lunes, 7 de marzo de 2011

Capítulo XVI: Cuando el grajo vuela tan bajo


Un capítulo más de "La profecía del silencio"

En éste, la cita es de un relato mio, que casualmente no está en mi próximo libro "Recuerdos de lluvia y Cierzo"

La fotografía es de Gerardo, la conmemoración del tercer cumpleaños de la web.










....Se subió al primer tren que pasó por la estación sin importarle cual era su destino. El ignorado destino de aquel tren era Madrid, el suyo estaba escrito, no tenía destino y sólo buscaba un último refugio, la soledad persistente.
Cuando llegó a la capital no buscó trabajo, ni siquiera buscó un hogar o un techo donde cobijarse, no buscó absolutamente nada y en consecuencia, absolutamente nada encontró, se apeó del vagón y se quedó a vivir en la estación. Atocha apeadero le adoptó. Allí fue donde yo le conocí años más tarde. Tendría él unos cincuenta, pero aparentaba quinientos. Todos le llamaban “El Gallego”, Leonardo El Gallego. El Gallego era, lo que podríamos denominar, un pordiosero, aunque yo jamás le vi pedir ni aceptar limosna alguna. El Gallego trabajaba. Se ganaba el sustento ayudando en la papelería ubicada en el vestíbulo de la estación.
Ángel Utrillas. “Soledad persistente”

CAPÍTULO XVI
Cuando el grajo vuela tan bajo
(10- 12- 1999)

Definitivamente madrugar no era lo suyo, o quizá se trataba de trasnochar y madrugar la mezcla que le resultaba tan contraproducente. Subió el cuello de su abrigo pues el frío era intenso y se puso las gafas de sol de espejo, el astro rey, en realidad, brillaba por su ausencia, sin embargo las gafas tenían otra utilidad, ocultar sus ojos enrojecidos, las usaba a modo de tapa vinos, como él mismo las denominaba.
Necesitaba un buen desayuno, café recién hecho para despejar su cerebro y calentar el cuerpo destemplado por el madrugón, pero era una misión imposible encontrar un bar abierto en el barrio, a horas tan intempestivas de la mañana tan sólo funcionaban los kioscos de prensa.
_ Cóbrese el periódico jefe-. Le dijo al vendedor-. Y dígame donde puedo encontrar un bar abierto para desayunar, por favor.
_ En el barrio sólo está abierto el de la esquina con Barquillo, la Taberna del Renco se llama, los demás permanecerán cerrados hasta medio día.
_ Gracias, quédese con el cambio amigo-. Cruzó la calle y se dirigió al lugar indicado.
En efecto, en la confluencia de las calles Fernando VII y Barquillo había un local abierto, pero su rostro en lugar de demostrar complacencia con el hallazgo reflejaba sorprendida decepción. Había reconocido el local, un antro de mala muerte en el cual estuvo una vez, había desayunado allí otro día de temprano despertar y no le pareció una agradable experiencia. Lo pensó dos veces antes de entrar.
_ Quizá la camarera no sea la misma, o puede ser ella y mostrarse de mejor humor. De todos modos siempre será mejor opción soportar las impertinencias de la camarera con un buen desayuno que no conformarse con un vaso tibio de achicoria de la maquina de la oficina -. Tras pensar en voz alta se decidió a entrar y se dirigió directamente a la barra, la camarera estaba atendiendo a otros clientes, era la misma, no se bajó el cuello del abrigo, ni se quitó las gafas de sol, mas si lo hizo por mantener su identidad oculta no consiguió su propósito, Rosa lo conocía demasiado bien para que tan escaso disfraz la confundiera. Abrió el periódico y se refugió en su lectura, percibió los movimientos de la muchacha al otro lado del mostrador, intuyó, husmeando entre la montura de las gafas y su flequillo, la presencia de la chica, mas no se dignó alzar el rostro, mantuvo la barbilla hincada en el pecho y sus pupilas mirando, sin llegar a ver, el texto del diario.
_ Vas a tomar algo o has venido sólo a leer.
Levantó despacio la vista, igual de despacio que el rubor se fue adueñando de sus mejillas hasta poblarlas por completo. Ya se estaba cansando del trato que aquella mujer le dispensaba, con los demás clientes no hacía lo mismo.
_ Aparte de leer tomaré algo, es decir si a ti no te molesta-. Fue la respuesta de Dionisio.
_ Por mí como si te compras un avión de mármol, pero si quieres algo dilo rápido, ni soy adivina ni tengo todo el día.
_ Pues ya tenemos algo en común, yo tampoco soy adivino ni dispongo de mucho tiempo, de todos modos tomaré un café descafeinado con leche desnatada y sacarina, y una tostada con mermelada y mantequilla, por favor.
Rosa le sirvió la consumición sin alacridad y por supuesto sin concederle más comentarios, tampoco Dioni abrió la boca excepto para tomar el desayuno, toda su atención la dedicaba ahora a un artículo del periódico, una importante empresa, uno de los pilares de la economía del país, había sido atacada por una banda de delincuentes que usando la cobarde estrategia del terrorismo postal, habían enviado cartas conteniendo antrax a varios de sus ejecutivos. La catástrofe se evitó por casualidad como se evitan casi todas las catástrofes que se consiguen evitar; en el transcurso de la festividad correspondiente al puente de la Constitución los vigilantes comenzaron a sospechar, todos los paquetes llegaron a última hora de la tarde del jueves anterior al puente, último día laborable de la semana; todos los envíos traían sellos de urgencia y anuncios de entrega inmediata y sin demora, pero ninguno de los directivos de la empresa esperaba recibir nada. Las sospechas crecieron hasta el punto de que el sábado por la mañana el servicio de seguridad avisó a la policía y fue así como los cuerpos de seguridad del Estado descubrieron y desbarataron el peligro. Si en vez de realizarse el sabotaje en el puente de la Constitución se hubiera llevado a cabo más adelante, en el transcurso de las fiestas navideñas cuando el envío de regalos es algo cotidiano, con toda seguridad hubiera tenido éxito pues nadie hubiera desconfiado de paquetería enviada por clientes a directivos de la empresa.
_ Vaya suerte-. Pensó Dionisio en voz alta, tenía una entrevista con Don Alberto a primera hora, ese era el motivo de su madrugón, pero después tendría que pasar una circular a todos los vigilantes y a todos los departamentos para que extremasen las precauciones con el correo, el suceso de el pasado fin de semana no era un hecho aislado, se trataba ya del tercero de esas características en menos de quince días. Guardó el periódico cerrándolo y doblándolo por la mitad y buscó a la camarera para abonar su consumición.
Entonces lo vio, las ideas, las imágenes se sucedieron en su mente con fugaz rapidez, con vertiginosa claridad; fue en ese instante cuando empezó a comprender. Rafael, el sabiondo, el listillo, el vigilante convertido en héroe estaba allí, en un discreto rincón del local, casi oculto pero presente, charlando animadamente con la camarera-. ¿Qué demonios hace aquí este tío?- Pensó, y enseguida él mismo se respondió. Rafael había trabajado en el turno de noche durante todo el puente, acababa de finalizar su jornada y había ido allí tras el trabajo a desayunar. La camarera era su amiga, ¡claro!, por eso a él le trataba con despotismo, ahora la había reconocido, aquella joven era la misma que se desmayó en el entierro del vigilante fallecido durante el servicio, el desprecio que le mostraba podía ser debido a la amistad con Rafael o a que le hacía responsable de la muerte de Álvaro, de su novio.
Llamó la atención de Rosa con un gesto discreto, ella ya se acercaba, sin esperar a que la chica llegara a su altura le pidió con voz atiplada y tono educado:
_ Por favor cóbrate cuando puedas.
Como era de esperar la camarera cogió el dinero sin decir palabra y de igual modo puso el cambio frente al cliente.
_ Aguarda, espera un momento, disculpa, no quiero incomodarte, nunca he sido un buen fisonomista y lo lamento, acabo de reconocerte, me he dado cuenta de quien eres y quiero decirte que yo no tuve la culpa de la muerte de Álvaro, lamento mucho su ausencia, comprendo ahora tu actuación conmigo pero no la merezco y para finalizar quiero añadir que si necesitas algo y yo puedo ayudarte lo haré con mucho gusto.
Rosa permaneció silente ante el discurso de Dionisio, le miraba a los ojos y no obstante no los veía pues sus gafas de sol de espejo le devolvían su propia imagen, impasible, imperturbable; tampoco podía ver los ojos de Rafael pero sentía su mirada expectante clavada en su rostro. Suspiró ante el breve silencio del final de la perorata y dijo:
_ Lo único que puedes hacer por mí es desaparecer de mi vista para siempre.
_ De acuerdo, acepto tu decisión pero te repito que no tuve nada que ver con el trágico suceso de la muerte de Álvaro…
Rosa estaba ya de espaldas y se alejaba dejándole con las palabras en los labios por eso él no finalizó la frase. Dionisio no recogió el cambio, lo dejó de propina, como si unas cuantas e insignificantes monedas pudieran borrar de repente todos sus malos actos. Aún no había salido del local y ya se había olvidado de todo, de Rosa, de Álvaro, de Rafael, tenía asuntos más importantes en mente, la cita con el presidente, la redacción del memorándum para estimular la precaución del personal respecto del trato dispensado al correo, contactar con los directores de seguridad de las empresas atacadas para recibir consejos e intercambiar impresiones, comunicar con los responsables de la lucha anti terrorista de policía y guardia civil para obtener información ... El café cargado no era suficiente para ayudarle a afrontar el duro y largo día de trabajo, necesitaba algo más contundente, necesitaba algo más efectivo, necesitaba algo más... al llegar al edificio iría directamente al cuarto de baño y se metería una rayita.
_ ¿Qué te contaba mi jefe?- Interrogó Rafael a Rosa con curiosidad-. Ha hablado más tiempo contigo esta mañana que conmigo en los últimos meses.
_ Películas Rafa, me contaba películas, pero la que él me contaba yo ya la había visto-. Hizo una pausa antes de confesar-. Por fin me ha reconocido y se lavaba las manos como Pilatos diciéndome que él no tuvo la culpa en la muerte de mi novio.
_ Bueno-. El vigilante se encogió de hombros como siempre-. Eso es cierto, él no provocó el fallecimiento de Álvaro.
_ Es culpable, no por acción pero sí por omisión, él sabe cuanto ocurre en ese maldito convento y no hace nada por arreglar los problemas. Si hablara más con sus trabajadores y menos con los ejecutivos, si se interesara por solventar sus dificultades e intentara ayudarles, buscar soluciones junto a ellos, en definitiva hacerles su labor menos ingrata, todos seríais más felices; si él fuera un buen jefe Álvaro hubiera dejado de prestar servicio en ese edificio con su apoyo y comprensión y en estos momentos continuaría con vida.
_ No sé Rosa, no sé, Álvaro no era de los que se dan por vencidos fácilmente, él no hubiera arrojado la toalla, no hubiera aceptado el traslado a otro centro de trabajo.
_ Nunca lo sabremos con certeza, Dionisio jamás se apeó de su pedestal, nunca se tomó la molestia de dialogar con él ni con nadie y cuando fue Álvaro quien intentó llegar a su altura chocó contra el cristal de su esplendorosa urna, cuando le insinuó la existencia de fenómenos extraños en el edificio se escondió dentro de su concha cerrando los ojos y tapando sus oídos.
_ Eso sí es cierto, Dioni nunca a querido oír una sola palabra sobre el asunto de los fantasmas.
_ Ni de los conflictos laborales de sus vigilantes tampoco, le importa un bledo la injusticia en la elaboración de los cuadrantes de trabajo, le da igual que vuestro sueldo sea ridículo y sus empleados deban matarse haciendo horas extraordinarias para subsistir, le tienen sin cuidado los riesgos laborales y la seguridad de sus hombres, él sólo se preocupa de hacer la pelota a los directivos de la empresa para ocultar su ineptitud y de poner la mano puntualmente a fin de mes.
_ Le conoces bien, no te engaña su sonrisa de conejo inocente ni su cara de no haber roto un plato en su vida.
_ No, no me engaña, al contrario, le creo capaz de cualquier acto perverso, incluso empiezo a considerar que de verdad fuera quien provocó el incendio en la nave de los inmigrantes de Villaverde.
_ Por cierto, viene en el periódico un comentario de ese asunto-. Rafa revolvió entre las páginas del diario hasta encontrar el artículo-. Mira, aquí está, lee.
La policía ha detenido a los integrantes de una banda de extrema derecha conocida como los Dragones Rojos, están acusados de causar la muerte de un mendigo tras una brutal paliza en los alrededores de la estación de Atocha*(1) y además de provocar el incendio que el pasado día 26 acabó con la vida de quince inmigrantes en las naves industriales abandonadas de Villaverde. Los sking heads se confiesan autores de la agresión al mendigo pero inocentes de causar el incendio. La policía baraja otras posibilidades, si no fueron los Dragones Rojos se trataría de un ajuste de cuentas entre bandas rivales por asuntos de tráfico de drogas o por deudas económicas contraídas con las mafias que trasladan a los inmigrantes ilegalmente.

