viernes, 27 de enero de 2012

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Es algo tan simple y tan contundente que me abruma. Es tan sencillo y tan complejo, es tan frustrante llamarte para felicitarte por tu cumpleaños y comprobar que no estás.

¿Te acuerdas de aquel castillo? Ese, u otro castillo de naipes, se diluye, las cartas caen sobre la mesa por su propio peso, o sobre el suelo por el propio peso de su mala fortuna. Malas cartas para una partida tan compleja, pero claro, así es el juego, así es la vida.

Me queda un sabor amargo en el teléfono vacuo de tu voz, pero me guardo una sonrisa y mil recuerdos y todas tus frases sinceras. Hoy no puedo decirte nada, aunque más que gritártelo a ti necesito susurrármelo a mí. Ya sabes, dialogar no es lo mío, hablo mucho y mal, me conoces, soy de tierra adentro, del interior de las palabras, de sentimientos escritos que al fin y al cabo el viento no puede arrastrar y, por eso, hoy cierro los labios con gesto hosco, y, al entornar también mis párpados te digo, te pienso, te escribo, con esa misma sinceridad contundente, simple y abrumadora que siempre me regalaste, que, en el Tormes o en cualquier otro río, todos los días desde ayer, se verá el reflejo de una sonrisa.

Ahora que nadie nos, oye, ni nos lee, ni nos siente, ni nos padece; ya sabes como soy de cauto para los secretos, sin embargo amigo, entre tu y yo, siempre nos quedará Salamanca.

martes, 24 de enero de 2012

CAPÍTULO XXVII: El misterio de las tres caras

Le miento porque lo amo mucho, demasiado, aunque él no acierte
seguramente a comprenderlo en esta España donde las palabras de
amor están prohibidas. Las voces de quienes se aman terminan a la
fuerza atrapadas: que no se oigan cuando los cuerpos están juntos. Es
casi tanto el recato, que a los amantes apenas les está permitido mirarse.
La iglesia dice que el amor únicamente es la manera bendecida
de procrear hijos para el cielo, y que todo lo demás es pecado y alboroto
de mancebías.
Antonio Martínez Llamas. “Isabel de Valois”






CAPÍTULO XXVII
El misterio de las tres caras
(19-11-1625)
El silencio eterno de la iglesia profetizaba situaciones adversas. Dentro
de la sacristía el silencio era más intenso aún pero era peor la penumbra.
Diego da Silva había apagado casi todos los hachones al terminar
su labor, se disponía a limpiar pinceles y paleta y cubrir sus lienzos
cuando sucedió lo inexplicable.
Dos pinceles se alzaron y volaron por encima de la paleta, los dos
objetos solos, levitaban como si una mano invisible, una mano de un
espíritu los empuñara. Por unos instantes permanecieron flotando en la
nada, unas gotas de pintura se deslizaron por sus cerdas y cayeron al
suelo. El pintor no se atrevía a moverse, quieto y silente presenciaba la
escena sin dar crédito a lo que veía y una mano inexistente y fantasmagórica
lanzó los pinceles contra el lienzo de su siniestra. Fueron a
impactar precisamente en el rostro de Helena que se veía reflejado en
el espejo.
– ¡Dios mío!- Acertó a murmurar el atemorizado pintor. ¿Pero qué es
esto?
Al mismo tiempo que el eco de su voz se apagaba en el interior del
recinto religioso otros dos pinceles cobraron vida e imitaron a los que
ahora reposaban en el suelo. Se elevaron, se mantuvieron unos minutos
en el aire y...
– No por favor-, gritó desesperado el pintor que temía tanto a los
fantasmas como al deterioro de su obra.
Quien quiera que fuese el portador de los pinceles no escuchó su urgente
súplica, con rapidez fulminante fueron propulsados hacia el fondo
de la habitación, contra el cuadro de su diestra en esta ocasión, impactando
con matemática precisión allí, donde debería estar y no estaba
todavía, la cara del Mesías.
– Santo cielo, ¿sois espectros que pretendéis destrozar mis obras?
¿Porqué?, o acaso ¿eres tú, Dios amado que desatas tu ira porque he
pecado bajo el cobijo de tu sagrado techo?

Los pinceles volvieron a ser inanimados objetos inocuos, el suelo
estaba manchado de pintura de varios colores y los cuadros...
– ¡Oh Dios mío!, mis cuadros.
De nuevo oyó una llave hurgando en la cerradura y enseguida la
puerta se abre. Pasos apresurados se encaminan a la sacristía, se acercan
con prisa; prisa tiene el artista por ocultar los lienzos y que nadie
pueda ver el desastre.
– ¿Os ocurre algo Diego? Me ha parecido oíros gritar-. Preguntó el
hermano portero nada más llegar a la sacristía.
– No, no pasa nada, gracias fray Timoteo, es sólo que se me han caído
los pinceles y no he podido evitar proferir una maldición, hoy ando
un poco torpe.
– Me habéis asustado, creí que os pasaba algo grave, ya sabéis de
los rumores sobre fantasmas que corren por los rincones de este edificio.
– Sí algo sé, mas no temáis, no hay motivo de alarma, lo único es
que precisaré confesión por haber blasfemado dando suelta a mi ira en
la misma casa de Dios.
– Pues en vista de que no os ocurre ninguna desgracia y mi presencia
no es necesaria os dejo que continuéis con vuestros asuntos y voy
yo a ocuparme de los míos.
– No, aguardad hermano portero, ya estaba recogiendo, si me dais
unos momentos para guardar los pinceles y limpiar el suelo antes de
que se seque la pintura salgo al mismo tiempo que vos y así no os obligo
a cerrar y abrir la iglesia tantas veces.
Fue una buena excusa pero no dejaba de ser eso, una simple excusa
pues en realidad lo que Velázquez pretendía era no quedarse solo, había
malas vibraciones en el cuarto, ocurrían sucesos inexplicables y extraños
que tomaban cuerpo dentro del convento y la soledad no era en
ningún caso recomendable en día de acontecimientos fantasmagóricos.
– ¡Qué maravilla don Diego! En verdad sois un maestro de la pintura,
un genio-. El pintor miró sorprendido al fraile que no cesaba de observar
el cuadro del Cristo crucificado-. Habéis perfilado una melena
ocultando parte del rostro del redentor, nunca vi cosa igual va a ser
una obra magistral.
Velázquez comprobó ligeramente aturdido que los churretes de pintura
que el impacto de los pinceles rebeldes habían ocasionado en el
cuadro se habían descolgado de forma caprichosa sobre la tela y había
dibujado una especie de melena que en grandes guedejas caía sobre
parte del rostro de Jesucristo.
– Bueno fray Timoteo, sabed que no es todavía definitivo-, acertó a
decir mientras tapaba el cuadro-, no digáis nada de cuanto habéis visto,
cuento con vos para conservar el secreto.
El religioso palmeó la espalda del pintor de modo amistoso y guiñó
un ojo en ademán poco acorde con los hábitos que vestía mientras
añadía:
– Mis labios están sellados.
Ya por fin en la calle se persignó tres veces seguidas el joven pintor
de la corte.

– ¡Ha sido Dios! Es un milagro-, exclamó mirando el rostro de San
Antón que inmóvil presidía el templo que se hallaba bajo su advocación.
– Sólo el Todopoderoso puede hacer estos milagros, me ha visto
confundido y me ha ayudado, ahora sé lo que debo hacer, todo está resuelto,
tengo cara para los tres rostros. ¡Gracias Dios mío!
A espaldas del pintor, en una vidriera que se alzaba a varios metros
del suelo, donde nadie humano tendría capacidad de asomarse por sus
propios medios, se dibujaba el oscuro perfil de una misteriosa silueta,
al hallarse de espaldas Diego no pudo verla, de haberla visto hubiera
sabido que ni aquel perfil ni la mano que lanzó los pinceles tenían relación
alguna con personaje divino, hubiese sabido que no fue Dios quien
protagonizó los extraños sucesos del convento de las arrecogidas, al
menos no el Dios que él pintaba en sus lienzos.
Cuando llegó al Alcázar ya le aguardaba allí el verdugo, iba acompañado
de dos familiares de la inquisición y del pequeño Fernán que lucía
grilletes y cadenas en sus muñecas y tobillos.
– Os habéis retrasado, llevamos ya un buen rato aquí esperando
vuestra llegada-, protestó Benito.
– Tenéis razón, os ruego disculpéis mi tardanza, tuve un ligero contratiempo
con el cuadro y me urgía repararlo.
– En cualquier caso nosotros hemos cumplido con la misión-, señaló
a su espalda a sus dos acompañantes y al rapaz-, tenéis un plazo de
tres días, el domingo al finalizar la procesión de arrecogida vendremos
a buscarlo.
– No es necesario decir que sois responsable tanto de su cuidado
como de su custodia-. Intervino uno de los inquisidores-. Si para alguna
de las labores encomendadas precisarais ayuda no dudéis en pedirla
al Santo Oficio, os asignaran de inmediato a un familiar que os ayude.
– No será necesario, de todos modos os lo agradezco y tomo buena
nota de ello.
– Debéis tomar apunte también de que esta situación no nos gusta
nada, por el contrario nos desagrada profundamente-. En esta ocasión
fue el otro inquisidor quien intervino-. Sabed que nos incomoda dejar a
un hereje libre sin más vigilancia que un pintor armado de pinceles.
Únicamente accedemos por tratarse de una petición directa del rey Felipe
IV.
No hubo respuesta por parte de Velázquez a quien no interesaba
entrar en confrontaciones ni discusiones estériles, todo parecía dicho,
un simulacro de silencio se instaló en la estancia hasta que una voz enronquecida
arrancó la tensión de un tirón.
– Tomad, éstas son las llaves de los grilletes-, el verdugo se acercó
a Velázquez y tendió su diestra al pintor-, no os aconsejo que se los
quitéis pero debéis tenerlas por si resultara necesario.
Entregó las llaves Benito y junto a ellas, en el mismo manojo, disimuló
un papel cuidadosamente doblado para que nadie pudiera alcanzar
a verlo, para continuar con el asunto y el fingimiento añadió:

– Y recordad, el domingo tras la procesión de arrecogida estaremos
aquí para llevarnos al arrapiezo, en esta ocasión esperamos que no haya
retrasos.
– No los habrá, aquí estaremos sin contratiempos-, adujo el pintor.
Los familiares de la inquisición seguidos de cerca por el verdugo
abandonaron el Alcázar envueltos en su tétrico halo de oscuridad y
miedo. Velázquez permaneció callado viendo alejarse al grupo que se
le antojaba el heraldo de la muerte. Pronto estuvo el artista a solas con
el muchacho, entonces se apresuró a liberarlo de los grilletes.
– Bueno ya has salido de la mazmorra, ahora debemos procurar que
no tengas necesidad de volver allí. ¿Tienes hambre?- El muchacho
asintió sin emitir sonido alguno-. Bien en ese caso vamos al taller, Juan
Pareja, mi ayudante y doña Juana, mi esposa, te procuraran alimento
y quizá también te convenga un baño.
Ya en la calma solitaria de su estudio leyó la carta que el verdugo le
entregara en secreto.
No me gustaría tener que conducir a este joven a la hoguera, mañana
os visitaré en el convento por si fuera posible salvar al chico de la
muerte. Vos no tendréis que hacer nada, yo correré con todos los riesgos.
Sonrió el pintor mientras rompía la nota en mil pedazos. Fernán saciaba
su apetito sin prestar atención a su benefactor, Velázquez preparó
los bártulos en silencio, en verdad precisaba algunos bocetos del
rostro del joven judío y mientras los tomaba no pensó en Cristo crucificado,
más bien sus recuerdos fueron para Cupido, Dios del amor, hijo
de Venus Diosa de la belleza, y así, irremediablemente, surgió en su
cerebro la nívea espalda de Helena y toda la belleza de su piel roja,
blanca, gris... y no supo si el acaloro que de súbito le atacó era causa
del amor o tan sólo del deseo.
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El fraile entró en la sacristía y se asustó al ver una figura oscura
donde no debería haber nadie.
– Buenos días fray Emilio-, saludó Velázquez al abad superior de
San Antón en voz muy baja. El religioso recuperado de su sobresalto
inicial interrogó:
– Diego sois vos, ¿cómo habéis venido hoy tan temprano?, aún no
ha amanecido.
– No podía dormir, además la inspiración es un don que cuando llama
a la puerta no debe ponérsele traba ni obstáculo no vaya a pasar de
largo, pero decidme, ¿cómo sois vos el encargado de oficiar hoy la misa
de maitines? En realidad yo aguardaba al padre Francisco.
En efecto el pintor tenía razón en su observación, aunque el abad
gustaba de madrugar no presidía los oficios religiosos de la mañana ni
los administraba, esa tarea la efectuaba el confesor del convento.
– Fray Francisco se ha sentido indispuesto, no sé que mal le aqueja
pero el galeno ha recomendado descanso y por eso hoy diré yo la misa
matinal. Don Diego ahora debéis disculparme, creo que las hermanas
ya están llegando, tengo que empezar la ceremonia y vos debéis permanecer
oculto.

Un ligero rumor de pasos cansinos y algún tímido carraspeo certificó
la presencia de las novicias en la capilla. Breves instantes después
el abad comenzó la liturgia. A lo largo de la celebración el pintor se esforzó
en captar la atención de sor Helena sin dejarse ver por el resto de
religiosas. No le resultó tarea sencilla, mas con persistente empeño, lo
consiguió; haciendo reflejos con una escudilla de plata se hizo ver y
con señas discretas le indicó que precisaba verla. Una caída de párpados
muy lenta y más prolongada de lo normal fue la respuesta de la
monja. A lo largo del día lo visitaría. En verdad tenía ganas de verla,
hacía más de una semana que no habían tenido contacto. La imperiosa
necesidad de Diego por ver a la novicia era por causa del asunto del
muchacho judío, mas él sabía bien que no era ésa la única razón.
Finalizada la misa el abad volvió a entrar en la sacristía.
– Por cierto Diego, hermanos del Santo Oficio me han informado
que tenéis un hereje bajo vuestra custodia por orden del Rey-, le espetó
sin previo aviso-, y también que os va a ser de utilidad para el cuadro
que su Majestad regala a esta congregación.
– Sí, es cierto, espero que no os moleste pues es totalmente necesario,
sin embargo la buena noticia es que o mucho me equivoco o en
menos de dos semanas el cuadro estará listo para recibir la capa definitiva
de barniz.
– Bien, me alegra la noticia, pero ¿dónde está el muchacho? ¿No habrá
huido?
– No, está en el Alcázar, hoy con los bocetos que traigo preparados
tengo material suficiente para efectuar mi tarea, como no precisaba de
él he decidido prescindir de traerlo, no es agradable pasear por Madrid
acompañado de un mozalbete encadenado.
– Está bien, vos sabréis que es lo más conveniente, yo sólo espero
con gran impaciencia el momento en que nuestro lienzo terminado
pueda presidir nuestra capilla.
Salió el abad raudo y sin aguardar respuesta, la iglesia ya estaba
vacía y al poco oyó el pintor como cerraban con llave la puerta desde
fuera. Sólo entonces destapó el retrato de Helena.
A media mañana se sintió cansado, había trabajado sin pausa, sin
tregua; se alejó de la tela con ánimo de reposar y también para poder
apreciar la evolución de la pintura. La felicidad invadió su rostro.
– ¡Perfecto! Es perfecto, qué importante es saber con exactitud lo
que debe plasmarse en el lienzo, nunca se debe perder la compostura
ante un cuadro pero tampoco debe perderse la esperanza.
Había finalizado ya el rostro de Cupido y el desaguisado que causaron
los pinceles arrojados con rabia al rostro de Helena lo había arreglado
con un pequeño truco que no sólo resultó efectivo sino que además
le dio un toque especial a la obra. Había emborronado y difuminado
el rostro para después remarcar sus contornos. Ahora el cuadro tenía
un aire misterioso, no se podía conocer la identidad de la modelo,
el espejo reflejaba una cara anónima, un arcano secreto difuso. Era
simplemente perfecto, el toque genial que sin ayuda de sus fantasmas
nunca hubiera logrado, la composición estaba casi terminada, faltaban

apenas unos retoques, añadir algunos elementos que actuarían de
símbolos con la misión de plasmar sus más íntimos sentimientos. Un
lazo de color rosáceo en las manos de Cupido sustituiría al acostumbrado
arco y flechas y simbolizaría la atadura del amor vencido por la
simple belleza. Un toque de color malva intenso en la sábana que daría
un ápice de pasión al lienzo. El negro satén del hábito sobre el cual se
tumbaba el cuerpo desnudo para realzar los tonos opaláceos de la piel.
La cortina roja a un lado y la pared marrón en el otro extremo con objeto
de dar profundidad a la habitación donde se encuadraba la escena.
En dos semanas ambas obras estarían terminadas, una de ellas prohibida
y secreta realizada en un tiempo record sería escondida hasta
que llegara la ocasión propicia de mostrarla al mundo; la otra regalo de
su majestad el cuarto Felipe al convento de las arrecogidas para saldar
sus pecados y aplacar los remordimientos de su conciencia, demasiado
trabajada y dilatada, quedaría allí en aquel escenario para presidir actos
religiosos ante la mirada de las novicias.
Empezó a impacientarse, esperaba dos visitas y ninguna de ellas se
producía, decidió no pensar y para ello lo mejor era enfrascarse de
nuevo en el trabajo, aunque en verdad no se trataba de trabajo sino de
placer dedicarse a aquellos dos lienzos ahora que por fin sabía con
exactitud lo que tenía que hacer, lo que quería hacer. Dos obra maestras
del genial pintor del siglo XVII se habrían gestado dentro de los
muros del convento de Santa Águeda.
Al cabo de un buen rato un ligero ruido se desplazo desde la techumbre
hasta el coro. Puso alerta todos sus sentidos y deseó que fuera
Helena y no un espectro desaprensivo quien producía aquel sonido.
Y sus deseos se cumplieron, un hábito oscuro apareció crujiendo sus
pliegues en el silencio del templo y la figura de su amada se materializó.
– ¡Helena, cuánto tiempo! ¡Cómo os he echado en falta!
– No tengo mucho tiempo Diego, me han destinado a trabajar en el
huerto y en la cocina, por ese motivo no he podido escaparme en los
últimos días para venir a veros, ahora mismo, en este preciso instante
corro gran riesgo estando aquí pues enseguida la madre superiora notara
mi ausencia.
– Entonces no debo enredaros más de lo estrictamente necesario.
Tengo un problema y preciso que vos me ayudéis a solucionarlo.
– Si está en mi mano dadlo por hecho.
– Quiero hacer desaparecer a un mozalbete mañana mismo...
Contó el pintor la historia de Fernán lo más rápido que pudo, abreviando
y a grandes pinceladas, después añadió el plan que había ideado
para salvarlo.
– Mañana lo traeré aquí, a mediodía me ausentaré del convento con
algún pretexto, indicaré al hermano portero que dejo al rapaz encadenado
y que me llevo las llaves. En realidad las llaves que guardaré en
mi faltriquera serán las de mi taller, las de los grilletes las dejaré en un
cajón del escritorio de la sacristía, vos liberaréis al chico entrando por
vuestro acceso secreto y lo ocultaréis en vuestra celda, al anochecer lo
sacaré por la tapia del huerto y lo pondré en libertad.

– Me gustaría hacerlo Diego, mas ya os he dicho que no me resulta
posible ausentarme de mis ocupaciones, estoy vigilada todo el día.
– Mañana os fingiréis enferma, hoy se ha encontrado indispuesto el
confesor del convento, mañana alegaréis vos sus mismos síntomas, el
galeno creerá que se debe a algún alimento y os recomendará reposo,
estaréis todo el día en vuestra celda y así tendréis libertad de movimientos.
Hacedlo por mí Helena, os lo ruego.
– Está bien, lo haré, pero ahora debo irme o me descubrirán, puede
que ya me estén buscando.
– Dadme un beso antes de partir Helena, necesito sentir el dulce
tacto de vuestros labios en los míos.
– La iglesia dice que el amor únicamente es la manera bendecida de
procrear hijos para el cielo, y que todo lo demás es pecado y alboroto
de mancebías.
– Tantas cosas dicen que sería mejor callaran y predicaran con el
ejemplo.
A un beso siguió otro más apasionado y a éste una caricia, a las caricias
les sucedieron abrazos y ya empezaban las manos a buscar secretos
bajo las ropas cuando un ruido interrumpió el contacto.
– Alguien viene, marchaos deprisa-. Dijo el pintor mientras corría
hacia la puerta para impedir que alguien entrara y así ocultar de miradas
indiscretas la retirada de su amante.
Cuando fray Timoteo entró en la iglesia seguido por el verdugo de la
corte él ya aguardaba allí, en la entrada y sin dejarles alcanzar la altura
del último escalón les abordó.
– Os esperaba Benito, salgamos a la calle, debo atender otro asunto-,
dijo con gran premura saliendo y arrastrando con su ímpetu a los
otros dos.
– Cerrad la puerta fray Timoteo y no permitáis a nadie entrar durante
mi ausencia, el lienzo se está secando y no puede ser rozado por
nada ni por nadie, ni siquiera la luz debe alcanzarle.
– Nadie entrará hasta el oficio de la tarde, podéis estar seguro.
Al salir se encaminaron hacia la Taberna del Renco, anduvieron despacio,
sin prisa, contemplando la calle y a la gente que por ella transitaba.
– ¿No está el rapaz con vos?
– No, hoy he preferido venir solo.
– Pues debe acompañaros, quiero salvarlo y es más fácil asaltar el
convento que el Alcázar Real.
– Tranquilo Benito, no será necesario ningún asalto, ahora, en la Taberna
del Renco frente a un buen vaso de tinto de Navalcarnero os explico
el plan.
Llegaron a la Taberna del Renco y tras saludar a Jorge hijo menor
del Renco y pedir una jarra de tinto buscaron una mesa discreta donde
poder hablar. Antes de poder alcanzar sus rabeles el escabel, Benito tuvo
que atender la llamada de algunos conocidos por los que fue requerido
y entre tanto Velásquez, aguardó paciente dando cuenta de la primera
copa de vino. Finalmente pudieron sentarse y conversar, el verdugo
se situó de frente a la puerta para poder estar al tanto de los movimientos
del local.

