martes, 30 de octubre de 2012

Homenaje a Miguel en su 102 cumpleaños. Trilogía.




ESCRÍBEME EL MAR
No sé si me duele más el corazón o la espalda, no sé si se
me parte el alma o son los huesos, después de pasar todo el
día cavando trincheras es normal tener el cuerpo baldado,
después de dos años de guerra civil es lógico tener un tanto
desubicada la razón.
Y qué decir de los cambios de temperatura tan extremos,
del siniestro frío soportado en la batalla de Teruel desde diciembre
hasta febrero al sofocante calor de agosto que venimos
padeciendo en la zona centro.
Y aquí me hallo, igual que todos mis compatriotas, inmerso
en una contienda que parece se va eternizar, cavando trincheras
desde poco después de amanecer hasta poco antes del ocaso. Por
hoy, la jornada ha terminado para el regimiento de zapadores,
ahora los componentes de mi reducido destacamento nos dirigimos
al Juncarejo, un colegio de Valdemoro convertido en hospital,
que nos sirve de alojamiento, donde, además del merecido
descanso, tengo unos momentos para escribir, y para disfrutar
de la presencia de algunos niños que han quedado allí por hallarse
heridos o enfermos, en espera de ser desalojados a la zona
de Levante cuando sus males y nuestra guerra lo permitan.
Apenas bajo del camión, sin apenas tiempo de soltar el fusil
y la munición, me asalta, como todas las tardes, la misma niña.
Tendrá doce, tal vez trece, quizá once años, no lo sé precisar,
me aguarda para llevarme a ver el mar.
—Vamos, Miguel —me dice mientras desliza su mano
tibia en mi ruda mano de excavador de zanjas—, vamos a ver
el mar.
Después de todo el día con el pico y la pala bajo un sol de
justicia, no es que me apetezca demasiado dar un largo paseo,
hasta llegar a los restos de la ermita de Santiago y allí sentarnos
junto al arroyo de la Cañada para hablar del mar. Sin embargo,
no me puedo negar, ¿cómo negar una pequeña distracción, tal
vez su único juego, a una niña que tiene que soportar una guerra
y que aguarda todo el día anhelando ese instante de asueto?
Por el camino me cuenta que ha ayudado a las enfermeras a
efectuar alguna cura a los heridos menos graves y que también
ha recitado, de memoria y con gran éxito, algunos de
mis poemas, a los enfermos. Ella ya está recuperada de sus heridas,
o al menos ya está hecho todo cuando se puede hacer,
pues arrastra secuelas que perdurarán toda su vida. En el próximo
convoy que parta hacia zonas menos afectadas por el
conflicto bélico se marchará y nunca más volveré a verla. Jamás
volveré a ver el mar junto a su inocencia infantil.
—Recítame lo que has escrito hoy —dice con una sonrisa.
—Pero si no he tenido tiempo, mi niña, hoy no he podido,
todavía, escribir nada de nada.
—Estoy segura de que algo tienes en la cabeza, algunos
versos te han estado rondando, lo sé, tú siempre piensas en
poemas.
—Bueno —no me queda más remedio que asentir pues
además tiene razón, no lo he escrito, pero algunos versos rondan
mi cabeza—, no está terminado, a ver qué te parece, lo
he pensado mientras me acordaba de ti.
—Seguro que es bonito, venga, Miguel recita ese nuevo
poema.
—Son solo seis versos, ya te digo que no está terminado,
dice así:
Cerca del agua te quiero llevar
porque tu arrullo trascienda del mar.
Cerca del agua te quiero tener
porque te aliente su vívido ser.
Cerca del agua te quiero sentir
porque la espuma te enseñe a reír.
—Es precioso, Miguel, lo tienes que terminar antes de dormir
y mañana me lo tienes que recitar hasta que yo lo
aprenda.
Llegamos a la pequeña cima que se alza entre los dos arroyos,
me siento a la sombra de un olivo, una ligera brisa hace
agradable la puesta de sol.
... Mira, Miguel, qué bonito está hoy el mar, desde aquí
puedo oír las olas, rompen con fuerza contra la arena, y rechina
arañándola mientras la arrastra hacia las profundidades,
y se retira, y de nuevo el susurro del agua avanza
convirtiéndose en rumor y en estruendo al tropezarse otra
vez con la playa, y así una vez y otra, una ola y otra. Miguel,
¿acaso tú no las oyes?
—Claro que las oigo, es imposible no escuchar la fuerza
de ese oleaje incesante.
—Mira, Miguel, qué bien huele hoy el mar, desde aquí
percibo su aroma, huele a sal, a pescado fresco, a agua en libertad,
a espuma viva y a cresta de ola coronada por las barcas.
Miguel, ¿acaso tú no hueles el mar?
—Sí, lo huelo, cómo no respirar esos aromas que la suave
brisa marina nos acerca y nos regala, pues claro que puedo
olerlo.
—Mira, Miguel, qué bonito es el mar, desde aquí se disfruta
ese color azul y verde y blanco, el reflejo del sol que se
va a esconder ya en él le da ese tono magenta, la gran bola de

fuego se va a zambullir en las aguas que apagarán su fuerza
hasta mañana. ¿Sientes los últimos rayos del sol en tu mejilla
derecha?
—Sí, a pesar de la guerra, el sol sigue saliendo por el Este
y se pone por el Oeste. A la grandeza del sol y a la sinceridad
del mar, la crueldad de la guerra no les afecta, este es un mar
de vida, un océano de inocencia, un mar lleno de puertos de
esperanza y de nuevos amaneceres.
—Pero ven, Miguel, no te quedes ahí sentado, vamos a
acercarnos más, mucho más, hasta poder rozar esa arena fina
y cálida que tanto brilla.
Nos tumbamos en la arena para que el mar nos alcanzara,
aguardamos allí donde moría su oleaje escapando de su caricia
en el último suspiro, reímos y olvidamos todo lo que no
fuera alegría, lo que no fuera mar. Y vimos, y vivimos el mar
hasta la hora de regresar.
Y en el camino de vuelta hacia el colegio situado al sur del
pueblo me obligó a prometer que mañana regresaríamos a
ver el mar. Aferró fuerte mi mano, como si la ilusión se convirtiera
en miedo y me dijo.
—Dame fuerte tu mano, Miguel, que «mis ojos sin tus ojos
no son ojos».
En efecto aquella muchacha precisaba de mis ojos para regresar,
ella no tenía.
La explosión de una mina se los robó, entre otras lesiones,
le había causado ceguera total y permanente. No había podido
ver el mar, y no solo por su ceguera, también porque el
término municipal de Valdemoro se encuentra a seiscientos
kilómetros de cualquier playa. Lo que ella guardaba en sus
ojos, en sus oídos, en su nariz y en su corazón era el recuerdo
del mar, la necesidad de un océano de inocencia y libertad.
Llegó antes el día en que mi regimiento terminó el trabajo
y emprendió la marcha que aquel en que los niños del colegio
del Juncarejo debían partir hacia tierras más seguras, al despedirme
de mi querida niña ciega ella pronunció frases que
nunca se borraron de mi mente.
—Miguel, tú que eres poeta, escríbeme el mar. Escríbeme
el mar todos los días para que yo lo aprenda y lo pueda recitar
todas las noches.
—Veo el mar en tus ojos, chiquilla.
—Lleva siempre los ojos bien abiertos, Miguel, hazlo por
mí, todo lo que ocurra, todo lo que veas, me lo tienes que escribir,
me lo tienes que contar, nunca cierres los ojos, llévalos
siempre bien abiertos aunque te ardan, que nadie apague tus
versos ni cierre tus ojos.
Nos fuimos con la guerra a otra parte, alzó su mano y me
dijo adiós hasta que el camión se perdió en el bosque, me despidió
como si de verdad hubiera podido verme, como si yo
fuera parte de su mar.
Y guardé por mucho tiempo su imagen en el recuerdo y
sus frases en el alma y le hice caso, siempre mantuve los ojos
abiertos aunque en ocasiones me quemaban y siempre escribí
los sentimientos que me producía cuanto veía. Allí mismo,
sin llegar a salir de los muros que cerraban la finca del colegio
me surgieron tres versos que me faltaban para acabar un soneto
que titulé «Ojos, no son ojos».
Los olores persigo de tu viento / y la olvidada imagen de tu
huella / que en ti principia, amor, y en mí termina, recité mientras
los escribía.
Yo entonces no lo sabía, ¡qué dulce es la ignorancia! Y sin
embargo, me restaba poco tiempo de vida a pesar de mi juventud.
Y dirán después aquellos que supervivan, que al morir
fueron incapaces de cerrar mis ojos, tal empeño tendré yo en
mantenerlos abiertos que ni la muerte conseguirá entornar mis
párpados. No obstante, lo que nunca dirán aquellos que me
conocieron, me vieron y me sobrevivieron, porque nadie
sabrá nunca mi secreto, es que unos momentos antes de producirse
mi fallecimiento, en el preciso instante que las fuerzas
comiencen a fallarme y tiemble el lápiz en mi mano, una
bruma suave me traerá una voz y oiré un poema que habla
del mar, de la libertad y de la inocencia.
La última niebla me traerá la voz dulce de mi chiquilla que
sin tener ojos veía el mar.
La postrera bruma de la vida me traerá la melodiosa voz
de mi chiquilla ciega recitando su mar.


