domingo, 25 de abril de 2010

Impresionante envergadura


Otro micro relato no ganador.
En esta ocasión se trata de un diálogo absurdo entre dos personajes, una escritora que teme gran ausencia en la presentación de su novela y su pareja que envidia cierta cualidad del hombre del tiempo.
Por tonto que os parezca está basado en situaciones reales.

La fotografía es de mi amigo Javier Valls, autor también de la portada de la profecia del silencio.



Título:
Impresionante envergadura

_ Mañana va a llover- dijo compungida.
_ ¿Has visto que paquete tiene el del tiempo?
_ Mala suerte, el año pasado, el día que presenté mi novela, nevó.
_ Impresionante envergadura, ¿cómo puede moverse y hablar de borrascas?
_ Nevada descomunal, mañana presento mi libro y anuncian lluvia. No vendrá nadie.
_ ¿Por qué da el tiempo?, que lo pongan en deportes, sentado, disimulando.
_ ¿Por qué no hay sequía?
_ Perdóname amor ¿Qué decías?
_ Divagaba cariño ¿y tú?

Unos aman la nieve, otros la literatura, otros gozan, o sufren gran envergadura ….
Otros adoramos la meteorología.

Leer en martes


Micro relato que hace poco envié a un concurso sin suerte favorable.
La primera frase, sugerida por la organización, me llevó a un libro de relatos que hace poco había leído, y así me puse a escribir este pequeño micro relato que dedico a la escritora de aquél libro.
Para Angélica Morales y su "Amar en martes" mi "Leer en martes"


LEER EN MARTES.


_ Entonces es martes, seguro, por lógica. Anteayer fue domingo y empezó a difuminarse el hechizo presagiando un lunes anodino y gris. Pasado será jueves, el silencio desplegará sus alas y lo envolverá todo de hastío hasta la llegada de otro sábado, pero hoy es martes, seguro. He comprado una rosa y un libro, dos instrumentos de pasión. El libro anima a seducir en martes, mi corazón está hambriento, mis sueños tienen prisa, las sombras se tiñen de romance, la alborada se apresura, una melodía sensual flota en la noche....

_ Cierra el libro, olvídate de peroratas filosóficas- sugirió una voz femenina a su espalda.

"Estrépito, jadeos, una rosa derrama su aroma en las sábanas, el libro abierto en el suelo:"la mujer que enamoraba en martes", rezaba el título del relato."

No leyó, seguro, por lógica, tuvieron amores, era martes.

miércoles, 14 de abril de 2010

CAPÍTULO III: El preludio de la muerte


Para celebrar que ya se ha publicado "La profecía del silencio" dejo en el blog otro capítulo. Espero que os guste.







El Luto lo envolvía todo. Velos negros cubrían candelabros e imágenes en las iglesias, telas de ala de cuervo colgaban de los balcones. En las ventanas paños de urdimbre retorcida y bruna. Hasta se mandó tamizar con fundas oscuras la luz ya mortecina de por sí de los faroles en vísperas de día tan señalado.
Pedro Casals. “Las hogueras del rey”

CAPITULO III
El preludio de la muerte
(15-10-1625)

