miércoles, 7 de julio de 2010

CAPÍTULO VIII: Agua de borrajas


Dejo el capítulo VIII de mi novela. En esta ocasión la cita es del libro "La mujer de Roma" de José Luis Martín Nogales. La fotografía es un pedacito del famoso cuadro de Velázquez, La Venus del espejo, que tiene un papel importante, tanto en el libro de José Luis, como en el mío, si bien lo tratamos de formas diferentes, él se ciñe más a la historia o al modo en que lo han interpretado los expertos en arte, y yo, como no escribo novela histórica, me permito introducir elementos de la imaginación.






Es verdad que a veces algunos, con tal de subir un peldaño más en
la escalera del éxito, se aúpan sobre lo que haga falta, como en esas
imágenes antiguas en las que el rey pisaba la espalda de un criado
arrodillado en el suelo, para subir a la silla majestuosa en la que le iban
a llevar en volandas por los salones del palacio.
José Luis Martín Nogales. “La mujer de Roma”






CAPÍTULO VIII
Agua de borrajas

(17- 11- 1999)



La siguiente era la suya.
Se apearía en la próxima parada, apenas tres minutos le separaban
de su destino.
Casi nunca iba en coche al trabajo a pesar de que por su indiscutible
condición de amigo íntimo del jefe de seguridad era el único vigilante
con autorización para estacionar su vehículo en el interior del garaje
de la empresa para la cual prestaba servicio. No obstante prefería
utilizar el transporte público por una sencilla razón de comodidad,
aquella forma de desplazarse no requería una especial atención, no demandaba
reflejos ni un permanente estado de alerta, sólo sentarse y
esperar, dejarse llevar y aguardar; y, dentro de las posibles variantes
del transporte público prefería el autobús antes que el metro. En el ferrocarril
suburbano se sentía prisionero, agobiado y ocluido, no había
lugares a donde mirar, apenas las caras de los demás viajeros, o sus
espaldas, o sus axilas. Además, los vetustos vagones del metro estaban
repletos de bandas de carteristas, de inmigrantes ilegales, de
mendigos pesados y de músicos ignorantes de la correcta entonación;
Y en aquella zona y a aquellas horas, era todavía peor, pues a toda esa
gentuza se le unía una verdadera plaga de invertidos y chaperos en
busca de compañeros sexuales, clientes incautos, o simplemente víctimas
de un hurto rápido y fácil.
Por el contrario desde el asiento elevado del autobús se divisaban
tiendas, madrugadoras clientas de elegante falda corta y prometedoras
piernas largas, coches circulando tratando de abrirse camino entre el
tráfico y los semáforos, y sobre todo, el autobús le dejaba en la misma
puerta del trabajo, a cinco metros de la puerta principal del edificio.
Únicamente utilizaba el metro si tenía prisa, era más rápido, y aquella
mañana tenía prisa, se había dormido, se le habían pegado las sábanas
y llegaba tarde, aunque su categoría de jefe de equipo, de amiguísimo
intimísimo del jefe de seguridad y hombre de confianza del mismo sujeto,
le permitían algún margen, cierta flexibilidad horaria como él mismo
lo denominaba. Así, retrasos que para otro vigilante sin privilegios
hubieran supuesto problemas y acarreado faltas graves y sanciones,
para él eran tan sólo eso, flexibilidad horaria, o en ocasiones incluso inexistentes
gestiones secretas realizadas en el exterior del edificio; bulos,
mentiras, máscaras, tapujos, en definitiva, agua de borrajas.
Se apeó en la estación de Chueca, apresuró el paso alargando sus
zancadas pues aun disfrutando de ciertas prerrogativas tampoco convenía
pasarse de la raya y llamar excesivamente la atención con un retraso
escandaloso. Cruzó la calle raudo a pesar de la cercanía de un coche,
cuyo conductor hubo de frenar para no alcanzarle, subió por Graviña
hasta la calle Pelayo ignorando y dejando atrás los insultos que el
indignado conductor le dedicó, y finalmente accedió al edificio por la
puerta trasera, es decir, por el acceso al garaje. En realidad estaba prohibido
el acceso peatonal por el aparcamiento, pero claro, para él no,
¿acaso no saben ustedes con quien están tratando? Él era el jefe de
equipo y no le afectaban todas las prohibiciones. El vigilante del garaje
lo saludó pero no se detuvo, se limitó a sonreír y enarcar las cejas por
toda respuesta. ¡Vaya mañanita se le preparaba!- Pensó-, con José Luís
en el garaje y Rafael en el control de accesos, precisamente los dos
vigilantes cuya presencia más detestaba. José Luís era el vigilante a
quien él entrevistó y a quien hubo de admitir, a su pesar, por falta de
personal, y Rafael era su enemigo natural.
La forma de acceder al recinto, casi a hurtadillas, por la retaguardia,
posibilitó que a Rafael le pasara desapercibida su llegada e ignorase su
presencia. No hubiera sido así en circunstancias normales, pues aun
accediendo por la puerta falsa hubiese detectado su llegada por las cámaras
exteriores, pero aquélla no era una mañana normal, él no estaba
atento a las cámaras exteriores, esta vez no, hoy Rafael Pizarro no
era un ciudadano cero, era el héroe del día.
Eva había hablado, se había ido de la lengua y el resultado era un
nutrido grupo de secretarias interrogándole con idénticas dosis de admiración
y de morbo en sus preguntas. Así pues, cuando Carlos enfiló
veloz el pasillo en dirección al chiscón de seguridad observó la reunión
clandestina, además de Rafael y la propia Eva, se encontraban dentro
del habitáculo reservado al centinela y prohibido para el resto de los
trabajadores del edificio, Carmen, Mª Paz, Mercedes y Cristina. ¿Qué
diantre ocurría, por qué las secretarias de los ejecutivos más relevantes
de la empresa, incluso la del propio Presidente, estaban de cháchara
con el vigilante apretujados en tan estrecho e inhóspito cuartucho?
¿Qué clase de complot preparaban? Al final Dionisio tendría razón una
vez más, aquel sabelotodo era peligroso. Alguno de los partícipes en el
cónclave debió advertir su presencia y avisar a los demás, pues todas
las cabezas fueron haciendo la ola, volviéndose en dirección a donde él
estaba como piezas de un dominó, empujada la de delante por la de
atrás y así sucesivamente. Apenas él inició su caminar por el pasillo
principal, la reunión se disolvió.
– Hola buenos días-. Saludó con su mejor sonrisa de conejo simpático
e inofensivo a las chicas con las cuales se cruzó cuando éstas se
batían en desorganizada retirada, a lo cual un maremágnum de voces
femeninas le respondió con idéntica frase. Entró en la garita de seguri-
dad perdiendo la sonrisa bajo el quicial, cerró la puerta con evidente
mal humor y omitiendo cualquier tipo de saludo y por descontado,
cualquier esquicio de sonrisa, le espetó a Rafael a escasos centímetros
de su rostro con voz de hiena antipática y malvada-. ¿Qué?, de palique
con las nenas como si en vez del vigilante fueras una verdulera. Ya conoces
la normativa respecto al uso del cuarto de seguridad, está prohibido
el acceso de toda persona ajena al servicio.
– Sí lo sé, puede usted redactar otro informe sobre mi conducta si es
su deseo-. Habló el vigilante con gran calma y después añadió con algo
de burla en sus palabras-. Por cierto, también conozco las reglas referentes
a la entrada de personas al edificio y está prohibido igualmente el
acceso peatonal por el aparcamiento, como puede ver usted todos nos
permitimos frugales transgresiones de los reglamentos cuando éstas no
suponen ningún peligro al sistema de protección.
Carlos no contestó pues en efecto el vigilante tenía razón en su argumentación,
ambos habían cometido una infracción, y en consecuencia
se limitó a ordenar.
– Dame las llaves del vestuario.
– No las tengo, se las ha llevado la señora encargada de la limpieza-
respondió el subordinado ante la orden del superior y continuó su
discurso incrementando la mofa en sus frases-. Como se supone que a
estas horas ya estamos todos debidamente uniformados y en nuestros
respectivos puestos trabajando, se las entregué para que realizara su
función.
Salió Carlos del cuarto de seguridad sin añadir nada más, aquella
batalla la había perdido pero la guerra no había finalizado, se dirigió al
vestuario con paso raudo y gesto crispado. Rafael sí añadió algo, aunque
nadie le pudo oír.
– Este hombre es como la gaseosa, al abrirla hace efervescencia y
sube con presión y fuerza arrolladora, después de un par de frases en
las cuales se le recuerda que él también es humano vuelve a bajar
quedando en reposo y pleno de mansedumbre.
Sonó el timbre del teléfono.
– Seguridad dígame-. Fue la rutinaria contestación de Rafael.
– Rafa soy yo-. Dijo Eva sin especificar que era Eva y sabiendo que
Rafael sabía que aquella voz dulce pertenecía a Eva-. ¿Qué ha pasado?,
¿te ha caído otra bronca por nuestra culpa?
– No, no. Ha intentado reprenderme pero mis argumentos eran más
contundentes.
– No entiendo, ¿qué quieres decir?
– Quiero decir que él también estaba en pecado, llegaba tarde, ha
accedido al edificio por la puerta falsa, cosa que está prohibida, por
tanto se ha tenido que callar y marcharse con el rabo entre las piernas.
– Entonces, ¿no ha pasado nada?, ¿no te van a sancionar?