– Como os decía Benito, no será preciso asalto ninguno, he pedido
al Rey la liberación del pequeño judío precisamente para salvarle del
auto de fe.
– ¿Es cierto lo que decís?
– Tan cierto como que me llamo Diego y estoy aquí bebiendo vino
con vos, a fe que ese rapaz no morirá en la hoguera ni verá a nadie
morir en ella.
– Pues me place vuestra determinación, no os creía hombre de armas
y por ello en la misma medida que me place me confunde. Yo
quiero salvarlo porque torturé a su madre y demostró más valor que
muchos hombres duros, ¿y vos, qué os impulsa a esta aventura?
– La justicia Benito, el chico no ha hecho nada, su único delito es su
cuna, él no tiene culpa de haber nacido en el seno de una familia judía,
eso es algo que nadie elige, no es justo que por ello muera en la hoguera.
– ¡Por cierto no, no lo es! Y me alegro que así lo vean vuestros ojos,
pero ahora decidme, ¿cuál es vuestro plan?
– No me preguntéis cómo, pues no os lo diré, pero mañana lo haré
desaparecer de la sacristía donde trabajo y lo ocultaré desde mediodía
hasta medianoche. Lo más difícil será sacarlo del convento pero en la
oscuridad de la noche creo que podré saltar la tapia del huerto con él.
– No, no podréis hacerlo pintor, si el arrapiezo desaparece el convento
será vigilado, además el chico es demasiado joven y menudo, no
podrá trepar la valla del huerto.
– Pues no se me ocurre otra forma de sacarlo del convento.
– A mí sí, pero precisaríamos que estuviera oculto más tiempo, hasta
el mediodía del domingo.
– Un día entero, es difícil, pero contadme, si lo pudiéramos esconder
durante ese tiempo ¿cómo lo sacaríamos en pleno día?
– El domingo al mediodía se celebrará la procesión de arrecogida,
cuando comience todo el mundo estará pendiente del acto y se concentrarán
en la calle Ortaleza, las calles adyacentes quedarán casi desiertas.
Yo puedo lograr que un cochero aguarde en un carruaje en la
calle de Santa Catalina, en la salida trasera del convento de San Antón,
allí el carruaje pasará desapercibido, nadie lo verá y pondría a salvo al
zagal junto a unos familiares suyos.
– Pero Benito él estará en el convento de Santa Águeda ¿cómo lo
llevamos a la salida trasera de San Antón en medio de la procesión y
de la muchedumbre?
– Existe un pasadizo secreto que une ambos conventos-. Dijo el verdugo
en voz muy baja pensando que desvelaba un recóndito secreto.
– Lo sé, mas no conozco los túneles, apenas sabría llegar a la zona
de las mazmorras del Santo Oficio.
– ¿Conocéis el pasaje secreto? ¿Quién os lo ha enseñado? Es un secreto
que muy pocos privilegiados conocen.
– Nadie me lo mostró, yo lo descubrí, un día trabajaba en la sacristía
y escuché un llanto, seguí la dirección de la cual procedía y me encontré
con Fernán en una de las celdas, por eso sólo conozco los pasajes
que conducen a los calabozos. Además no sólo habría de conocer

los túneles, también precisaría conocer el interior del convento de San
Antón y yo no lo he pisado en mi vida y por tanto no conozco sus recovecos.
– Vos no, pero yo sí, además en mi condición de verdugo tengo acceso
a esos pasajes prohibidos que conducen a las mazmorras.
– En ese caso ¿cuál sería el plan?
– Vos hacéis desaparecer a Fernán como teníais previsto, lo ocultáis
hasta el mediodía del domingo, cuando finalice la ceremonia religiosa y
en los comienzos de la procesión lo lleváis por el pasadizo hasta la celda
de su madre, yo os aguardaré allí y lo guiaré hasta el carruaje, el
domingo por la tarde estará con unos familiares suyos que residen en
Alcalá. ¿Qué os parece?
– Me gusta el plan, de todos modos hay otra cosa que añadir.
– ¿Y cual es?
– Un pequeño detalle con el fin de que yo quede libre de toda sospecha
en la desaparición del mozalbete, necesito que mañana vengáis
a visitarme justo antes del mediodía, el hermano portero os acompañará
y verá como encadeno a Fernán y me llevo las llaves en la faltriquera,
saldremos del convento juntos, igual que hoy con algún pretexto
y al regresar ya no estará. El testimonio de fray Timoteo me exculpará
y se atribuirá la desaparición a la intervención de los fantasmas
que moran el convento.
– Muy bien pensado, por mí perfecto; sólo me asalta una duda, responded
únicamente si podéis y queréis hacerlo, ¿dónde ocultaréis al
joven durante tanto tiempo sin ponerlo en peligro?
– En la celda de una de las novicias-. Respondió Velázquez sin cambiar
el tono de su voz.
– ¿En la....? Ja,ja,ja... – el verdugo no pudo evitar proferir una estruendosa
carcajada a pesar de la gravedad del asunto-, pues no sois
vos nadie planeando rescates don Diego, se os dan mejor ciertas intrigas
que pintar retratos y en osadía vais parejo a muchos soldados que
conozco.
– La necesidad agudiza el ingenio, amigo mío.
Ambos reían de buen grado cuando don Gonzalo se llegó hasta su
mesa.
– ¡Vaya! Me alegra que mi vino cause estos efectos en los clientes
de la taberna.
– Don Gonzalo-, se alegró Velázquez al verle-, sentaos a disfrutar
de este néctar con nosotros.
– Sí amigo, sentaos-, adujo Benito-, bebed y reíd con nosotros
puesto que vais a ser parte importante de la fiesta, y a vos don Diego
tengo el placer de presentaros al cochero de nuestro carruaje.
Ambos le miraron con extrañeza mientras el verdugo no cesaba de
reír, Velázquez enseguida captó el mensaje, a don Gonzalo tuvo Benito,
cuando consiguió dominar su hilaridad, necesidad de explicarle toda
la historia.
– El domingo, durante la procesión de arrecogida, vais a reunir al
pequeño judío con sus hermanos.

jueves, 12 de enero de 2012

Año nuevo vida nueva





Dos micro relatos  nuevos, el primero se titula Inspiración, el segundo Año nuevo vida nueva.
La fotografía es de Elena Álvarez, publicada en el Colectivo Toc Arte bajo el tema "Luz", su título "El final del túnel"




Inspiración

La última alma humana decide suicidarse, terminar con su especie abocada a la extinción. Crujen sus huesos, la faz horadada de ojeras perennes, doliente el corazón de ausencias, enfermo cuerpo hediendo carencia de aseo, desasosiego, depresión…
            Tensa la cuerda, la rama elegida es sólida, el método para el sacrificio es irreversible, ahorcarse no admite arrepentimientos. Salta tirando el poyete entregando su alma al diablo…
            Despertó sobresaltado de la pesadilla. Abandonó el catre, se sentó frente al ordenador, ahora sabía como continuar su novela…
            Abrió los ojos, despierto vio al ser humano desapareciendo, balanceándose en el extremo de un dogal. No era novela ni sueño...



Año nuevo vida nueva

La última alma humana entrega su cuerpo a la tierra. Jacinto, el enterrador, terminada esa tarea, seca unas gotitas de su frente y mira su reloj. Casi es hora de preparar la cena.
            Arranca las malas hierbas de algunas tumbas y coge unos caracoles, serán su aperitivo; caracoles, lentejas, uvas de la suerte.
            El tañido fúnebre de las lánguidas campanas de la ermita dará comienzo al nuevo año, él, brindará por la nueva vida a la sombra de las cruces de su cementerio. Barro entre las uñas, ropa interior roja bajo el raído pantalón de pana y en el bolsillo, una moneda para Caronte.

martes, 10 de enero de 2012

Capítulo XXVI: Espectros de carne y hueso

Me desperté muerto y condenado, con la boca llena de carbones ardiendo. También estaba ciego, lo que probablemente fuera misericordioso. Sin duda, sordo no estaba, a juzgar por la forma en que el teléfono me atormentaba los oídos. Finalmente lo encontré y conseguí emitir un graznido infrahumano. El que me llamaba era un veterano morador del otro mundo.