*(1) Nota del autor: A principios del invierno de 1991 un grupo de cabezas rapadas dieron una brutal paliza a un vagabundo en las inmediaciones de la estación de Atocha, el agredido era Leonardo El Gallego, un pobre hombre que nunca hizo daño a nadie. La vida lo maltrató durante años sin piedad, aquellos locos lo maltrataron durante unos minutos sin motivo. Era un indefenso mendigo, era una buena persona, era mi amigo.

_ Yo creo que fue él-. Dijo Rosa tras leer el artículo-. Y además pienso que lo hizo por diversión y no por xenofobia, por sentir superioridad y poder.
Rafael calló. Un cliente impaciente reclamó la presencia de Rosa al otro extremo de la barra y eso extinguió la conversación de forma definitiva, mas las palabras de la camarera flotaron incomodas en la mente del vigilante durante mucho tiempo sin encontrar rincón donde ubicarse, ni camino hacia el olvido.
La entrevista de Dionisio con don Alberto fue breve, casi rutinaria, el asunto principal tratado fue la preocupación del jefe de seguridad por extremar las precauciones contra posibles atentados terroristas, sobre todo mediante envíos postales; debatieron sobre el éxito obtenido en cuanto a la discreción sobre la participación de Rafael en la detención del comando terrorista, pues había pasado casi desapercibido; discutieron, eso sí, sobre algunos problemas que el plan de protección nuevo había causado a los trabajadores del edificio, pues las quejas se multiplicaban, ese momento lo aprovechó Dionisio para cargar con un nutrido haz de culpa la fornida espalda de Rafael y solicitar su relevo del servicio. Don Alberto, como siempre, no entró al trapo. Ubicado en la agridulce soledad del despacho se sentó frente al ordenador, debía elaborar un memorándum alertando al servicio de seguridad y a los empleados del edificio sobre la importancia del correcto tratamiento del correo. Comenzó a golpear con sus dedos el teclado.
Es un hecho por todos conocido que en los últimos tiempos se están produciendo sabotajes terroristas contra diferentes empresas del país, principalmente por medio de envíos postales. Tenemos conocimiento de tres atentados en los últimos quince días. La oleada de atentados no está dirigida contra un tipo especifico de empresa, cualquier firma de cualquier punto del país puede ser objeto de un ataque, nuestra empresa no está exenta de ese riesgo, por tanto como responsable de seguridad es mi deber recordar a todo el personal adscrito a este centro de trabajo la necesidad de extremar la precaución con el correo. Cualquier envío no esperado sospechoso o irregular lo devolveremos al servicio de seguridad para un nuevo control. No se abrirá ningún paquete o sobre si carece del sello de seguridad indicando CORREO REVISADO. Si recibimos algún envío careciendo de esta indicación de CORREO REVISADO lo pondremos de inmediato en manos del servicio de seguridad para su correspondiente revisión. Ante cualquier duda no debemos arriesgarnos y nos pondremos en contacto con el departamento de seguridad.
Lo leyó y lo releyó, corrigió algunas faltas de ortografía y cambió las frases y palabras que no le gustaban, luego lo imprimió, sólo faltaba hacer las copias y enviar una a cada departamento. A medio día todos los trabajadores del edificio pudieron leer el documento. Rafael no, no pudo leerlo por que aquél era su día libre, había salido de realizar el turno de noche a las siete de la mañana, descansaba la jornada completa y volvía a entrar de servicio al día siguiente a las siete de la tarde, otra vez de noche, y con sólo un día de descanso. Esa fue una de las razones por las cuales decidió no acostarse y emplear el día en algo de provecho, sin embargo le hubiera dado el mediodía en la Taberna del Renco, se encontraba a gusto allí, leyendo el periódico, tomando café y comentando con Rosa las noticias del diario.
_ ¿Qué pasa Rafa, te vas a quedar conmigo todo el día?- Preguntó Rosa-. Compréndeme, no me interpretes mal, no me molestas, pero supongo que deberías irte a descansar, no estaría mal dormir un poco.
_ No, no voy a dormir, ni tampoco a permanecer aquí toda la mañana, me voy a ir yendo ya, tengo cosas por hacer, ya sabes tareas pendientes.
_ No ha sido mi intención echarte.
_ Ya lo sé, pero tienes toda la razón, como siempre, debo irme o al final no haré nada, como casi siempre, por cierto, ¿qué hora es ya?
_ Las nueve y media.
_ ¿Ya llevo aquí dos horas? ¡Cómo pasa el tiempo!, bueno me marcho, pasado mañana te veré, ya sabes, a desayunar después del trabajo.
_ Muy bien, pues hasta pasado mañana entonces.
El cielo se había cubierto de celajes y las nubes amenazaban con derramar su lluvia sobre la ciudad. Rafael se abrochó el abrigo y subió la solapa del cuello con gesto de disgusto, no le gustaba la lluvia, todo lo contrario, se deprimía ostensiblemente en los días grises.
_ ¡Vaya!, hoy que debo pasar la mañana por la calle caminando de un lado a otro amenaza lluvia.
Comenzó a caminar con paso decidido en dirección a la Plaza de las Salesas, en la escalinata de acceso a la iglesia de Santa Bárbara había una mujer acurrucada entre dos peldaños, encogida por causa del frío, mendigando una limosna, a Rafael le resultó conocido aquel rostro semi oculto, aquel cabello largo, negro y rizado cayendo desordenado por la cara... Se detuvo y observó con mayor atención, con curiosidad.
_ Claro, ése es el abrigo viejo de Rosa y esa chica es Candelaria -. Una sonrisa se dibujó en su rostro y se acercó despacio, rebuscando entre sus bolsillos, tratando de reunir unas monedas, depositó la calderilla en el recipiente que a tal fin había dispuesto Candelaria un escalón más arriba del cual ella ocupaba.
_ Gracias-. Murmuró y sonrió alzando cansada la vista hacia el caritativo y anónimo donante.
_ Hola Candelaria-, saludó Rafael con una amplia sonrisa en sus labios -, ¿te acuerdas de mí?
_ Sí, me acuerdo, son muy pocas las personas que me han prestado ayuda y por tanto es muy sencillo recordarlas a todas-. Respondió la joven dominicana poniéndose en pie.
_ Y, ¿cómo te trata la vida?
_ Bien-, respondió la chica encogiéndose de hombros en un gesto que a Rafael le resultó familiar y propio-, aunque podría ir mejor. Llamé al teléfono que me diste, fueron muy amables, me han dicho que cuando comience a trabajar lleve una copia del contrato, van a intentar conseguirme el permiso de residencia.
_ Me alegro mucho, y ¿cómo fue la entrevista de trabajo?, ¿te dieron el empleo?
_ Sí, cuando me recupere de mis lesiones empezaré a trabajar-. Adujo Candelaria señalando con resignación su brazo y su tobillo lastimados-. No es gran cosa, pero no tengo nada mejor, el sueldo no es muy alto pero para mí sola será suficiente, además no tendré que buscar un hogar, viviré en un piso propiedad de la empresa junto con otras compañeras.
_ Pero el alquiler será elevado-. Afirmó más que interrogó el vigilante, adivinando una cláusula abusiva en el contrato.
_ Sí, 25000 pesetas, pero es preferible vivir en un piso con compañeras de trabajo a estar instalada en una nave abandonada rodeada de gente extraña y expuesta a cualquier peligro.
_ Y ahora ¿dónde vives?
_ Voy a comer y a dormir a un albergue, tampoco es gran cosa pero es gratuito y para una corta temporada está bien.
_ Y ¿aquí que tal, son caritativos los feligreses?
_ Bueno no mucho-, confesó la joven encogiéndose de nuevo de hombros plagiando el típico movimiento de Rafael-, vengo todos los días a la misa de las diez, la gente que asiste a esa ceremonia viste ropas de calidad, parecen acomodados, casi ricos, pero mi recaudación es más bien escasa, hay días que el párroco es el único que me da algo, sin embargo a las once cambio estratégicamente de posición, me voy a la misa de la iglesia de San Antón, allí asisten amas de casa con sus carritos a cuestas para luego ir a la compra, personas mayores ya jubiladas, gente con menos posibilidades económicas, y es ahí donde más recaudo, o las apariencias engañan o quien más tiene es precisamente quien menos da.
_ Ambas apreciaciones son correctas querida amiga.
_ De todos modos juntando ambas colectas consigo para el desayuno y la cena que no puedo hacerlas en el albergue, incluso voy ahorrando, con un poco de suerte la semana próxima podré comprar algo de ropa.
Rafael la miró de arriba abajo y pudo apreciar que bajo el abrigo que Rosa le diera había un pantalón negro y un jersey claro.
_ Pero ropa ya has conseguido, no llevas la misma del otro día-, comentó el vigilante tras su indiscreta observación.
_ Sí bueno tengo un par de pantalones, este sweater y una camisa de felpa que me da un aspecto horrible y me hace parecer un hombre, me lo consiguió el párroco de Santa Bárbara, es bueno conmigo, aunque creo que se preocupa más por la discreción y decencia de mi indumentaria que por ahorrarme el frío.
_ Oye por cierto, estoy recordando una cosa, tengo en casa algo de ropa vieja, son casi todo prendas que se me han quedado pequeñas, quizá puedas aprovechar alguna pieza, tengo una idea, pásate esta tarde por mi casa, le echas un vistazo, te llevas lo que te resulte útil y de paso te invito a cenar.
_ No sé-. Respondió Candelaria ante la inesperada invitación-, lo de quedarme la ropa no me parece mal suponiendo que sea cierto que te vas a deshacer de ella, pero lo de la cena ya me parece excesivo, me da la sensación de estar abusando de tu generosidad.
_ ¡Ah no!, de ninguna manera, mira, la ropa está ya preparada y guardada en bolsas para llevarla a alguna organización no gubernamental, en cuanto al asunto de la cena, de todos modos debo cocinar para mí, y una vez metido en la cocina lo mismo da preparar comida para uno que para dos, además me harás un favor, yo siempre como y ceno en soledad, un poco de compañía me vendrá muy bien.
_ No sé, no quisiera molestar, aunque me vendría muy bien ahorrarme el dinero de la cena.
_ No será ninguna molestia, todo lo contrario, será un honor para mí tenerte como invitada, así que no se hable más.
_ De acuerdo, ¿dónde debo ir y a qué hora?
_ Sobre las siete si te parece bien, toma ésta es mi dirección-, escribió su nombre completo y sus señas en un pedazo de papel arrugado y se lo dio a la joven añadiendo-, bueno te dejo ya, me da la sensación de que espanto a tus clientes, nos vemos esta tarde.
_ Hasta luego-, se despidió Candelaria cuando Rafael ya caminaba alejándose; de repente se giró hacia ella diciendo a grandes voces:
_ ¿Quieres algún menú especial para la cena?
_ No por favor, no te molestes, nada de especial, cualquier cosa, lo que tuvieras previsto para ti.
_ Está bien, entonces será una cena típica de España.
Se subió al primer tren que pasó por la estación sin importarle cual era su destino. El ignorado destino de aquel tren era Madrid, el suyo estaba escrito, no tenía destino y sólo buscaba un último refugio, la soledad persistente. A las siete en punto de la tarde sonó el timbre del portero automático del portal de Rafael y cuatro minutos más tarde el de la puerta de su domicilio.
_ Adelante-, invitó tras descubrir a Candelaria en el descansillo de la escalera-, has sido muy puntual.