– No, por esta vez también me he salvado, pero pareces decepcionada
por ello.
– No, no, todo lo contrario, me alegro mucho, lo que ocurre es que
le he visto tan irritado.
– Pues nada, todo arreglado, pero por favor Eva no le cuentes a nadie
más el asunto del atentado y la persecución. Quiero conservarlo en
secreto y no es sólo por discreción, es también por mi seguridad.
– Está bien, debí permanecer callada, lo sé, pero no temas las chicas
no dirán nada a nadie.
– Me gustaría estar tan seguro como lo estás tú.
– Tranquilo, hablaré con ellas y les diré que su silencio es necesario
porque esto es cuestión de vida o muerte, y, para conseguir tu perdón,
cuando terminemos de trabajar te invito a una copa, bueno... si quieres,
o si puedes.
– De acuerdo, acepto, pero una sola copa no sé si será suficiente
penitencia para otorgarte la absolución, si se tratara de un pecado venial
quizá sí, pero este es más grave, es casi mortal.
– Está bien, he sido indiscreta y debo pagar por ello, si te parece
empezaremos tomando una copa, luego seguiremos con otra y así sucesivamente,
cuando consideres redimido mi pecado pediré la cuenta,
pagaré y nos iremos, una vez en casa procederé a la auto flagelación y
demás penitencias necesarias.
– Eso me parece mucho mejor-. Dijo Rafa sin poder contener la risa-.
Bueno perdona pero debo dejarte, en este instante estoy rodeado
por el enemigo, por el frente, en la puerta principal a punto de llamar
al timbre, tengo a Dionisio y Carlos está bajando la escalera a mi espalda,
luego hablamos.
– Vale, hasta luego, suerte.
Carlos y Dionisio se encontraron en el vestíbulo junto a la puerta de
acceso a la garita de seguridad, Rafael podía escuchar sus palabras,
tras el saludo de rigor Dioni preguntó:
– ¿Tienes algún asunto urgente por resolver ahora?
– Tengo trabajo pero no es urgente.
– Pues entonces ven conmigo al despacho, quiero comentarte un
par de detalles.
Desaparecieron. El pasillo los engulló, no habían prestado ni la más
mínima atención al vigilante, Rafael podía haber sufrido un ataque de
epilepsia, o un infarto, o la muerte súbita y no lo hubieran advertido
pues ni siquiera le habían mirado de soslayo.
Ignorado por completo, un cero a la izquierda, un ciudadano de segunda
categoría, aunque a decir verdad al ignorado no le importaba ser
ignorado por cierto tipo de personas ignorantes, todo lo contrario, agradecía
la ignorancia, el dulce olvido, el relajante silencio, la paz.
– Si las personas a quienes caigo mal conocieran en verdad cuales
son mis sentimientos hacia ellas todavía me aborrecerían más-. Pensó
Rafa en voz alta.
Entre tanto Carlos y Dionisio habían llegado ya al despacho y tras
cerrar la puerta el jefe de seguridad preguntó a su acólito.
– ¿Cómo te va con el sabidillo éste?
– Digamos, por decir algo, que no tenemos un buen día. Cuando he
llegado he decidido entrar por el garaje, llegaba con el tiempo justo y
era el acceso más rápido, al hacerlo así, no me ha visto llegar, lo he
sorprendido en conspiradora conversación con un puñado de secretarias
dentro del cuarto de seguridad.
– ¿Quiénes eran esas secretarias? ¿No serían las de los ejecutivos
más importantes del consejo de administración?- Interrogó Dionisio
bajando el diapasón con evidente preocupación.
– Sí, se trataba de Carmen, Mª Paz, Mercedes, Eva...
– ¿Eva?- interrumpió Dioni la enumeración subiendo ahora el diapasón
con patente disgusto y continuó preguntando irritado-. Te refieres,
claro está, a Eva López. Esa envarada sale hasta en la sopa, estoy harto
de esa aspirante a escritora, ¿qué estarán tramando? No me gusta
nada esta situación, no me gusta Rafael, no me gusta Eva López.
– No sé que estarán tramando pero debo añadir algo todavía, además
de estas cuatro secretarias ya mencionadas también se encontraba
allí Cristina.
– ¿Cristina? ¿La secretaria de don Alberto?- Carlos asintió con movimiento
lento de su cabeza y Dionisio continuó con un rictus entre envarescido
y fastidiado-. Ya te lo advertí, ese tipejo es un peligro, debemos
librarnos de él.
– Sí y cuanto antes mejor, quizá nos ayude el asunto de la autorización
extraviada de Eva López.
– No, no nos va a ayudar en absoluto. He hablado con Manolo, ya
sabes, el ejecutivo responsable del departamento de Eva, se ha molestado
incluso en llamarme al móvil fuera de su horario de trabajo, y asegura
que todo ha sido un despiste suyo, afirma sin rubor que olvidó
gestionar el permiso para su secretaria.
– Pero eso es una mentira insolente, fue él en persona quien me dio
la autorización con su propia firma. Fue el viernes cuando se marchaba,
lo recuerdo muy bien.
– Sí lo sé, es una invención con el único objeto de proteger al sabiondo
y la culpable de todo es la escritora, puedes estar seguro, se ríen
de nosotros Carlos, no hay autorización por tanto no se ha perdido
y no existe culpable alguno del extravío.
– Pues yo conservo el documento, lo tengo en mi taquilla, podemos
decir que la hemos encontrado, que ha aparecido, el vigilante la traspapeló
por su mal hacer y la perdió a lo largo del fin de semana y ahora
la hemos encontrado por casualidad; no será suficiente para provocar
su despido pero supondrá una reprimenda importante, y un grano
no hace granero pero ayuda al compañero.
– No, no podemos arriesgar tanto. Toda esa concatenación de casualidades
llamará la atención. No podemos dejar en evidencia a Manolo,
no nos lo perdonaría, además es rizar demasiado el rizo, primero
se pierde, luego la encontramos y entre tanto Eva dejó sin finalizar un
trabajo importantísimo y su jefe, uno de los ejecutivos más importantes
de la empresa, asume toda la responsabilidad; no me gusta, se darán
cuenta de que todo es un cúmulo de trampantojos fabricados por
nuestras manos. Será mejor mantenerla perdida, ellos saben que existe,
por tanto cualquiera pudo haberla extraviado, nosotros no imputamos
el error a nadie y Manolo se encontrará a gusto mintiendo y desempeñando
el papel de encubridor y salvador del culpable.
– De acuerdo, podemos quemarla y olvidar el asunto, pero entonces
deberemos preparar alguna otra treta, diseñar una nueva estrategia,
porque él es listo, muy listo, y por añadidura no comete errores graves.
Yo diría que nos encontramos aún en el punto de partida.
– Paciencia Carlos, ya se presentará una oportunidad y la aprovecharemos.
Era mediodía y Rafael continuaba solo en el chiscón de seguridad realizando
absolutamente todo el trabajo que se generaba en el control de
accesos del edificio; hacía más de dos horas que no sabía nada de su
compañero y jefe de equipo, exactamente desde que éste se marchara
con Dioni no se sabe bien a donde para hacer no se sabe exactamente
qué. Desde su incorporación a su puesto a las siete en punto de la mañana
no había sido relevado ni un momento, no había descansado ni un
minuto, no había desayunado, no había podido ir al cuarto de baño, no
había podido hacer nada excepto trabajar, y realizar, por añadidura, la
tarea de dos personas, aunque sólo percibiría el sueldo de una. Y en
idéntica situación se encontraba su compañero José Luís en el acceso al
aparcamiento, en la misma o peor posición pues la próstata no tan joven
de José Luís no aguantaba tanto tiempo sin visitar el cuarto de baño
como la de Rafael.
Eva apareció caminando por el pasillo con su clásico movimiento
cimbreante de caderas y una montaña de documentos en sus manos,
al ver a Rafael más solitario que un viudo en la noche de San Valentín
optó por acercarse, aunque sin llegar a entrar a la garita.
– ¡Qué solo estás!- exclamó la recién llegada.
– Sí-. Respondió Rafael sonriendo y saliendo fuera de su habitáculo,
pues la normativa prohibía entrar al personal ajeno al servicio de seguridad
pero no a los componentes de éste salir de dicho lugar -. Sin embargo,
¿sabes una cosa?, estoy mucho mejor solo que mal acompañado.
– Espero que no lo digas por mí.
– Bien sabes tú que no me refiero a ti. Y tú ¿dónde vas con ese
montón de papeles?
– Me dirijo al despacho de don Alberto, en esta última semana está
solicitando informes muy antiguos, eso me da mala espina, sospecho
que hay alguien dentro del consejo de administración que quiere desalojarle
de su sillón en beneficio propio.
– Pues considero que sería una verdadera catástrofe, una pena si
eso llegara a suceder, es un buen hombre, trata bien a los empleados,
además no creo que ningún ejecutivo del consejo esté tan capacitado
como él para dirigir este barco y estoy seguro de que no hay nadie capaz
de alcanzar los beneficios generados durante la gestión de don Alberto.
– Sí, comparto tu opinión. Además yo si hay cambios en la dirección
empezaré a sentir miedo.
– ¿Miedo? ¿Miedo de qué?- Interrogó Rafael extrañado.
– De qué va a ser, de los propios cambios. Los relevos en la cúpula
siempre conllevan cambios en los demás peldaños, algunos de los actuales
empleados peligran. Todos tenemos miedo a las sustituciones en
los cargos de dirección, unos más que otros, eso es cierto, por ejemplo
tu jefe debería estar muy preocupado por la continuidad del actual presidente.