Seguía lloviendo, el ruido de las gotas de lluvia al impactar con el suelo amortiguaba el sonido de las ruedas de los carruajes, fue por ello que ni el conde duque Olivares ni su cochero advirtieron la presencia de otro coche detrás del suyo. No se trataba de una emboscada, afortunadamente para ellos, el segundo carruaje se detuvo precisamente en el mismo lugar donde instantes antes había estado detenido el del valido Olivares, entre la entrada al convento de las Arrecogidas y la iglesia de San Antón.
Y la cortina gris de la lluvia no hubiera impedido al ocupante del primer carruaje, de haberlo podido ver, reconocer tan ilustre carroza e identificar así al viajero, al hombre para el cual trabajaba y ante el único que tenía que rendir cuentas en este mundo.
Y no hubiera gustado nada al cuarto Felipe ser visto ni ser reconocido, aunque fuera por el hombre en cuyas manos había depositado el gobierno del país, no le interesaba que nadie metiera sus narices en sus asuntos nocturnos pues aquella noche oscura y lluviosa estaba protagonizando una de sus secretas escapadas, secreta al menos en teoría pues en la practica no lo eran tanto y mil rumores circulaban por Madrid divulgando e incluso exagerando su fama de mujeriego empedernido y de asaltador nocturno de conventos en pos de apetitosas novicias.
Unas semanas atrás su ayuda de cámara y benefactor del convento, don Jerónimo de Villanueva había comunicado al Rey la inusitada belleza de una de las novicias de reciente incorporación, el monarca galante no pudo resistirse a conocer a la bella novicia y con la complacencia del benefactor y del confesor del convento concertó un encuentro. Después de ese momento el nieto de Felipe II quedó cautivado, tal fue la impresión recibida que ordenó a su ayuda de cámara organizar visitas periódicas a la celda de sor Margarita.
Y así, sin escolta, sólo acompañado de su cochero más fiel y discreto, llegó al convento de Santa Águeda, bajó del pescante el conductor y tras otear a ambos lados de la calle y comprobar que estaba libre de miradas indiscretas abrió la portezuela, raudo salió un personaje embozado en su capa y oculto el rostro bajo el sombrero, presto cruzó la calle entrando en el convento de Santa Águeda y desapareció de la oscura, peligrosa e intrigante noche madrileña. Después de dos golpes suaves en la puerta que apenas pudieron percibirse, alguien desde el interior abrió con sigilo el portillo, alguien, un monje que sin duda esperaba a la visita a pesar de lo intempestivo de la hora. El recién llegado y aquel que facilitó su entrada no se miraron apenas, el monje cerró la puerta con el mismo sigilo con que la abrió; el Rey se adentró en los oscuros pasillos del convento.
Y a pesar de la oscuridad reinante en los corredores del sacro lugar el cuarto Felipe se desenvolvía con rapidez, enseguida alcanzó su objetivo como si de un fantasma se tratara en lugar de un humano, sin ser visto ni oído, sin alterar la monotonía silenciosa de la noche conventual. Aunque en realidad sí alteró parte de la paz del lugar, pues entró en una celda donde una novicia ocupaba ya su catre y fingíase dormida y en paz aunque estaba despierta y aguardando. Aguardando a su destino. Aguardando a su rey.
El recién llegado se despojó del sombrero y algunas gotas de lluvia cayeron de él mojando el suelo de la habitación. Un cabello rubio, largo y ligeramente rizado quedó en libertad, quizá lo que había quedado sin libertad era la joven novicia que entre las sábanas se cobijaba.
_ Margarita, ¿no estaréis dormida? Me he retrasado pues he sufrido un tropiezo-, adujo el Rey, mas enseguida calló, él era el Rey y no tenía que dar demasiadas explicaciones a nadie ni siquiera en asunto de amoríos-, bueno estoy aquí que es lo que interesa.
Se desprendió de la capa y muy pronto ocupó el lecho junto al inmóvil cuerpo de la novicia, pues cuando hay mujer bella y joven de por medio aunque sea monja, cualquier hombre, rey o mendigo, se lanza al abismo, aunque sea el inocuo abismo de una sabana blanca. Rozaron sus dedos la piel de la mujer, sus labios buscaron los labios, algunas palabras apenas susurradas se perdieron entre los negros cabellos de la novicia y el frío del invierno se desvaneció fundido en el fuego de la pasión.
Y afuera seguía lloviendo, y el agua arrastraba la suciedad de las calles purificando levemente los infectos callejones de Madrid, entre tanto dentro del convento algunos cuerpos y algunas almas se embarraban un poco más convirtiéndose en pecadoras.
No hizo toda la noche el Rey dentro de los santos muros, a lo sumo un par de horas después desandaba los oscuros pasillos con silencioso y raudo caminar. Al alcanzar la zona próxima a la salida un hábito oscuro le acompañó caminando unos pasos tras él.
_ Estas visitas cada vez más frecuentes pueden ser peligrosas majestad-. Se permitió comentar aquel que caminaba por detrás en un alarde de valor.
_ Vos corréis poco riesgo y sois recompensado generosamente por ello-. Adujo el Rey sin detener su caminar ni volver la vista atrás.
_ Tenéis fuera de estos muros, a vuestra total disposición, damas, actrices e incluso princesas, ¿por qué no liberáis de vuestras citas a los conventos de Madrid?
_ Ahorrad vuestros consejos para quien los solicite o quien los precise don Francisco y limitaos a confesar novicias y abrir la puerta o cerrarla cuando sea necesario.
Aguardó el Rey a que el monje le facilitara la salida sin dignarse dirigirle una mirada, don Francisco García Calderón, confesor del convento abrió la puerta principal del recinto hizo una seña al cochero del carruaje que aguardaba al final de la calle donde no llegaban las luces de los fanales, cuando el carruaje se aproximó y se detuvo junto al acceso del convento el monje abrió la reja del exterior. Una figura oscura fue vista y no vista pues con rapidez abandonó el convento y alcanzó el asiento de atrás del carruaje y éste enseguida desapareció de las calles embarradas de Madrid adentrándose en el Alcázar Real.
El hermano Francisco confesor del convento se personó en la celda donde sor Margarita ya había ocultado su blanca joven y suave piel bajo el áspero camisón.
_ Supongo que precisareis de confesión-. La joven novicia no respondió a la pregunta, el fraile dibujó en el aire la señal de la cruz mientras argüía-. Podéis consideraos absuelta de pecado, mañana hablaremos y nos ocuparemos de las formalidades eclesiásticas, ahora sólo descansad.
_ No necesito confesión, yo no soy culpable de esta situación, necesito un milagro que me libere de estas intrusiones.
_ Por lo poco que he podido hablar con vuestro visitante no me da la sensación de que eso vaya a suceder, a día de hoy sólo la muerte lo podría alejar de vuestro hechizo.
La conversación se extinguió como se extinguió la tenue luz del candil del confesor al abandonar la celda; sin embargo las últimas palabras de don Francisco flotaban entre las cuatro paredes del cuarto y sobre todo tenían eco en el cerebro de la compungida monja “sólo la muerte lo alejaría de vos, sólo la muerte lo alejaría, sólo la muerte lo alejaría”.
_ Así será, la muerte lo alejará de mí, es cierto, sin embargo él no va a morir, entonces, si no muere él, tendré que morir yo. El Luto lo envolverá todo, velos negros cubrirán candelabros e imágenes en la iglesia, telas de alas de cuervo… paños de urdimbre retorcida y bruna…