Morris West. “Arlequín”



CAPITULO XXVI:  Espectros de carne y hueso
(17-12-1999)

El vehículo que le seguía no podía ralentizar más su marcha pues
estaba interrumpiendo el tráfico, se detuvo apenas un instante, bajó
un hombre y caminó detrás de Rafael mientras el coche se perdía calle
abajo. El joven, ajeno a todo excepto a sus propios pensamientos, consultó
su reloj en el umbral de la taberna, era pronto pero decidió entrar,
esperaría a Morales tomando un café y charlando con Rosa.
– Buenas días Rosa ¿qué tal estás hoy?
– Bien, con sueño, cansancio, nauseas… ya sabes, lo normal-, dijo
un tanto resignada-, y ¿tú cómo estás?
– Pues como tú más o menos, con sueño, cansancio… nauseas aún
no tengo pero todo se andará porque hay asuntos que me revuelven el
estómago... ya sabes, lo normal.
Rosa le sirvió el desayuno sin preguntar lo que quería y se sentó
frente a Rafael.
– En realidad hay una novedad-. Confesó Rafa y ante el silencio expectante
de Rosa siguió su explicación-, ayer, al llegar a casa me encontré
una sorpresa, ¿recuerdas a Candelaria verdad?- Rosa asintió y el
joven continuó hablando-, me estaba esperando en el portal, se había
quedado sin alojamiento y me pidió ayuda, va a quedarse en mi casa
hasta que encuentre algo o pueda instalarse en el piso que su empresa
le ha obligado a alquilar, de hecho ya está instalada.
– Y ¿cómo le va?
– Bueno, sobrevive que no es poco mientras aguarda a poder incorporase
al trabajo.
Dos hombres entraron en el local y se dirigieron a la barra, pidieron
un desayuno que Rosa les sirvió con eficacia y permanecieron de pie a
pesar de haber sitios libres en las mesas. Vestían con trajes oscuros,
camisas de rayas y corbatas lisas, por su aspecto y sus acciones, se les
podía considerar ejecutivos de alguna empresa, de las muchas que se
ubicaban en la zona, tomando café antes de su jornada laboral, eso es
lo que parecían, aunque en realidad la apariencia no era sincera en esta
ocasión.

– Volviendo a lo de Candelaria, ¿Por qué no le pides que se instale
de forma definitiva en tu casa? sería un alivio económico para ti y no
digamos para ella. Aunque claro, un hombre y una mujer jóvenes y
apuestos bajo el mismo techo tiene su peligro.
– Te agradezco que me consideres joven y apuesto, sí lo había pensado
y no sólo por economía, también por combatir la soledad, sin embargo
no creo que sea posible, ella debe pagar el alquiler del piso de la
empresa viva o no viva allí, por tanto no creo que le interese pagar dos
casas.
– Eso es un asunto que se puede solucionar en los juzgados.
– Sí, es una cláusula abusiva que habría que denunciar, pero ¿crees
que recién llegada a la empresa, sin papeles y desesperada por encontrar
un trabajo Candelaria se atreverá a denunciar esa situación?
– Ni esa ni ninguna otra supongo.
A las siete y media en punto hizo su entrada en el bar el sargento
Morales, tras una breve y experta observación descubrió la presencia
de Rafael y hacia él se dirigió.
– Buenos días-. Saludó el recién llegado interrumpiendo la conversación
de los jóvenes.
– Buenos días Morales-. Respondió Rafael tendiendo su mano diestra
al policía-. Gracias por venir, te presento a Rosa, amiga y copropietaria
de este negocio, Rosa éste es el sargento Morales.
Se saludaron escuetos y un tanto azorados, sobre todo Morales que
quedó visiblemente impresionado por la belleza de la chica, pidieron el
desayuno del sargento y luego Rafael y el policía se sentaron en un rincón
discreto del fondo del local.
– Bueno Rafa por si te sirve de algo te diré que no he podido dormir
en toda la noche pensando en qué tendrás que contarme.
– Son varias cosas pero nos seas impaciente que poco a poco te iré
informando.
La extraña pareja de falsos ejecutivos habían terminado sus consumiciones
y ya abandonaban el local, la mirada de uno de ellos coincidió
por unos instantes con la de Morales. Ya en el exterior se separaron,
uno de ellos subió por la calle Fernando VII, giró en la esquina de la calle
Pelayo y desapareció, el otro cruzó la calle y entró en la librería Antonio
Machado donde permaneció ojeando libros muy cerca del escaparate
y esa situación también le permitía ver la puerta de la Taberna del
Renco.
– Estoy deseando escucharte Rafa, pero por encima de todo necesito
descartar que lo que nos ocupa tenga relación con el atentado, con
tu participación en su resolución y tu futuro testimonio.
– No tiene nada que ver con el atentado, se trata de cosas totalmente
distintas.
– Adelante entonces, soy todo oídos-. Adujo Morales visiblemente
aliviado.
– Bien, empezaremos por el final que lo tengo más reciente y requerirá
menos esfuerzo. He descubierto, de modo accidental, dentro
de las taquillas de algunos compañeros míos, bolsas de plástico conteniendo
cocaína y por lo que he podido observar en otras ocasiones son

los propios inspectores de la empresa los que la suministran, supongo
que deberíais hacer un registro en el vestuario de seguridad y buscar
un alijo de drogas.
– ¿Cuántas bolsas puede haber en cada armario?
– No lo sé-, respondió Rafa encogiéndose de hombros-, dos o tres
supongo, en unas más en otras menos.
– Bueno, con esa cantidad no podemos acusarlos ni tratarlos como
narcotraficantes sino como simples consumidores lo cual no nos ayuda
demasiado; si efectuamos un registro de manera legal, es decir con orden
de registro con desfile policial por el edificio y demás parafernalia
los pondremos alerta y tendrán más cuidado con sus acciones, es mejor
investigar sin delatarse, que continúen creyéndose libres de sospecha
y que cometan errores, lo que en realidad no interesaría sería llegar
al origen de la red.
– No estoy de acuerdo en denominarlos simples consumidores-, dijo
Rafael un tanto contrariado por las palabras del policía-, algunos sí
son sólo consumidores, Carlos por el contrario no, tiene más cantidad
que los demás, seguro que es un distribuidor y me atrevería a asegurar
que Dionisio, el jefe de seguridad y don Javier, el inspector de calidad
también están implicados.
– En ese caso empezaremos por confeccionar una lista de sospechosos,
tanto de posibles clientes como de posibles vendedores incluyendo
a los inspectores de tu empresa que supongamos implicados y
comenzaremos una discreta investigación en torno a ellos, pero ¿esto
es todo lo que tenias que contarme?
– ¿Cómo que si esto es todo?, ¿no te parece importante? Son hombres
que portan armas, auxiliares de la policía judicial y pueden estar
bajo los efectos de las drogas en el transcurso de su servicio, ¿no te
parece peligroso e importante?
– Sí es importante Rafa pero no lo suficiente como para sacarme de
la cama a las dos de la madrugada -, adujo Morales intuyendo que lo
más grave estaba por llegar-, ¿seguro que no hay algo más?
– La verdad es que tienes razón Morales, hay más, también está el
asunto del incendio.
– ¿A qué incendio te refieres?
– Al incendio de la nave abandonada de Villaverde-. Respondió Rafa
que no sabía con exactitud de que modo abordar su narración-. Fue
provocado y causó quince muertos y cuatro heridos graves.
– Y ¿qué información tienes respecto de ese asunto?- Preguntó extrañado
Morales que no veía conexión entre el vigilante y el acto vandálico
acontecido tiempo atrás.
– En realidad más que información fehaciente es una sospecha razonable,
creo que sé quienes fueron los causantes del siniestro.
– Y supongo que también tiene relación con tu empresa, tu servicio
actual y tus compañeros-, intuyó Morales.
– Sí. La noche que sucedió el terrible incidente yo estaba de servicio,
era el cumpleaños del jefe de seguridad y para celebrarlo invitó a
tres de mis compañeros, dejaron los coches en el garaje del edificio, en
torno a las tres de la madrugada Fernando, Carlos y Dionisio vinieron a

por los coches, era evidente que habían bebido, sobre todo Dionisio cuyo
aspecto era realmente lamentable. Parecía muerto y condenado,
con la boca llena de carbones ardiendo. También estaba ciego, lo que
probablemente fuera misericordioso.
– Perdona que te interrumpa Rafa, al principio dijiste que eran cuatro
personas, ahora hablas de tres.
– Sí, Quiqe era el cuarto, según dijeron se fue antes a dormir pues
debía trabajar al día siguiente, también debo añadir otra cosa, creo
que les acompañó don Javier a lo largo de toda la velada.
– De acuerdo, en ese caso serían cinco personas, continúa entonces.
– Cuando vinieron a por los coches las ropas de Carlos y Fernando
desprendían un fuerte olor a humo, sin embargo Dioni desprendía un
intenso olor a resina.
– Y tú crees que fueron ellos, los tres.
– Creo que fueron ellos, los cinco. El fuego comenzó poco antes de
la una de la madrugada, tuvieron tiempo, todo encaja, lo tenían bien
planeado, durante la cena concretaron los detalles y luego envalentados
por el alcohol lo hicieron. Dionisio debió ser el encargado de extender
la sustancia resinosa que inició la deflagración, los otros prendieron
varios focos en sitios estratégicos que cortaran las salidas y luego huyeron.
Don Javier y Quiqe tendrían otro vehículo cerca del lugar y se
marcharon a sus casas, a los otros todavía les dio tiempo de tomarse
un par de copas para celebrar el éxito de su misión y llegar a las tres
para recoger los vehículos.
– Bueno Rafa-, Morales pensaba tratando de elegir bien sus palabras-.
No digo que no estés en lo cierto pero no hay ninguna prueba
que les acuse, las circunstancias que detallas pueden ser sólo casualidades
y entonces nada tendrían que ver con el incendio, se trata de
una corazonada tuya.
– Dionisio olía a resina, ¿por qué desprendía ese olor después de
una fiesta de cumpleaños? Yo he asistido a muchas fiestas, he ido mil
noches de juerga y nunca he vuelto a casa envuelto en ese aroma,
además debo añadir que no se les veía felices, no tenían la alegría de
quien ha disfrutado de una agradable velada, se mostraban irascibles,
agresivos, era una situación muy extraña.
– Está bien, teniendo en cuenta que vamos a iniciar una investigación
sobre el asunto de la droga y nuestros sospechosos son los mismos
aprovecharemos también para indagar también este otro suceso, de todos
modos permíteme recordarte que la policía ha cerrado el caso y les
ha imputado la autoría del delito a los integrantes de una tribu urbana.
– Sí lo leí en el periódico pero no han reconocido ser ellos los autores
de ese crimen.
– No, no se han confesado culpables y en realidad eso induce a pensar
que no fueron ellos pues han reconocido otros delitos. Además, conociendo
el olfato que tienes para detectar delincuentes deberemos
darte un pequeño margen de confianza.