REGRESO AL NICHO 1009

La niebla corta la oscuridad como un cuchillo y oculta a la luna que supongo y, deseo llena; la noche se puebla de bruma y en ella tiemblan voces; imagino espectros, siento presencia y… me nace el miedo.
Adoleceré de falta de originalidad y diré que lo intuía, estas sensaciones confirman mis temores, fundamentan mis sospechas, esta noche es especial en este lugar y, para mí, será tétrica y larga.


            El valor no es una de mis virtudes, no obstante acepté este puesto de trabajo, en el cementerio, por pura necesidad de supervivencia. Había agotado la prestación por desempleo, mis ahorros se habían esfumado, no me podía permitir decir que no a una oferta laboral sea cual fuere y, por lo tanto dije sí. Y no todos los días me arrepiento, pero algunas noches sí.
            Y esta noche de luna llena tamizada de niebla, va a ser una de esas ocasiones en las cuales maldiga mi decisión, lo sé. Hace lustros que sucede y este año no va a ser una excepción, al contrario, precisamente este año, sucederá con más razón.
            En otras ocasiones he oído susurros, rumores; he sentido presencias, he presenciado presentimientos; he visto sombras deslizarse evanescentes, misteriosas; y, por si todos esos sobresaltos no fueran suficientes, cada treinta de octubre, sucede esto. Pura magia incomprensible o inexplicable que empieza con una mirada, unos ojos oscuros y muy abiertos que, ávidos de luz, me miran por un instante.
            Pero vayamos despacio y en orden cronológico, contaré primero lo acontecido ayer y luego, si hay ocasión, lo que suceda hoy según vaya ocurriendo.
            Ayer el día comenzó lloviendo. Una tormenta gris e infernal, con viento de ráfagas fuertes y gélidas. Septiembre había sido soleado y cálido, en cambio en octubre todo cambió; todo, no solamente el tiempo, y yo sabía que aquellos cambios eran un mal presagio, un funesto augurio…
            Aquel nuevo día no me gustaba y menos aun me atraía su noche. Los truenos no cesaban, parecían enfadados y no permitían la aparición del habitual y necesario silencio nocturno. Y eran truenos de esos desgarradores que interrumpen el descanso si has tenido la fortuna de haber conciliado el sueño, truenos hórridos de los que arrastran miedos consigo y ya no te permiten dormir si te sorprenden despierto.
            Las gotas de lluvia castigaban el mármol de las tumbas sin descanso. No sé cómo alguna vez llegué a pensar que era grato y relajante ese ruido estridente. De repente cesó el temporal, como si una parte de mis oraciones hubieran sido escuchadas y las peticiones formuladas en ellas, concedidas. Sin embargo, una tiniebla amenazadora y tan silenciosa que se podía escuchar su sonido, resultando este tan horrísono y estrepitoso como el de la furia de la tormenta, sucedió al chaparrón.
            El frío de la noche y la humedad persistente golpeaban en mi rostro manteniéndome despejado, el miedo me mantenía alerta, atento a cualquier sonido, a cualquier… mirada. En el cementerio apenas se vislumbraban sombras y de vez en cuando, con ayuda de los rayos, la intermitente blancura violenta de las lápidas impactando contra el fondo negro se las tinieblas.
            Y entonces lo vi.
            No era un fantasma esa figura oscura que ayer surgió entre las tinieblas dándome un buen susto, era mi predecesor en el puesto, un vigilante ya jubilado, aquél que había resistido tanto tiempo de misterios e incertidumbres en el cementerio de Orihuela, que ahora, ya apartado del servicio, apenas podía dejar de visitarlo a diario. Tal era la atracción que ejercía el camposanto.
            No me produjo demasiado pavor su presencia, lo había visto en otras ocasiones y supe enseguida que era él, que esta vez no era un espectro ni un engendro, que se trataba, al menos por el momento, de alguien humano y vivo.
            En cuanto puso el pie dentro del cementerio fui tras él, lo seguí, aunque bien sabía yo el lugar al que se dirigía. Al nicho 1009. Se detuvo en una zona casi en penumbra, allí donde la luz de las farolas del paseo nunca se atreven a entrar, frente a un nicho sin flores que ya nadie visita porque está vacío. El famélico esqueleto que sucedió al famélico cuerpo que lo habitaba, fue trasladado hace tiempo, en 1987 si no recuerdo mal, a otro panteón donde reposa en la actualidad junto a su esposa y su hijo.
            _ Miguel ya no está ahí y tú lo sabes mejor que nadie- dije sin saludo previo.
            _ Sí lo sé, pero aquí estuvo mucho tiempo, casi tanto como yo he estado cuidando de este recinto sagrado.
            _ Y ¿qué te trae hoy por aquí y a estas horas intempestivas?
            _ Mañana es su cumpleaños, ¿lo sabes, verdad? Su centenario para más detalle.
            _ Sí lo sé, es una fecha marcada en rojo en mi calendario.
            _ No temas, lleva años sucediendo, son sus amigos, vienen a saludarle, pasan un rato con él, lo felicitan según su propia ambigua tradición y, tal como parecen, se vuelven a marchar. No te pasará nada malo.
            _ Quizá, pero sigue sin gustarme, no consigo acostumbrarme.
            _ Este año será especial.
            _ Lo dices por que se trata del centenario de su nacimiento.
            _ Sí, pero hay algo más- me dijo tendiéndome un recorte de un periódico y poniéndolo al alcance de mi mirada. Solo leí el titular, no había luz suficiente para desenmarañar las pequeñas letras negras del resto del artículo que se apelotonaban confusas en la oscuridad, no obstante, con lo que vi fue suficiente para comprender de qué se trataba.
            “En breve aparecerán dos poesías inéditas de Miguel Hernández”.
            _ A estas alturas nuevos poemas, ¿crees que es cierto o es un titular más de la prensa sensacionalista con motivo del centenario?- no respondió pero por la forma en que me miró supe que sí. Creía que era cierto. Lo sabía.
            Estuvo mucho tiempo en silencio, mirando fijamente al nicho 1009, movía sus labios pero no emitía sonido alguno, pensé que rezaba, luego, de repente, comenzó a recitar un poema.
            _ “Sí se me acaba la vida
                 y de mí no sabes más
                 busca en la tierra de España
                 que cruzado a sus terrones
                 en ella me encontrarás…”
            _ Es uno de los poemas nuevos ¿verdad? Los tienes tú.
            _ Sí, es un romance, se titula: “Si se me acaba la vida”, el otro es una silva asonantada, su título: “El retorno”.
            _ Si me permites la pregunta, ¿cómo han caído en tus manos?
            _ Eran de mi padre, compartió literatura y trincheras con Miguel, fueron compañeros del mismo bando durante la guerra, estuvieron juntos todo el año 1937, el poeta le regaló dos poemas escritos de su puño y letra cuando se despidieron y sus vidas se separaron. Mi padre me los entregó poco antes de morir, poco antes de volver a ser compañero de Miguel aquí, en el cementerio, estos dos poemas eran su tesoro más querido, ¡están tan deterioradas las dos cuartillas de tanto manosearlas y leerlas que casi se les cae la tinta!
            _ ¿Estás completamente seguro de que son obra de Miguel Hernández?
            _ Totalmente seguro, además de tener el testimonio de mi padre, con lo cual ya sería suficiente garantía, he visto y estudiado sus características literarias, están plagados de referencias a su tierra amada, de ecos amorosos y sentimientos de dolor, de palabras de sangre y de gritos de muerte. Tienen todas las características de la escritura de Miguel.
            _ ¿Conservas entonces los originales con la letra del poeta?
            _ Los conservaba hasta hace un par de días, ahora no sé dónde están, aunque lo sospecho. Por estas fechas siempre me sucede lo mismo, desaparecen misteriosamente, no los encuentro donde los dejé, se evaporan abandonando en lugar donde los guardo, no hay caja fuerte ni combinación que consiga retenerlos. Vuelan. Después, al día siguiente de su cumpleaños, vengo a buscarlos aquí, al cementerio. Siempre los hallo al pie del nicho 1009. Siempre. Si mañana no pudiera venir yo, ¿quieres tú buscarlos pro mí y guardarlos hasta que yo regrese?
            _ Sí, los buscaré y si los encuentro los guardaré, pero ¿por qué razón no podrás venir tú, como siempre, a por ellos?
            _ No lo sé, es un presentimiento, una más de mis locuras. Desde que decidí publicar los poemas tengo una extraña sensación, como si no estuviera obrando bien, como si fuera a arrojar luz a una sombra secreta que no me pertenece y cuyo propietario prefiere mantener en la arcana penumbra de la inexistencia.
            _ Si en verdad hay dos obras inéditas de Miguel Hernández la humanidad debe conocerlas, no se pueden mantener en secreto, no se deben ocultar a la historia de la literatura y menos ahora, en plena celebración del centenario del nacimiento del poeta. No son tuyas, ni de tu padre, ni siquiera de Miguel, son patrimonio de la humanidad.
            _ Sí, piensas igual que yo, pero tal vez “ellos” no piensen lo mismo, mañana obtendremos la respuesta.