_ Es lo menos que puede hacer un invitado, ser puntual y no hacer esperar a su anfitrión.
_ La ropa está aquí-, señaló una puerta cerrada-, es mi habitación-, añadió abriendo y dando al interruptor de la luz, seguidamente puso cuatro bolsas de plástico sobre la cama-, puedes probarte la ropa y lo que no te interese lo devuelves a la bolsa, no tengas prisa, tómate el tiempo que precises, yo mientras tanto voy a preparar la mesa y la cena, si necesitas algo no dudes en llamarme.
_ De acuerdo gracias-, dijo Candelaria con infinita timidez y no menos gratitud. Rafael salió de la habitación cerrando la puerta tras su estela.
Candelaria seleccionó algunas prendas de una bolsa y comenzó a quitarse sus humildes vestiduras, las cuales cuidadosamente dobladas quedaban sobre la cama de Rafael; se percibían, tenues, las notas de una canción, y como ruido de fondo el sonido de cacerolas y platos que de cuando en cuando se golpeaban.
Rafael se esmeraba en la cocina, quería que la cena fuera un éxito; no iba a ser nada lujoso ni sofisticado pero deseaba que resultara especial. Cortó unas patatas en dados y las puso a freír; las sacó de la sartén un poco antes de que estuvieran hechas por completo; en otro recipiente limpio y sin aceite puso cuatro chorizos y lo colocó en el fuego, de este modo se hicieron en su propia grasa, los sacó y troceó y sobre la manteca sobrante frió unos trozos de panceta que luego cortó en tiras finas; reunió las patatas, las rodajas de chorizo y las tiras de panceta en la primera sartén y lo terminó de cocinar todo junto para mezclar sabores; unos huevos fritos recién hechos completarían el menú, una cena un poco pesada pero sabrosa. Como colofón se disponía a buscar una botella de vino, se trataba de encontrar un caldo apropiado, no demasiado ostentoso como si se tratara de una celebración pero tampoco demasiado flojo como para estropear la cena; eligió un reserva con denominación de origen de Cariñena muy sabroso, apropiado para las características de los platos a degustar. No había comenzado a descorchar la botella cuando Candelaria irrumpió en la cocina.
_ ¿Qué te parece mi aspecto?- Interrogó mirándose a sí misma.
Llevaba un pantalón negro que le quedaba demasiado grande y una camisa blanca que con gran habilidad y no sin esfuerzo había conseguido ceñir a su cuerpo.
_ La camisa te queda perfecta pero el pantalón, no sé, me da la sensación de que sobra algo de tela.
Sus caderas estrechas parecían estrecharse más aún dentro de aquel atuendo estrafalario, el color blanco inmaculado de la camisa oscurecía más aún su oscuro pelo ondulado y sobre todo su suave piel. Bajo la camisa semi abierta no llevaba sujetador y sus senos redondos se advertían o se intuían o se vislumbraban, no dejaba de ser la característica e inconfundible figura de una mujer vestida de hombre, pero estaba preciosa. Estaba bella porque era bella.
_ Creo poder arreglarlo y convertirlo en un pantalón cercano a mi talla-. Dijo tirando con ambas manos de la cintura de la prenda hacia arriba y ajustándolo a su cuerpo delgado y frágil. Resultaba elegante y seductora a la vez, su cabellera negra voló libre sobre los hombros y sus largos brazos golpearon sus caderas en un gesto de duda.
_ Sí, quizá puedas arreglarlo-, dijo Rafael tratando de despejar las inquietudes de la joven-, si lo logras estarás muy elegante-. Ella sonrió y preguntó sin rodeos:
_ Entonces ¿me lo quedo?
_ Por supuesto, quédatelo, si no consigues adecuarlo a tus gustos no hay problema, para tirarlo siempre hay tiempo.
Dio media vuelta y se fue, su melena volvió a navegar a cámara lenta en el aire de la habitación, iba descalza, por eso no la había escuchado al llegar.
_ Hasta sus tobillos y sus pies son perfectos-. Pensó Rafael mientras a duras penas recordó que debía apagar el vino y abrir el fuego; o mejor dicho al revés, apagar el fuego y abrir el vino.
No encontró ningún sacacorchos en los cajones, desventajas típicas de las cocinas donde reinaba un hombre solo, y sin embargo tenía uno, ¿dónde estaría?. Lo recordó, se encontraba dentro de la mochila del trabajo y estaba allí porque en alguna ocasión se llevaba una botella de vino para acompañar a la cena y también alguna vez hubo de traer de nuevo la botella intacta a casa por no tener instrumento alguno para abrirla. La mochila estaba en su habitación, y en ella se encontraba ahora Candelaria cambiándose, presumiblemente desnuda o a medio vestir; por tanto debería esperar, no quería incordiar a la chica, aunque a él le gustaba abrir el vino unos momentos antes de tomarlo para que se oxigenase. Indeciso bajo el quicio de la puerta lanzó una mirada en dirección a su habitación, la puerta no estaba cerrada del todo, se hallaba entornada ligeramente dejando una rendija abierta, tal vez eso indicaba que Candelaria ya había finalizado sus pruebas y se había vestido; se dirigió hacia allí despacio tratando de percibir algún sonido que le indicase cual era la situación; iba a golpear la puerta con sus nudillos cuando la pequeña rendija creció de modo accidental por alguna inoportuna corriente de aire y se convirtió en indiscreta apertura; a través de ella Rafa vio a la mujer. Se había despojado de los pantalones y la camisa y rebuscaba entre las prendas del interior de una gran bolsa como si estuviera en un tenderete de un mercadillo callejero; estaba casi desnuda en la tranquila intimidad de una habitación clausurada. La débil luz de la lámpara de noche apenas conseguía iluminar la dulce piel oscura de su espalda. Rafael quiso retroceder y marcharse, mas no podía retirar los ojos de la anfractuosidad de aquel cuerpo, no conseguía, por más que lo intentaba, alejarse de la ambigua oscuridad sensual del otro lado de la puerta.
Candelaria eligió otra prenda e introdujo sus largas piernas de ébano en otro pantalón, luego una camisa azul celeste apenas cubrió sus senos por unos momentos. Rafael se sintió ridículo espiando tras la puerta como un adolescente imberbe y golpeó con su mano diestra en la madera diciendo:
_ Candelaria disculpa la interrupción, necesito coger un sacacorchos de mi mochila.
_ Entra-. Autorizó la joven-, estoy vestida-, y a la vez que terminaba la frase terminaba también de cerrar la camisa sobre su pecho-. Mira, este pantalón me queda mucho mejor, ¿no es cierto?, y esta otra camisa también me gusta mucho, aunque le falta algún botón-. Añadió una sonrisa a la frase e hizo un gesto tratando de minimizar el exagerado escote.
_ Sí este conjunto es más cercano a tu talla, aunque debo reconocer que el otro era más elegante-. Dijo Rafa algo azorado y tratando de disimular un repentino rubor. Cogió el sacacorchos de la mochila y añadió-. Esto es lo que buscaba, ya no te interrumpo más, te lo prometo-. Salió de la habitación con excesiva celeridad y tras de sí cerró la puerta por completo; como no se había atrevido a volver a mirar a la mujer no pudo ver su sonrisa almibarada y llena de simpatía, amabilidad y gratitud.
La cena fue un éxito, la velada resultó corta pero agradable. Candelaria tenía dos grandes problemas para sintonizar con la gente, uno era su impulsiva agresividad, siempre se hallaba a la defensiva, y no era extraño en una persona a la cual la vida casi nunca le había mostrado su cara amable; otra dificultad era su extremada timidez, a pesar de su disfraz de mujer ligera y su oficio de hetaira, su apocamiento en ocasiones rozaba la cobardía. Superado el blindaje de esas barreras tanto por ella misma como por la persona con quien se relacionaba, aparecía la verdadera Candelaria, una mujer simpática, agradable, dulce, inteligente a pesar del bajo nivel cultural al cual había tenido acceso, pero sobre todo era alegre, transmitía jovialidad y ganas de vivir y casi nunca dejaba de sonreír.
Se encontraba cómoda junto a Rafael allí en su casa, no obstante tuvo que irse pronto, debía llegar al albergue donde dormía dentro del horario establecido, si cerraban antes de su llegada se quedaría en la calle toda la noche, por lo tanto emprendió su camino de regreso como si de Cenicienta se tratara. Se marchó cargando con dos grandes bolsas de plástico repletas de prendas que desprendían un urente olor a alcanfor mezclado con perfume masculino.
Rafael se quedó solo y además se sintió solo cuando Candelaria se fue, recogió la vajilla utilizada en la cena con parsimonia, ordenó la cocina casi con desdén y cuando por fin se sentó en el salón frente a la televisión percibió añoranza, la melancolía que la ausencia de Candelaria había provocado; su vida quedó de nuevo reducida a su habitual soliloquio, en su piso estaba él y el monótono parloteo del presentador de la última edición de los informativos. Quiso ahuyentar sus pensamientos, aventar el conato de depresión que asomaba a su corazón y se fue a dormir. Solo quedó el locutor, informando a las paredes de los últimos sucesos de la jornada, a Rafael le pareció escuchar la palabra ántrax procedente del aparato, sin embargo el había decidido ignorar al resto del mundo. Y si bien en el salón habitaba la soledad por la ausencia de Candelaria en la habitación reinaba la soledad por su presencia. Su perfume flotaba en libertad por el cuarto, su silueta había quedado reflejada en el espejo, se percibían los suaves movimientos de su cuerpo casi desnudo por encima de la densidad del aire, se palpaba su belleza en la penumbra, incluso había algunos cabellos negros largos y rizados sobre el cobertor.
Pasó la noche sumergido en un incómodo duermevela, apenas cerraba los ojos aparecía Candelaria, su ingenua mirada no exenta de candidez, el contraste sensual de sus labios carnosos mojados por el vino, su pelo negro ondulándose por la nuca, por la espalda, sus hombros color caoba, la tersa piel del cuello, la camisa demasiado abierta, su torso sin blusa, los senos redondos, su vientre liso, las largas piernas, el movimiento ondulatorio de sus caderas, otra vez su cabello, sus mejillas....
Despertaba y se volvía a dormir y se volvía a despertar. Abría los ojos y la veía, cerraba los ojos y la continuaba viendo; ora vestida, cabello, labios, cuello; ora desnuda, piernas, muslos, senos; y él oculto, extasiado en la contemplación, perverso pero tierno y sensible, un tanto canalla, agitado y fascinado. Se dormía y se despertaba y se volvía a dormir, ocultaba su cabeza bajo las sábanas y sin embargo la oía, la oía reír, la oía hablar, la oía respirar y percibía el leve movimiento de su pecho al inhalar, al exhalar; aunque no quisiera allí estaba Candelaria, sentada en el borde de la cama, de pie junto a la ventana, de perfil frente al espejo observando su propia silueta en la ambigua oscuridad de la habitación con la dulce y ambigua oscuridad de su piel.
Se despertó, o quizá nunca se había dormido, le dolía la cabeza, le dolía el corazón, le dolía tanta confusión. ¿A qué se debía aquella repentina obsesión?
_ ¿Qué magia negra has usado conmigo y qué debo hacer para conjurar el hechizo?
Estaba solo, demasiado solo y desde hacía demasiado tiempo y tal vez aquella soledad persistente lo arrojaba a soñar y a enamorarse de la primera mujer bella que cruzaba por delante de su vida.