– Gracias, entonces abrirás una investigación para esclarecer ambas
infracciones.
– Sí, también haremos algunos seguimientos y todo ello sin desmontar
el sistema de alerta que tenemos instalado a tu alrededor.
– Y ¿es debido a esa alerta que miras en todas las direcciones mientras
hablamos o es porque te ha gustado mi amiga la camarera?- Preguntó
sonriendo Rafael que había observado como Morales dirigía furtivas
miradas a todo el local aunque se recreaba más tiempo en la zona
por la cual Rosa transitaba.
– No es por ninguna de las dos cosas, es deformación profesional ,
me gusta tener controlado mi entorno, ayuda a salvar el pellejo en ocasiones,
sin embargo sí te diré-, añadió el policía sonrojándose levemente-,
que de hoy en adelante voy a venir más por aquí, me voy a
encargar personalmente de llevar la nueva investigación y también seguiré
con tu protección claro está y de paso podré también ver a tu
atractiva amiga. Por cierto ¿tiene novio?
– No, lo tenía, un compañero mío, falleció hace poco tiempo.
– Vaya, ¡qué mala suerte!
– Sí, pero no le digas que te lo he dicho.
– No diré nada, pero dime Rafa, ¿no crees que es demasiado joven
para mí? Además no me da la sensación de que yo sea su tipo-. Adujo
Morales medio en broma medio en serio.
– Hombre sargento ya sabes que sobre gustos no hay nada escrito-
, dijo Rafa guiñando un ojo.
– En fin, dejémonos de bobadas y retomemos nuestros asuntos,
¿hay algo más que quieras decirme?
– No, creo que no, esto es todo, ¿te parece poco?
– No, pero si recuerdas algo más o surgen nuevas pistas me llamas
de inmediato.
– ¿A cualquier hora?- Preguntó Rafael con una amplia sonrisa en sus
labios.
– Si es importante sí, a cualquier hora. Y otra cosa, en cuanto al tema
del atentado, me da la sensación de que ya te has relajado y te
sientes a salvo, eso es un error, debes seguir alerta y estar muy atento
a tu alrededor, no es fácil que los terroristas hayan conseguido información
sobre tu participación en la detención de sus colegas pero
tampoco es por completo imposible.
– No sufras por mí sargento, se cuidarme, nadie me sigue, no tengo
nuevos compañeros de trabajo, ni vecinos raros en el barrio.... bueno
un momento, en realidad sí tengo una nueva vecina, una compañera
de piso en realidad, una amiga va a vivir en mi casa una temporada,
sólo por unos días.
– Me lo deberías haber comunicado antes para poder investigarla.
– No es peligrosa, se trata de una inmigrante sin papeles, sobrevivió
al incendio de la nave de Villaverde.
– ¿Has metido a una desconocida en tu casa?- Interrogó algo perplejo
y muy preocupado Morales.
– No es una desconocida, se llama Candelaria y va a trabajar en el
mismo edificio que yo presto servicio.

– Demasiadas casualidades Rafa, no me gusta, quisiera hacer algunas
averiguaciones sobre ella.
– Como quieras, pero perderás el tiempo.
– Dime todos los datos que sepas de ella-. Dijo sacando una pequeña
libreta del bolsillo interior de la chaqueta.
– No vas a necesitar apuntarlos, sólo sé que se llama Candelaria,
que es preciosa, encantadora y humilde, que va a trabajar en la contrata
de limpieza en el mismo sitio que yo y su dirección, habitación de
invitados de mi casa.
– Me arreglaré con eso-, respondió Morales guardando la libreta en
la que no había anotado nada-, y ahora qué te parece si nos vamos,
supongo que querrás dormir.
– Sí, voy a despedirme de Rosa y me marcho.
– Si no te importa te acompaño, yo también quiero despedirme de
Rosa y luego quisiera hablar con tu jefe de seguridad, quiero comentarle
un par de cosas y de paso veré que sensación me causa con respecto
a los otros asuntos que se nos han planteado.
– Es demasiado temprano para Dionisio, hasta las diez por lo menos
no le encontrarás-, dijo Rafa mientras se dirigían al lugar de la barra
donde se encontraba Rosa.
– ¡Vaya!-, suspiró Morales y no se supo bien si estaba contrariado o
aliviado, sea como fuere procuró que la camarera oyera el final de su
frase-, en ese caso me quedaré unos instantes más a ver si Rosa me
acepta que la invite a un café.
– Acepto la invitación, gracias a ver si a base de café consigo despertarme,
¿tú qué quieres tomar Rafa?
– Nada, gracias estoy cansado y me voy a ir ya a dormir, así os dejo
solos.
En efecto así lo hicieron, Morales quedó en la Taberna del Renco
charlando animadamente con Rosa mientras Rafael se despidió de sus
amigos y despacio, con el cansancio de quien no ha dormido, abandonó
el local. En la librería de enfrente, un hombre trajeado que llevaba
un buen rato ojeando libros y dirigiendo furtivas miradas a través del
escaparate, abandonó de forma apresurada y un tanto descuidada en
un estante el ejemplar de “Tiempo de cerezas” que hojeaba y salió con
algo de precipitación del establecimiento.
El sargento Morales en aquel momento no tenía ojos para nadie que
no fuera Rosa, de no haber sido por esa circunstancia hubiese detectado
en seguida lo que ocurría, se hubiera dado cuenta de que alguien
seguía a Rafael.
– Y ¿cómo marcha el negocio Rosa?
– Bien de momento, hay que dedicarle muchas horas de trabajo pero
por ahora no nos podemos quejar.
– Y con los clientes ¿qué tal te arreglas? Quiero decir que siempre
habrá algún pesado y más aún teniendo en cuenta lo atractiva que
eres, seguro que tienes que estar apartando moscones todo el día.
– Gracias por el cumplido-, dijo la joven-, pues no creas que es así,
por la mañana vienen clientes habituales a desayunar o al bocadillo de
medio día, gente de visita rápida y que van a lo suyo, por la tarde no-

che la cosa se complica algo, en ocasiones alguien se pasa con las copas
y se pone un poco patoso, nada grave por lo general, en contadas
ocasiones hay algún patoso que se cree con derecho a algo más, pero
yo sé cuidarme bien de ellos, son ya muchos años detrás de la barra.
– Si alguna vez tienes problemas serios llama a la policía, vendré
encantado a tu rescate.
– No será necesario, no obstante muchas gracias. Oye por cierto
tengo una curiosidad, he observado que Rafa siempre te llama Morales,
¿es que no tienes nombre?
– No. Todo el mundo me llama así, incluso mi madre, sólo tengo
apellido, es uno de mis misterios; de todas formas un día te invito a cenar
y te cuento el indescifrable mito de mi nombre, pero hasta que no
me concedas el honor de aceptar mi invitación te quedarás con la intriga.
– Aceptaré encantada tanto la invitación a cenar, cuando ésta se
produzca, como la confesión del enigma de tu nomenclatura-, dijo Rosa
sorprendiéndose a sí misma de sus palabras. Nunca había brindado
tanta amabilidad a un cliente ligón nada más conocerlo, nunca daba
alas a sus clientes para cortejarla y ahora lo estaba haciendo, acaso
fuera porque Morales tenía algo especial, era una persona envuelta en
un halo de buenas vibraciones, un hombre que más por su personalidad
que por su físico despertaba interés y agrado en quienes le rodeaban.
– En ese caso el primer día que el servicio me lo permita te invitaré
a salir, no obstante me preocupa un detalle ¿no se enfadará tu novio si
quedas conmigo?
– No, mi novio no se enfadará no te preocupes por él, sobre todo
porque no existe, mi novio es un espectro-, y dichas estas palabras un
escalofrió recorrió su cuerpo.
Una llamada al teléfono móvil de Morales cortó la magia de la conversación
y borró la sonrisa bobalicona de su rostro, la de Rosa ya se
había borrado con el recuerdo de Álvaro y del retoño que crecía en su
vientre. El policía se apartó un poco mientras duró la conversación,
luego regresó junto a la camarera.
– Bueno Rosa debo marcharme, estaba muy a gusto contigo pero el
deber me llama, tengo que seguir trabajando, hasta otro día, ha sido
un enorme placer conocerte-, tomó su mano derecha sujetándola por
la punta de los dedos, la condujo hasta sus labios y depositó un calido
beso en sus nudillos.
– Gracias, yo también estoy encantada de haberte conocido y recuerda,
me debes una cena y una confesión.
Rafael no tuvo suerte.
Estaba agotado, realmente exhausto, la noche había sido larga y a
esa circunstancia había que añadir la posterior entrevista con Morales,
deseaba llegar a casa y dormir pero no tuvo suerte, fueron necesarias
tres vueltas a la manzana para conseguir un hueco libre donde aparcar
y aún así bastante lejano del portal de su casa por lo cual tuvo que caminar
diez minutos soportando el frío viento matinal. Momentos después
de su llegada y muy cerca de su vehículo estacionó otro en doble

fila, el acompañante bajó y el coche, que también había dado tres
vueltas a la manzana aunque no buscaba aparcamiento, continuó su
camino. Un hombre que no hacia mucho tiempo había estado apostado
en la librería frente a la Taberna del Renco aguardando la salida del vigilante
de nuevo seguía sus pasos. Cuando Rafael se detuvo en el umbral
del portal buscando las llaves el extraño dio unos pasos apresurados
para poder entrar junto a él sin que la puerta se cerrase.
– Buenos días-, saludó con una leve inclinación de testa.
– Buenos días-, respondió Rafael.
Aguardaron en absoluto silencio la llegada del ascensor, la profecía
del silencio se extendió por todo el portal y sólo el mecanismo del elevador
con sus quejidos molestos rompía el mutismo. Cuando por fin se
abrió la puerta del ascensor entraron y Rafa preguntó.
– ¿A que piso va señor?
– Al último-. Respondió escueto el extraño sin precisar número.
– Entonces yo salgo antes, voy al quinto-. Adujo pulsando las teclas
correspondientes a sus destinos.
– Hasta luego-, dijo Rafa al llegar a su planta.
– Adiós buenos días-, se despidió una voz ronca a su espalda.
Rafael entró en su casa con sigilo pues repentinamente recordó que
Candelaria quizá estuviera acostada todavía, dejó la bolsa del trabajo
en una rinconera del pasillo y se quitó el abrigo para colgarlo en la percha
de la entrada. Apenas se había dado la vuelta cuando vio una preciosa
aparición que flotando se acercaba a él. Era, no obstante, una
aparición de carne y hueso cuya belleza convertía en imposibles todos
sus intentos de apartar sus ojos de aquellas formas perfectas. El sueño
desapareció, un lento escalofrío recorrió su cuerpo y estremeció su deseo.
– Buenos días Rafa-, saludó Candelaria justo antes de darle un beso
en la mejilla.
– Buenos días-, balbuceó sorprendido-, esto si que es un verdadero
regreso al hogar, encontrarse a una bonita mujer que me de un beso
de bienvenida.
– Pues además de esto, si llegas hasta la cocina verás que tengo
preparado el desayuno.
– No deberías haberte molestado, pero muchas gracias-. Arguyó
tratando de dominar el océano de misterio sensual en el cual por momentos
naufragaba, intentando esquivar las olas de erotismo mágico
que lo atrapaban en su espuma salada, tratando de ocultar la atracción
irresistible que experimentaba.
– No es molestia ninguna, me he despertado temprano, supuse que
estarías a punto de llegar y me he tomado la libertad de asaltar tu despensa.
Desayunaban juntos y felices, a Rafael le había desaparecido el cansancio
de forma repentina y entre tanto, en la cocina, una magia especial
inundaba el espacio, fuera, un hombre misterioso aunque no desconocido
por completo merodeaba por el rellano de la escalera. Tras
permanecer unos instantes junto a la puerta tomó el ascensor y descendió
hasta la planta baja, allí buscó el buzón correspondiente al

quinto piso letra “c” y anotó en una pequeña libreta: Calle Corazón de
María nº 54- 5º C. Rafael Pizarro Serrano, después guardó la libreta y
salió a la calle, enseguida un vehículo llegó a su altura, subió en él y no
reinició la marcha, permaneció en doble fila hasta que tuvo un sitio en
el cual aparcar pero siempre cerca y sin perder de vista el portal de Rafael.
Definitivamente aquellos dos hombres lo seguían, lo espiaban y nada
bueno pretendían.