            Ya había amanecido cuando llegué a casa calado hasta los huesos y con frío en cuerpo y alma. La ducha consiguió hacerme entrar en calor pero también desvelarme, di mil vueltas en la cama y ante mi inquietud creciente y el nerviosismo que me impedía dormir, opté por levantarme.
            Pasé el día sumergido en el aturdimiento del insomne, creyéndome observado por unos ojos oscuros permanentemente abiertos, leyendo poemas de Miguel, buscando anécdotas de su vida…
            No lo mataron, ni siquiera tuvieron ese detalle que hubiera acortado su padecimiento, lo dejaron morir en soledad, lo dejaron apagarse poco a poco, consumiéndose en el dolor y la angustia de su celda. Quizá por eso murió con los ojos abiertos, para no perderse nada de las miserias humanas, para que en sus pupilas, viera quien lo amortajaba, el reflejo de la injusticia cometida, para que sus ojos oscuros, en búsqueda permanente de la luz, me miraran cada año desde el silencio de su niebla.
          
            Y aquí estoy de nuevo, en mi puesto, sumergido en la oscuridad de la noche en el cementerio, hundido en el miedo; ya siento los ojos abiertos clavados en mi cuerpo, ya oigo susurros, percibo carreras veloces en los pasillos vacíos del camposanto, siento como se aproximan. Es ya medianoche, es ya treinta de octubre y no podían faltar a su cita.
            No son fantasmas los que salen de la niebla, es la propia bruma la que nace de sus lamas yertas. Son los mismos de siempre, sus amigo; son poetas y escritores, todos ellos, como Miguel, ya fallecidos hace tiempo. Puedo verlos con mis ojos asustados a la luz de la poca luna que atraviesa su niebla, ahí están: Juan Ramón Jiménez, Neruda, León Felipe, Lorca, Vicente Aleixandre, Luis, Emilio, Manolo, Alberti, Arturo, Pedro, Juan, Antonio Machado; levitan murmurando sus poemas, avanzando entre la niebla que les nace a cada paso, se detienen a los pies de una sepultura. La de siempre.
            De nuevo huele a azahar esta tierra yerta, de nuevo recitan versos sobre la tumba donde yace Miguel y, despierta la mirada incesante del “hombre que acecha” mientras yo tiemblo y “el rayo no cesa”. Parece de nuevo que el Miguel amigo  ha llamado a los poetas como hizo en vida y ellos, esta vez sí, han acudido a su llamada.
            Y parece que ya desaparecen, difuminados en su niebla, se apartan de la tumba y yo me acerco a ella. Sobre el túmulo de Miguel han escrito las manos descarnadas de sus amigos un fragmento de uno de sus poemas:
            “Callo después de muerto.
            Hablas después de viva.
            Pobres conversaciones
            desusadas por dichas,
            nos llevan a lo mejor
            de la muerte y la vida.”

            Al final, justo encima de sus nombres, otra frase: Feliz centenario Miguel.
            Se ha trasladado el rumor de sus versos a otro lugar apartado, al sitio que bien conozco; ahora toda la comitiva de aparecidos, arrodillados junto al nicho 1009, recitan un poema:
            _ “No salgas al camino del retorno
               que el que esperas ha muerto.
               Esconde tus sonrisas y tus flores
               y sigue con la rueca de tu ensueño”.
            Es su amigo más cercano, Vicente Aleixandre, quien entona con mayor fervor los últimos versos del poema:
            _ “Soy viajero
               de un camino de horror
               que sella el labio, ciega los ojos
               y me abrasa el pecho”.
            Se levantan, se despiden, desaparecen. Sopla el “viento del pueblo” persiguiendo aromas dulces sin calvarios, arrastrando ausencias en la niebla. En la bruma desaparecen y ésta desaparece con ellos, como si fantasmas y nebulosa una sola cosa fueran.
            Siento la mirada ardiente de unos ojos grandes y densos en mis manos, tengo una promesa por cumplir: de “nacido en mala luna” paso a sentirme “perito en luna llena” y, a su luz, que sí se atreve a iluminar el nicho 1009, busco dos cuartillas escritas a mano. No tardo en encontrarlas, al pie del gélido mármol que oculta la concavidad donde durante muchos años reposó el cuerpo de su autor, las han dejado.
            Dos cuartillas, ambas escritas por las dos caras, repletas de sus letras dolorosas y de su literatura ensangrentada. Cada una de ellas contiene un poema y un pedacito de su alma: “Si se me acaba la vida” y “El regreso” rezan los títulos de cada una de ellas en su inicio.
            Se le acabó la vida a Miguel demasiado pronto y no pudo regresar.
            Ya no hay niebla, ni fantasmas. Solo silencio, luna llena y letras inéditas en azul melancolía, cubren la tumba del poeta.


* Nota del autor: El fragmento escrito en negrita es una adaptación del inicio de otro relato, el titulado “Croac” cuyo autor es Javier Valls Borja.


SÍNDROME DE ESTOCOLMO

 No pude evitar mirar de soslayo la verja que rodeaba la casa, no pude ni quise evitar volver mi rostro, contemplar el anverso de la puerta, de la valla… de mi vida. No pude evitar la tentación de observar el paisaje desde el otro mundo y contemplar el lado desconocido.
            Sentí vértigo, miedo, nostalgia…amor.
            Vértigo repentino por mi recién estrenada libertad, tan soñada, tan lejana y de repente… hallada. Vértigo, pánico a precipitarme dejando atrás una larga experiencia agobiante y no obstante enriquecedora, traumática y sin embargo tan…segura.
            Miedo a lo desconocido, a la resurrección de mi pesadilla, a la vida, a no encontrar ahí afuera lo que nunca me faltaba allí adentro.
            Nostalgia de un amor, imposible desde el mismo instante en que nació hasta el momento en el cual murió.
            Porque doy por cierto su desaparición definitiva, después del disparo no volvió a moverse, después del portazo nada se escuchó, solo mis pasos atolondrados por la escalera, por la gravilla del jardín, por el césped recién regado con la escarcha de mi definitiva e irreversible ausencia. Al volver la vista atrás no puedo evitar una lágrima, el dolor de la despedida, supongo.  Sé como se llama esta enfermiza necesidad mía, pero lucho contra ella y gano la batalla final.
Corro hacia la libertad exterior, estoy segura, además de Miguel, ahí afuera, tienen que existir más poetas, debe recitarse más poesía.