– ¿Sí?- dijo con incredulidad creciente el vigilante-. Tú crees qué
Dionisio tiene motivos de alarma.
– No lo dudes, son muchos los ejecutivos a los cuales no cae bien,
incluso los hay que le odian con todas sus fuerzas; sin ir más lejos, mi
jefe, si alguna vez Manolo llegara a la Presidencia Dioni no le duraba ni
un cuarto de hora.
– Pues espero que si hay relevo en la dirección sea él quien ocupe la
presidencia. Aunque yo personalmente prefiero a don Alberto, es un
buen tipo, y tengo la esperanza de que algún día se percate de la manifiesta
ineptitud del responsable del departamento de seguridad.
– Y por cierto, hablando de ineptos, ¿dónde está tu compañero?, no
lo he vuelto a ver desde que llegó esta mañana.
– Ni yo tampoco, fíjate en la hora que es y no he podido ni tomar un
café, ni escaparme un instante al baño.
– Si quieres cuando me libre de esta documentación te traigo un café
o alguna otra cosa -. Se ofreció Eva.
– No gracias, si en diez minutos no ha regresado le llamaré, tengo
derecho a un relevo.
– Y ¿dónde se esconde para no dejarse ver durante tanto tiempo? El
edificio tampoco es tan grande como para perderse.
– Está con Dionisio en el despacho, se pasa allí casi toda su jornada.
A veces algunos, con tal de subir un peldaño más en la escalera del
éxito, se aúpan sobre lo que haga falta.
– Oye, ¿no estarán enrollados?, en este barrio se lleva mucho la homosexualidad-
añadió Eva riéndose de su propia broma.
– No se puede descartar por completo, pero no, no lo creo, Dioni es
un mujeriego compulsivo, un seductor empedernido, seguro que tu belleza
no le ha pasado desapercibida y en alguna ocasión te habrá tirado
los tejos.
– Sí, en muchas ocasiones, el muy baboso-. Respondió Eva con un
rictus de disgusto y repulsión-. Es un pesado-. Y no obstante enseguida
cambió su gesto y suavizó sus palabras pues no le había sido ajeno
el halago dedicado por el vigilante-. Y por cierto gracias por el cumplido.
– No era un cumplido, era un piropo sincero y desde luego muy merecido.
– Reitero mi agradecimiento galante caballero-. Rafael estaba colocado
de espaldas a la puerta de acceso al inmueble, absorto en la conversación
y embebecido por la hermosura de la joven; Eva estaba situada
de frente a la puerta principal y mirando hacia ésta, alzó su mano
diestra señalando en dirección opuesta a donde miraba el vigilante,
dejó caer algunos documentos al suelo al realizar el gesto, y con voz
suave y un tanto asustada comunicó-. Me parece que ya te han encontrado.
Rafael miró hacia el lugar indicado. Dos policías uniformados llamaban
al timbre del portero automático con impaciencia, tras ellos, otros
dos vestidos de paisano y gafas de sol oscuras, cuyo uso no lograba
ocultar su condición de agentes de la autoridad.
– Sí, me han localizado-. Adujo el vigilante y con calma recogió los
papeles caídos y los entregó a Eva antes de atender a la llamada.
Sonó el timbre del teléfono sobre la mesa del despacho de Dionisio
breves instantes después. Con tangible contrariedad, pues le obligó a
apartar el pensamiento de su ocupación y por consiguiente a perder el
hilo de la redacción del dossier en cuyo texto trabajaba, descolgó el auricular
y contestó.
– Departamento de seguridad, dígame.
– Dionisio, ¿se encuentra Carlos con usted?- Preguntó escueto pero
no exento de educación el vigilante.
– No es de tu incumbencia, pero sí está aquí-, respondió Dioni, reconocida
de inmediato la voz de Rafael trató de responder con el tono
más borde que pudo conseguir-. ¿Por qué?
– Necesito que venga a relevarme un momento-. Informó no tan áspero
como su interlocutor pero tampoco tan correcto como en la primera
frase.
– Está muy ocupado, ¿para qué demonios necesitas ahora un relevo
si puede saberse?- Continuó hablando sin ocultar su resentimiento ni
disimular su desafección.
– Bueno sólo tengo tres razones para solicitar un relevo-, lo dijo con
calma pero sin conseguir disimular todo su resentimiento-. Verá usted,
la primera, según el estatuto de los trabajadores tengo derecho a veinte
minutos de descanso para el desayuno, los cuales hoy no he disfrutado
como es obvio; la segunda, según informa mi próstata, mi vejiga
se encuentra al límite de su capacidad, estaba pensando, por no molestar,
usar la papelera o el cenicero como mingitorio, pero lo he pensado
mejor y he decidido ser razonable y solicitar relevo; y tercera, última
y más importante, se encuentran aquí conmigo cuatro agentes de
la policía nacional con intención de interrogarme y les resulta difícil,
por no decir imposible, hacerlo mientras estoy identificando personas,
revisando equipajes en el escáner y en definitiva realizando la labor de
dos personas.
Dionisio colgó sin contestar y en menos de treinta segundos tanto él
como Carlos estaban en la puerta principal.
– Hola buenos días, yo soy el director de seguridad de esta empresa,
¿quién de ustedes es el inspector al mando?- Interrogó Dionisio con
amabilidad y desconcierto después de presentarse.
– Yo estoy al mando-, respondió uno de los agentes no uniformados-,
pero no soy inspector, soy el comisario Valverde.
– ¡Ah!, muy bien, encantado comisario-. Saludó extendiendo su mano
abierta hacia el policía. Cuando éste correspondió al gesto amistoso
Dioni preguntó-. ¿Podría explicarme qué ocurre aquí y en qué podemos
ayudarles?
– Bueno... sí, en realidad sí podría-. Afirmó el comisario acariciando
su mentón perfectamente rasurado con la mano que instantes antes
estrechó la de Dionisio, el olor del perfume caro del jefe de seguridad
se mezcló con el de su after shave barato, tras pensar unos instantes
añadió-. Podría pero no lo haré, tan sólo puedo decirle que necesito interrogar
a éste hombre, en principio no es necesario trasladarlo a la
comisaría, esa es una molestia soslayable, pero necesitamos un lugar
tranquilo y discreto para poder dialogar con calma.
– ¡Oh sí, por supuesto! Podemos ir a mi despacho, pero perdone mi
insistencia, ¿ha cometido algún delito? ¿Es sospechoso de algún crimen?
Quizá el comisario no dio importancia a la cuestión suscitada por el
jefe de seguridad, pero Rafael quedó atónito, impresionado, aturdido
por aquella desconfianza manifiesta. Después de tantos años de convivencia,
tanto tiempo de servicio junto a él y aun teniendo en cuenta las
desavenencias, era inaudito, inadmisible desde su modesto punto de
vista que le creyera capaz de delinquir. Cualquier persona que le conociera
mínimamente sabría que aquello era un dislate, y sin embargo
Dionisio tenía dudas. ¿Qué opinión tendría su jefe de él? ¿Qué clase de
persona pensaba que era?
– No, no, no me mal interprete, no van por ahí los tiros-. Contestó
el comisario sin poder evitar una hilarante sonrisa-. Todo lo contrario,
queremos hablar con su empleado porque necesitamos su ayuda para
esclarecer un asunto de suma importancia.
– ¡Uff, menos mal! Ya decía yo que Rafa no era capaz de una mala
acción -. Rectificó hábilmente el jefe de seguridad, con un poco de teatro
y un mucho de hipocresía.
– Bueno para abreviar, si fuera usted tan amable de indicarnos donde
se halla su despacho-. Insistió el comisario ante la pasividad de Dionisio
y sin borrar la sonrisa de sus labios.
– Sí, sí claro, no faltaría más, acompáñenme señores, es por aquí.
Carlos ocúpate del control de accesos-. Ordenó para dar muestras de
su autoridad pues el comentario era por completo innecesario y buena
prueba de ello es que Carlos ya estaba ocupándose de dicho cometido;
y encabezó la procesión hasta su oficina. Inmediatamente detrás de él
iba el comisario, a su espalda caminaban el otro agente carente de uniforme
oficial y Rafael, tras ellos los dos policías uniformados cerraban
la comitiva.
El grupo y la presencia inusual de policías dentro del recinto llamaban
la atención de cuantos trabajadores contemplaban el desfile y un
murmullo de expectación se elevaba a su paso. Dionisio se sintió aliviado
al llegar al baluarte de su despacho, entró él en primer lugar e
invitó a los demás a seguir sus pasos.
– Aquí es señores, adelante, pónganse cómodos.
Sólo entró el comisario, inspeccionó, con gesto hosco el reducido habitáculo
mal iluminado y tras un instante de cavilación silenciosa dijo.
– Bien, puede servir, adelante Morales, pase con el muchacho.
El tal Morales, que a la sazón resultó ser el otro agente más joven y
vestido de paisano, hizo un ademán con la palma de su mano abierta y
hacia arriba invitando a Rafael a entrar en primer lugar. Tras el gesto
cortés y una vez hubo entrado el vigilante en la oficina, pasó él mismo.
Nadie había tomado aún asiento cuando la voz del comisario se escuchó
de nuevo. Se dirigía a Dionisio, cuya pasiva actitud denotaba que
pretendía estar presente en el interrogatorio, y el comisario con su activa
autoridad evidenciaba que no estaba dispuesto a consentirlo.
– Siento parecer mal educado, no obstante debo rogarle que nos
abandone, se trata de un asunto confidencial de la policía.
– Pero... pero... pero... -. Dionisio balbuceaba presa de su estupor y
la indignación sin encontrar las palabras adecuadas.