martes, 20 de diciembre de 2011

CAPÍTULO XXV: Pinceles, mazmorras y flechas


Ya sabéis que era Don Juan
dado al juego y los placeres;
amábanle las mujeres
por discreto y por galán.
Valiente como Roldán
y más mordaz que valiente...
más pulido que Medoro
y en el vestir sin segundo,
causaban asombro al mundo
sus trajes bordados de oro...
Muy diestro en rejonear,
muy amigo de reñir,
muy ganoso de servir,
muy desprendido en el dar.
Tal fama llegó a alcanzar
en toda la Corte entera,
que no hubo dentro ni fuera
grande que le contrastara,
mujer que no le adorara,
hombre que no le temiera.

Don Antonio Hurtado de Mendoza (1622).
“Romance a la muerte del conde de Villamediana”





CAPÍTULO XXV
Pinceles, mazmorras y flechas
(19-11-1625)



Suspiró.
Se sentía atrapado, prisionero de la oscura sacristía de la iglesia de
Santa Águeda, cautivo del Cristo de los cuatro clavos, preso de Helena
y de sus caricias.
Tenía que trabajar en el cuadro religioso que prácticamente estaba
acabado y sin embargo dedicaba su tiempo a otro que le causaba mayor
placer, a un lienzo por completo opuesto. Y así tenía, dentro de una
iglesia dedicada a recoger a las prostitutas de la ciudad y enmendarles
los renglones torcidos de su vida, dos obras pictóricas comenzadas e
inacabadas, un cuerpo de mujer desnudo de espaldas mirándose a un
espejo, y en frente a un Cristo crucificado. Aunque bien mirado ambos
trabajos tenían conexión; uno de los cuadros, el Cristo de los cuatro
clavos era una forma de expiar una culpa, era el regalo de un rey a la
Iglesia para hacerse perdonar su pecado, el otro, el de la mujer desnuda,
era una culpa, la confesión de una culpa, un pecado propio del cual
no estaba por completo arrepentido, un desliz del que no se arrepentía
en absoluto.
En el cuadro religioso no sabía conseguir un rostro apropiado que
expresara lo que quería transmitir y fuera el punto culminante de la
obra, el otro lienzo sí tenía un rostro y no obstante era mejor que permaneciera
oculto, anónimo, secreto. Un pecado de belleza. El rostro de
sor Helena.
El pintor de cámara del cuarto Felipe se obligó a trabajar en el cuadro
religioso, debía terminarlo, de hoy no pasaba, debía finalizar la pintura
y salir de allí para siempre, salir de la sacristía, de la iglesia, evadirse
del Cristo de los cuatro clavos, huir de Helena.
No, no era posible tamaño despropósito, ¿cómo iba a huir de Helena
si la amaba? La deseaba, era su ilusión, su vida.

Un ruido repentino sobresaltó su actividad. Como siempre que era
asaltado por sucesos extraños no hizo caso y trató de concentrarse en
su trabajo. No podían ser fantasmas puesto que los fantasmas no existen,
no podía, no debía ser Helena. Creyó percibir un susurro, un murmullo,
un lamento. Alguien lloraba allí o en otro mundo y el eco del dolor
reverberaba por los pasillos y llegaba casi nítido a la sacristía.
– Helena ¿sois vos? No juguéis conmigo os lo ruego, me estáis asustando.
Cesaba el sonido lastimero de cuando en cuando y enseguida volvía
a repetirse. Velázquez concluyó que no se trataba de Helena. Bastante
difícil le resultaba concentrarse en el rostro del Cristo de su lienzo en
circunstancias normales como para tener extraños sucesos alrededor
que lo despistaran todavía más.
Estuvo a punto de lanzar los pinceles contra el cuadro con gesto de
rabia y de desesperación, ya había alzado su mano diestra pero en el
último momento consiguió contenerse y simplemente los tiró con fuerza
contra el suelo. Una mancha oscura apareció en el encerado y en
ese preciso instante se incrementó la intensidad de los ruidos, definitivamente
alguien lloraba.
Salió de la sacristía armado con un hachón de tres velones encendidos,
las llamas agitadas por el aire dibujaron fantasmagóricos arabescos
en las paredes entenebrecidas de la capilla. Si llegó a pensar que
saliendo de allí se libraría del miedo se equivocó. Estuvo a punto de llamar
al hermano portero y pedirle que le abriera las puertas y le permitiera
salir y sin embargo no lo hizo y se dirigió al secreto pasadizo subterráneo
armado de determinación. En cuanto se introdujo en el pasaje
secreto y bajó por la enigmática escalera de caracol, el sonido lastimero
se incrementó y su temor también. Sabía que aquel pasaje oculto
constituía un túnel usado por los monjes para acceder a las celdas de
las novicias y lo que era más peligroso, era utilizado como calabozo de
la Inquisición. Si no tenía cuidado podía ser sorprendido por algún monje
o familiar de la inquisición y verse inmerso en un grave problema.
De todos modos la curiosidad era más poderosa que el miedo, por lo
cual, extremando las precauciones, avanzó por el pasadizo en dirección
a donde creyó que nacían los ruidos. Según sus cálculos le faltaba poca
distancia para alcanzar la zona donde se hallaban las mazmorras, en
el siguiente recodo, si su memoria no le fallaba, giraría a la diestra y ya
habría llegado.
Así fue, en efecto, al doblar la esquina se encontró con la fila de
puertas cerradas, había al menos diez celdas, sin embargo lo que capturó
su atención fue que al llegar al pasillo, donde creyó que iba a percibir
con mayor claridad los sonidos que le habían inquietado, sucedió
lo contrario, el eco de los sollozos cesó dejando una reverberación de
susurros, un rumor de voces, apenas un murmullo gutural, luego... nada;
silencio absoluto, la profecía del silencio. Sólo el crepitar de las llamas
de las velas, impulsadas por alguna corriente de aire inoportuna,
se percibía.
Avanzó Velázquez iluminando con su hachón el interior tétrico de los
calabozos. A tres o cuatro puertas al menos se había asomado y nadie

habitaba la obstinada penumbra, no obstante, en la siguiente, creyó
distinguir un bulto incipiente encima del catre, algo por completo inmóvil.
El pintor comprobó que a pesar de la extrema quietud allí había
o parecía haber un cuerpo humano con o sin vida. Avanzó a la siguiente
celda, nadie, en ésta sólo una yacija con mantas húmedas y roídas;
regresó tras su estela y de nuevo iluminó el habitáculo anterior. El bulto
extraño no había cambiado de posición, no se había movido, ¿estaría
muerto? ¿Carecería aquel cuerpo ya de alma?
– Si está muerto no ha podido llorar-. Se dijo siguiendo adelante.
Y de repente, al iluminar el ángulo más cercano de la mazmorra
contigua...
El rostro de un niño apareció al otro lado de la reja propinando al artista
un susto de muerte.
– ¡Ayúdame!, quiero salir de aquí-, chilló el arrapiezo a escasa distancia
del rostro del asombrado pintor de la corte.
Velázquez saltó hacia atrás, incluso juraría haber proferido un grito,
el candelabro cayó al suelo y las velas rodaron por el húmedo pavimento;
dos de las tres se apagaron y crearon con su ausencia un paisaje
más tenebroso. Alguien, una silueta borrosa y silente apareció fugaz,
abrazó al niño por la espalda con un brazo pues el otro aparecía
vendado y pegado al cuerpo y lo alejó de la puerta. El pintor recogió las
velas de forma apresurada y trató de iluminar con la que quedaba activa
el interior del calabozo. El niño lo miraba extrañado con lágrimas
rodando por las mejillas.
– ¿Qué haces aquí? ¿Eras tú quién lloraba?
No obtuvo respuesta y sin embrago en ese preciso momento reconoció
aquel rostro, vino a su memoria un gesto de dolor, él había pintado
esas facciones no hacia mucho tiempo.
– ¿Eres tú el muchacho a quien su maestro castigó?
Fue en ese instante, al oír la pregunta del desconocido cuando Isabel,
rauda como una centella se acercó al pintor.
– ¿Y quién sois vos? No sois soldado y no tenéis aspecto de familiar
de la inquisición, ¿qué hacéis aquí entonces, cómo habéis entrado?
– Soy el pintor de cámara del rey, estoy en el convento de Santa
Águeda pintando un cuadro, dentro de la sacristía percibí el llanto del
niño, me hallo en peligro, no debería haber venido han sido sus sollozos
y lloriqueos los que me han guiado hasta aquí.
– Pues ya os podéis ir, ya no llorará más, no volverá a molestaros-.
Respondió Isabel un tanto ofendida.
– ¿Por qué estáis aquí?- Preguntó el pintor sin atender ni dar importancia
al enfado de la mujer.
– La Inquisición nos ha hallado culpables de herejía, estamos aquí
de paso, nuestro destino es la hoguera.
Velázquez no pudo evitar deslizar su mirada hacia el niño, no se
atrevió a preguntar si él también estaba condenado a perecer en el
fuego. La mujer leyó su pensamiento e intuyó que en la mente de
aquel hombre había un sentimiento de disgusto y otro más profundo
de culpabilidad.