            Quince años atrás.
           
La contemplo como siempre, ella paseando por la arena, yo oculto entre la gente. Me embriaga su juventud insolente, su desvergonzado movimiento de caderas al caminar. Me cautiva el paraíso interminable de sus piernas tostadas por el sol. Envidio a la brisa que impune acaricia su perfil mientras pienso y me pregunto, ¿cómo será su piel bajo su escueto bikini?, morena en discreta oscuridad difuminada o blanca en pureza y gélida nieve.
            Mis ojos están clavados en esas curvas perfectas cuyo tacto sueño, mis secretos anhelos pronto serán cumplidos, pronto se harán realidad porque he decidido que será hoy. He reunido el valor suficiente, tengo todo preparado, la casa, el coche, las cuerdas, la mordaza, el cloroformo. Cuando llegue a esa cala solitaria y recóndita donde le gusta nadar al atardecer, me acercaré y… empezará nuestro poema.
           
Otra vez el pervertido de todas las tardes- murmura la joven contrariada antes de lanzarse al agua-, ¿no tendrá nada mejor para hacer que seguirme y espiarme?
            Se zambulle en las frías aguas de su playa, nadie va a conseguir amargar su momento de descanso. Nada con buen ritmo, con brazadas firmes, coordinadas. Después, a cierta distancia ya de la arena, se deja llevar por las olas, se tumba de espaldas, abre brazos y piernas dejando caer la cabeza atrás. ¡Qué deleite no hacer nada! Flotar, respirar, dejarse mecer por las cerúleas aguas del mar mientras los últimos rayos del sol le regalan su más confortable caricia.
            Cuando el sol ya se oculta en el horizonte emprende el retorno, sus brazadas ahora son lentas, no tiene prisa, no quiere salir de su mundo, no quiere regresar y, sin embargo, todo lo que tiene un comienzo debe también acabar.
            Sale del agua, se dirige hacia su ropa. ¡Vaya! El espía hoy no se ha conformado con observar desde su atalaya en las lejanas rocas junto a la carretera, ha decidido acercarse hacia donde ella suele ubicarse.
            - ¿Hoy has pagado butaca de privilegio?- le reprocha con altivez.
            - ¿Cómo te llamas?- pregunta el extraño sin responder.
            - A ti que te importa cómo me llame o me deje de llamar, lo que debes hacer es dejar de seguirme y de espiarme, eres un mirón pervertido, un viejo verde.
            - Perdona, no te seguiré más, no era mi intención molestarte, sólo quiero saber tu nombre, yo… a mí puedes llamarme Miguel.
            - ¡Pues vete a la porra Miguel, vete lo más pronto posible y quédate para siempre allí!
            - Bueno no importa, desde hoy te llamarás Josefina.
            Es lo último que oye, el desconocido avanza hacia ella y tapa con una tela su boca, su nariz, sus ojos… su existencia. Un olor agradable y no obstante demasiado penetrante se instala con rapidez en su cerebro, sus sentidos quedan embotados por el sabor azucarado y picante, se marea, pierde el sentido.
            Al despertar se intuye atada, la cabeza le da vueltas, en la garganta tiene un picor insoportable pero una venda que amordaza y aprieta sus labios no le permite toser. Está sentada, mira a su alrededor desconcertada y aprecia, solo, una tenue oscuridad difuminando la habitación. De repente una silueta se mueve, se acerca y una voz le habla con melosa parsimonia. Debe ser Miguel.
            - ¿Ya te has despertado? Empezaba a pensar que me había excedido con el cloroformo, hubiera sido un desastre. Pero no ha sido así, afortunadamente estás aquí, por fin.
            Se mueve nerviosa, incómoda, mira las cuerdas que aferran y dañan su piel con la áspera robustez de las maromas.
            - Tranquila, no te haré daño, pronto te liberaré de las ataduras y la mordaza, podrás moverte a tu antojo, pero primero quiero que escuches y conozcas tu situación.
            Hace un esfuerzo por gritar, sin embargo su chillido muere sin llegar a nacer, se estampa contra el cruel bozal quedando en leve gruñido ahogado dentro de la habitación.
            - Este es tu nuevo hogar. No me refiero a esta habitación sino a toda la casa. Puedes hacer en ella lo que te plazca, es tuya. Cuando yo esté, podrás también salir a la finca exterior, cuando esté ausente solo podrás moverte por el interior de la casa, nunca nadie se ha acercado a este paraje pero, para evitar problemas y curiosos. Al principio te resultará difícil adaptarte pero con el tiempo... aprenderás a amarme.
            Palideció por el terror, estaba secuestrada por un loco que pretendía, encima, que se enamorara de él. Le vino a la mente una escena de película de Almodovar, Átame. Recordó que sí, que al final Victoria Vera se enamoraba de Banderas...
            - Recitaremos juntos poemas de Miguel Hernández, pasearemos por la espléndida e inmensa finca que rodea este viejo y recóndito caserón, nadie nos molestara ni nos interrumpirá, estaremos solos, tú, yo, la poesía... Josefina, Miguel y sus versos... Hoy te recitaré uno antes de desatarte y a partir de mañana leeremos los dos, nos escucharemos el uno al otro y el amor surgirá entre versos.
            Ya no se molestó en tratar de luchar, ni de gritar, estaba loco, había que seguirle la corriente y en cuanto fuera posible... escapar.
- Se titula: “Vals de los enamorados y unidos hasta siempre”- la miró para cerciorarse de su atención y comenzó a recitar.
- No salieron jamás
del vergel del abrazo.
Y ante el rojo rosal
de los besos rodaron.
Huracanes quisieron
con rencor separarlos.
Y las hachas tajantes
y los rígidos rayos.
Aumentaron la tierra
de las pálidas manos.
Precipicios midieron,
por el viento impulsados
entre bocas deshechas...
            ¿De verdad aquel demente pensaba que le podían gustar esos versos? ¿En serio confiaba en que ella se enamorara de él?
- Recorrieron naufragios,
cada vez más profundos
en sus cuerpos, en sus brazos.
Perseguidos, hundidos
por un gran desamparo
de recuerdos y lunas,
de noviembres y marzos...
Y sin embargo el poema era precioso, lleno de fuerza y de ternura, en otra circunstancia quizá... pero atada a una silla, amordazada, secuestrada...
- Aventados se vieron
como polvo liviano:
aventados se vieron,
pero siempre abrazados.
Terminó la lectura, cerró el libro, se aproximó a la joven y su cercanía la hizo estremecerse de temor. Comenzó a desatarla.
- No temas, jamás te haré daño, eres Josefina y yo soy Miguel ¿no lo comprendes? Ahora eres tú toda mi vida.
            Definitivamente estaba loco, pero la estaba desatando. Retiró todas las cuerdas y ella pudo levantarse entre temblores inciertos.
            - Aguarda, voy a quitarte esa mordaza, trataré de no hacerte daño.
            Lo intentó pero no lo consiguió, le causó dolor, le arrancó la piel o al menos a ella así se lo pareció y, no pudo evitar un pequeño grito de sufrimiento.
- Lo siento Josefina, ya no volverá a suceder.
Estuvo apunto de desgañitarse pidiendo socorro, le pasó fugazmente por la cabeza la idea de golpear a aquel individuo y tratar de huir, sin embargo no podía ser tan sencillo como eso, lo tendría todo planificado al detalle. No hizo nada, lo dejó hablar, le siguió la corriente, era un demente, un secuestrador, un criminal, pero parecía tranquilo y sin intención de causarle daño.
- Acompáñame por favor, te enseñaré la casa, en la cocina tienes comida, en la biblioteca los libros de Miguel. Te indicaré cual es tu habitación, en ella encontrarás ropa de tu talla. Yo me marcharé pronto, así podrás descansar.
Trataba de resultar amable a pesar de ser un delincuente, tenía que esperar, aguardar con paciencia, con calma, en cuanto se marchara empezaría a estudiar la forma de escapar, huir esa misma noche.
Y aunque se fue el carcelero no pudo escapar de la celda. La puerta cerrada y sólida, los cristales de las ventanas imposibles de romper, ni un ruido entraba de fuera ni tampoco sonido alguno podía del caserón salir. Se arrojó en la cama, en la oscuridad de la alcoba que le habían adjudicado y durmió por agotamiento y desesperación.
No recordaba cuando fue la primera vez que recito poemas junto a su captor, no guardaba en su memoria el primer roce, ni el primer beso, ni cuando el odio se torno amor. No recordaba y el tiempo pasaba y, cual pájaro cantor, se fue acomodando a su dueño y a su jaula. Recitaba al atardecer con tono atiplado de ruiseñor cautivo.
-         Pintada, no vacía
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.
Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama. 
Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.
El odio se amortigua
detrás de la ventana.
Será la garra suave.
Dejadme la esperanza.

