioteca del colegio jesuita de Villa Mondragone, Italia, el manuscrito que hoy lleva su nombre y que compró a bajo precio junto con otros manuscritos y libros antiguos (parece ser que la orden necesitaba desesperadamente el dinero para arreglar el colegio); intentó descifrar su contenido remitiendo copias del mismo a diversos expertos, aunque sin resultado alguno.
En noviembre de 1914, a punto de comenzar la guerra, embarcó en el célebre trasatlántico Lusitania —hundido al ser torpedeado por un submarino posteriormente, durante la contienda— y se trasladó a Nueva York con su colección de libros y su negocio de librero especializado en textos raros.
Para escribir mi relato me he basado en mi opinión particular de que jamás se podrá descifrar el manuscrito de forma satisfactoria para todas las opiniones y con unanimidad de los expertos y de que constituye un engaño. Las extrañas características del texto del manuscrito y el contenido sospechoso de sus ilustraciones (tales como las plantas quiméricas) conducen a muchos expertos a pensar que el manuscrito es en realidad un engaño.
En 2003 el especialista en computación doctor Gordon Rugg mostró que se podía reproducir texto con características similares a las del que contiene el manuscrito, mediante el uso de una tabla con prefijos, raíces y sufijos, que habrían sido seleccionados y combinados por medio de una plantilla de papel perforado. Este mecanismo, conocido como Rejilla de Cardano, se inventó hacia 1550 como herramienta criptográfica.
En el texto que presento a concurso menciono la rejilla de Cardano, a Ethel, esposa de Wilfrid M. Voynich quien al parecer lo vendió a la Biblioteca Beinecke de libros y manuscritos antiguos de la Universidad de Yale, donde se halla en la actualidad y lo sitúo en el Titanic. Wilfrid nunca estuvo en el Titanic pero sí en el Lusitania cuyo naufragio constituyó una tragedia de mayor dimensión que la del Titanic.
En 2009, investigaciones de la Universidad de Arizona demostraron, mediante la prueba del carbono 14, y con una fiabilidad del 95%, que el pergamino del manuscrito podía datarse entre 1404 y 1438. Por otra parte, en otro estudio posterior se demostró que la tinta fue aplicada en torno a esas fechas, confirmando así que el manuscrito es un auténtico documento medieval y eliminando la posibilidad de que fuera el propio Voynich el autor.
A mi modo de verlo (aunque soy un aficionado inexperto) un documento medieval sí pero una auténtica estafa (tal vez un herbario o un texto de recetas) que puede costar una verdadera fortuna, afortunadamente no creo que nadie jamás pueda descifrarlo.

Pasamos al relato, el texto lo inicia Matilde Asensi de este modo:

“No podrán. Nadie podrá nunca.”, me dije observando el manuscrito. Por fin lo había terminado. Yo era la última persona viva que entendía aquellas ocultas palabras que encerraban el conocimiento secreto. Ahora, sólo quedaba esperar.

Y a partir de aquí 150 palabras que yo sigo de este modo:

Esperar a que los lobos aullaran en mi puerta o los buitres detectaran su presa.
Sin embargo, no fueron hambrientos carroñeros sino un oficial del Titanic quien golpeó la puerta del camarote con urgente reiteración.
- Señor Voynich nos hundimos, salga rápido a cubierta con su esposa, no hay botes salvavidas para todos los pasajeros.
Corrimos desesperados, aferrando la vida, cobijando el escrito contra mi pecho. Las damas tienen preferencia para abandonar el barco, Ethel, mi esposa, fue designada para salvarlo, el documento cambió de pecho.
Tuvimos suerte, cada uno por nuestros medios sobrevivimos al naufragio. La tragedia incrementó la leyenda convirtiendo al libro en la piedra filosofal de nigromantes, coleccionistas y criptógrafos.
Aguardo tranquilo en mi trastienda que aparezca algún excéntrico millonario, desconocedor de la rejilla de Cardano y quiera pagar, por un manuscrito medieval cuyo contenido constituye una estrepitosa estafa, una auténtica fortuna.
Afortunadamente, nunca, nadie, podrá descifrarlo.


Ahora si lo estimáis conveniente en este enlace

http://factoria.fnac.es/concursos/concurso_matilde_asensi/autentica-estafa

y después de registrase, podéis votar por mi relato titulado “Auténtica estafa” con el seudónimo Titán. Se puede votar una vez al día.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El casero siempre llama dos veces



Fotografía de Elena Álvarez, Colectivo Toc Arte, Título Sombras.