jueves, 3 de marzo de 2011

Juego de seducción




Os dejo tres microrelatos que han tenido el mismo desenlace de siempre. Por cierto, eel que ha ganado esta semana se parece mucho a uno que envié yo hará un mes, con la diferencia de que el mio no obtuvo reconocimiento.
Pero hablemos de los tres que os presento.
El primero, Ecologista de pacotilla, se lo debo a mi amigo Javier, también, como yo, concursante frustrado. De un comentario suyo nació este relato que yo creo gracioso, por tanto, gracias Javier.
El segundo, "Bastardo recalcitrante e impenitente" es el resumen de un proyecto, no adelanto más, pero de aquí puede que nazca una novela.
El último es el mejor, o el que presenté más en serio, "Juego de seducción" tiene detalles y no los voy a contar, espero a que los descubráis y si os parece los comentéis.
Para finalizar, la fotografía. Hoy muy especial. Es la portada de mi nuevo libro que se publicará en breve; se la debo, como casi todas las fotografías que uso ultimamente en el blog, a mi querida y admirada amiga Sofía. Gracias Sofía por tu "Candela".
Del nuevo libro, hablaremos más adelante, hoy he venido a hablar de mis relatos.





ECOLOGISTA DE PACOTILLA

_ ¿Por qué me mira así? Como si no me conociera, como si me conociera demasiado.
Me molesta su mirada hosca, su silencio plagado de reproches. Me molesta la minifalda descarada y los burdos faldones. Siempre con las sandalias de franciscano, y si no lleva ese sayal, luce pantalones tan holgados que parecen un saco; un saco de huesos de esmirriada que está.
_ Cariño, el algarrobo centenario que podaste era el árbol favorito de tu hija.
_ Porque no tiene que podarlo ni barrer su porquería. Ecologista de pacotilla, ¡limpia el jardín de hojas perennes antes de que caduquen y deja de mirarme como a un asesino!





BASTARDO RECALCITRANTE E IMPENITENTE

¿Por qué me mira así? Sí podría declararme inocente. ¿Usted cree que hay derecho? hacía la vida imposible a su familia. Se ausentaba una semana dejándolos sin dinero, ni comida. Y volvía por pura necesidad sexual, no por interés paternal, como si fuera al burdel de gratis y no a su hogar. Un bastardo recalcitrante e impenitente con todas las letras. Alegaba que no los maltrataba, ¡lo único que les faltaba! ¿Qué habría hecho usted si hubiera sido su hija? Claro, es juez, acudir a la justicia; yo en cambio era parte, testigo de la injusticia, y ustedes que son justicia han venido a mí.





JUEGO DE SEDUCCIÓN


¿Por qué me mira así? Sus pupilas clavadas en mí cuerpo memorizan cada centímetro de mi ser. Los últimos rayos de sol que preceden al crepúsculo iluminan mis ojos negros. Continúa mirándome en silencio. Permanezco inmóvil, tengo miedo pero siento excitación; deseo que se acerque, así es el juego.