Quince años de presidio voluntario y feliz hasta hoy. Amaneció gris el día triste, los tímidos rayos de sol que burlaban la vigilancia de las nubes, dotaban a la vieja alacena de un brillo siniestro. No, no era la alacena, era un metal sobre ella. Se acercó al brillo que se le antojó un soplo de vida en espiral y hacia el exterior. Un relámpago cegó su amor y eclipso todos los versos y besos recitados.
- ¡Una pistola! ¿Por qué tiene Miguel UNA pistola?
Aguardó en el salón como todos los días la llegada deL amante, recitaron poemas y hablaron, como todos los días, de la vida y obra del poeta oriolano. Como todos los días, se amaron con ternura, con pasión, con literatura...
El frío acero despertó su tacto y sus instintos de libertad, dormía Miguel como siempre, respirando pausadamente con la sonrisa tierna del último verso dibujada en los labios. Apuntó, cerró lo ojos, no quería ver su sangre. El horrísono estruendo del disparo rebotó por la habitación, zuñían sus oídos, temblaba su alma... se apresuró hacia la puerta, Miguel, inmóvil, había dejado de sonreír. Hurgó en los bolsillos de su traje cuidadosamente doblado sobre el bargueño, cayeron al suelo las llaves y su ruido quedó amortiguado por la última reverberación del disparo. Salió despacio, de puntillas, para no despertarle del sueño eterno. Un portazo a su espalda le indicó el fin de una vida y el principio de su libertad... ¿libertad?

Y no pude evitar mirar de soslayo al amor perdido, no quise evitar despedirme del anverso de la vida.
Abandoné mi jaula.
El mundo me daba vueltas, nostalgias de un amor, futuro sin versos, vértigo, dudas... mi crimen fue matar al ruiseñor cantor para resucitar al jilguero mudo. Asesinato de un amor, imposible, desde el mismo instante en que nació hasta el momento, éste, en el cual murió.
Y ahora me pregunto... ¿dónde están los poetas?


jueves, 25 de octubre de 2012

Cornudo y atropellado






De la rutina insípida de su oficina a la insípida rutina del hogar.
De casa al trabajo y viceversa.  De soportar al jefe entre montañas de papeles aburridos a soportar a la “jefa” entre montañas de vajilla sucia.
Un buen día regresando al hogar detuvo su caminar, gritó que no a una vida anodina, incolora y manejada. Inmóvil pensaba cuando un coche le atropelló trasladándolo de la rutinaria vida a la inodora muerte.

Desde el cielo ve a su indolora “jefa”, apenas él expiró, salió de caza, le faltó tiempo para liarse con su jefe, me refiero al de él, sería repetitivo que fuera el de ella.

lunes, 15 de octubre de 2012

Activos y pasivos



 Dos nuevos microrelatos no ganadores, el primero "Activos y pasivos", el segundo "Besos soñados".




Activos y pasivos

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, a la hora prevista, sonó la alarma. 

No había de qué preocuparse, no lograba entender a qué venía tanto alborto,  todos lo sabían, era un simulacro. Sus compañeros, activos, salieron en orden pero deprisa; él, pasivo, decidió terminar su trabajo, iba muy atrasado, el jefe le estaba apremiando.

- Me huele a chamusquina- dijo percatándose de que sus colegas tardaban demasiado en regresar a los puestos de trabajo. 

Con la rigurosa exactitud de las tragedias, unas vaharadas de humo negro alcanzaron su despacho, quedó cercado por el fuego.

Buenas noticias, ya no es necesario cuadrar activos y pasivos del balance.





Besos soñados


Con esa exactitud tan característica de la ciencia los labios de él se posan en la mejilla de ella, las manos rodean su cintura y el cálido abrazo la embriaga hasta hacerla cerrar los ojos y... enloquecer. 

¡Qué agradable instante final!, tan excitante... su boca entreabierta acercándose despacio, tentadora, pecadora... el pulso galopa cuando su aliento la roza, se congela el tiempo... la luz inunda la sala entre aplausos, él sonríe con vanidad de galán.

- Has estado magnífica esta noche, querida-, deposita un casto beso en su frente y después... la soledad de la actriz, sueño renovado de mujer enamorada. 


Mañana se volverá a izar el telón.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Frágil frontera entre maderos y tarugos



La semana pasada no participé en el concurso de microrelatos habitual, resulta que la frase obligatoria de inicio, “hasta chocarse contra una pila de maderos”, no me inspiraba nada. Y paradojas de la vida, días más tarde, los informativos de televisión me trajeron la inspiración.

El relato lo he titulado: “Frágil frontera entre maderos y tarugos”

La ilustración es del genial dibujante Manel Fontdevilla, a quien todos seguramente ya conocéis.



Frágil frontera entre maderos y tarugos

Hasta chocarse contra una pila de maderos todo su reducido mundo estaba pintado de felicidad.
Esperaba el tren tranquilamente, pacíficamente... ilusionada en su primer año de universidad, su bello y joven rostro reflejaba felicidad, en su clase había un chico muy guapo que le sonreía sin cesar y hablaba mucho con ella y, estaban tan a gusto juntos. Sentada en un banco en el andén repasaba los temas que el profesor había explicado aquella tarde.
De repente la guerra estalló, en un instante la estación se convirtió en un campo de batalla. Unos guerreros negros en fila de a dos y a paso ligero se abalanzaron sobre ella, ¿acaso ella era el peligroso enemigo? No supo cuantos golpes recibió, ni por qué los recibía, ella no sabía que aquel día había una manifestación rodeando el PUTO congreso de los diPUTADOS, ella creía que la policía estaba para ayudar a los ciudadanos de bien, y estaba en lo cierto, la policía sí, pero no una pila de maderos tarugos. Fueron unos angustiosos minutos aunque para ella apenas duró unos segundos, la inconsciencia tuvo a bien visitarla en los primeros porrazos. Cuando despertó estaba en una habitación muy blanca y desconocida, todo el cuerpo le dolía, no se podía mover, no podía hablar, no podía... nada y, aún así sonrió todo lo que le permitió el tubo que laceraba su garganta cuando las imágenes dejaron de ser borrosas y vio, tras un gran ramo de flores, el rostro del chico de su clase y percibió el susurro de su calida voz.
Qué frágiles son las fronteras, qué débil es, muy a pesar de unos pocos descerebrados, la pequeña línea que separa el infierno del paraíso.

lunes, 27 de agosto de 2012

Matrimonio sin conveniencia.


Título: Matrimonio sin conveniencia (sin pena ni Gloria)

Autor: Mala U.V.A. Utrillas Valls Arroyo

El grupo Mala U.V.A está compuesto por Javier Valls Borja escritor residente en Castellón (autor de los párrafos encabezados por V.) Ana María Arroyo poeta residente en Valencia (autora de los párrafos encabezados por A.) Ángel Utrillas escritor residente en Madrid (autor de los párrafos encabezados por U.) Mala U.V.A. escribe relatos a tercias, dos intervenciones cada uno de los autores con un tema predeterminado (el tema de este relato era “Matrimonio”) y con el único propósito de dar a sus letras y a sus relatos un pellizco de Mala uva.