Segunda sombra: El salón solitario



Sombras en la escalera, por lo demás, nada, nadie. Los ruidos habían cesado, al final seguro que todo fue un sueño o una pesadilla o viceversa. Caminando despacio, descendiendo entre sombras, llegó a la segunda planta, allí estaba el salón en penumbra.

Entró.

Con la poca luz y las muchas sombras que proporcionaban unos tímidos rayos de sol que profanaban las rendijas de la vieja persiana pudo ver, a la derecha, el sofá azul. Ese era el de ver la televisión puesto que estaba situada justo enfrente. La pantalla del aparato, plagada de sombras, apagado en negro, reproducía no obstante una imagen confusa, difusa. Una secuencia profusa de película de terror. La silueta de una mujer patidifusa, atemorizada, armada con unas tijeras con las que podía incluso herirse a sí misma. Era un reflejo, su imagen, su película, su sombra.
Las puertas del armario estaban cerradas como siempre, ¿no habría nadie dentro? No, desechó la posibilidad de abrir para cerciorarse. En la pequeña mesita, la de tomar el café, que estaba junto al sofá azul de ver la televisión, reposaba, olvidado, un vaso sucio de restos pegajosos.

Al otro lado las dos mecedoras, ambas quietas y vacías. El otro sofá, el amarillo, el de dormir la siesta las tardes de calor porque a él llegaba nítido el aire de la ventana cercana. Cercana y actualmente cerrada a cal y canto. Junto al sofá amarillo de dormir la siesta estaba la mesa de no comer, puesto que por norma general y siempre que no hubiera invitados, hacían las comidas abajo, en la cocina. Y alrededor de la mesa de no comer, las cuatro sillas de madera de un color tan claro, tan cálido y tan brillante…

Frente a ella estaban los cuatro cuadros anárquicamente alineados, cuatro fotografías antiguas de diferentes rincones del pueblo, cuatro amuletos en realidad, recuerdos colgados en la alcayata del destiempo condenados al cobrizo amarillo del olvido, cuatro recuerdos que no eran los suyos.

Encima de la mesa, junto a las llaves que usó de madrugada para entrar, un billete de 50 euros arrugado y monedas sueltas. Si había entrado alguien desde luego no tenía intención de robar.

Escuchó ruidos de nuevo en la planta de abajo, de nuevo pasos sigilosos, inoportunos, pisadas intrigantes por la escalera. Al mismo tiempo, sobre la mesa, un zuñido molesto, un objeto se movía retozando debajo del billete arrugado que con un temblor inquietante se desplazó en pos de las monedas.

El móvil.

Puesto en modo silencio el celular vibraba sobre la mesa al producirse una llamada y a pequeños tirones se aproximaba, sigiloso, inoportuno, intrigante, travieso, a las monedas y las llaves.

_ Diga- susurró con miedo de alarmar a quien la alarmaba.

_ Señorita Cora soy Fran, el casero…

El casero, precisamente hoy, precisamente ahora, qué inoportuno, qué mala sombra, ojalá no hubiera contestado, el casero siempre llama dos veces.







Fotografía de Charo Hernandez, Colectivo Toc Arte, Título Sombras.

lunes, 29 de agosto de 2011

El casero siempre llama dos veces




Título: El casero siempre llama dos veces

Primera sombra: Despertar

Unos pasos en la escalera le sacaron del ligero duermevela en que se hallaba sumida. Había dormido mal; fatal, demasiadas cervezas entre estómago y cerebro y viceversa. Tuvo que levantarse para ir al baño en un par de ocasiones; entre el dormitorio y el escusado y viceversa. Tantos paseos por el pasillo en sombras la desvelaban y también el calor, y también los ronquidos etílico-anaeróbicos de su pareja.
No tenía que madrugar. No había puesto el despertador. Quería simplemente despertarse cuando ya no tuviera más sueño, cuando estuviera cansada de dormir y, sin embargo… los pasos inoportunos hollando la fría piedra de la escalera la habían despertado.
Miró a su diestra, Nick dormía a su lado, entonces ¿de quién eran las pisadas que recorrían las mesetas y peldaños de su escalera? ¿Quién había en la casa además de ellos dos? ¿Quién y cómo había entrado?
Se levantó impulsada por el muelle de su resolución dispuesta a averiguarlo, por un instante pensó despertar a Nick pero un ronquido seco y ahogado, ahogó su intención, entre lo que ella tardara en explicar y él en despertar y comprender, podía pasar demasiado tiempo.
Fue al baño en primer lugar, entre el dormitorio y el escusado sin viceversa, no solamente por miccionar de nuevo los últimos reductos de las cervezas ingeridas la noche anterior, también por armarse con las tijeras que había en la repisa superior del armario del espejo. Si alguien se había colado en su casa y había interrumpido su descanso se iba a llevar un buen corte.