jueves, 11 de marzo de 2010

Capitulo II: No por mucho madrugar.....


La fotografía es de Charo Hernandez (Colectivo Toc Arte) Al final no será ésta la portada del libro pero me gusta mucho y la comparto. Gracias Charo.

Os dejo el capítulo segundo de "La profecía del silencio" He tardado en ponerlo por causa del retraso enla publicación, pero para que veáis que no me he olvidado.
Se trata de un capítulo que se desarrolla en 1999 como veréis en el texto. Lleva una cita, como todos los capítulos de la novela, en esta ocasión de Joaquín Oristrell y su novela "Entre las piernas"
Espero que os guste.



... Se quedó un rato en el banco observando las palomas. Las envidió. Eran afortunadas. Su pequeño cerebro sólo respondía a impulsos. Ninguna ley, salvo las de la naturaleza las gobernaba.
En cambio, las personas tenían que vivir en constante equilibrio entre la razón y el instinto.
Si Dios existía era sin duda un guionista con un cruel y refinadísimo sentido del humor. ¿A quién si no se le ocurriría mezclar cosas tan antagónicas y condenarlas a coexistir?
Desde el minuto cero de su nacimiento cada ser humano albergaba un drama: la dualidad. No se conocía un individuo en el mundo que no estuviera hecho de lo mejor y lo peor, la salud y la enfermedad, la mentira y la verdad.
Ese sol que brillaba era un ejemplo. Cuanta más luz producía, más sombra. De ahí que él pudiera mirarse por dentro, descubrir su infierno y seguir adelante.
Joaquín Oristrell. “Entre las piernas”



CAPÍTULO II
No por mucho madrugar...
(16- 10- 1999)