Matrimonio sin conveniencia (sin pena ni Gloria)

V.

Gloria es su mujer. Bueno, lo era.

La odia. Casi todo el tiempo. Antes la odiaba sólo algunas veces. Ahora la odia casi todo el tiempo. No; todo el tiempo. La odia todo el tiempo, sí.

Gloria es como una máquina tortura-maridos, un ingenio jode-vidas engendrado por alguna feminista recalcitrante pseudo-mujer/odia-hombres. Bueno, lo era. Ahora es como un montón de chatarra inservible. Ha quedado desmadejada y atónita de pura perplejidad. Su marido la ha dejado; pero... ¿cómo? Si él nunca se atreve ni a rechistar.

Es sumiso, obediente, calzonazos. Está domesticado, es su obra. Bueno, lo era.

Gloria es una mujer castrante. Él, un hombre castrado. Bueno, lo era. Gloria sigue siendo una mujer castrante, aunque ya no tiene a quien castrar. La ha dejado. Para siempre.

Se fue de repente, sin decir una palabra, sin un grito, sin un portazo, sin llevarse nada. La gota que colmó el vaso fue…

A.

... la repentina obsesión de ella por querer quedarse encinta. Él "debía" hacerle un hijo. Porque a ella hay que hacérselo todo a su gusto y capricho. Y en el momento justo en que se le antoja, ni un minuto antes o un segundo después. Justamente cuando lo suelta por su operadísima bocaza escupe deseos.

Gloria embarazada. Ni la semilla mejor seleccionada osaría generar una pizca de vida dentro de sus entrañas ácidas. Ahí fue donde la sumisión se convirtió en abandono. Y mientras baja las escaleras no puede contener las arcadas que el asco le produce. La grima de tener que navegar en sus sucias profundidades, amargas de rutina y podridas de vanidad, es una imagen demasiado nauseabunda. Adiós gloria. Adiós odio.

U.

El odio, esa es la clave. ¿Cuando empezó a odiarla? Porque hubo un tiempo en que la amaba, por eso accedió al matrimonio, por eso y por ese hijo que ella siempre le reclamaba. ¿Fue aquellas navidades en casa de su suegra? No, mucho antes, entonces ya estaba invadido, dominado, odiado; odiando. ¿Fue aquel año para carnaval? No, por entonces ya estaba disfrazado de esclavo sumiso, anulado, odioso; odiando.

¡Es que hace tanto tiempo!, si no recuerda haberse sentido importante en nada, siempre dudando de sus actos, pensando que otro lo hubiera hecho mejor. Sus recuerdos más felices son tan antiguos como esa foto amarilla y marchita del día de su boda.

Ahí se produjo el cambio, al salir de la vicaría con el contrato firmado, la fotografía ya reflejaba otro brillo en sus ojos, la luz de la dueña y señora. Juntos para siempre, mío para siempre; ella propietaria y él, hipotecado, deseando rozar… la gloria; bajando ya, sin saberlo, la anfractuosa cuesta del desdén.

Empezaba su luna de miel y en realidad era la luna de hiel, una excedencia temporal que hoy terminaba de expirar.

En el último peldaño de la escalera se detiene, —¿dónde va ahora? ¿Quién le dirá lo que debe hacer?— Lacerante vértigo en el precipicio de una vida sin pena ni gloria…sin Gloria.

V.

Pero no puede retroceder, ya no —un paso atrás nunca, ni para tomar impulso—, es demasiado tarde y la decisión, aplazada por su cobardía durante tantos años, está tomada. Además, ¿qué hace él junto a esa mujer totalmente desprovista de femineidad? Antes de la boda, al menos, tenía la recompensa del sexo, de poder gozar de aquel cuerpo magnífico, duro y suave a un tiempo, bronceado... Ahora, por efecto de los años y de su propio veneno, Gloria es un deshecho de mujer, en el amplio sentido de la palabra, y él está harto de tener que recurrir al onanismo o a mujeres de pago para satisfacer el deseo de la carne...

No, Gloria no es ya la mujer con la que se casó, aquella que, de novios, iba siempre tan arregladita. Daba gusto, la verdad. Antes de la boda, pruebas de tinte, de peinados, de maquillaje, rayos UVA, footing, depilaciones, dieta, peeling facial, manicura, pedicura, pruebas en la corsetería, peeling corporal, saunas, modista, masajes, gimnasio, de todo. Después de la boda, nada. Ya únicamente se depilaba las piernas, y sólo de las rodillas hacia abajo. Luego, ni eso.

Sí, la odia; la odia por lo que se ha hecho a sí misma y por lo que ha hecho de él, un hombre débil, sin opinión, sin atributos...

A.

Un hombre que cierra definitivamente una puerta sin intención alguna de volverla a abrir, ni siquiera unos milímetros, ni la curiosidad más insana le tentará para volver a asomar su mirada a través de la cerradura, destapando el goce que le provoca el desarreglo emocional y merecido en el cual se habrá sumido su perdida gloria.

Un hombre que debió poner las cartas sobre la mesa antes de llegar a esta putrefacta convivencia.

Un hombre que se quejaba siempre para sus adentros y sin embargo no era capaz de portarse como tal.

Atacado por los remordimientos sale a la calle fría, temible, oscura y aterradora. Durante varias horas cavila y pasea sin rumbo entre la niebla que se adueña de su conciencia. Enciende un cigarrillo, por fin sin tener que esconderse, expulsa el humo mortal en un intento de contaminar cada pulmón ajeno, qué se mueran todos. Aquellos seres ingrávidos que no fueron capaces de ayudarle, no advirtiéndole a tiempo del pozo seco en el que estaba ahogándose. Ya ni su propia familia se atrevía a llamarle por teléfono, se había convertido en un simple pelele. Nadie le lanzó una cuerda para aferrarse de nuevo a la esperanza y asir los sueños perdidos.

Otra calada profunda le hace caer en un ataque de tos insoportable y rompe a llorar. Sabe, por mucho que quiera mentirse a si mismo, que parte de la culpa es suya. Que también él está distinto, que también abandonó su cuidado, que pudo evitar el aburrimiento, que no puso nada de su parte.

Hoy sólo es un maduro grotesco, mal afeitado, pasado de kilos y tan mal amante como el primer día.

Se odia...

U.

El odio fue la clave que les impidió compartir la llave de pasiones e ilusiones. Nunca tuvieron aspiraciones comunes, pero supo que no podría vivir sin ella, sin su dinero, sin su trabajo. Gloria era su horizonte y su infortunio, dos silencios paralelos en un solo destino para lelos. Imposible olvidar el propio olvido cuando ya apenas queda la resignación, la confesión todas las mañanas frente al espejo donde se decía que no era tan mala la persona que había en su cama. Y acabó creyéndolo hasta que hoy, ya harto de no poner nada de su parte puso todo de su parte y dio por concluido y finiquitado su matrimonio de inconveniencia… Y después…

Pasó la noche de bar en bar, paseó sus mejillas mal rasuradas, su exceso de peso y su abundante edad por algún lupanar, pagó por dormir con alguien que se dejara amar con malas artes; triste bagaje en su primera noche fuera del hogar, lejos de su vida.

Al amanecer tuvo una extraña sensación, un escalofrío que no era producto de la resaca, un mal presagio. No sabía donde estaba, no reconocía las calles, quizá era otra ciudad, tal vez otro mundo.

Buscó un bar abierto para desayunar. Sentado en la barra, esperando paciente y ocioso a que se enfriara un poco el café, vio una foto terrible en la portada del diario.

Gloria no tenía brillo en su mirada, su cabello manchado de sangre, su coche amasijo de hierros en una cuneta. No iba sola, en el asiento de al lado yacía su amante.

Muertos los tres.

Ella, su amante y el hijo de ambos en sus entrañas ácidas.

La policía investigaba, no pensaban que el accidente fuera un accidente. El marido celoso, desaparecido y primer sospechoso, no se inmutó, quedó sin pena ni gloria, el odio había desaparecido dejando solo un halo de indiferencia.