El instante ineludible llega de improviso, se mueve bruscamente, como si quisiera, como si pudiera sorprenderme. Se abalanza sobre mí. No es mi primera vez, sé que ha llegado el momento; alza su mano diestra, cuando está a punto de rozarme, escapo, agito mis alas y tras un leve zumbido me poso en otro rincón.

jueves, 17 de febrero de 2011

ELLA, RECUERDO NEBULOSO










ELLA RECUERDO NEBULOSO



Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa ni en ningún sitio, es apenas un recuerdo nebuloso.
A veces, cuando llego, todavía encuentro las sábanas calientes, otras me conformo con su perfume en el ascensor. Si tenemos que contarnos algo nos dejamos notas: un te añoro en el espejo, un compra el pan en la entrada, un llamó tu madre junto al teléfono, un te quiero en la nevera.
Ayer terminé temprano el trabajo, la encontré en el pasillo, la abrace apasionado, le di el mejor de mis besos y cuando iba a empezar a desnudarla me di cuenta.
No era ella. ¿Cuánto tiempo llevaré equivocándome de casa?





EFECTO RETARDADO

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa. Hace ya una semana que no le veo. Todo está recogido, el jabón en su sitio, las zapatillas en el zapatero, su ropa interior limpia y colocada, el mando del televisor en mi lado del sofá.
La situación es cuando menos extraña; hay dos posibilidades: o se ha dado cuenta de que tengo un amante y quiere conquistarme, enamorarme de nuevo, iluso; o tenía razón el farmacéutico cuando dijo que los polvos eran de efecto retardado y tardarían unos días en hacer efecto.
Al final será cierto que las ratas nunca mueren donde comen el veneno.

lunes, 14 de febrero de 2011

CAPÍTULO XV: El teatral incendio del palacio



En la fotografía el hallazgo del cadaver del Conde de Villamediana.
La cita de este capítulo es un poema suyo.
El incendio del palacio de Aranjuez un suceso histórico, algunos le acusaron de haberlo provocado para poder salvar a la reina, con la que mantenía una relación muy especial.
Todo esto y más dentro de este capítulo.






Silencio, en tu sepulcro deposito
ronca voz, pluma ciega y triste mano,
para que mi dolor no cante en vano
al viento dado y en la arena escrito.
Tumba y muerte de olvido solicito,
aunque de avisos más que de años cano,
donde hoy más que a la razón me allano,
y al tiempo le daré cuanto me quito.
Limitaré deseos y esperanzas,
y en el orbe de un claro desengaño
márgenes pondré breves a mi vida,
para que no me venzan asechanzas
de quien intenta procurar mi daño
y ocasionó tan próvida huida.
Juan de Tassis Conde de Villamediana. “Silencio”

CAPÍTULO XV
El teatral incendio del palacio.
(2-11-1625)

Poeta, dramaturgo, diestro alanceador de toros, excelente jinete, mujeriego, jugador y casi siempre ganador. Todas estas eran las virtudes de un joven alto y delgado cuyo aspecto de estantigua no mermaba su atractivo general. Don Juan de Tassis y Peralta conde de Villamediana iba ostentosamente vestido aunque en verdad esa era la forma en que siempre se exhibía, aún así, de su atuendo destacaba un collar que pendía de su pecho y que estaba fabricado con reales, que decían sus enemigos y cuantos lo envidiaban, procedían de las ganancias que había tenido en el juego. En el centro del colgante había un medallón en el cual se leía su divisa: Son mis amores reales.
Experto jinete, mujeriego, jugador, engolado, presuntuoso y radiante de poder. Estas eran las cualidades de un caballero ágil a pesar de su gran envergadura, melena oscura cuyo pelo lacio escapaba al rigor del sombrero negro de ala ancha, bigote engomado, espectacular y muy rizado en sus extremos al estilo de los más fieros soldados, ligera barba que ocultaba en parte el rostro serio, se adivinaban dotes de gobierno en cada uno de sus gestos, en toda su forma de actuar. Don Gaspar de Guzmán conde duque de Olivares y valido del Rey de las Españas hablaba con la total impunidad que otorga el ilimitado poder:
_ Sois demasiado osado Conde-, le decía a don Juan de Tassis quien tampoco se amedrentaba fácilmente ni se dejaba impresionar por la palabra-, el Rey ha oído hablar de ese collar que lucís con desparpajo, sin embargo cuando lo vea quizá su enfado se torne superlativo.
_ Y ¿por qué, si puede saberse, iba a enfadarse el Rey?, ésta es mi divisa y este collar es mi amuleto.
_ No os hagáis el tonto conmigo, ni tampoco os excedáis de listo, son mis amores reales vais proclamando a los cuatro vientos, anunciáis sin pudor vuestro amor por la reina o como mal menor vuestro amor por otra dama momentáneo capricho del monarca.
_ Os equivocáis querido Olivares de medio a medio, lo que se proclama en este medallón es mi amor por los reales, por los dineros y monedas, es el vil metal lo que yo adoro, todo lo demás son habladurías inventadas por mis enemigos. De todos modos un asunto sí debo admitir: me siento atraído por Francisca de Tavera y diría sin miedo a equivocarme ni a mentir que ella me corresponde. Debo añadir que la belleza de la citada dama no tiene parangón con la exuberante belleza de nuestra amada Reina, por tanto dudo que el Monarca se muestre interesado en el asunto ni tenga ojos para ella.
_ Quizá sí los tenga-. Adujo Olivares escueto y tajante.
_ Pues en verdad os digo que ya sería excesivo afán amatorio, puesto que por quien sí pierde los vientos es por la actriz María Calderón que él mismo ordenó representara la obra de teatro, la Calderona actuará por la tarde-, guiñó un ojo en gesto de complicidad al valido-, y por la noche seguramente representará otra función.
_ Eso a vos no os incumbe.
_ Razón tenéis, no me incumbe y me importa un ardite, mas sí me interesa lo referente a la otra dama. El Rey no debe sumar tantas conquistas, con su legítima esposa y la actriz yo diría que está servido, y así, dejaría algo para el resto de la corte. Yo amaré a Francisca si ella quiere por mí ser amada.
_ Haced lo que se os antoje, pero insisto en mi advertencia, sois muy osado, rival muy alto habéis buscado y algunas afrentas se terminan pagando caras.
Se despidieron sin palabras, con un simple gesto de tocar con sus dedos el ala del sombrero y sin dejar de mirarse fijamente a los ojos. Olivares se dirigió al interior del palacio para ver al rey, el de Villamediana se encaminó hacia los jardines lugar en el cual se había instalado el corral de comedias donde se iba a representar su obra.
Todo estaba preparado, el escenario enfrente de la puerta de entrada como era costumbre en el corral de la cruz y en el corral de comedias del Buen Retiro, los vestuarios y tramoyas tras el escenario, los escotillones perfectamente disimulados para la entrada y salida de los actores. Frente al escenario, el patio, donde se situarían los espectadores más pudientes, aquellos que pudieran pagar cinco reales por una entrada, la cazuela donde se sentarían las damas encima del patio, el palco de los reyes en lugar de privilegio a la izquierda del escenario y algunos aposentos a la diestra para los nobles que quisieran ir con sus familias a quince reales por habitación. Los mosqueteros verían la función de pie, detrás del patio, a un real por barba y muchos se quedarían sin entrar y sin ver nada pero irían a alcahuetar o a vender pastas de huevo o a apropiarse de bolsas mal cuidadas... Esta tarde a la hora convenida daría comienzo la función, el éxito estaba prácticamente garantizado y una vez obtenido podría disfrutar de su momento, una cena de gala que los reyes darían en su honor y donde se proporcionaría un baño de multitudes y después del banquete llegaría el momento estelar de la jornada, el instante soñado de yacer con su amada.
Satisfecho y con el rostro radiante como su medallón salió del corral de comedias oyendo ya los aplausos y vítores que su obra provocaría en el público. Se encaminó sin dejar de sonreír hacia la ribera del río, allí en el pequeño y discreto embarcadero tenía una cita que no le interesaba perder. Le quedaban unos cabos por atar antes de relajarse por completo y dedicarse por entero a disfrutar de día tan maravilloso.
Entre tanto Olivares también tenía una cita y para celebrarla accedió al salón donde se hallaban el rey y la reina. Isabel de Borbón, cuyas desavenencias con el valido eran tan abundantes como notorias, se puso en pie para dejar solo al rey con su hombre de confianza, sin embargo Felipe IV no estaba por la labor de trabajar demasiado y con un gesto de su mano diestra detuvo la retirada de su esposa.
_ No os marchéis, estamos en Aranjuez con motivo de fiesta y descanso, no creo que los asuntos que trae el Conde Duque nos ocupen mucho tiempo.
Tres o cuatro asuntos trataron sin más demora ni demasiada dedicación, tan aburrida estaba ya la reina de la conferencia como el propio monarca cuando Olivares llegó al último punto que él consideraba un asunto menor pero que por el contrario sabía que al rey iba a causar disgusto.
_ Se empieza a rumorear que estáis gastando demasiado en festejos, majestad, los fuegos artificiales de la pasada semana subieron la cifra de gastos en casi cuatro mil ducados y el pueblo está descontento con el despilfarro al igual que algunos nobles.
La reina que hasta entonces no había hecho sino bostezar y no mostraba ningún interés por la conversación intervino por vez primera.
_ Querido esposo yo también creo que nos estamos excediendo, cuatro mil ducados en artificios son demasiados hasta para el Rey de las Españas, sobre todo si parte del pueblo pasa hambre todos los días.
_ Las mujeres deben dedicarse a parir y asegurar la sucesión en el trono de sus esposos, los asuntos de gobierno y de estado es mejor que los resuelvan los hombres-. Espetó Olivares misógino y déspota.
La Reina se levanto airada y dando la espalda a ambos y sin respetar ningún protocolo se dispuso a abandonar la sala.
_ ¡Aguardad!- Ordenó el Rey.
_ No-. Respondió la Reina desobedeciendo la orden-. Podéis dejar el gobierno de la patria en manos de este mequetrefe, también podéis permitir que insulte a vuestra esposa pero no podréis obligarme a que yo esté presente-, y dicho esto abandonó el salón sin mirarlos seguida de sus damas.
_ Os habéis excedido una vez más Olivares, deberéis pedir disculpas a la reina por vuestras palabras.
_ No estoy de acuerdo, pero si vos lo ordenáis y ése es vuestro deseo así será majestad.
_ Hacedlo y procurad ser humilde y convincente cuando mostréis vuestro arrepentimiento, y ahora olvidemos el incidente y decidme ¿quiénes son los nobles que están molestos?
_ No lo sé majestad, son rumores, sin embargo ya hay unos versos del conde de Villamediana que se murmuran demasiado en los corrillos.
_ El conde de Villamediana otra vez, está empezando a resultar incómodo nuestro poeta, y ¿qué dicen esos versos si puede saberse?
_ Leedlos vos mismo-, dijo Olivares tendiendo un pergamino al rey-, aquí los tenéis.
La composición apenas la formaban cuatro líneas pero bastaron para encolerizar al cuarto Felipe.
Señores yo me consumo / ¿Hay tan grande maravilla?/ ¡Qué haya gastado la villa / más de tres mil ducados en humo!
_ ¡Maldito sea el Conde! ¿Qué habéis averiguado del collar de reales y el medallón?
_ Es como nos habían comunicado, un collar hecho de monedas y en el centro un medallón que dice son mis amores reales. Él alega que se refiere únicamente a su amor por el dinero...
_ Son mis amores reales ¿conque sí eh? Pues yo se los haré cuartos. Ordenadle que se lo quite en nombre del Rey y dad aviso a la guardia para que lo detengan si lo llevara puesto.
_ Tal vez nos precipitamos majestad.
_ No nos precipitamos Conde Duque, sabed que el otro día la Reina miraba al jardín a través de un portillo de sus aposentos, yo llegué por detrás, silencioso, como no advirtiera mi presencia quise hacerle una broma y tapé sus ojos. ¿Qué diríais vos, sabríais adivinar qué frase salió de sus labios?
Olivares se encogió de hombros un tanto desconcertado.
_ Estaos quieto, conde-, el Rey estaba enfadado y diríase incluso que celoso-, no pensó en mí, sino en el conde y ahora él proclama su amor por la reina.
_ Tal vez no sea por la Reina sino en verdad por el dinero y también es posible que vuestra esposa se refiriera a otro conde.
_ De todos modos y aunque tuvierais razón la más mínima duda me obliga a actuar. Nadie puede tocar a la Reina, eso sería un sacrilegio ¿qué otro conde sino él, osaría poner sus manos en su piel y rozar sus ojos? Haced lo que os digo.
_ Se hará Majestad, en cuanto a esta noche ¿compartiréis lecho con la Reina?
_ Mal me conocéis o me tomáis el pelo, ¡por cierto no!, la reina se acostará pronto esta noche, no le conviene tanto ajetreo y precisa descanso.
_ ¿Y vos Alteza?
_ Yo, iré a felicitar en persona a la actriz de la compañía por su actuación y a agradecer que haya aceptado interpretar esta obra a petición mía.
_ No debéis mostrar en público demasiado entusiasmo por ella ni dedicarle excesiva atención, hay sospechas y rumores al respecto.
_ Yo me ocuparé de eso, vos preocuparos de averiguar dónde pasa la noche el conde de Villamediana-, dijo el rey a su mano derecha.
_ Esa cuestión ya os la puedo adelantar alteza, él mismo me lo ha desvelado, pasará la noche en la alcoba de una de las damas de la reina, Francisca de Tavera.
_ ¡Vaya!, sorprendente y admirable nuestro amigo el conde y con muy buen gusto por las mujeres.
_ De todos modos si se presenta al corral de comedias con el collar de reales...
_ En ese caso dormirá en la oscura soledad de una mazmorra-. Finalizó Olivares la frase que había dejado incompleta el Rey.