– No pretendo despojarle de su despacho-. Añadió el comisario ante
la carencia de dicción de Dioni-. Si lo estima pertinente buscaremos
otro sitio.
– No será necesario, puede usar mi oficina, sin embargo ya le he informado
de mi identidad, soy el director de seguridad de esta empresa,
cualquier cuestión que afecte a mis hombres me incumbe a mí también,
y respecto a la confidencialidad añadiré que sé guardar un secreto
con celo profesional.
– No lo pongo en duda-. Respondió el comisario sin cambiar sus intenciones
ni dejarse embaucar por el alegato-. Ha sido usted muy
amable ofreciéndonos su despacho para realizar nuestro trabajo, no
obstante insisto una vez más, debe usted abandonarnos, no sólo se
trata de un tema confidencial de la policía, además es ajeno por completo
a esta empresa y para nada le afecta ni a la propia empresa ni a
sus trabajadores ni, por supuesto, a usted.
– Pero atañe a uno de mis empleados, a un trabajador a mi servicio y
dentro de su horario laboral, y además se encuentran ustedes en nuestras
instalaciones donde se les ha permitido acceder sin objeción. No veo cual
es el inconveniente que puede suscitar mi presencia-. Insistió Dioni a quien
le molestaba verse desplazado de su oficina, de su territorio y más aún en
presencia de uno de sus subordinados.
– Mire señor-. El comisario veía caer sin remisión la gota que colmara
el vaso de su paciencia-. Tengo un trabajo por hacer y no dispongo
de mucho tiempo, en consecuencia no puedo perderlo en discusiones
estériles, o nos permite cumplir con este trámite a solas o deberemos
trasladar al testigo a la comisaría. Ese desplazamiento le supondrá
al trabajador cuatro o tal vez cinco horas de ausencia con el consiguiente
trastorno para el servicio, por el contrario, si realizamos aquí
las gestiones oportunas sólo tardaremos, a lo sumo una hora, el beneficio
es obvio para todas las partes y la comodidad también, ahora usted
decide, pero sin mayor dilación, ¿nos quedamos o nos vamos?
– No será necesario que se marchen-, adujo Dionisio un tanto despechado-,
ya me marcho yo, pueden disponer de mi despacho durante
el tiempo que sea preciso.
– Gracias-. Finalizó tajante el comisario tomando asiento en el sillón
del jefe de seguridad e indicando a Rafael y al tal Morales que se sentaran
al otro lado del escritorio quedando frente a él.
Dionisio salió de la sala con aire ofendido. Uno de los agentes uniformados
cerró la puerta y junto con su compañero se instaló en el vestíbulo,
a un metro del acceso al despacho. Ambos policías adoptaron la misma pose
afectada y un tanto peliculera: piernas abiertas, separadas a la distancia
de la anchura de los hombros y completamente rectas, brazos cruzados
sobre el pecho, mirada oculta bajo la visera de la gorra reglamentaria. Su
ademán evidenciaba su absoluta determinación de no permitir a nadie, y
menos a él, el acceso a aquel cuarto bajo ningún concepto.
Carlos se sorprendió al ver venir a Dionisio con paso apresurado en
dirección a la garita de seguridad y cuando llegó a su altura interrogó.
– ¿Qué ocurre?-, la pregunta quedó flotando en el aire viciado del
hermético cuarto. Dioni se sentó en una de las dos sillas, manipuló las
cámaras con mano experta y puso en la pantalla central la imagen de
la que enfocaba a la puerta de su propio despacho. Tras todo ese ritual
respondió a Carlos, quien por cierto casi había ya olvidado su pregunta.
– No sé lo que sucede, no me han permitido quedarme a la entrevista,
interrogatorio, o lo que sea. Aquí está ocurriendo algo extraño y
no me gusta nada la situación.
– ¿Tendrá relación este molesto incidente con el cónclave de esta
mañana?
– Es muy probable, sí seguro, ese sabidillo les estaría informando a
las secretarias de los principales ejecutivos del asunto que para nosotros
resulta inaccesible. De todos modos el comisario me ha asegurado
que no tenía ninguna conexión con la empresa ni con nosotros, aunque
existe la posibilidad de que sólo fuese una excusa para librarse de
mí-. Pensó en silencio durante unos segundos y luego añadió-. Voy a
hablar con las chicas, a ver si alguna suelta prenda, no pierdas de vista
el despacho, si salen llámame de inmediato.
Dionisio peregrinó por los pasillos y despachos del edificio, Carlos fue
testigo de su recorrido pues su imagen de rostro hosco fue captada por
algunas de las cámaras de seguridad. Se entrevistó con Carmen en primer
lugar, después con Mª Paz y posteriormente con Mercedes, las tres
habían sido partícipes de la conversación matinal con Rafael cuyo contenido
provocaba la tribulación de Dioni. Omitió de forma completamente
deliberada y con buen criterio visitar a Eva, conocía la opinión
desfavorable de la cual era merecedor, ella jamás le ayudaría; también
prescindió de departir con Cristina, aunque en este caso los motivos
eran de otro género, prefería evitar los aledaños del despacho de Don
Alberto, era mejor no verle hasta el instante en que tuviera preparada
toda la información necesaria sobre los acontecimientos, y se hallara en
disposición de dársela amplia y correctamente. Sus sutiles indagaciones
fueron infructuosas, si las chicas sabían algo guardaban el secreto con
celo, y él estaba seguro, algo sabían pues sus respuestas estaban plagadas
de silencios sospechosos y continuadas evasivas. Emprendió el
camino de regreso hacia el control de accesos visiblemente contrariado.
– ¡Qué día tan aciago!- pensó, y todavía iba a empeorar un poco
más pues cuando llegó junto a su hombre de confianza, éste tenía un
mensaje urgente para transmitirle.
– Don Alberto te ha llamado, le he informado de tu paradero añadiendo
que realizabas gestiones por el edificio, ha dado instrucciones
de no molestarte ni interrumpirte pero añadió que en cuanto regresaras
le llamaras con urgencia, me da la sensación de que ya se ha enterado
de la presencia de la policía en el recinto.
Dionisio cogió el teléfono de seguridad y con gesto preocupado marcó
la extensión del Presidente. Fue Cristina, la secretaria personal de
Don Alberto, quien respondió.
– Buenos días Cristina soy Dionisio, según tengo entendido Don Alberto
está esperando mi llamada.
– Así es, espera un segundo y te paso con él, por cierto, si me permites
un consejo ve con pies de plomo, hoy no tiene muy buen día.
– Pues estamos arreglados, el mío está resultando horrible. Por cierto
Cris-, Dionisio trató de dotar a su voz de un tono amistoso y seductor, por
eso abrevió de modo cordial el nombre de la secretaria, para aparentar
confianza, transmitir familiaridad, el disfraz de conejo amistoso y agradable-,
¿no habrá algún asunto del cual yo debiera tener conocimiento?, me
refiero a cualquier tema, algo que sin afectar por completo a nuestra empresa
si concierna a alguno de los trabajadores a mi servicio.
– No te entiendo Dioni habla con claridad por favor, las adivinanzas
no son mi fuerte.
– De acuerdo así lo haré. Esta mañana había algunas personas hablando
con el vigilante de seguridad dentro de la garita, puesto que tú
eras una de esas personas participantes en la reunión, ¿puedes contarme
el contenido de la conversación?
– Bueno, en primer lugar no entiendo tu interés por conversaciones
ajenas, pareces más un espía o un simple cotilla indiscreto que un jefe
de seguridad y en segundo lugar, lo cierto es que no recuerdo muy bien
el contenido, sería algo trivial, sin ninguna importancia.
– La verdad Cris- se mostraba tan cariñoso y afable que casi resultaba
empalagoso-, me siento realmente celoso, el vigilante, que es el
último mono de esta empresa rodeado por cinco preciosas mujeres y a
mí, por el contrario, hace tiempo que me habéis dejado de lado y no
me prestáis ninguna atención. De todos modos hazme un favor, si por
casualidad mejora tu memoria y recuerdas algo del contenido de vuestro
coloquio matinal, llámame, sabré recompensarte.
– Descuida Dioni, lo haré, pero concedes mucha importancia a lo
que carece por completo de ella.
– ¡Ya!- Dioni dejó claro con aquella exclamación, pronunciada de
forma enfática, que el adverbio no denotaba el tiempo pasado, sino
que se trataba más bien de una interjección coloquial que evidenciaba
incredulidad-. Otra que no suelta prenda-. Pensó para sus adentros, y
pidió aún cordial-, ponme con don Alberto por favor.
– ¿Dionisio?- interrogó el presidente para cerciorarse de que su jefe
de seguridad se encontraba al otro extremo del cable telefónico.
– Sí señor, soy yo, me acaban de transmitir su mensaje, ¿qué se le
ofrece?
– Tengo entendido que la policía se encuentra dentro de nuestro
edificio, ¿puedes decirme por qué y qué está ocurriendo?
– Pues en realidad no, no puedo, lo ignoro, han venido para interrogar
a uno de nuestros vigilantes, para no perjudicar en exceso al servicio
les he indicado la posibilidad de utilizar mi despacho para esas diligencias,
pero no me han permitido asistir a la declaración ni me han
comunicado, a pesar de mi insistencia y tenacidad, de qué se trata.
Puedo confirmarle únicamente, pues así me lo ha transmitido el comisario,
que es un asunto ajeno a nuestra empresa, eso al menos debe
tranquilizarnos.