Continuará...
Muy pronto la segunda sombra.

Aclaración sobre el término Principe de las cerezas.


Paquita Dipego, a quien debo el título de Príncipe de las cerezas y muchos comentarios amables y recomendaciones de mis libros en sus publicaciones.





El viernes 17 de junio publiqué una entrada en el blog con el título de Príncipe de las cerezas. En ella se puede leer entre muchas otras cosas esta frase de agradecimiento a Antonio Gómez Rufo.

Quiero que sepas, apreciado Antonio, que tomé buena nota de todos tus consejos y que si bien Chema me ascendió de contador de historias a escritor, tú, con tus palabras, me diste un privilegio, un título, el de “Príncipe de las cerezas”.

Parece ser que estas palabras mías pueden inducir a error y por ello quiero matizar que el título de Príncipe de las cerezas lo inventó Paquita Dipego, Príncipe escritor de las cerezas, para ser exactos fue su denominación inicial. Ella lo inventó, escrito quedó en Facebook y Antonio me lo hizo sentir una tarde calurosa de junio.
Fue como cuando el Rey sanciona y promulga una ley ya aprobada por Las Cortes que la pone en conocimiento de todos, pues eso me hizo sentir Antonio, me hizo sentir algo que ya estaba inventado.

También afirmo en la misma entrada que José Manuel Contreras me hizo sentir, con sus memorables lecturas escritor. José no inventó esa palabra pero me lo hizo sentir por primera vez. Agradezco al inventor de la palabra escritor su idea y a José Manuel su proclamación en forma de magistral lectura igual que agradezco a Paquita Dipego que un buen día inventara el término Príncipe de las cerezas y a Antonio que sancionara y promulgara.

Espero haberlo aclarado, a cada uno lo suyo.

Y espero también que mi honestidad y mi amistad no se ponga en duda por este tipo de pequeñeces, aunque si mis amigos no me entienden lo que quiero decir cuando escribo quizá deba plantearme dedicar mi tiempo a otros asuntos.

lunes, 22 de agosto de 2011

AGUA





Este es el primer relato de mi nuevo libro, una colección de relatos que se titula “Recuerdos de lluvia y Cierzo” Es el relato más corto, espero que os guste y despierte vuetro interés por leer los 16 restantes.
La fotografía es de Charo Hernádez, artista del Colectivo Toc Arte en el cual la publicó como un trabajo sobre el tema “Agua”.










Agua.

Agua vertida.

Agua derramada por la ira, impulsada por su deseo de venganza o mejor aún, por su deseo de justicia. Vaso de cristal que impulsado por su indignación desciende hasta el suelo de la maldad y estalla en mil cristales diminutos.

Agua formando amalgamas con vidrios en un charco transparente. El estallido del vaso ha conseguido por un instante atenuar los gritos, sin embargo ahora, disipada la sorpresa, atenuado en el tiempo el eco de la explosión, se reanudan las voces y se elevan con mayor violencia insultos y reproches.

Agua.

Agua vertida.

Agua salada derramada por sus lagrimales. Lágrimas que ruedan recorriendo sus mejillas junto a hilitos frágiles de sangre y no logran encontrar vestigios de pena en su rival, ni consiguen apagar la tormenta, ni poner fin al infierno.

Ha sido ella, ha sido su mano temblorosa la que ha lanzado el vaso contra el suelo, y lo ha tirado al suelo por no estrellarlo contra la cabeza del monstruo, pero tras la sorpresa inicial, el gesto no ha conseguido más que redoblar el enojo de su marido, estimular su descontrolada furia.

¡Qué oscuridad tan densa y cruel se cierne sobre su noche! ¡Qué truenos tan horrendos se cierran sobre su vida! Y ella, una vez más indefensa, sabe que por muchas lágrimas que derrame, por mucho que su desesperación y su miedo la obliguen a cerrar sus ojos y tapar sus oídos, por mucho que sus brazos traten de amortiguar los golpes, es imposible. Las manos de ese hombre transformado en fiera impactan una y otra vez en su rostro, en su pecho, en su alma, golpes inevitables que casi ya ni duelen y que caen sobre ella como agua, gotas de lluvia de un aguacero persistente, cobarde e insoportable.

Agua.

Agua vertida.

Agua derramada, gota última que con su sola presencia desborda el vaso de la paciencia. Recoge los cristales del suelo junto con los fragmentos de su derrota, y sin embargo no se siente vencida, por el contrario, percibe que ha ganado, pero ¿acaso se trataba de una guerra?