– Correrá mi misma suerte-, se apresuró a decir para llegar al corazón
del hombre-, es mi hijo menor y ha heredado mis pecados.
– ¡Santo cielo!-, exclamó el joven pintor impresionado-, ¿cómo se
puede aplicar un tormento tan cruel a una criatura tan frágil?
– Preguntad a vuestro Dios si en alguna ocasión llegáis a verlo.
– No creo que mi Dios apruebe esto. Al menos estoy seguro de que
no lo aprueba como tal el Dios al que yo pinto.
– Ayudadnos pintor, sois un buen hombre y yo no pido auxilio para
mí, salvad al niño, yo moriré en la hoguera pero él es inocente.
– Esperad, tengo una idea, no sé si saldrá bien pero haré cuanto
pueda por sacar al chico de aquí, rezad a vuestro Dios sea cual fuere
para que mi plan tenga éxito.
Se marchó el pintor a toda prisa sin adelantar su estrategia a la azorada
madre y dejándola con la incertidumbre, en aquel preciso instante
Isabel comenzó a rezar sin pensar en un dios concreto.
El joven pintor de cámara del cuarto Felipe llegó jadeante y sudoroso
a las puertas del Alcázar. Se había dado mucha prisa en cubrir el trayecto
que separaba el convento de las arrecogidas del palacio del monarca,
pretendía entrevistarse con el rey antes de que éste saliera en
su habitual paseo vespertino por el Prado de San Jerónimo.
Felipe IV estaba despachando algunos asuntos con el Valido Olivares,
mas la trascendencia de los mismos no debía ser excesiva pues
permitió al pintor el acceso a la sala sin remilgos.
– Pasad Diego-, dijo el monarca apenas atisbó su figura oscura-, hace
varios días que no sé nada de vos y por añadidura tampoco tengo
noticias de mi cuadro, ¿cómo va ese Cristo crucificado?
– Pues de ese asunto precisamente vengo a hablaros Majestad, tengo
un problema, he cavilado también en la solución, mas solamente
con vuestra ayuda puedo aplicarla.
– En ese caso vos diréis, yo no acierto a adivinar en que puedo resultar
útil, os escucho con atención Diego, vos Conde Duque podéis
aguardar un instante a que solucionemos los entuertos del artista.
Asintió Olivares aunque su mirada desprendía fuego, ¿cómo osaba
el Rey hacerle esperar a él como a un vulgar bufón mientras atendía en
primera instancia a un simple pintor? Velázquez que no contaba con la
simpatía del valido, desde aquel instante contó con su aversión.
– El cuadro está casi terminado-, adujo el pintor que consideraba
oportuno dar buenas nuevas antes de pedir favores-, sin embargo falta
un detalle que me tiene bloqueado y preocupado, y es que no acierto,
por más que me esfuerzo, a reflejar la expresión del rostro del Mesías
que convierta esta obra en especial.
El monarca se encogió de hombros, puso cara de sorpresa y jugueteó
con los dedos en su bigote mientras decía:
– Querido Diego sigo sin ver donde puedo yo ayudar, no sé cómo
voy a proporcionaros un rostro, explicad mejor el asunto y sin rodeos.
– Vos majestad y sólo vos me podéis proporcionar el modelo-, afirmó
Velázquez sacando un dibujo de sus ropas-, mirad este boceto señor-,
el pintor desenrolló un pergamino y en él apareció impresa la cara
de un joven con expresión de miedo y padecimiento. Velazquez lo

mostró al nieto de Felipe II buscando aquiescencia y una vez captada
su atención continuó hablando.
– Hace unos días vi por la calle a este mozalbete, éste es precisamente
el rostro adecuado mas no con este gesto de dolor. Desearía tenerlo
como modelo unos días, tomar apuntes y realizar unos bocetos
que me permitieran alcanzar el gesto sublime que persigo.
– Cada vez os entiendo menos, si sabéis a quien necesitáis como
modelo adelante, contratadlo, no veo ningún inconveniente, si se trata
de dineros yo cubriré los gastos.
– Hay inconveniente majestad y no se trata de dineros, la dificultad
es otra bien distinta, no puedo contratar al muchacho, se halla preso
de la Inquisición, encarcelado en espera del auto de fe que lo lleve a la
hoguera, este joven-, adujo señalando con su dedo índice el rostro dolorido
del rapaz-, es Fernán, el hijo menor de los judíos propietarios de
la mercería de la calle Infantas.
– ¡Dios santo!- Exclamó Olivares tomando parte por primera vez en
la conversación-, ¿no osareis poner la cara de un hereje a un Cristo
crucificado? Majestad no debéis permitir semejante oprobio.
– No es el rostro Conde Duque, se trata del gesto, de la expresión.
Majestad debéis entender que puedo terminar el lienzo pintando cualquier
cara, sin embargo de ese modo sería un cuadro normal, una pintura
del montón, prácticamente vulgar. Por el contrario, con un rictus
apropiado en el rostro se convertirá en una obra maestra, una pintura
genial, la cara del crucificado como vos mismo dijisteis al comienzo del
proyecto es lo más importante de este cuadro y supongo que por el cometido
de vuestro encargo deseáis que sea un lienzo muy especial.
– Y ¿qué gracias precisáis de mí Diego? O ¿estáis solamente solicitando
permiso para plasmar el rostro de ese niño?
– No majestad, no es sólo vuestro beneplácito lo que pido. Sé que el
mozalbete está preso mas no sé dónde se halla-. Mintió el pintor-. Necesitaría
que lo pusierais en libertad de modo temporal y lo confiarais a
mi custodia por tres o cuatro días, sólo durante el tiempo preciso para
hacer los bocetos y tomar apuntes que luego pueda trasladar al lienzo.
– Poner en libertad a un reo de la Santa Inquisición y ponerlo bajo
la custodia del pintor de la corte no es plato de gusto ni tarea fácil ni siquiera
para un rey, ¡no sois nadie vos pidiendo favores Diego!
– Si no fuera por completo necesario no os lo pediría, Majestad,
además, por si os sirve de información, el rapaz no ha hecho nada malo,
su única culpa es haber nacido en el seno de una familia judía.
– ¿Es absolutamente imprescindible la participación del jovenzuelo
para la buena marcha de la obra?
– Lo es Majestad no os quepa duda, si no fuera de ese modo no os
hubiera molestado ni desviado vuestra atención de otros asuntos.
– Olivares averiguad donde está ese jayán, el tal Fernán Vaez hijo,
que lo pongan bajo custodia de Diego de Velázquez por tres días.
Transcurrido el plazo irá a donde el Santo Oficio considere oportuno.
– Sabed Majestad-, alegó Olivares con tono contrito-, que no estoy
conforme con esta decisión.

– No es necesaria vuestra conformidad necesitamos un modelo-, le
interrumpió el Rey-, Diego precisa un rostro definitivo, yo deseo una
obra maestra de tema religioso y vos sabéis con que fin.
Las palabras del monarca fueron duras y tajantes aunque no había
alterado el tono de su voz, era evidente que su decisión no admitía réplicas.
El silencio se instaló en la sala y su profecía no auguró nada
bueno, en breve espacio de tiempo el Austria volvió a hablar.
– ¿Diego precisáis algo más?
– No Majestad, simplemente agradecer vuestra comprensión y
vuestra ayuda, no os arrepentiréis, cuando veáis el lienzo comprenderéis
que todo esfuerzo merecía la pena.
– Bien, en ese caso si no precisáis más ayuda dejadnos, tenemos
otros asuntos que tratar.
Salía ya el pintor de la sala cuando a su espalda oyó un nombre:
Juan de Tassis y Peralta conde de Villamediana y escuchó también al
Monarca que preguntaba al valido.
– ¿Qué sorpresa nos ha preparado ahora el señor Conde?
No es que Velázquez gustase de cotillear ni entrometerse donde no
era llamado, sin embargo conocía al Conde, sabía de sus correrías y
había conocido por bocas ajenas de algunas afrentas que el noble había
infringido al Monarca, por todo ello y por primera vez en su vida decidió
meterse en camisas de once varas y trató de ocultarse tras la
puerta entornada para escuchar la conversación sin ser visto.
Desde el puesto de espionaje no conseguía Diego captar todas las
palabras del diálogo. El Rey formulaba preguntas a las cuales Olivares
respondía convirtiendo poco a poco su voz estentórea en atiplado susurro.
Según las correrías del Conde llegaban a conocimiento del cuarto
Felipe el enfado del Monarca crecía considerablemente. Percibió el
pintor que el Austria sentía celos del de Villamediana, sospechaba que
entre la Reina y el Conde había algo más intenso que simple amistad
derivada de relaciones cortesanas y si bien no tenía pruebas contundentes
de traición, la simple sospecha tosigaba el alma del rey galante.
Por si esto fuera poco en los últimos tiempos el conde de Villamediana
disputaba también a su rey los favores de Francisca de Tavera y no era
Felipe IV hombre a quien gustara compartir caprichos con otros caprichosos.
El de Villamediana, tal fama llegó a alcanzar en toda la Corte
entera, que no hubo dentro ni fuera, grande que le contrastara, mujer
que no le adorara ni hombre que no le temiera.
Y sin embargo en el instante álgido de la conversación el Rey ordenó
a Olivares ir en busca de alguien y por unos momentos quedó en soledad.
Hablaba a grandes gritos creyendo que nadie le escuchaba:
– Maldito seáis Conde una y mil veces ¿quién os habéis creído que
sois para desafiar a un rey? Pagareis todas vuestras baladronadas muy
pronto.
Instantes después regresó Olivares acompañado de Alonso Mateo,
ballestero real. El cuarto Felipe dio unas breves instrucciones al recién
llegado y posteriormente lo sometió a un ligero interrogatorio.
– ¿Habéis comprendido el asunto?
– Sí Majestad, a la perfección.