– Te tranquilizará a ti, a mí me continúa preocupando. Haz el favor
de enterarte de lo que está ocurriendo y ven volando a informarme,
entonces decidiré si hay motivo de alarma y si es necesaria la preocupación
o no lo es, ¿de acuerdo?
– Sí, de acuerdo, por cierto don Alberto, el vigilante implicado en
este enojoso asunto es nuestro común amigo el problemático.
– ¿Te refieres a Rafael?
– En efecto señor, precisamente a él me refiero. Este último fin de
semana estuvo él de servicio y en el transcurso de éste se ha extraviado
una autorización de don Manuel para Eva, su secretaria, por ese incidente
Eva no pudo permanecer el lunes por la noche en el edificio
después de la hora de cierre con el inherente perjuicio al departamento
y a la empresa. Me atrevo a afirmar que Rafael perdió el permiso
causando, una vez más, graves trastornos por su negligencia, por si todo
esto no fuera suficiente hoy protagoniza este desagradable asunto y
pone patas arriba a todo el edificio, insisto don Alberto, lo mejor sería
prescindir de él cuanto antes.
– ¿Se ha quejado Manolo por ese incidente de la autorización perdida?
A mí no me ha dicho nada.
– No, don Manuel insiste en asumir la culpabilidad añadiendo que se
le olvidó a él gestionarla, lo cual no es cierto claro, pero ya conoce usted
el talante del bueno de don Manuel, lo hace solamente para proteger
a los trabajadores.
– Bien, en ese caso, si Manolo da el asunto por zanjado nosotros no
vamos a tomar otra determinación. En cuanto a lo de hoy, en primer
lugar averigua cual es el problema, en segundo lugar envía a uno de
nuestros abogados a tu despacho por si Rafael lo necesita, y en tercer
lugar no pierdas tiempo en buscar delincuentes en tanto no sepas con
seguridad de la existencia de un delito, es decir, no culpes a Rafael de
nada hasta saber cual es el problema.
– Está bien-. Dijo resignado Dionisio pero no pudo contener su ímpetu
y todavía insistió-. De todos modos me permito recordarle mi opinión,
Rafael no encaja en el equipo de seguridad de esta casa.
– Ya conozco tu opinión Dionisio y tú no ignoras la mía, ahora emplea
el tiempo y tu esfuerzo en informarte e informarme de cuanto suceda
en nuestra empresa.
Ambos cortaron la comunicación con manifiesto disgusto.
– ¿Qué le ocurre a todo el mundo con ese tipo? ¿Se han vuelto locos?
No comprendo, ha debido de hechizarlos con algún extraño conjuro
o con algún brebaje mágico, ¿pues no me pide que le mande un
abogado? ¿Cuándo se ha visto a un letrado de la empresa defendiendo
a un empleado en un asunto particular? Y... ¿qué demonios le ocurre a
todo el mundo conmigo? ¿Qué les he hecho yo? Desde la muerte de
aquel vigilante todos se muestran agresivos y en contra mía, ¿acaso
me juzgan culpable de su fallecimiento?- Carlos miraba a Dioni mientras
formulaba todas aquellas cuestiones, no sabía si debía responder
algo o por el contrario se esperaba de él que permaneciera callado, por
fortuna Dionisio no esperaba soluciones a sus preguntas y enseguida
añadió-. Llama al gabinete jurídico y que se presente un abogado en
mi despacho de inmediato, es una orden de don Alberto, yo también
voy para allá, a ver si consigo enterarme de algo.
– Dioni, perdona, una cosa más antes de marcharte, sería conveniente
relevar al compañero del garaje, necesita ir al baño desde hace
un buen rato y además no ha desayunado.
– ¿Quién es?- Interrogó Dionisio como si algunos trabajadores tuvieran
más derechos que otros para ir al baño o disfrutaran de preferencia
para desayunar.
– Es José Luís.
– Dile que vaya donde necesite ir, pero deprisa, mientras esté ausente
controla tú el acceso al garaje con las cámaras-. Dicho esto desapareció.
En ocasiones el sistema de seguridad por él diseñado no era tan estricto
y permitía alguna frugal trasgresión, sobre todo para él y sus
amigos, como el propio Dionisio acababa de demostrar dejando sin vigilancia
directa un puesto delicado, pero claro, él, como casi todos los
mortales, apreciaba la paja en el ojo ajeno ignorando la viga en el propio
y sus errores finalizaban sin acarrear consecuencias negativas, todo
quedaba, una vez más, en agua de borrajas.