Para los vecinos ha sido tan sólo una escaramuza más, lo mismo de casi todas las noches, agua que no has de beber. Para él un accidente más, daños colaterales de un halo luminiscente producido por exceso de alcohol en sangre, agua que calma la sed inherente a la resaca. Para los periódicos un caso más que engrosará las estadísticas de malos tratos, otro titular de violencia doméstica, agua corriente que circula habitualmente por las tuberías y cloacas.

Para ella ha sido la última vez, agua bendita para signarse y asperjar, bautismo de un nuevo comienzo, de preguntarse ¿qué será de mí si me marcho?, ha pasado a preguntarse ¿qué será de mí si me quedo?

El portazo no ha conseguido despertar a la bestia, el alcohol ahora ejerce de somnífero, hasta mañana no sabrá que se ha ido, no sabrá que ya no lo aguanta, no sabrá que ya no lo quiere. El eco del portazo se arrastra perezoso por la escalera y es la última reverberación acústica de esta tormenta, desde hoy su río fluirá hacia otros mares.

Libertad por fin derramada en océanos sin tempestades.

Vida vertida.

Agua.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Funéreas profecías




Presentando La profecia con mi amigo el escritor Jose Guadalajara. Dicen que en esta foto me parezco a Loquillo, bueno el es más alto y yo más guapo.







Con Inma, Eva en el libro, y con Rosa, la tabernera de la Taberna del Renco.




Mucho antes de que llegase Faustina, antes del cierre de las minas,
cuando los cristales de la escuela vibraban con los gritos de los chiquillos
en las aulas y los tejados de las masías tenían motivos para mantenerse
en pie, antes de contar con un pretexto para el odio, ya andábamos
a la greña ése y yo.

Elifio Feliz de Vargas Pastor. “Días de cierzo”



CAPÍTULO XX
Funéreas profecías
(13-12-1999)



Silencio.
Signos. Señales. Profecías.
La débil línea divisoria, la frágil frontera que delimita y separa la realidad
de la ficción, lo vivido de lo imaginado, lo experimentado de lo
soñado, es impunemente traspasada.
Silencio. El bien y el mal. Campo de batalla todavía desierto, luna
llena pletórica exultante de blanca belleza proyectando su luz sobre
una cruz. Luna mentirosa, funéreas profecías.
Silencio. Presagios que uno tras otro difuminan la realidad, la distorsionan
hasta hacerla diferente, y entonces, de repente todo acaba,
o por el contrario todo empieza, la niebla disfraza la verdad, o en realidad
oculta la mentira y descubre la verdad perfilando poco a poco sus
contornos. Un cuerpo de mujer yace en el asfalto, algunas perlas corren
escapando de un vistoso collar de bisutería, algunas son atrapadas
por un líquido viscoso y trabadas, frenadas en su carrera, un fluido
que puede ser sangre, sangre procedente de un frágil cuerpo de mujer
que yace en la oscura noche, y sin embargo permanece vivo. La niebla
tapa por completo las mentiras y la verdad resplandece a la luz impetuosa
de la luna.
El campo de batalla se va poblando de personajes, y así, en una vetusta
construcción cercana al derrumbe en un polígono industrial, el silencio
desaparece. Alguien canta en un idioma incomprensible, deben
estar bebidos y recordando con sus canciones su patria lejana. En una
habitación relativamente cercana a donde se producen los cánticos hay
cinco mujeres, cuatro de ellas duermen o parecen hacerlo por su inmovilidad
y silencio; otra prepara con sumo cuidado su mejor vestido, no
le resulta difícil escoger uno entre los tres que tiene, una vez elegido lo
coloca junto a un colchón viejo que es su yacija y se acuesta, tratará
de dormir y descansar, tratará de proteger su vestido de cualquier
arruga, de cualquier mínima mácula.
No resulta sencillo conciliar el sueño con los cánticos incomprensibles
que ganan en volumen según avanza la noche en silencios y alcohol.
Ojos negros que miran desconfiados, nervios rojos que producen insom-