Tres hombres embozados en sus capas oscuras y tapados por sus amplios sombreros aguardaban al conde en la ribera del río.
_ Llegáis tarde don Juan-, instigó uno de ellos que parecía el cabecilla.
_ Lo sé señores y les ruego acepten mis disculpas.
_ Aceptadas son, no obstante nos ponéis en peligro con la tardanza, así pues aligeremos el asunto y aquí paz y allá gloria.
_ Así sea, ¿de cuanta gente disponemos?
_ De ocho hombres, nosotros tres que ya nos conocéis dirigiremos la actuación y además otros cinco maleantes.
_ Bien, cuatro parejas, una en cada extremo del corral, suficiente, ¿saben todos lo que deben hacer?
_ Sí por supuesto, si la función es un éxito, nada, disfrutar de la representación junto al público; si hay alguna duda y los espectadores no se decantan, aplaudir a rabiar fomentando así el aplauso general del respetable; y si hubiera por casualidad alguien que se mostrara hostil manifestándose en contra de la obra enredarlo hasta sacarlo del recinto mientras los demás vitorean la función.
_ Perfecto, a decir verdad lo único que temo es que alguien lleve matachines comprados para reventarme la función, de otro modo nadie impedirá el éxito.
_ Pagadnos bien como normalmente hacéis y aseguráis el triunfo y si por casualidad sospecháis que puede haber adversarios y vierais necesidad de más gente no tenéis más que decirlo.
_ No, será suficiente así, aquí tenéis una bolsa con 300 ducados, el resto lo percibiréis al final de la función.
_ De acuerdo, en total serán 1100 ducados, 200 para cada uno de nosotros y 100 para la cofradía de maleantes y como es menester abreviar y ahuecar el ala no os molestéis en regatear ni discutáis el precio.
_ Es muy elevado el coste pero no voy a debatir el precio con vos, si todo sale como está previsto tendréis otra bolsa con 800 ducados al final de la función.
_ Sea pues como decís.
Aquellas artimañas no eran inusuales en aquella época, los autores de teatro en el estreno de sus obras contrataban mosqueteros que mezclados con el público aplaudían y vitoreaban la función. También sucedía justo lo contrario, los detractores de los autores que estrenaban representación contrataban gente que saboteara el espectáculo abucheando desde el primer acto a los actores y arrojando objetos al escenario. Y ocasiones había en que acontecían y coincidían ambas situaciones, unos contratados a favor y otros pagados en contra, y aquello solía terminar como el rosario de la aurora, en altercado de orden público o gran reyerta con heridos e incluso muertos. No hubo altercados en la representación de “La gloria de Niquea”, para empezar el conde de Villamediana acató la orden del monarca y se despojó de su famoso collar, después presenció encantado y desde el palco, muy cerca de sus majestades los reyes, su propio éxito, pues al público le agradó la obra desde el principio. También la reina aplaudió alborozada a pesar de que su esposo el gran Felipe IV se mostrara indiferente. Los españoles que sentían gran simpatía por Isabel de Borbón se dejaban influir por su entusiasmo y aplaudían a rabiar cada uno de los actos. También agradó a los espectadores la presencia y buen hacer de la famosa actriz María Calderón y finalmente se pudo decir que todos los asistentes al estreno, que por cierto fueron muchos, disfrutaron del acontecimiento.
En la cena posterior, y tal como había previsto don Juan, se dio un baño de multitudes, estuvo asediado por damas y caballeros que se mostraban encantados de su obra y él por su parte atendió largamente y con deleite a todos cuantos le felicitaron y por supuesto dedicó gran atención a todas las señoras y muy especialmente a Doña Francisca de Tavera que por su parte se mostraba encantada de recibir los galanteos del protagonista de la jornada. Tampoco estuvo mal atendida la actriz, la totalidad de los espectadores masculinos de la obra fueron en persona a felicitarla efusivamente por su interpretación y también el rey le brindó varias aunque espaciadas atenciones y elogios. Los más solitarios asistentes a la fiesta fueron precisamente la reina y el valido aunque para ser sinceros tampoco esperaban otra cosa. Aquella circunstancial soledad fue aprovechada con habilidad por Olivares que se acercó despacio hasta Isabel de Borbón, hizo una exageradísima reverencia y dijo:
_ Me concederíais grande alegría si perdonarais mis desafortunadas palabras de este mediodía, estoy arrepentido de veras por haberlas pronunciado y compungido por haberos ofendido, jamás sucederá nada parecido, os lo garantizo.
_ Alzaos Conde Duque-, ordenó la Reina que se sentía incómoda ante el espectáculo que un hombre de la envergadura y categoría de Olivares ofrecía postrado de rodillas-, llamáis innecesariamente la atención, acepto vuestra disculpa aunque no creo que eso cambie nada entre nosotros.
_ Gracias Majestad, ahora si me lo permitís me retiro, para mí la fiesta ha terminado.
Desapareció Olivares y no tardó mucho en seguir sus pasos la reina retirándose del festejo y allí quedó el rey, muy cerca de Maria Calderón, y también quedó el conde junto a Francisca.
Y poco a poco, con enorme pereza, los ecos de la fiesta se fueron acallando; salones, corredores y pasillos de palacio se despoblaron de personas y de luces y se poblaron de tinieblas y silencios. Y aún así se apreciaba cierto movimiento bajo los pocos hachones que permanecían encendidos en sus saeteras.
Una figura silenciosa que trataba de ocultar su rostro se desplazó con rapidez del lado este del palacio hacia la zona oeste. Dos golpes cortos en la madera de la puerta de una alcoba cerrada parecían ser la contraseña. Se abrió el postigo y enseguida volvió a quedar sellado, dentro de la habitación Maria Calderón sonreía al recién llegado. El hombre se quitó el sombrero y se despojó de la capa, una vez sin el disfraz del embozo apareció radiante el rostro de Felipe IV que muy rápido sucumbió a los encantos de la actriz. El cortejo ya debía estar hecho pues en apenas unos instantes la dama se precipitó en los brazos del monarca.
Apenas los amantes empezaban a saborear los besos cuando por el pasillo de nuevo vagaron hombres. El conde de Villamediana salió de sus aposentos y con mucho tiento se dirigió hacia la zona donde se hallaban los cuartos de las damas de la reina. Por muy alerta que anduvo todo el camino para no hacer ruido y percibir él el más mínimo rumor, por más que quiso pasar desapercibido y no despertar sospecha, no lo consiguió por completo, alguien lo siguió, sin duda lo vigilaban sin que el conde se apercibiera de tal cosa.
Titubeaba don Juan, como si no supiera bien donde dirigirse, parecía que iba a llamar en un aposento y sin embargo daba unos pasos y se iba en otra dirección; por fin pareció decidirse pues se detuvo en una puerta, pero tampoco, dio diez o doce pasos rápidos y llamó en otra. Dos golpes cortos ¡qué poco original contraseña! El postigo apenas se entornó una pizca pero el conde accedió a la alcoba elegida.
En la misma puerta que acababa de traspasar el conde se detuvo ahora un hombre alto y fuerte, o le seguía los pasos al caballero o la dama estaba muy solicitada aquella noche. El recién llegado no podía ver lo que acontecía en el interior pero sí podía imaginarlo, intuía Olivares a don Juan de Tassis y la reina, Isabel de Borbón, fundidos en pecaminoso abrazo.
_ Lo sabía, a mí no podéis engañarme-. Una sonrisa cínica iluminó el rostro de Olivares tras pronunciar aquellas palabras-. A fe que es valiente el Conde, yacer con la Reina a tan solo unos pasos de donde está el Rey. Digno de admiración.
Como si estuviera haciendo guardia permaneció de pie ante la puerta, al cabo de un rato regresó sobre sus pasos y en una entrada a su siniestra, precisamente aquella en la cual el conde se había demorado titubeando, pensando si llamar o no, propinó dos golpes cortos y dos más largos, como no se produjo respuesta, instantes después y sin titubeos, Olivares volvió a repetir la misma llamada. En esta ocasión sí hubo respuesta, apareció Francisca de Tavera, era tan hermosa que parecía una reina.
Los tres personajes que habían recorrido los pasillos de palacio estaban haciendo honor a su fama de mujeriegos. Felipe IV llamado el rey galante por sus múltiples devaneos amorosos, se ganó a pulso el calificativo, no en vano fue el monarca español con mayor número de hijos concebidos fuera del matrimonio, se habló de treinta y cinco bastardos, uno de ellos, don Juan José de Austria, nacido cuatro años más tarde, precisamente lo tuvo con la mujer con quien yacía esa noche, la Calderona.
El conde duque Olivares tampoco se quedó atrás, no tuvo tan alta cifra de hijos ilegítimos pero si hubo alguno, Julián Valcárcel fue uno de los reconocidos por él, si bien sus escarceos amatorios duraron poco tiempo. En apenas un año, en 1626 iba a morir su hija y aquella pérdida afectó tanto al valido que no volvió a dejarse llevar por sus ardores.
Y ¿qué decir del conde de Villamediana? Francisca de Tavera no fue su amante aquella noche pero sí lo fue en otras noches venideras, sin embargo de quien se enamoró perdidamente fue de la reina, cuando de todos era sabido que estaba terminantemente prohibido tocarla. Múltiples y poderosos enemigos cosechó el conde por cuestión de amores y también de juego y por ello su vida no estaba destinada a ser muy larga ni su futuro era demasiado prometedor. Sin embargo aquella noche el conde de Villamediana era el hombre más feliz del mundo aunque quien con fuego juega acaba quemándose.
Y el futuro de aquella noche era precisamente el fuego, tanto amor y tanto ardor bajo un mismo techo podían causar por sí solos una combustión espontánea y con más razón si recibían una ayuda externa.