martes, 6 de julio de 2010

Título: Libros caros, pulseras baratas.



Dedico este artículo-cuento a mi sobrino Alfredo, con cariño, sin acritud, sé que él es incapaz de gastar 35 euros en una pulsera. También a mi amiga y compañera Mariola García a quien debo las mejores entrevistas que me han hecho nunca, ella inspiró este cuento.


Me encuentro con mi vecino Alfredo, hace tiempo que no nos vemos, caminamos en la misma dirección y tras una breve introducción a modo de saludos iniciamos una conversación.
_ ¿Cómo va tú libro? – pregunta casi obligado.
_ ¿Cuál de los tres? – respondo preguntando, con mala intención.
_ El último, claro.
_ Lleva poco tiempo publicado, precisamente voy ahora a una librería a ver qué tal ha ido la semana.
_ Qué bien, pues te acompaño, yo voy al centro a hacer unos recados, compro tu libro y de paso me lo dedicas y me lo firmas. – Caminamos juntos y enseguida llegamos a la librería.
_ Mira, aquí está, “La profecía del silencio” ¿has visto que magnífica portada?
_ Sí está muy bien – dice mientras lo abre y lo ojea – es muy gordo ¿no?
_ No, 464 páginas – respondo ante la evidencia mientras él, de repente ve el precio.
_ ¡Madre! ¿Son 19 euros? ¡Qué caro!
_ Bueno, en realidad creo que no, de hecho la editorial ha realizado un esfuerzo importante, cuesta exactamente lo mismo que mi anterior novela, “Tiempo de cerezas” aunque la nueva, tiene cien páginas más y ha llevado un mayor trabajo publicarlo.
_ Pues lo siento pero se escapa de mi presupuesto por el momento, quizá el mes que viene con la paga extra y la devolución de hacienda.
No sabía que mi vecino pasaba apuros económicos, su coche nuevo, su presencia habitual en bares y restaurantes del barrio, su móvil última generación y su aparente nivel de vida, no me lo indican, de todos modos cada uno sabe su situación mejor que nadie, aunque tener que esperar a la paga extra para adquirir un libro me parece algo surrealista. Mas no seré yo quien obligue a nadie a comprar nada y menos si yo soy el autor. Termino mi gestión con la librera y me despido de ella mientras Alfredo devuelve el libro a su estantería y salimos.
_ Bueno yo he terminado y tú ¿dónde vas? – pregunto.
_ Aquí al lado a hacer unas compras – responde él mirando sus manos vacías.
_ Pues te acompaño y charlamos – digo conciliador viendo sus manos vacías de libros.
Hablamos hasta entrar en otro establecimiento, allí la conversación se interrumpe y mi amigo se dirige a un expositor que anuncia en grandes letras: “Pulsera holográfica del equilibrio”. Hay varios colores, diversos formatos, sofisticados modelos, la más barata. 35 euros, pero las hay hasta de 75. Alfredo compra dos, una negra para él, otra rosa para su esposa.
_ ¿No sería mejor que esperases a la devolución de hacienda o a la paga extra? – pregunto con mala idea.
_ No, en la salud no hay que escatimar – responde él convencido de que ha invertido su dinero en bienestar.
_ Pero Alfredo, si esas pulseras no valen para nada, se han realizado estudios que demuestran que no tienen ningún efecto benéfico para la salud.
_ Yo conozco gente a la cual le funciona, unos duermen mejor, otros tienen más fuerza, otros han mejorado su elasticidad y sobre todo aportan equilibrio.
_ ¿No te acuerdas hace 25 años las pulseras magnéticas que inventó un masajista y comercializó con ayuda de Encarna Sanchez? Se vendían en farmacias, costaban un dineral, todo el mundo la compró, ¿quién las lleva hoy en día? Nadie, todo mentira, benefician sólo a quien las fabrica y a quien las vende.
_ Has de saber que la rosa es solidaria con la Asociación Española contra el Cáncer.
_ Otra mentira, se ha consultado a esa Asociación y no han visto un céntimo, la Dirección General de Consumo ha presentado una denuncia por supuesto delito de estafa contra la empresa distribuidora.
_ Todos los que no la tenéis la criticáis, sois unos tacaños y por no gastar 35 euros hacéis lo mismo que la zorra en la fábula, no podía alcanzar las uvas y alegaba que estaban verdes.
_ ¿Tacaño yo? Pero si acabas de dejar mi libro en la tienda por 19 euros y ahora gastas alegremente 70, al menos el libro te hubiera resultado útil, la pulsera no.
_ Es efectiva, la han prohibido en competiciones deportivas y luego está el precio, el dinero que vale será por algo.
_ El precio es precisamente el motivo de su éxito, es lo suficientemente cara como parra parecer creíble y lo suficientemente barata para ser asequible a todo el mundo. – Enfrascados en acalorada discusión, no vemos un obstáculo en la acera, Alfredo tropieza, trastabilla, parece recuperado pero se desequilibra y… cae cuan largo es en el asfalto.
_ La pulsera que llevas puesta ¿no es para el equilibrio? – digo sin poder evitar la risa mientras se levanta dolorido, más herido por mis palabras que por la caída.
Se ha ido sin despedirse, he perdido un amigo y un lector, tal vez he sido demasiado duro. Yo creo que la pulsera mágica es un engaño, pero también, como siempre, puede ser que esté equivocado.

martes, 22 de junio de 2010

Perderás el autobús


Dejo un micro relato más de la larga lista de no premiados, en esta ocasión lo acompaño de la portada de la tercera edición de mi primera novela, "Silbando en la oscuridad", que hace poco está ya en venta.


Perderás el autobús



Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros y sin embargo todos creen en los fantasmas. Estoy cansado de luchar, la Iglesia no puede combatir con Cuarto Milenio y yo creo que por momentos mi fe se tambalea.

Agotó sus pensamientos mientras terminaba de afeitarse, al salir, en el pasillo se encontró un fantasma, o ¿era un milagro? Fuera lo que fuese, una atractiva mujer, trataba de ocultar su cuerpo desnudo tras una sotana.

_ Date prisa, llegarás tarde a misa de doce.

Su precioso milagro, su adorado fantasma, estaba haciéndole perder la cabeza, el autobús, la fe.

lunes, 14 de junio de 2010

Capítulo VII: El engaño descubierto




Dejo el séptimo capítulo de "La profecía del silencio". En esta ocasión la cita es de un libro finalista del premio Planeta, "La cruz de Santiago" Eduardo Chamorro el escritor, la fotografía es de todas las portadas de mis libros publicados, arriba las tres ediciones de "Silbando en la oscuridad" ordenadas cronológicamente, abajo "Tiempo de cerezas" y cómo no "La profecía..."




... Todos muertos, amigos y enemigos. Y yo despojado de mi muerte, tengo las suyas y la que día a día roe mi reino y quebranta el juicio de mis vasallos. Si quieren matarme haré lo posible por evitarlo, pues lo contrario sería ofender a Dios, pero no les castigaré por ello. ¿Cómo podría reprocharles su voluntad de acabar con un fantasma?
Eduardo Chamorro. “ La cruz de Santiago”

CAPÍTULO VII
El engaño descubierto
(23-10-1625)