nio y sudor en igual medida, y por fin los primeros y dulces instantes magenta
de la inconsciencia; y no obstante perciben ruidos sus oídos, aunque
los ruidos no son extraños en aquel lugar, al contrario, lo extraño es
el silencio, extraño y peligroso.
Cinco encapuchados han entrado en el edificio y se mueven con rapidez
por la planta baja, a pesar de tener cubiertos los rostros sus facciones
se perciben y sus identidades se adivinan. Carlos y Fernando esperan
cerca de la puerta principal, llevan unas antorchas en sus manos
y comienzan a prender fuego en ellas mientras el humo impregna sus
vestiduras con su inconfundible aroma, entre tanto Dionisio ha ido al
fondo de la planta y esta vertiendo una sustancia altamente inflamable
por el suelo, Quique hace lo mismo junto a las escaleras que conducen
a los pisos superiores y don Javier derrama un líquido viscoso y mal
oliente en el centro justo de la planta baja. Terminan de extender el
fluido y salen a toda prisa, ahora Fernando y Carlos son los que entran
corriendo y prenden fuego al líquido desparramado por todo el suelo.
Tiran las antorchas mientras corren hacia fuera y ganan la salida justo
cuando la sustancia inflamable comienza a arder con rapidez, sin tregua,
sin pausa, sin piedad. Absolutamente toda la planta baja está en
llamas, nadie podrá salir por allí, nadie podrá huir. El fuego se propaga
y se extiende, pronto afectará a los pisos superiores. Los conocidos
desconocidos se ríen y se felicitan por el éxito de su misión.
– ¡Chamuscaos cerdos asquerosos!- Grita Carlos ebrio de alcohol
ambarino, drogas blancas y fuego bermejo.
– Volved a vuestro país, España no os quiere-. Vocea Dionisio cuando
las llamas coralinas se reflejan en el vidrio almagre de sus pupilas.
– Muerte al invasor, fuego contra el infiel-. Proclaman Fernando y
Quique abrazados, ahítos de poder púrpura.
– Vamos, nos marchamos ya, aquí está todo hecho-. Ordena frío y
marengo don Javier a pesar del calor que desprende el edificio incendiado.
Todos corren hacia el final de la calle y los ruidos de sus zancadas
se mezclan con el eco de sus risas, suben a un coche y se alejan
mientras se quitan los pasamontañas sin ni siquiera mirar atrás. Ningún
remordimiento, ningún recuerdo para los muertos.
Candelaria oye gritos y se sobresalta. Sale con violencia de su dulce
duermevela, se incorpora en su colchón y busca asustada el vestido que
debe ponerse para su entrevista. Necesita el vestido y sobre todo necesita
el trabajo. Un fuerte olor a humo llega hasta su fino olfato, necesita
dormir para estar en optimas condiciones mañana, su futuro depende de
ello, decide recostarse de nuevo y descansar, sin embargo no llega a
tumbarse porque los primeros gritos de horror llegan a sus oídos. Los
habitantes de la nave abandonada pronto comprenden su situación. Los
más veloces huyen y buscan las escaleras, pero es ahí donde el fuego es
más intenso, donde el humo es más denso, donde la muerte es más probable;
cuando se dan cuenta de su error ya están dentro de una trampa
mortal, intentan dar la vuelta y correr en otra dirección pero otros que
llegan los empujan hacia el fuego. Quince de los veintidós habitantes de
la nave abandonada encuentran la muerte entre las llamas. Candelaria
comprende que no hay salida, está acorralada, rodeada de fuego, de hu-

mo y de miedo sin posibilidad de acercarse si quiera a la puerta. Su única
posibilidad es la ventana, arrojarse por ella es una locura pero también
es su único recurso. Se acerca a ella cuando ya la temperatura en la
primera planta es casi insoportable. La ventana no tiene cristal, por allí
donde habitualmente entra el gélido frío sale ahora ella en busca de la vida.
Salta, se precipita al vacío, cae. La caída es corta, el golpe brutal.
Siente dolor en el brazo, luego en la cabeza, siente la sangre salir de su
cuerpo y el dolor en el alma antes de perder la consciencia. Las perlas simuladas
de su collar de bisutería corren desperdigadas, su sangre las
traba impidiendo que se alejen de su cuerpo hacia un campo de batalla
plagado de víctimas, luna llena pletórica, exultante de blanca belleza
proyectando su luz sobre una cruz. Cruz mentirosa que no protege a sus
súbditos, funéreas profecías que se cumplen sin remisión. Un cuerpo de
mujer frío sobre el gélido asfalto. Sangre y lágrimas vertidas en el suelo
de un país extraño que soñó propio.
Sirenas, luces bermejas parpadean acercándose veloces y la vida se
escapa a borbotones.
Candelaria se despierta asustada, dolorida, sorprendida... no fue
un sueño, fue una pesadilla real.
Rafael se despierta asustado, dolido sorprendido... todo fue un sueño,
una pesadilla, pero tan real.
– ¡Fueron ellos!- Grita recordando nítidos los rostros de sus compañeros
protagonizando el sueño-. Fueron ellos los asesinos-. Vuelve a
gritar cuando comprende que el sueño, la pesadilla, ha confirmado sus
sospechas.
– Sí fueron ellos-. Grita una voz lejana respondiéndole, confirmando
sus sospechas renovando sus pesadillas y su temor, pero ¿quién le habla
dentro de un edificio vacío?
Al levantarse bruscamente derriba la silla donde estaba sentado y donde,
por añadidura, se había quedado dormido. Alarmado mira las cámaras
de vigilancia. Mucha gente en la calle, nadie dentro del edificio, y sin embargo
el grito que percibió procedía del interior de las entrañas de unos
muros embrujados. Lucha por desembotar sus sentidos, casi lo ha logrado
por completo cuando de nuevo percibe la voz.
– Fueron ellos y tú lo sabes, lo has visto en el sueño-. Se oye un grito
cuyos ecos de ultratumba llegan a todos los rincones.
– Sí, fueron ellos, lo sé, pero ¿quién eres tú?
– Fueron ellos, son unos asesinos-. Sentenció tajante una voz que
sólo podía corresponder a un fantasma. Rafael quedó abatido, no entendía
nada de lo que ocurría y por si su confusión fuera baladí a ella se
le añadía la preocupación, el sueño y la voz confirmaban sus más siniestras
sospechas, pero, por desgracia para él la noche no había terminado,
otros extraños sucesos estaban por acontecer o eso al menos
vaticinaba aquel silencio sepulcral en el cual quedó sumido el edificio.
Al principio fue un sencillo y prácticamente imperceptible murmullo,
más tarde se fue tornando rumor molesto, poco tiempo después se
transformó en ruido preocupante y amenazante, finalmente ya en atronador
estruendo. Rafa lo había oído desde el primer instante y no quiso
concederle importancia, prefirió aguardar y desear en silencio que