Tres sombras que correspondían a tres hombres armados atravesaban con cautela corredores y pasillos, nunca habían estado dentro del palacio sin embargo estaban muy bien aleccionados y por tanto sabían perfectamente por donde debían ir para no ser descubiertos por los soldados de la guardia. Aquel había sido un buen día para los tres valentones, por la tarde y a cambio de aplaudir de forma estridente en una representación teatral habían percibido doscientos ducados cada uno y a lo largo de la noche percibirían otros quinientos más por barba que otro caballero, distinto y anónimo, les pagaba a fin de que efectuaran un trabajito especial dentro de palacio. Este asunto que ahora les ocupaba era más arriesgado, sin embargo esa cantidad de dinero no se veía junta todos los días. Avanzaron con seguridad y llegaron a la zona este de la residencia real que era el lugar determinado para realizar la tarea. Cada uno de ellos se dirigió a una columna y tomó un hachón encendido de las saeteras, con las antorchas fueron cada uno a una habitación distinta, allí prendieron las cortinas, el fuego no tardó en extenderse de los cortinajes a las vigas, de las vigas a los muebles, de los muebles a la techumbre... cuando vieron la eficacia destructora de las llamas y lo rápido que se propagaban salieron por donde habían entrado, un postigo que alguien a propósito había mal cerrado, así huyeron sin contratiempos. En pocos momentos la temperatura de la segunda planta del palacio aumentó en varios grados, el humo empezaba a poblar los pasillos y no tardaría el fuego en afectar todas las habitaciones, salas y alcobas del ala este. La reina y el conde, el valido y la dama dormitaban sin sospechar que el peligro acechaba, por otro lado estaban el rey y la actriz que lejos del conflicto dormían totalmente a salvo abrazados bajo el cobertor. No tardaron los guardias en detectar el fuego y dar la voz de alarma. El conde despertó y enseguida percibió olor a quemado, abrió la puerta y vio el fuego en el pasillo al tiempo que el humo invadía parte de la alcoba de la reina. Cerró deprisa el postigo y dijo:
_ Alteza tenemos que salir de aquí a toda prisa, es un incendio.
_ Tengo que vestirme-, adujo la Reina.
En verdad su desnudez suponía un problema, aunque hubiera un incendio o cualquier otro contratiempo, aunque su vida estuviera en serio peligro, una reina no podía corretear desnuda por los pasillos de palacio como una vulgar ramera. Ambos comenzaron a vestirse lo más deprisa que pudieron cuando ya el humo les empezaba a provocar tos continuada.
Olivares por su parte ayudó a Francisca Tavera y a otras damas de compañía de la reina a ponerse a salvo y una vez despejadas las salas adyacentes a aquella donde él estuvo no ha mucho amando a Francisca, miró hacia la puerta aún cerrada de la alcoba de la Soberana de las Españas con gesto ambiguo, pues a ciencia cierta no se sabía si reflejaba preocupación o deleite. Un ataque de tos y un repentino calor a su espalda le recordó que las llamas no hacían distingos de clases y salió corriendo para ponerse a salvo.
A todo esto el Rey había oído los gritos y el barullo y a través de los ventanales de la alcoba de la actriz vio el fuego al otro lado del palacio.
_ Las habitaciones de la Reina están ardiendo-, susurró mientras se precipitaba hacia sus prendas al experimentar también la necesidad de vestirse.
_ Vamos alteza tenemos que salir de aquí-, apremió el Conde a la Reina cuando algunos fragmentos del techo envueltos en llamas comenzaron a desprenderse y caer sobre ellos.
Abrió La puerta y definitivamente el humo y el fuego invadieron la habitación que ya ardía por los cuatro costados, el calor resultaba tan insoportable como el mismo miedo, se giró hacia donde estaba Isabel de Borbón, su reina y su amada, preguntándose por qué no salía y la vio caída en el suelo, desmayada, el calor asfixiante, el miedo espantoso y la inhalación de gases le habían provocado un desvanecimiento.
El conde de Villamediana precavido puso un pañuelo atado en su rostro para no aspirar tanto humo y se dirigió veloz hasta donde se encontraba la esposa de su rey el cuarto Felipe, la cogió en brazos y se dirigió con su real capa en busca de una salida.
En los alrededores del palacio se iban agrupando todos cuantos lograban escapar del incendio junto a los curiosos y quienes pretendían ayudar, ya se rumoreaba que la reina no había salido y que estaba atrapada por el fuego en sus aposentos y que qué lastima morir tan joven y siendo tan bella y tan querida por el pueblo. Una pequeña muchedumbre llena de incertidumbre y pesar se agolpaba ya en los jardines del palacio cuando el rey hizo acto de presencia.
_ La Reina Olivares, ¿dónde está la Reina?
_ No lo sé Majestad, no ha salido, los guardias han entrado varias veces en su busca pero el fuego ha afectado a la escalera y no se puede subir.
_ ¿Estaba sola en el momento del incendio, no había ninguna dama con ella que pudiera socorrerla?
_ No, ya sabéis los gustos de la Reina, ordena a las damas que se retiren y siempre duerme sola.
_ Pues habrá que hacer algo, si nadie puede ayudarla y no se puede pasar por la escalera habrá que buscar otro camino, hay que salvarla de las llamas, no puede perecer así, quemada como una vulgar hereje.
Apenas el Rey terminó de pronunciar aquellas palabras se oyeron unos gritos ahogados de sorpresa detrás de ellos seguidos por un espontáneo aplauso de alborozo. El Monarca y el valido miraron hacia la puerta del palacio y vieron el motivo de la explosión de júbilo, la multitud se enfervorizaba porque entre la humareda apareció la figura del conde tambaleándose, con las ropas negruzcas y socarradas y con un pañuelo tapándole el rostro de un modo que le hacia parecer un salteador de caminos, además el conde portaba entre sus brazos y muy pegada a su propio cuerpo a la reina, que aunque inmóvil, se le adivinaba con vida.
_ Otra vez el condenado conde de Villamediana-, murmuró el Rey de modo que solamente Olivares pudo oírle.
_ Sí, este hombre me sorprende a cada instante-, afirmó sincero Olivares.
_ Ha salvado a la Reina, es un héroe-. Se alzaban multitud de voces por detrás del monarca-. El conde de Villamediana ha salvado a nuestra reina de las llamas, ¡viva el conde de Villamediana!
_ Soltad a la Reina mequetrefe-, explotó el Rey acallando los gritos y toda la algarabía-, ¿acaso no recordáis que nadie puede tocarla? Estáis cometiendo un sacrilegio.
_ Era el único modo de salvarla de las llamas-, dijo el conde tendiendo el cuerpo inerte de la soberana en la hierba del jardín con gran cuidado y una vez libre de su carga añadió-, por si no os habéis dado cuenta acabo de salvar la vida a vuestra esposa.
_ Y ¿cómo habéis podido hacerlo? ¿Dónde os hallabais para haber llegado tan rápido?
_ Me encontraba en el lecho con una dama de compañía de la reina, ¿no seréis tan irrespetuoso como para obligarme a decir en público su nombre? No os lo diré-, afirmó sin aguardar respuesta que por otra parte no iba a producirse-, yo soy un caballero y vos en estos momentos deberíais preocuparos de la salud de la reina, necesita un médico el humo casi la ha asfixiado.
El Rey, sin articular palabra ni sonido alguno, buscó los ojos de doña Francisca de Tavera, ésta a su vez buscó los del conde duque de Olivares quien alzó una ceja justo antes de dirigir su mirada hacia el monarca. Doña Francisca hizo un asentimiento al Rey con gesto afirmativo de su testa aceptando ser la amante del Conde sin serlo en verdad y así encubrir al propio Conde y de paso a la Reina y también al mismo Olivares que así quedaba libre de haber pecado.
Sólo una vez que el Rey obtuvo la confirmación de la dama se volvió a devolver a Olivares la mirada y le ordenó:
_ Id en busca del médico-, y tras estas palabras cargó en brazos a la Reina su esposa llevándola al interior de palacio por el lado que se hallaba a salvo del incendio; antes de desaparecer en el interior acompañado o más exactamente seguido por sus guardias se volvió hacia donde estaba el conde de Villamediana y espetó-, Don Juan de Tassis, no os hago detener en este momento como premio a vuestro acto de salvar a la Reina, mas si en algo apreciáis vuestra vida no volváis a poner la mano en la piel de mi esposa y tampoco oséis darme órdenes ni decirme lo que debo o no debo hacer.
Continuó el Rey su camino dejando mudos a los concurrentes, el Conde se quitaba el pañuelo que todavía cubría parcialmente su rostro cuando se dejó oír la voz autoritaria de Felipe IV de nuevo:
_ Aquí las órdenes las doy yo. Olivares disponed todo de inmediato, mañana nos vamos a Madrid.
El galeno aconsejó que la Reina reposara al menos durante dos días antes de emprender ningún viaje y el Rey con acierto atendió el consejo. Durante esos dos días el Austria cazó en los bosques cercanos y la mitad de su palacio continuó echando humo de tal modo que en el corral de comedias no pudo representarse obra teatral alguna de aquel día en adelante.
En la ribera del Tajo, en una barca amarrada al pequeño embarcadero, aparecieron tres cadáveres. Habían sido asaeteados los tres desgraciados en una celada pues varias flechas se veían todavía clavadas en sus cuerpos agujereados. Quien les tendiera la emboscada se aseguró de que estuvieran muertos por la multitud de impactos que recibieron y además se podía afirmar que no lo habían hecho con intención de robarles, pues todos ellos portaban una bolsa bien repleta, al menos setecientos ducados por cabeza. Aquellos hombres no pudieron llevarse en su último viaje el dinero, sin embargo sí se llevaron a la tumba algún secreto, silencio, en tu sepulcro deposito ronca voz, pluma ciega y triste mano, para que mi dolor no cante en vano al viento dado y en la arena escrito, el sigilo de cómo habían ganado el dinero sin ir más lejos lo habían llevado a la tumba, pues ya sus bocas estarían para siempre en silencio, y el arcano misterio del incendio quedaría indescifrado.