Ellos, los amantes, irían al infierno a pagar sus deudas e infidelidades, y él…

¿A la cárcel?, no, seguro que no, las ovejas descarriadas que muestran sumisión al pastor, siempre acaban en la Gloria.

jueves, 23 de agosto de 2012

Añagazas del tiempo y la memoria


Es 23 de agosto, Santa Rosa de Lima, una fecha especial en mi primera novela Silbando en la oscuridad. Coinciden en ella el cumpleaños y elsanto de una de las protagonistas y el aniversario de un terrible accidente de tráfico.

Os dejo completo el capítulo XVIII: Añagazas del tiempo y la memoria, que se inicia con una cita brutal del libro Tensión, escrito por el Doctor Christiaan Barnard.


Desenrolló una tira de papel higiénico y la dobló varias veces. Miró aquella cosa que estaba en el borde del asiento. Era rosada y lisa, con la cabeza muy grande y los miembros pequeños . . . Debía estar al principio de su duodécima semana.

Lo miró y vio que era varón. Empleó el papel doblado para empujar a su hijo dentro de la taza, arrojó igualmente el papel y soltó el agua del depósito volviéndose de espaldas.

TENSION Dr. Christiaan Barnard


Capítulo XVIII: Añagazas del tiempo y la memoria


Oscuridad y silencio.

Una gota de sudor resbalaba sin prisa por la frente, ni siquiera el extenuante calor de agosto impedía su profundo letargo. A las once en punto sonó el despertador. Situado frente al espejo, únicamente una silueta borrosa pudo percibir. La imagen fue enfocándose con paciencia sublime. Los ojos hinchados por la falta de sueño, barba de dos días, facciones demacradas. . . debería darse una ducha fría para despertarse por completo.

_ Parezco un muerto viviente- murmuró dirigiéndose a la bañera.

Media hora después salía del agua, se vistió y se echó a la calle. La expectación por el fenómeno astronómico era increíble. El tráfico estaba paralizado, la gente nerviosa corría con artilugios varios para presenciar el suceso sin dañarse. Las gafas especiales para observar el eclipse estaban agotadas en todas las ópticas desde hacía varias semanas.

La Taberna del Renco estaba abarrotada, todos los clientes decidieron hacer coincidir el tiempo de su almuerzo con la hora del eclipse. De repente, la muchedumbre salió a la calle, parecía un ejército perfectamente adiestrado y sincronizado, ejecutando una orden. El local, antes repleto y ruidoso, quedó así en silencio y soledad.

Álvaro y Rosa quedaron justo en el umbral de la puerta, no pretendían ir más allá, pero tampoco les hubiera sido posible avanzar más entre la muchedumbre. Iban armados con unas lentes especiales para el acontecimiento.

A las doce en punto la temperatura descendió de improviso, la luz se apagó, anocheció y reinó un silencio expectante. El sol comenzó a desaparecer y diez minutos después se apagó por completo. La luna eclipsando al astro rey. En el cielo oscuro había un ojo brillante, como si un cíclope gigantesco observara la tierra antes de atacarla y engullirla. Había un disco oscuro, la pupila, rodeado de una orla roja incandescente, el iris, y un halo blanco de la corona solar en todo su esplendor, la esclerótica. Álvaro susurró al oído de Rosa:

_ El sol es cuatrocientas veces mayor que la luna, sus diámetros coinciden porque está cuatrocientas veces más lejos.- Percibió el olor a café de aquel cabello negro, sintió la suavidad de sus mejillas en su piel, y ese contacto, incrementó la belleza del eclipse.

_ Gracias por la aclaración- murmuró Rosa-, el fin del mundo es precioso, ¿no crees?

Se habían abrazado sin apenas darse cuenta, comenzaba a verse de nuevo el sol, lentamente, como un nuevo amanecer, volvió la normalidad. Todavía llevaban puestos los absurdos lentes cuando se besaron. Alguien pasó a su lado diciendo:

_ El mundo sigue, regresen a sus trabajos, todo sigue igual, con su grandeza y su miseria, con problemas insolubles y multitud de buena gente sufriendo en silencio.

Cuando sus labios se despegaron Rosa dijo:

_ Ya has cumplido tu promesa, ahora debo seguir trabajando, el mundo sigue adelante.

_ Y yo debo continuar durmiendo, esta noche trabajo de nuevo.

_ ¿Soñarás conmigo?- preguntó ella mimosa.

_ Te lo prometo.- Y otra vez se besaron aunque ya sin los baratos espejuelos molestando en sus rostros.

Rosa fue a casa a la hora de comer pero no quiso despertarle. Dormía plácidamente abrazado a la almohada, con la expresión relajada de un niño, parecía haber ahuyentado a sus fantasmas de forma definitiva, expulsado a los demonios de su conciencia. Así podría descansar sin pesadillas ni sobresaltos.

Cuando despertó, Rosa ya se había marchado, así eran sus vidas durante seis días a la semana, convivían bajo un mismo techo sin apenas verse. Pasó por la Taberna del Renco antes de incorporarse a su puesto, ya no tomaba coñac, a ella no le gustaba que lo hiciera, tomaba un café a su gusto: “Caliente, amargo, fuerte y abundante”, y se llevaba un termo lleno para templar los ánimos en la larga noche de vigilia.

Caminó hasta el convento, ese día cuando Álvaro llegó al trabajo supo que algo no iba a funcionar bien. Fue un presentimiento traducido posteriormente en certeza. Estaba destinado a saborear el miedo de las sombras, no en vano era el día del eclipse total de sol, el día del fin del mundo.

En la primera ronda ya experimentó esa desagradable sensación de ser observado, la inquietante certeza de no estar solo, de ser secretamente acompañado, espiado. En la siguiente ronda, encontró algunas luces encendidas, esas mismas que él había dejado apagadas, puertas abiertas, las cuales él había cerrado.

Sus músculos ya estaban tensos, sus nervios a flor de piel, cuando hizo la tercera ronda. Conforme avanzaba por los pasillos sonaban los teléfonos. No todos al mismo tiempo, como si se tratara de una avería, no, siempre el teléfono del despacho de su izquierda, una sola llamada, y se cortaba. Continuaba avanzando por el pasillo, otro despacho, otra solitaria llamada, un solo tono y se cortaba. Y así en todas y cada una de las oficinas del edificio. Finalizada la ronda se derrumbó en la silla, asustado. Volvieron los recuerdos angustiosos, sofocantes. Viejos temores nublaron sus ojos, vívidas pesadillas atenazaron la boca del estómago. Un tic nervioso de repente en la comisura del labio. Quedó solo, bajo la luz de la linterna, silbando en la oscuridad, con el alma de un difunto entre las manos trémulas, y la bestia visceral del miedo en las entrañas. Él lo ignoraba, pero hacía tres siglos y medio, en el transcurso de un eclipse total de sol, hubo una extraña muerte en el convento de las Arrecogidas.

Ruido.

Un ruido estrepitoso se escuchó en la escalera, a su espalda. Alguien bajaba a toda prisa los peldaños metálicos, provocando un gran escándalo. Salió corriendo decidido a ver de quien se trataba, pero allí no quedaba nadie. Se situó frente a la escalera, desenfundó el revolver y apuntó al vacío. Su corazón desbocado pugnaba por reventar el pecho y escapar, los ojos desorbitados de terror.

No vio nada, pero al tiempo que cesó el ruido, con el último eco de la última pisada en el último peldaño, notó algo frío, una fuerza helada empujándole, haciéndole perder el equilibrio y caer. Aturdidos los sentidos, no por el golpe, sino por lo ocurrido, logró levantarse no sin esfuerzo y se encerró en la garita con llave.

Tensión, angustia, frío. ¿Por qué el frío es compañero inseparable del pánico? Resultaba difícil no dejarlo todo, abandonar el arma y el uniforme allí mismo, tirarlos y salir corriendo, huir. Sin embargo decidió quedarse quieto, no haría más rondas, ignoraría cuantos sonidos se produjeran, no levantaría la vista más allá del pequeño habitáculo donde se encontraba.

Dejaría transcurrir la noche, incluso estaba dispuesto a dejarse vencer por el cansancio si éste llegaba y entregarse al sueño, estaba firmemente decidido a dejar pasar el tiempo sin más... pero si había más. El viento había desatado las maromas que mantenían aferrados a los fantasmas y éstos se disponían al aquelarre.