cesara; ahora ya no era capaz de soportarlo por más tiempo, alguien,
o algo, estaba en alguna de las plantas superiores del edificio tirando
objetos, cerrando puertas con grandes acometidas, golpeando paredes
con inusitada violencia.
Alguien gritó su nombre desde algún despacho adyacente y el eco
del alarido rodó por todo el edificio como si un carro con ruedas de piedra
bajara por las escaleras. Un viento de terror le atravesó cuando se
recordó a sí mismo que entre aquellas paredes estaba él solo, por tanto
era imposible que ese estruendo lo causase alguien, en todo caso,
en las plantas de arriba debería haber “algo” causando daños. Se armó
de valor y de paciencia en idénticas dosis y empezó a subir la escalera
en dirección al estruendo. Los ruidos procedían de la segunda planta,
de uno de los despachos del final del pasillo que se hallaba ubicado
precisamente encima del chiscón de seguridad. Era el despacho más
cercano al de Eva López.
La puerta estaba cerrada con llave porque él la había dejado así en
la ronda anterior, cualquier cosa que estuviera dentro había accedido al
interior atravesando la pared, la puerta o las ventanas, aún así el detector
de movimientos del despacho no captaba actividad de ningún tipo,
quien hubiera conseguido entrar lo había hecho sin moverse y ahora
causaba ruidos en el interior del mismo modo, sin efectuar movimientos.
Abrió el despacho con decisión... nada, nadie, sólo el ruido constituía
la pieza que no encajaba en el decorado, lo demás estaba correcto,
sonaba como si alguien, alguien invisible, golpease las paredes y los
cristales pero sin llegar a romperlos. De repente los ruidos cesaron allí,
en el despacho donde él se hallaba y se trasladaron al despacho contiguo,
al de Eva López. Rafael hizo lo mismo, se trasladó al despacho
cercano el cual no estaba cerrado con llave... tampoco nada, tampoco
nadie, también sólo el ruido inexplicable y ambiguo. Se esforzaba por
mantener la calma, luchaba por permitir la continuidad de la broma si
es que se trataba de una broma más de los eternos moradores del edificio,
intentaba dominar su creciente nerviosismo e ignorar la mutación
que estaba sufriendo el mobiliario de los despachos que visitaba. Todo
el edificio resultaba repentinamente lóbrego y triste; en algún lugar se
produjo un crujido seco y su leve eco rodó por el hueco de la escalera
en apenas un segundo. Todo lo que ocurría debía ser perfectamente inofensivo,
perfectamente explicable, ¿pero cual era la explicación que
pudiera atenuar sus nervios? De repente sintió que Álvaro vagaba por
las sombras de aquel recinto y su intuición fue acompañada por otro
suceso.
De pronto un libro de la estantería cercana a la puerta salió de su lugar
y voló por el despacho atravesándolo y estrellándose en el cristal
de uno de los ventanales. Rafa estaba perplejo, mas pronto abandonó
su asombro pues inmediatamente después otro libro que reposaba
junto al anterior siguió su mismo camino, es decir voló impulsado por
una fuerza invisible hacia el ventanal.