Ni el ruido producido por las ruedas del carruaje deslizándose por las calles de Madrid ni el de los propios cascos de los caballos al trote impedían escuchar el plañidero tañido de las campanas de Santa Águeda. Por el contrario, cada vez era más nítido el toque de difuntos y más perceptible el duelo del bronce conforme la distancia menguaba.
_ No pasa una semana sin que nuestras campanas toquen a muerto-, se oyó la estentórea voz de Jerónimo de Villanueva dentro de los cristales del carruaje, y como quiera que su afirmación no hallara respuesta continuó su lamento en un monólogo-. Desde el suicidio de aquella novicia, ¿cómo se llamaba? ¡Ah sí! Inés, Inés Garrido, estos muros parecen albergar una maldición, al final serán ciertos los rumores y resultará que sí, que hay fantasmas en el convento.
Su acompañante, a su lado en el carruaje, permaneció en silencio y de ese modo don Francisco prosiguió el discurso.
_ Después de Inés fue el hermano Pascual abad superior de la congregación de San Antón, antes de ellos dos fueron el hermano Carmelo y el hermano Agustín los finados, hace diez días el capitán de la guardia de Madrid y su amigo el Renco, ahora la pobre sor Margarita...
Silencio era la única respuesta que obtenía el benefactor del convento de las arrecogidas, el carruaje parecía un sepulcro y el silencio profetizaba una inminente explosión de ira contenida.
_ Pobre sor Margarita, tan joven, tan bella, y sin apenas darnos cuenta, sin sufrir enfermedad ni mal apreciable muerta de repente-. Percibió un suspiro impaciente a su diestra lo cual no impidió que continuara el torrente de pensamientos manifestados en voz alta.
_ Y aun así no entiendo porqué el rey nos envía al sepelio en su representación, si la apreciaba como religiosa podía asistir él en persona y si la apreciaba como mujer podía asistir en secreto, oculto tal y como hizo en el entierro de Tordesillas y el Renco.
_ Vos no tenéis que entender nada en absoluto don Jerónimo, sois ayuda de cámara de Felipe el IV y obedecéis sus órdenes, no es necesario entendimiento alguno-. Espetó Olivares que no podía callar más ni contener su ira-. Y os agradecería además que me ahorrarais vuestros comentarios, esta situación se ha producido por vuestro exceso de locuacidad y por vuestra insistencia comentando al monarca las virtudes físicas de la novicia.
Aquello era una acusación en toda regla, sin embargo el benefactor del convento de las arrecogidas parecía precisar mayor claridad.
_ ¿Me estáis acusando a mí de incitar a todo un rey a conquistar a una novicia de mi propio convento?
_ No tengo más ganas de hablar ni tampoco de oír. Regáleme vuesa merced la virtud del silencio, además, estamos llegando ya a nuestro destino.
Era cierta la observación del valido Olivares, se acercaban a su destino que no era otro que el convento de Santa Águeda, y así, poco después de las cortantes palabras del Conde Duque, el único carruaje de Madrid provisto de cristales, se detuvo en la misma puerta de acceso al convento de las arrecogidas. Los dos viajeros salieron del carruaje, el valido hizo un gesto casi malhumorado indicando al cochero que retirase el carruaje de la calle, dentro aguardaban el confesor del convento, padre Francisco García y el hermano Emilio, ahora abad superior de la congregación de San Antón quien se dirigió al encuentro de los recién llegados y comunicó:
_ Todo está preparado según nuestras costumbres. Cuatro hermanos de nuestra orden trasladaran el féretro de la hermana Margarita hasta la capilla, allí aguarda ya el Capellán Real que es, según deseo expreso del Rey, quien oficiará la liturgia.
_ De acuerdo- aceptó el conde duque Olivares-, empecemos cuanto antes, ya es la hora prevista para el sepelio.
Los cuatro monjes destinados a ejercer de enterradores subieron a la celda donde aguardaba el cuerpo de la novicia, fueron acompañados por la madre superiora, el benefactor y el confesor del convento. El ataúd permanecía destapado y don Jerónimo se aproximó para ver el rostro de sor Margarita, fue entonces cuando las piernas del padre Francisco empezaron a temblar.
_ Hasta muerta y amortajada es bella, parece que todavía guarde vida su cuerpo inerte-, pensó don Jerónimo y no obstante guardó silencio, él era el único de los presentes que no conocía la representación que estaba teniendo lugar.
La madre superiora indicó con un gesto de su rostro a los monjes de San Antón que trasladaran el cajón hasta la capilla y así lo hicieron. El oficio religioso fue breve; los asistentes al mismo fueron tan sólo miembros de la congregación de San Antón y las hermanas del convento de Santa Águeda, las dos únicas personas ajenas a la iglesia que tuvieron acceso a la capilla fueron los representantes de la Corona, don Jerónimo de Villanueva y el conde duque Olivares, precisamente éste último, terminada la ceremonia religiosa, rompió el protocolo establecido y despacio se acercó al ataúd, se persignó cual si fuera a elevar una plegaria por su alma y con un gesto rápido de su mano diestra rozó el rostro de la novicia con gran dulzura, a su caricia le acompañaron unas palabras que no eran una oración, se trataba de frases que dirigía a sor Margarita como si ésta fuera capaz de oírle.
_ En nombre de nuestro Rey el cuarto Felipe os doy el último adiós-, hizo un breve intermedio y durante éste sacó un sobre de su faltriquera-, y en el mío propio y como premio a vuestro enorme valor os hago entrega de este billete por si os fuera de utilidad allá donde vayáis.
Dichas estas extrañas palabras que permanecieron largo tiempo reverberando por los rincones de la capilla retrocedió sin perder de vista el féretro hasta que los monjes lo cerraron y lo trasladaron al coche fúnebre tirado por dos caballos negros que a tal efecto ya aguardaba en el exterior. Una vez que el cajón fue ubicado en el carro el padre Francisco, confesor del convento dijo con voz atiplada:
_ Don Jerónimo no es necesario que acompañen al féretro puesto que habría de ser caminando, si quieren, usted y el Conde Duque, pueden acceder a nuestro camposanto por el interior del convento, llegaran antes que la comitiva fúnebre y ahorrándose el paseo, la madre superiora, el hermano Emilio y nuestras hermanas de la congregación así lo harán. Los cuatro sepultureros y yo mismo acompañaremos a sor Margarita en su último trayecto.
_ Sí es cierto-, afirmó Olivares-, vaya usted don Jerónimo por el interior del recinto, yo acompañaré al padre Francisco en este doloroso momento.
Los cuatro frailes de la congregación de San Antón que iban a oficiar de enterradores se distribuyeron en los asientos del carruaje, el resto de la comitiva desapareció en las entrañas del convento de las arrecogidas, el padre Francisco y Olivares todavía tuvieron una breve conversación, al confesor del convento le temblaban las piernas y un sudor frío recorría su espalda cuando adujo;
_ No hace falta que me acompañe excelencia, agradezco el gesto desde luego pero es mejor que vaya con don Jerónimo, se trata de su acompañante y del ayuda de cámara del rey, quizá no sea elegante dejarlo solo-. El religioso quería evitar a toda costa que Olivares acompañara al féretro.
_ Voy en la comitiva fúnebre padre Francisco, está decidido, además es mi obligación, soy el jefe del cortejo y debo dar fe de que es el cuerpo de sor Margarita y no otro el que recibe sepultura, amen de que mi misión es no perder de vista el ataúd en ningún momento e informar al rey de ese hecho.
Y pronunciado este breve discurso comenzó a caminar tras el coche de caballos el valido Olivares. El padre Francisco sudaba profusamente, la sotana no le llegaba al cuerpo y su preocupación se fue tornando miedo; si el conde duque Olivares no iba por dentro del convento no dejaría de vigilar el cajón en ningún instante y no podrían cambiarlo como habían planeado, toda esta concatenación de desaciertos implicaría que sor Margarita sería enterrada, enterrada en vida.
_ ¡Dios mío qué dilema!, o confesamos toda la absurda patraña y el Monarca nos quema en la Plaza Mayor o callamos y consentimos que sea sepultada y que muera de verdad-, pensó El padre Francisco mientras empezaba a murmurar una oración.
El carruaje llegó al final de la calle y giró a la izquierda, el nerviosismo del confesor del convento se incrementó y también el de los hermanos de San Antón que veían como la estrategia diseñada se iba por la borda. En el siguiente cruce debían girar de nuevo a la siniestra y unos metros más allá debían detener el cortejo, en el portalón del huerto del convento, y allí deberían dar el cambiazo, sustituir el féretro con el cuerpo de sor Margarita por el otro que oculto dentro de las tapias del huerto tan sólo contenía piedras.
Apenas un minuto, un efímero suspiro tenía el pobre padre Francisco para tomar una decisión, una decisión terrible que seguro acarrearía una desgracia pues la vida de la hermana Margarita estaba en grave peligro. La comitiva giró a la izquierda, veinte metros apenas les separaban del lugar donde un ataúd lleno de piedras permanecía oculto. ¿Sabría la hermana Margarita el peligro que corría en este instante? Tal vez oyó toda la conversación y si no hacia una señal era indicio de que deseaba seguir adelante.
Ya estaba preparando el discurso de disculpa el padre Francisco para ofrecerlas a Olivares cuando uno de los monjes sin poder soportar por más tiempo la tensión se giró levemente hacia atrás y miró por encima del hombro de soslayo y... ésa pareció ser la señal convenida pues cuando el confesor empezaba a confesar con una de las múltiples disculpas elucubradas por su mente se oyó la voz potente del valido Olivares por encima de su balbuceo.
_ Ejecuten el plan previsto como si yo no estuviera aquí presente- habló sin quitar su mirada del féretro en ningún momento-. Lo contrario sería ofender a Dios, no les castigaré por ello. ¿Cómo podría reprocharles su voluntad de acabar con un fantasma?
_ ¿Cómo dice excelencia? No comprendo- consiguió decir con un hilo de voz tembloroso.
_ No podemos enterrar a esa muchacha viva, actúen como si yo no estuviera presente.
Sobraba cualquier otra explicación, se hizo como ordenaba Olivares, siguiendo el plan previsto, como si el valido del rey no estuviera en la escena, tal y como sor Margarita había planeado. El carruaje se detuvo frente al portalón del huerto del convento, sin perder tiempo ni mediar orden ni palabra los cuatro hermanos se apearon del carruaje y bajaron con rapidez el ataúd introduciéndolo en el huerto y sustituyéndolo por otro idéntico y continuaron su camino como si nada hubiera ocurrido, como si no se hubiera detenido el carruaje, como si el conde duque Olivares no hubiera estado presente.
_ Gracias excelencia-. Murmuró pleno de timidez el hermano Francisco.
_ Como si yo no estuviera padre, actúe como si yo no estuviera, si no estoy aquí no puede hablarme, de todos modos sepa que mi ausencia en este cortejo se debe únicamente a intereses de gobierno y no a simpatías por su persona ni por la muerta, en otro escenario serían castigados por el engaño y la falta de respeto al monarca.
Calló Olivares y calló el confesor del convento que deprisa comprendió que el silencio sería su mejor aliado. Quien calla otorga y sale indemne por una orilla, pensaba el religioso cuando por fin el accidentado trayecto del cortejo fúnebre llegó al camposanto del convento.
Cuatro monjes cómplices de un engaño descubierto introdujeron un ataúd repleto de piedras en una fosa recién escavada muy cerca de donde ya reposaban los cuerpos de Alejandro Tordesillas y del Renco. El valido del cuarto Felipe dio fe de que en aquel ataúd yacía sin vida el cuerpo de la novicia fallecida. El confesor del convento no podía controlar el temblor de sus piernas ni el torrente de sus lágrimas, el resto de concurrentes ajenos a cuanto en verdad sucedía rezaban por la hermana desaparecida implorando a Dios para que la acogiera en el cielo.
Cuando la última paletada de tierra húmeda fue vertida sobre la madera, el valido Olivares se dirigió al confesor del convento una vez más:
_ Tengo orden del rey de traer al convento un cuadro del pintor de cámara, mañana al atardecer don Jerónimo, el propio Velázquez y yo entregaremos la obra elegida, tened todo dispuesto para la correcta ubicación de tan valioso regalo.
Y tras estas palabras que no admitieron respuesta el ayuda de cámara del Rey y Olivares abandonaron el convento, su misión había acabado. Los religiosos se disolvieron poco a poco en pequeños grupos regresando al recinto de San Antón, las hermanas de Santa Águeda ocuparon sus celdas, sólo el confesor permaneció solo en el campo santo, hincadas sus rodillas en tierra oraba a los pies de una tumba vacía y daba gracias por el desenlace que Dios les había regalado en aquella aventura.
Finalizó sus oraciones y se incorporó, salió del cementerio por una puerta interior que daba acceso al huerto de la congregación, allí, oculto bajo la sombra de los tilos había un ataúd. El padre Francisco abrió el féretro casi con urgencia a la par que interrogaba:
_ Sor Margarita ¿os encontráis bien? Responded por favor.
_ Sí-, afirmó rotunda la muerta resucitando-, se me acababan a la vez el aire y la paciencia pero estoy bien. Ahora todo ha terminado.
_ ¿Ignoráis acaso el terrible riesgo que hemos corrido?
_ No, no lo ignoro, lo conozco, de todos modos no debemos ya acordarnos de ello, ya ha pasado-. Se levantó y salió del cajón de un salto, al hacerlo un sobre blanco cayó a sus pies.
_ La carta de Olivares- recordó en voz alta el confesor- ¿qué contendrá ese sobre? Quizá la aventura no ha finalizado.
_ Lo abriremos y saldremos de dudas-, adujo sor Margarita rasgando el papel y comenzando a leer el pergamino.
Sor Margarita, el engaño ha sido descubierto.
Pero no les castigaré por ello. ¿Cómo podría reprocharles su voluntad de acabar con un fantasma?
Debería permitir que fuerais enterrada en vida como justo castigo a vuestra desfachatez, sin embargo no lo haré ni informaré al rey de vuestra osadía. Por el contrario, daré la espalda a mi deber y os ayudaré a escapar, es lo mejor para el reino.
Os recomiendo que os dirijáis a la calle Don Juan de Alarcón, a casa de Constanza viuda de Alejandro Tordesillas, ella va a necesitar ayuda en los próximos tiempos y vos permaneceríais oculta por una larga temporada. Cuando el olvido haya efectuado su trabajo lo mejor será que abandonéis Madrid, no entréis a formar parte de congregación religiosa alguna, vuestra suerte dependerá de la discreción y de lo alejada que consigáis permanecer de la Corte y de la Iglesia.
_ Tiene razón Olivares, en el convento no podéis permanecer, hoy quizá consigamos manteneros oculta en alguna celda, mañana os conseguiré ropas laicas y al atardecer, entre tanto todas las hermanas están pendientes de la entrega del cuadro regalado por el rey vos podéis marchar por el portalón del huerto y desaparecer.
_ Así se hará-. Afirmó rotunda sor Margarita mientras trataba de ocultarse ya de miradas indiscretas.
Y el reloj del convento marcó las horas una vez más con aquél eterno toque de difuntos. Qué insignificantes pueden ser los tañidos de los duelos, los ruidos de la muerte, tan acostumbrados estamos a sus sonidos y sus profecías que casi siempre nos pasan desapercibidos.