Sonó estridente el despertador en la mesilla de noche sobresaltándole, despertándole.
Era habitual en él odiar a rabiar aquel momento, ese día no fue así, aún a pesar de haberse levantado dos horas más temprano de lo acostumbrado y suponer esa circunstancia una terrible tragedia para su estilo de vida, agradeció la llegada de la hora de despertarse, pues la alarma del odioso artilugio le rescató de una horrible pesadilla donde unos espeluznantes fantasmas le perseguían sin piedad. ¿Serían remordimientos de su intranquila conciencia? ¿Acaso también él tenía conciencia?
Con esas dudas se metió en la ducha y todavía no las había resuelto cuando las olvidó por completo y le sobrevinieron otras nuevas. Fue al percatarse del intenso dolor de cabeza que padecía, ¿sería por causa del cansancio y del sueño? ¿Sería producto del tremendo e inusitado madrugón? ¿Serían los efectos secundarios del alcohol ingerido la noche anterior? El vapor de agua había empañado de forma ostensible los azulejos del lujoso cuarto de baño, los cristales de la mampara protectora de la bañera y también su ya nublada percepción sensorial. Con esas nuevas dudas salió de la ducha, enfundó su cuerpo en un albornoz que pretendía ser de lujo y buen gusto y se dispuso a la tarea de vestirse de modo adecuado. Era necesario elegir bien el atuendo, debía estar impecable, elegante pero sin efectos barrocos ni anticuados, por el contrario, debería ser la suya una elegancia informal, fresca, desenfadada, natural, casi deportiva; una elegancia elegante, exquisita, precisamente aquella que corresponde a un jefe de seguridad joven, demasiado joven, de una empresa importante, demasiado importante, quien por añadidura se dispone a entrevistarse con el jefe supremo, con la cúpula de la pirámide, con el ocupante del último y más elevado peldaño del escalafón, demasiado elevado, sobre todo si se padece de vértigo.
Mientras se vestía vinieron a su mente imágenes fugaces, reminiscencias del entierro de aquél muchacho, ¿cómo era su nombre?, lo tenía en la punta de la lengua... ¡Ah sí! Álvaro.
_ Álvaro, eso es, Álvaro. No era mal vigilante aquel chaval, ni era mal chaval aquel vigilante, pero... ¡Joder!... ¡Cómo me la ha jugado muriéndose durante el servicio! ¿A quién se le ocurre quedar de cuerpo presente en horario de trabajo y dentro de mi edificio?- se sorprendió gritándose a sí mismo frente al espejo de su habitación, y, en tono más calmado, aunque todavía en voz alta, deseó-. ¡Ojala la prensa no le dé mucho bombo al asunto!
Por fortuna para la empresa y para él, durante el entierro no hubo presencia de periodistas; tan sólo diez personas, ¡vaya birria de despedida! Su madre y sus dos hermanas cuyo dolor desconsolado no conseguía por completo eclipsar su aspecto provinciano. ¿Es qué no tenía más familia? Tan sólo dos conocidos de su pueblo, parecían más asustados que compungidos. ¿Es qué no tenía más amigos? El jefe de servicios de la empresa de seguridad procurando pasar desapercibido. ¡Vaya papeleta le había tocado! A su lado, él mismo mostrando pena y solidaridad por el trabajador mal parado. ¡Con lo que me deprimen a mí ciertos sitios! La ex mujer de Álvaro, no estaba mal a pesar del traje oscuro obligatorio y su llanto aparentemente sincero. ¡Tenía buen gusto el muchacho! La actual novia, protagonista del numerito del desmayo. ¡Demasiado frágil, demasiado delgada, carente de interés! Y...Eva López.... ¿qué diantre hacía allí Eva López?, esa engreída secretaria aspirante a escritora que rechazaba sistemáticamente sus piropos e insinuaciones. Permaneció allí, de pie, impertérrita, seria, sin derramar ni una lágrima y mirándole de reojo, como cuestionando su presencia. Ya se ocuparía de ella a su debido tiempo, ahora era asunto más importante decidir si culminaba su indumentaria con la gabardina beige de Pierre Cardín o era más apropiado el abrigo largo azul cobalto de Emilio Tucci.
Levantó la persiana, hacía frío pero no obstante lucía el sol, la presencia del astro rey le hizo decidirse por el abrigo declinando el uso de la otra prenda que fue relegada a la oscuridad del armario. Se asomó al espejo para estudiar el resultado, allí estaba su imagen invertida, era él, Dionisio, jefe de seguridad de una relevante firma; aunque la realidad, que él no veía o no quería ver, era otra, él era tan sólo un niñato pijo estirao e imberbe, cuyo único mérito consistía en ser hijo del anterior jefe de seguridad ya jubilado, y haber sabido aprovecharse de los logros profesionales acaparados por su padre.
Salió del piso sin prisa, residía cerca del edificio donde se ubicaban los despachos de los ejecutivos de la empresa y el suyo propio, por supuesto, siempre cerca, muy próximo, siempre preparado a bailar el agua a los directivos, a reír sus gracias carentes de gracia, dispuesto a hacer la pelota del modo más rastrero, a arrimar el ascua a su sardina.