– Alguien está intentando romper el cristal desde dentro del despacho
arrojando los libros de la estantería-. Susurró Rafael como si hablase
con alguien además de consigo mismo.
El vigilante se dirigió hacia el cristal que estaba recibiendo la anónima
agresión mientras ya un tercer volumen se estrellaba contra él; enfocó
la linterna hacia la estantería que hacía las veces de arsenal, vio
otro ejemplar salir de su lugar y volar hacia el ventanal estrellándose
en otro cristal diferente, en el de su derecha.
– No me quieren dar a mí, los tiran contra los cristales.
Era rigurosamente cierto lo que el vigilante decía, si se desplazaba
al cristal de su derecha los libros impactaban de nuevo en el de su izquierda,
si cambiaba de posición los impactos mutaban igualmente hacia
donde él no se hallaba. Miró a través de uno de los cristales hacia el
exterior; afuera había mucha gente, iban de un local a otro entre grandes
voces, risas y algarabía, entre la multitud el vigilante acertó a divisar
a dos personas conocidas; una era Antonio, ya saben, agencia de
viajes calle Farmacia, la otra era Rosa.
– ¿Qué haces paseando con ese tipejo Rosa? Antes de contar con un
pretexto para el odio, ya andábamos a la greña ése y yo-. Adujo en voz
alta como si la chica pudiera oírle.
Una lluvia de libros golpearon en el cristal de su izquierda, diríase
que quien arrojaba los libros compartía su inquietud respecto a la presencia
de Rosa junto a Antonio. Ese detalle sorprendió a Rafael tanto
como ver en la calle a la dispar pareja y le hizo reaccionar con rapidez
y comprender.
– Álvaro, ¿eres tú? Sí, eres tú, estás enfadado por ver a Rosa con el
imbécil de la agencia de viajes.
No obtuvo respuesta claro, no en vano dirigía sus palabras a un fantasma,
a su compañero muerto en acto de servicio dentro de aquel edificio
o a lo que de él quedara en el lugar, no obstante los ruidos cesaron
en ese despacho y se desplazaron una vez más hacia la izquierda.
Rafa trató de hacer lo mismo pero el siguiente despacho sí estaba cerrado
con llave, cuando consiguió acceder al interior, la presencia, el
fantasma o quien fuera, ya estaba en el siguiente departamento... el
vigilante miró por la ventana, Rosa y Antonio estaban en movimiento y
los ruidos, los fenómenos extraños se desplazaban en la misma dirección
que ellos y casi a la misma velocidad.
– Es Álvaro, los está espiando, siguiendo, trata de proteger a su novia
de ese tipo desde el otro mundo-. Y tras esta reflexión en voz alta
se sorprendió gritando al viento-. Álvaro, no sigas, yo te ayudaré.
Si en verdad era el fantasma de su compañero quien armaba aquel
escándalo no le hizo caso pues continuó un despacho más allá, ya sólo
quedaba uno en esa planta, en esa dirección. Poco recorrido para alguien
que no podía salir del recinto marcado por aquellas paredes.
Cuando Rafael llegó a aquel despacho quien quiera que fuera ya estaba
allí, el espectáculo era demencial, las sillas eran lanzadas una y
otra vez contra paredes y cristales, paraguas, percheros, archivos,
cualquier objeto volaba en cualquier dirección amenazando con impactar
en el cuerpo del vigilante, el despacho corría riesgo de quedar arra-