lunes, 7 de junio de 2010

Ecos de ausencia sobre tu tumba



Sobre tu tumba lloro una vez más. Lloro ausencia, soledad y también alguna que otra lágrima.

Te disgusta verme llorar. Lo siento, no puedo evitarlo, siempre derramo mi frustración en forma de lágrimas cuando recuerdo nuestra primera cita, cita a ciegas, nacida en un foro de Internet. ¡Qué ilusa! Acababa de escuchar tu espacio de radio ignorando que mi periodista favorito era mi esperanza de aquella tarde y por añadidura, de mi vida.

El amor nos sobrepasó al primer encuentro. La pasión desbordó en noches rojas y yo sin saber, sin adivinar que tú eras tú, todo aquel tiempo sin reconocer tu voz, todos aquellos días con sus tardes monótonas y sus noches apasionadas sin sospechar que sólo era un pasatiempo para ti, comportándome como la perfecta estúpida que soy.

Y, aunque mentira, fue una bonita historia de amor y pasión mientras duró, hasta que, una tardía sinceridad empapó tus labios manchados con mi carmín.

_ Estoy casado- dijiste arrogándote un valor que desconocías tener.

_ Para mí estás muerto- sentencié, aunque en realidad pensé-, te quiero.

Aunque vives, aunque te amo, para mí has muerto y por eso visito con persistente y estólida frecuencia, tu tumba imaginaria. Lo hago para recordarme a mi misma que has muerto, que para mí ya no existes, que eres apenas un eco en el crepúsculo de la radio, una sombra gris transmitida por las ondas.

Camino del cementerio veo la tarde apagarse y convertirse en recuerdo, voy escuchando el espacio que diriges y presentas. Termina tu programa, apago tu voz, arden mis labios mientras mis zapatos se llenan de fango por el estrecho camino que nos separa. Deposito crisantemos en una tumba sin nombre que pretendo tuya, tu tumba imaginaria. Y lloro. Lloro tu muerte en vida, lloro tu prematura ausencia.

Nunca verás mis lágrimas de amor, ni los recuerdos de barro en mis tacones, ni la nostalgia que provocan los ecos de tu sonora ausencia.

Una cena de infarto





La cena se enfriaba en la mesa, ¿cuánto tiempo llevaba esperándolo?

Tenían un pacto para compartir el ordenador, ella preparaba la cena y ponía la mesa mientras él lo usaba, después, él recogía la cocina y ella usaba el ordenador. A veces él llegaba con la cena empezada, ella se iba cuando el aún continuaba cenando.

Hoy él se demoraba, tardaba en venir, ella había terminado, la cena fría en la cocina.

Enfadada se dirigió al salón, pantalla en modo ahorro, él recostado en la silla en incómoda postura, supo enseguida, que jamás cenarían juntos, que el ordenador era suyo, que hoy ella recogería la cocina.

miércoles, 2 de junio de 2010

Angel Utrillas Novella

Esta entrevista se la debo a Villo Argumanez. Pasé un rato estupendo con él, grabamos la entrevista de un tirón, pues nos lo tomamos como dos amigos charlando de libros y éste es, aunque por partes, el resultado. Como Villo dice, sin red. Como digo yo, sin trampa ni cartón, sin cortes. Como dice Elena Alvarez, caballero Villo en lid con caballero Utrillas.
En definitiva, que aquí está la entrevista y que espero que os guste, disfrutad, al menos, tanto como Villo y yo haciéndola.