Por una de las cámaras interiores pudo ver diez o doce figuras vestidas con hábitos oscuros, eran monjes, no se apreciaban sus rostros pues estaban cubiertas sus cabezas con las capuchas de los balandranes. Los uniformes negros con los cordones morados, coincidían con la vestimenta de la congregación de San Antón. Desfilaban en procesión por el pasillo que desembocaba en la puerta trasera del edificio, despaciosamente. Al llegar al portón, que estaba cerrado con llave y cuya única llave permanecía en el bolsillo del vigilante, salían a la calle sin necesidad de abrir el postigo, atravesándolo. Después, ya en la calle, desaparecían, la cámara exterior no recogía sus imágenes, como si hubieran atravesado una barrera invisible, como si hubieran pasado a un mundo paralelo, a otra extensión del tiempo, a una desconocida dimensión.

Álvaro estaba realmente aturdido, nunca hubiera creído posible aquello que estaba sucediendo, había oído ruidos, voces y extrañas risas, había sentido el impacto de una gélida fuerza derribándole, había visto encenderse solas las luces y volverse a apagar inexplicablemente, pero nunca jamás hubiese pensado en la posibilidad de ver fantasmas a través del circuito cerrado de televisión. Estaba viendo espectros del pasado, eso eran exactamente aquellas figuras, eso eran las imágenes arrojadas a través del monitor. Fantasmas.

Tras un breve paréntesis, comenzaron a verse hábitos negros con las esclavinas blancas, uniforme éste de la congregación de Santa Águeda, al igual que los anteriores, llegaban a la portezuela, la atravesaban y se diluían. Una docena de éstas nuevas apariciones desfilaron parsimoniosas, tras ellas, un hábito completamente blanco con una cruz dorada en el pecho y una cogulla blanca con esclavina negra, vestimenta propia del Abad Superior de San Antón y la Madre Superiora de Santa Águeda y finalmente un caballero negro con amplio sombrero, con el cual se mantenía oculta su identidad, como la de todos los demás aparecidos.

_ ¡La procesión de Arrecogida!- murmuró Álvaro tan perplejo como asustado.

Suplicó la misericordia de que el reloj llegase pronto a marcar la hora de salir, pero tardaron tanto en llegar las siete de la mañana como nunca habían tardado, y cada segundo fue un tormento, cada minuto un martirio, cada hora una pena estoicamente sobrellevada. El tiempo carecía de prisas, una milésima solicitaba permiso a otra para transcurrir. Finalmente llegó la demostración patente de que todo pasa y todo llega, y así las agujas del reloj alcanzaron el tiempo de la liberación.

Rosa tenía el desayuno preparado y dispuesto sobre la mesa, como todas las mañanas. Adivinó enseguida, nada más verle, las penurias nocturnas sufridas por su compañero de piso, traía grabado en el rostro el sobresalto y el dolor.

_ Tómate el café y olvídalo todo- dijo sin más preámbulos.

_ No puedo olvidar, es imposible. En ese edificio, muertos y vivos pasean cogidos de la mano, el tiempo se detiene y las pesadillas son eternas. Además, lo percibo, según voy aproximándome al edificio ya sé como van a ir las cosas, lo presiento, es como si yo fuera parte del pasado o del futuro de esa construcción, pero donde no encajo y, eso es seguro, es en el presente. Ése no es mi lugar, o tal vez sea mi sitio pero en todo caso, no mi tiempo. No lo sé, me vuelvo loco por momentos.

Rosa cogió sus manos frías y temblorosas y le habló con extrema suavidad:

_ Debes encontrar una solución, tomar una decisión. Si no puedes trabajar a gusto allí debes dejarlo.

_ No, ya llevo casi cinco meses en ese servicio, debo aguantar, resistiré un poco más, conseguiré soportar seis meses para obtener la renovación del contrato, y una vez firmada la prórroga pediré el traslado o pediré el turno de día.

No se habló más del asunto, las noches siguientes fueron más tranquilas, incluso, en días posteriores, Álvaro se permitió bromear sobre el asunto diciendo:

_ El eclipse alteró a los fantasmas, ahora ya se han calmado.

Transcurrieron calurosos los días y tensas las noches. Pasó la Virgen de la Paloma, y llegó Santa Rosa de Lima, fecha de la onomástica y aniversario del nacimiento de Rosa, todo ello por causa de la antigua tradición de bautizar a los hijos con el nombre del santo del día en que nacieron.

Aquel día, estaba escrito, sería feliz para ambos. Cogieron el día libre en sus respectivos trabajos y se dispusieron a pasarlo juntos, celebrándolo sin grandes alardes pero unidos. El mejor regalo recibido por la chica, llegó hacia las diez de la noche, justo cuando pensaba que ya los había abierto todos.

Estaban en casa después de la cena, charlaban entre risas y copas de champán. Álvaro, bromeaba respecto al signo del zodíaco de su compañera.

_ ¿A qué hora naciste?

_ A las ocho de la tarde.

_ Entonces eres virgo por cuatro horas. La constelación de virgo empieza a las trece horas cincuenta y un minutos del día 23 de agosto. Según la teoría deberías ser intuitiva, creativa, perfeccionista, son características de los nacidos bajo el signo de virgo. Pero en realidad debes de tener un carácter conflictivo, porque reunirás caracteres del signo de leo también, no en vano has nacido en la frontera entre la quinta y la sexta constelación.

_ No creas que a mí me llama mucho la atención el tema del zodíaco, ni el rollo ese de los horóscopos.

_ A mí sí me gusta, cuando me pronostican algo bueno creo en ello a pies juntillas, en cambio, si se trata de algo malo, no me lo creo, además ser supersticioso trae mala suerte.

_ Por cierto, tú ¿qué signo eres?

_ Bueno eso es una larga historia- dijo Álvaro dándose importancia-, te haré un resumen para no aburrirte: Mi madre, en el año 1968, fue muy buena, se portó muy bien y así los Reyes Magos de Oriente le trajeron un buen regalo, el mejor premio que ella podía soñar. Yo. Nací el día seis de enero, así pues soy capricornio.

_ Y ¿ cómo compaginan una virgo casi leo y un capricornio?

_ No lo sé, ni me interesa conocerlo. Sé que tú y yo congeniamos y nos llevaremos siempre bien, porque eres la chica más maravillosa del mundo.

_ Gracias, eso merece un sorbito de cava.

Alzaron las copas, chocaron los finos cristales derramándose unas gotas del líquido ámbar, bebieron con los brazos entrelazados, después, cuando el amargo sabor de las burbujas jugueteaba en el paladar, desenlazaron los brazos y entrelazaron los labios.

Tras el beso separaron sus rostros, quedaron a escasos centímetros, mirándose fijamente, Álvaro dijo:

_ Te quiero Rosa, me he enamorado de ti- Rosa, sonriendo complacida contestó:

_ Ese es el mejor regalo de cumpleaños que podías hacerme.

Álvaro se dejó seducir por la felicidad, sólo al final del día su memoria lo traicionó. Era 23 de agosto, fecha cruel, hoy se cumplían nueve años del dramático accidente.

Reverberaba en sus oídos un rock suave elegante y sensual, el sabor de la sangre mojaba su garganta, el dolor por los amigos perdidos rompía su alma.

Se levantó y se fue al baño, no quería que Rosa le viera llorar.

jueves, 9 de agosto de 2012

Atardece el Mediterraneo.


El primer escalofrío recorrió su espalda al atardecer del mediterráneo.

-Estoy helada, abrázame con toda la fuerza de nuestro cariño, contágiame el calor de nuestro amor.

Rodaron fusionados en un solo cuerpo amontonados en sus arenas. Difuminaron la realidad, detuvieron el tiempo, no hubo nada entre playa y cielo excepto su deseo.

Terminó la canción, concluyó el combate, ambos resultaron ganadores, apenas bajó la marea regresaron a la habitación.

Era necesario fingir escenarios irreales para huir de la rutina matrimonial, mañana, sin salir de casa, viajarán a Groenlandia y contribuirán, con el calor de sus juegos, a que el hielo del pleistoceno se derrita por completo.