sado como si Atila hubiera pasado por allí capitaneando a sus ejércitos.
No obstante a Rafael le preocupaba más el estado en que pudiera quedar
el despacho y que le resultaría muy difícil de explicar que su propia
integridad física. En efecto, no sentía miedo pues había identificado al
fantasma de Álvaro como el causante de aquel incidente. En un par de
minutos cesó toda actividad paranormal, Rafael miró al exterior a través
del ventanal. Rosa y Antonio habían desaparecido de la calle, habían
cruzado y girado a la izquierda y con toda seguridad ahora bajaban
por la calle Graviña, en dirección a la casa de Rosa, o para ser exactos
del padre de Rosa, pues la joven había dejado el apartamento que
compartía con Álvaro cuando éste murió.
De repente escuchó un gran estruendo procedente de los despachos
del otro lado del edificio. Aquella planta no era por completo cuadrangular
como las inferiores por tanto no comunicaba con la zona donde
se producía la nueva aparición o mejor dicho, agresión, pues en realidad
ningún espectro se había materializado ni aparecido en ningún instante....
aún.
Rafael tuvo que correr desandando el camino recorrido para llegar
al nuevo estropicio. Cuando accedió al despacho donde se producían
los fenómenos fue hacia la ventana, en efecto, como había sospechado
allí estaban Rosa y Antonio, paseaban por la calle Pelayo, no se dirigían
a casa de Rosa sino a la Taberna del Renco, quizá Rosa se había tomado
unos instantes de descanso y salido a estirar las piernas y en su
paseo por el barrio se encontró con el imbécil de la agencia de viajes
de la calle Farmacia.
– Álvaro por favor para ya, se habrá encontrado con ese tipo por casualidad,
si sigues destrozando el edificio Dionisio tendrá la excusa
perfecta para empapelarme.
Aquel grito desesperado sí pareció llegar a quien causaba el desbarajuste,
pues cesó de inmediato el lanzamiento de objetos, aunque siguieron
oyéndose pequeños ruidos en los despachos que estaban en la
misma dirección que seguían los jóvenes, hacia donde Rosa y Antonio
se desplazaban por la calle; pequeños ruidos de sillas que se arrastran
al ser retiradas o al tropezar con ellas, de golpes involuntarios en mesas
o estanterías causado por las prisas, pequeños sonidos que de día,
con las oficinas llenas de trabajadores serían habituales pero de noche
y con el edificio desierto eran, cuando menos, inquietantes.
Rafael abrió una de las ventanas del despacho donde se encontraba,
trató, llamándola a grandes voces, de que Rosa le oyera salvando el
obstáculo de la distancia e imponiéndose por encima del ruido del gentío.
Su grito fue inútil, no era posible que nadie en la calle escuchara su
llamada y poco a poco Rosa y Antonio desaparecieron entre la muchedumbre.
También poco a poco regresó la calma al recinto donde Rafael debería
pasar la noche, estaba cansado y en realidad quedaba más de la
mitad del servicio, no obstante se sintió aliviado, si se recuperaba la
calma, el sosiego, el normal y habitual estado de las cosas, el turno
transcurriría sin prisa pero sin pausa. Inmerso en estos pensamientos
se instaló en su butaca y visualizó con rápida y experta mirada las cá-

maras del circuito cerrado de televisión. Todo estaba en orden, bueno
en realidad eso no era del todo cierto, algunas oficinas de la segunda
planta estaban desordenadas. Decidió arreglar el desaguisado, se levantó
y ya iba camino de la escalera cuando un vehículo aparcó en la
puerta del garaje con una rápida maniobra.
– Otra vez ese coche. Exclamó cuando la cámara le confirmó la matricula,
M- 3051- MU. Dispuesto a terminar ya con el enigma del todo
terreno gris se encaminó al garaje. Pulsó el botón que permitía la apertura
de la puerta y aguardó a que el viejo motor franqueará la entrada,
en ese tiempo el vigilante se retiró unos metros del acceso y puso su
mano diestra en la culata del revolver; sin embargo, cuando la puerta
finalizó la subida el vehículo misterioso ya no estaba allí, salió al exterior
y observó el final de la calle, no había ni rastro de ningún coche.
Un tanto contrariado entró en el edificio, cerró la puerta del garaje y
decidió subir a la segunda planta a poner un poco de orden en el mobiliario
revuelto.
Alguien se le había adelantado, todas las oficinas estaban en perfecto
estado, todos los muebles en su sitio, sillas, paraguas, percheros,
archivos, ocupaban su lugar como si nunca lo hubiesen abandonado,
como si lo ocurrido fuera tan sólo una pesadilla, una elucubración de su
mente perturbada.
– Gracias Álvaro-. Murmuró convencido de que el fantasma de su
compañero fallecido había sido el causante tanto del desastre como del
posterior arreglo.
– No tengas miedo ahora estás conmigo-. Susurró una voz que pareció
existir sólo en su cerebro.
Se erizó su cabello, un escalofrío recorrió su cuerpo, permaneció varios
minutos inmóvil, observando el vacío con mirada perdida, percibiendo
el silencio total y absoluto.
Silencio. Funéreas profecías.
Intentó despertar pero no estaba dormido, no fue una pesadilla, todo
había sido real. La frágil frontera que delimita la realidad de la ficción,
había sido traspasada. Y ahora, nada. Silencio, vacío y soledad
hasta el alba.
Pensó en Rosa y supo que no podía contarle lo ocurrido; recordó a
Eva y decidió no ponerla al corriente de lo acontecido; Candelaria, quizá
ella fuera el hombro sobre el cual podría derramar sus lágrimas, se
preguntaba si debía hablar de sucesos extraños a una persona que
muy pronto trabajaría en aquel edificio, se preguntaba si era justo
alarmar a su nueva amiga o por el contrario era mejor ser cómplice del
silencio.