jueves, 10 de febrero de 2011

Cuando una puerta se cierra, una ventana se abre



Esta vez no se me olvida.
Fotografía de mi amiga Sofía Serra. Su título "Luna llena"
Yo la he usado como alusión a una ventana abierta a la esperanza, a la belleza de la luna.



Es muy extraño pero esta semana tampoco he ganado el concurso, jajajaja
Y no me molesta, el relato ganador me gusta, la frase final me encanta, la semana que viene sabréis porqué; y, además, perder me permite compartir con vosotrOs mi relato.
Os lo dejo aquí, pero antes decir:
El título es una frase hecha, un dicho que supongo conoceréis, de no ser así os explico, significa algo así como, "no hay mal que por bien no venga" o "no hay mal que cien años dure"
Es una frase que indica esperanza, lo malo terminará pronto y dejará paso a lo bueno. Ese es el título del relato y la frase final, lo tergiversa un poco, significa lo mismo pero acoplado al texto.
No me enrollo más. Os dejo leerlo.








CUANDO UNA PUERTA SE CIERRA, UNA VENTANA SE ABRE




_ Le cobran en aquella fila de la izquierda si no le importa

_ ¿Cobran por apuntarse?

_ Claro, estamos en crisis.

Llegó su turno, al otro lado del mostrador había una bella joven con una lágrima rodando por su mejilla.

_ Vengo a apuntarme señorita, no a ver llorar a una preciosa ninfa.

_ Disculpe, acaban de despedirme. Mañana estaré ahí afuera haciendo cola como usted.

_ Entonces no me cobre, mañana nos inscribiremos juntos ¿quiere usted buscar empleo conmigo?

Hace años sus incertidumbres y fantasmas se encontraron, unieron melancolías y subsidios. Hoy, felices jubilados…

_ Gracias a la crisis pude conocerte, cuando una puerta se cierra, una ventanilla se abre.

miércoles, 9 de febrero de 2011





Hoy es el cumpleaños de mi página web.
Tres añitos tiene la criatura, tres novelas publicadas y en breve, espero que a primeros de abril sean cuatro libros los que anuncie la web. La página es mía, pero sobre todo es de Gerardo, compañero de fatigas infatigable, sin él no sería posible esa ventana abierta permanentemente en la red.
Si alguien quiere conocer el trabajo de Gerardo puede hacerlo en www.gerardomartindesigner.com


jueves, 3 de febrero de 2011

Sin recuerdos; Última función


Esta semana ha habido el doble de palzo para el concurso, por tanto os dejo doble de relatos, cuatro en total. Mi favorito es "Última función" alguno es un guiño a la sonrisa. Espero que os gusten.









SIN RECUERDOS


La bala en la sien no fue el final sino el principio. Me atravesó el cerebro de lado a lado y me robó más que la vida, se llevó mis recuerdos. No puedo recordar si disparé yo o fuiste tú quien lo hizo.

Prefiero ignorarlo, el suicidio implicaría cobardía y ya sabes, no la soporto. El asesinato significaría odio y no podría aguantar tu desprecio. En la dulce ignorancia del último suspiro oigo pasos anónimos pisando mi sangre, ¿había alguien más en nuestra habitación?

El tiro en la sien es el principio de la sospecha, muero de celos y sin recuerdos.







ULTIMA FUNCION


La bala en la sien le sentaba como un tiro, las medias rotas como a un santo dos pistolas; el vestido sucio, arrugado; el maquillaje embarrado en sudor y sangre. ¡Vaya manera absurda de morir!

En una representación teatral se usan balas de fogueo. ¿Qué nesciente había confundido la munición? ¿Fue un estúpido o un asesino?

No importa, es su aspecto lo que duele, morir sin glamour es su tormento. ¿Cómo va a presentarse así en el cielo?, o en el infierno, hecha un adefesio.

Si pudiera pasar por el purgatorio el tiempo justo para lavarse y peinarse; retocarse de carmín, dos gotas de perfume…








DOS PALABRAS UN FUTURO

“La bala en la sien” El título del libro nada le recordaba; el nombre del autor tampoco, sin embargo la fotografía de portada coincidía con su rostro magullado y ensangrentado reflejado en el retrovisor.

No recordaba nada, era un naufrago perdido en el tiempo, el pasado difuminó sus contornos, el presente bailaba confuso, intangible. Amnésico, asustado, probablemente escritor. Abrió el libro acariciándolo, leyó su biografía y la escueta dedicatoria de la primera página: “Para Lucia”
Dos palabras mostraban el futuro.

Salió del vehículo varado en la cuneta, su cerebro vacuo de recuerdos, en la mano el libro de su memoria, una guía de su vida.








LA MOSCA


La bala en la sien era el remedio definitivo. Llegaba siempre antes de hora, venía enardecida de ideas, rebosando palabras, ansiosa de pronunciarlas.

Señor Juez, si miramos bien soy inocente. Demasiado tiempo trabajando juntos y, la mosca pesada zumbándome de asuntos sin interés. Llevaba años sin contestarle, era como una radio encendida.

No podía concentrarme en mi trabajo, jamás callaba, mis oídos soñaban silencio, no podía soportarlo más, era una tortura continua, mis ojos se llenaron de justicia, el corazón henchido de venganza.

Esperé tras la puerta, el resto... fácil imaginar; no quería matarla, sólo callarla, pero el día venía ahogado en muerte y silencio.