– ¿Creéis que podéis efectuar la misión en soledad, con éxito y a la
par con discreción?
– Sí Majestad, no temáis, todo será como vos deseáis que sea.
– En ese caso venid a verme pasado mañana y me informáis sobre
los detalles.
– Así se hará Majestad, ¿deseáis alguna cosa más?
– No Alonso os podéis retirar.
Velázquez vio como el ballestero se dirigía hacia la puerta tras la
cual se ocultaba. Se alejó deprisa y en silencio para no ser descubierto
en infame acto de espionaje, cuando oyó que el postigo se abría de par
en par se encontraba apenas a medio pasillo, se detuvo allí mismo y
fingió contemplar un cuadro de los muchos que poblaban las paredes
del corredor. El azar lo había situado frente a un retrato del emperador
Carlos V.
– ¿Admiráis la obra de Ticiano o la personalidad del Emperador? don
Diego.
– A fe que ambas cosas son dignas de admiración, sin embargo en
este instante estudiaba las pinceladas maestras del artista.
El Rey debió considerar su jornada laboral ya finalizada pues Olivares
abandonó el salón de audiencias y llegó hasta donde se hallaban pintor y
ballestero interrumpiendo su presencia la conversación.
– Por cierto Velázquez, haríais mejor utilizando ese rostro como modelo
para nuestro Cristo y olvidaros del hereje que pretendéis pintar.
– Os equivocáis Conde Duque, yo me pregunto qué sabrá de herejías
un mozalbete que apenas levanta medio metro del suelo. En cuanto
a mi lienzo os aclararé que el rostro del rey Carlos I no puede ser útil
en un cuadro religioso, él fue guerrero no monje y su carácter se refleja
en el gesto de su cara. En definitiva señor, lo vuestro es el gobierno
del país, la política, las intrigas palaciegas-, Velázquez se crecía con su
discurso y enviaba un velado desafío al valido-, dedicaos a lo vuestro y
en lo tocante a pinturas dejadme a mí que es lo mío, de ese modo cada
cual estará a lo suyo.
– Tened cuidado pintor, las herejías y otros delitos también son cosa
mía-, adujo enfadado Olivares.
– Lo tendré en cuenta y no os preocupéis por mí, ni soy hereje ni
maleante-. Se defendió Diego dando la conversación por finalizada y
marchándose hacia su estudio.
Un cadáver apareció en la calle Mayor. Con las primeas luces del alba
del siguiente día, sus facciones tomaron forma y todo Madrid supo
de inmediato y de buena ley que habían matado al conde de Villamediana.
Apareció muerto y frío al amanecer, cerca de su casa, víctima de
una emboscada, a buen seguro, fue muerto con ánimo de robarle, o
con intención de hacerle pagar alguna deuda de honor con toda probabilidad.
Tres saetas le partieron el alma, el corazón y la garganta y todas
ellas truncaron su existencia. El conde de Villamediana como buen
dramaturgo había escrito con letras de sangre el último acto de la obra
de su vida.

Algunas personas sintieron su pérdida, fueron varias las mujeres
que lloraron al conocer la noticia de su muerte, fueron varios los maridos
que celosos contemplaron el llanto de sus esposas, uno de los más
contrariados fue el propio Felipe IV, quien sorprendido, sorprendió dos
lágrimas tristes rodando por las sonrosadas mejillas de la Reina.
El joven pintor de la corte no llegó al llanto pero podemos afirmar
sin temor a error que sintió la pérdida, además don Diego enlazó cabos
sueltos y al terminar de apañuscarlos supo que la conversación del Rey
con su valido y la posterior presencia del ballestero real tenía algo que
ver con el misterioso suceso. Supo que aquellas tres saetas habían sido
disparadas por Alonso Mateo cumpliendo órdenes directas del monarca.
Supo que las tres saetas causaron heridas mortales y sólo justificaba
la presencia de los tres impactos el deseo de asegurarse del fallecimiento
del de Villamediana. Supo que su rey era celoso además de
galante y que su ataque de cuernos lo llevó a tomar la decisión de ordenar
la muerte de su odiado Conde.
Mas la vida continuaba en el viejo Madrid de los Austrias y no era
asunto de un pintor de cámara atar cabos sueltos, ni investigar crímenes,
ni desfacer entuertos, y sí lo era por el contrario pintar cuadros.
En dos obras ocupaba Velázquez su talento al mismo tiempo y en
contra de lo que todos los días se proponía dedicaba más horas al cuadro
que representaba a Helena desnuda mirándose en un espejo que al
Cristo crucificado encargado por su rey. En el cuadro de su diestra se
alzaba el cuerpo desnudo de un hombre clavado en la cruz, la piel blanca
contrastaba con la oscuridad del fondo, faltaba únicamente terminar
el rostro para finalizar la obra. En el cuadro de su siniestra se apreciaban
con perfección y nitidez las facciones de la cara de sor Helena reflejados
en el espejo, el esplendor de la carne sonrosada mostrada en
toda su belleza resaltaba sobre los oscuros pliegues del hábito.
Estaba preparado para reanudar su trabajo y se disponía ya a iniciar
las pinceladas que darían al rostro de Cupido forma humana cuando
creyó oír la llave del hermano portero ludiendo en la cerradura. Prestó
mayor atención y percibió el chirriar de los goznes oxidados de la puerta
de la iglesia. Se apresuró entonces a ocultar el lienzo de su siniestra,
era evidente que nadie debía ver el cuerpo desnudo de Helena presidiendo
la sacristía del convento, apenas había terminado de taparlo
cuando dos sombras oscuras entraron en su improvisado estudio.
– Tenéis visita Don Diego-, informó el hermano al pintor y añadió
señalando al otro hombre recién llegado-, Benito, el verdugo de la corte
ha venido a vuestro encuentro.
– Gracias fray Timoteo, podéis marcharos y vos Benito adelante, pasad
a mi extraño taller.
El verdugo aguardó a que el monje saliera no solamente de la sacristía
sino incluso de la iglesia antes de pronunciar palabra alguna.
– ¿Trabajáis en dos obras a la vez maestro?
– No, no, al contrario-, mintió Velázquez-, en algunas ocasiones hago
copias de mis cuadros, copias exactas, o incluso réplicas con el mismo
mensaje principal del lienzo cambiando los elementos secundarios
pero siempre respetando la obra principal que en este caso es ésta.

– Y ¿por qué mantenéis oculta la copia si puede saberse?
– En realidad yo siempre tengo la costumbre de ocultar mis obras
hasta que están terminadas y en proceso de secado. Éste se halla destapado
porque estoy trabajando en él-, volvió a mentir el pintor-, un
artista debe conservar en secreto algunas de las técnicas que utiliza.
Pero decidme, Benito, ¿a qué debo la sorpresa de vuestra visita?
– Vengo a buscaros en nombre del Rey, me ha sido ordenado que
saque a un crío de su celda y lo ponga bajo vuestra tutela. Voy en este
preciso momento en su busca y quería saber dónde debo conducirlo.
– Al Alcázar Benito, llevadlo a mi taller, yo recojo mis bártulos y salgo
hacia allí de inmediato.
– Bien pues en ese caso aguardad allí, enseguida os llevo al mozalbete-.
Se marchó el verdugo dispuesto a cumplir una vez más con su
misión, aquella en verdad no le resultaba desagradable, sacar al chico
de prisión sería un placer y además de ese modo contaría con un plazo
de dos o tres días para trazar un plan cuya culminación fuera la liberación
del pequeño judío.
Al quedar solo Velázquez destapó de nuevo el lienzo de la mujer
desnuda.
– Helena, mi Venus-. Murmuró mientras comenzaba a dar unas cuidadosas
pinceladas.
Enseguida dio por terminada su labor, el rostro de Cupido, personaje
que sujetaba el espejo donde se reflejaba la faz de Helena quedó
perfilado y casi definido. Había decidido ya cual iba a ser la cara de Cupido,
Fernán Vaez, el joven judío condenado a la hoguera, sería quien
presentara el espejo de plata a la preciosa Venus desnuda.
Sonrió satisfecho y se dispuso a limpiar los pinceles antes de volver
a tapar ambos cuadros preservándolos de miradas indiscretas y entonces
algo aconteció que erizó sus cabellos y heló su sangre.

lunes, 12 de diciembre de 2011






Estás imágenes se repetirán en Zaragoza este sábado
En FNAC Plaza de España a las 20h, presentaré mis Recuerdos y Angélica Morales me presentará a mí, no necesariamente en ese orden.




El sábado día 17 a las 20h. estaré en Zaragoza presentando mi colección de relatos "Recuerdos de lluvia y Cierzo"

En la FNAC de Plaza España

Intervendrá en el acto la escritora Angélica Morales.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Un trasto inutil



El microrelato de esta semana, titulado Un trasto inutil, está ligado a un fragmento de mi segunda novela Tiempo de cerezas, la fotografía es de la presentación en Teruel de dicha novela, allá por el 2009.




Un trasto inútil.

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. La mano derecha ha llevado la copa a los labios. El alcohol va nublando los sentidos. El índice y el pulgar de la mano izquierda acarician las cuencas oculares, los párpados siguen cerrados.
Pronto los abrirá, la buscará, como si no supiera que ya no está ahí, como si de una pesadilla se tratara, como si entre el alcohol y las caricias de sus dedos pudiera despertar.
Su otra pierna, la derecha, nunca volverá y, yo estaré allí para recordárselo. Con el pie izquierdo me dará unas pataditas antes de volverme a la caja, limpio, brillante, inútil zapato siempre nuevo.



Y ahora pongo los ganadores de esta semana. Me gustan bastante los dos últimos, me parecen muy interesantes y originales.


La cena es a las nueve

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso y se hace tarde. He dejado mi muñeca en el parque, con el resto de la mano y la mochila del colegio. Yo quisiera ir más rápido pero la carne se me cae a trocitos. Los huesos del pie asoman desnudos entre excrecencias podridas. Raspan el suelo. Si el tío Lauro no hubiera reventado mi otra rodilla con su escopeta... Suerte que no duele, pero a rastras va ser difícil llegar a tiempo. Mamá estará esperándome con la cena puesta, enfadada. ¿De donde vienes? Preguntará. Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo.


El arte del disimulo

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso y ahí sigue acariciando su pierna por debajo de la mesa sin tener en cuenta que soy yo el que debo esquivar la mirada desconcertada aunque complacida que me lanzan esos grandes ojos negros; soy yo el que debo partir con naturalidad el entrecot a la pimienta a la vez que finjo escuchar con gran interés la aburrida conversación del marido; soy yo el que debo disimular evitando así que mi cara revele lo mucho que me agrada lo que mi desligado pie hace y lo que su hermano derecho, más osado, ha comenzado hacer.


A la pata coja hacia la luz

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso otra vez, así que avanzo a la pata coja hacia la luz. No es la primera vez que sucede. A lo largo de mi vida me ha jugado muy malas pasadas. En cuanto me despistaba me zambullía en un charco. Espantaba a pisotones a mis parejas de baile. Tan pronto pateaba un perro salchicha como zancadilleaba a una anciana. La última fue ayer, apenas 3 meses después de que se declarase la guerra, cuando el capitán pidió voluntarios para una misión suicida y él dio un paso al frente.