Buscó un local abierto donde desayunar a lo largo de la calle Fernando VI, el sitio de costumbre estaba cerrado, claro, era muy temprano, demasiado temprano también para él, trasnochador impertérrito, mujeriego por instinto, bebedor por naturaleza y alguna que otra cosa más por añadidura. Dionisio casi nunca llegaba al despacho antes de las doce del mediodía y en ese instante eran las nueve de la mañana, la culpa era del presidente, siempre empeñado en comenzar la jornada antes del amanecer cuando todavía no habían abierto ni las calles, aunque quizá él había madrugado demasiado, al fin y al cabo la cita con el gran jefe era a las diez en punto; pero no quería llegar tarde, al contrario, tenía previsto llegar antes que él, quería estar aguardándole en posición de firmes en la puerta de su despacho cuando llegara, y por supuesto debía estar despejado y en plena forma, no adormilado, ojeroso y con rastros de cansancio, debía apreciarse a simple vista su condición de trabajador ejemplar, abnegado y de conducta irreprochable; debía percibirse algo imperceptible por inexistente. Vio un bar abierto, ¡por fin, menos mal!
_ Taberna del Renco, ¡vaya nombre estúpido! No lo conozco pero para desayunar servirá.
No había muchos clientes. La camarera lo vio entrar y se acercó de inmediato aunque despacio. Demasiado delgada pero con un prometedor movimiento cimbreante de cadera, pensó. La joven vestía de negro, un jersey de lana de cuello alto y pantalón de cuero, el cabello negro y larguísimo, ligeramente ondulado, colgaba a su espalda recogido en una coleta. La muchacha lo miró sin verlo, lo miró sin decir nada, clavando sus dos preciosos luceros negros en los vulgares ojos marrones de él; tenía enrojecidas las escleróticas, parecía haber llorado recientemente o estar cercana al llanto; las suyas propias también estaban encarnadas aunque no las veía, pero lo suyo era sueño, no lágrimas pusilánimes, tan sólo sueño y resaca.
_ Un café descafeinado con leche desnatada y sacarina, y una tostada con mermelada y mantequilla, por favor.
La joven permaneció unos segundos mirándolo, su extremada palidez contrastaba de forma casi cruel con su atuendo oscuro. Por fin la camarera giró sobre sus talones y se alejó tan despacio como se había acercado y sin emitir sonido alguno. Dionisio pensó que era una antipática, y siguió su estela con la mirada, abrió mucho los ojos e incluso se inclinó un tanto hacia delante para ver como rellenaba la muchacha el ceñido pantalón por la retaguardia; sonrió, le había complacido la vista y pensó: un poco delgada pero... podría servir. Fue entonces, aún con la sonrisa en los labios, cuando percibió la voz de la chica, quien por cierto, habló sin molestarse en volver la vista hacia él.
_ Cierra la boca no te vayas a tragar alguna mosca y de paso límpiate las babas.
Al oír aquellas frases ofensivas para su ego, que todos los clientes del bar también habían escuchado, sintió un calor repentino en las mejillas y se adivinó ruborizado, mas no supo con certeza si se trataba de vergüenza o de ira aquello que le socarraba el alma, aunque muy probablemente sería lo segundo, pues de lo primero carecía por completo.
Creyó escuchar unas risas a su alrededor proferidas por los parroquianos más próximos a su posición cuando la camarera, diligente, le sirvió con rapidez y eficacia profesional; la chica dejó el desayuno sobre la barra y clavando de nuevo sus ojos azabache en los del incómodo cliente exclamó:
_ Trescientas cincuenta.
Pagó un tanto azorado con el importe exacto, la joven recogió el dinero del mostrador y se alejó para atender las demandas de otras personas.
_ ¿Dónde he visto yo antes a esta chica?-, murmuró -, tengo la sensación de conocerla.
Y en efecto la conocía, la había visto en el entierro de Álvaro, su novio, mas no le prestó demasiada atención ni siquiera cuando protagonizó el desmayo. Terminó el desayuno, limpió sus labios con sutil delicadeza, estuvo a punto de solicitar a la joven un vaso de agua pero no lo hizo debido al incidente anterior y a la escasa simpatía mostrada por la camarera. Prefirió ir al baño donde bebió abundantemente, secó de nuevo su boca y se miró coqueto al espejo.
_ ¡Sublime!-, exclamó-, pero me sigue doliendo la cabeza-. Fueron demasiadas cervezas las tomadas la noche anterior, o ¿fue otra la bebida ingerida? - ¡Bah!, qué más da, se abre la farmacia-, tenía que ayudar a su cerebro a permanecer activo, así pues sacó una papelina de su cartera, con el carné que le acreditaba como jefe de seguridad titulado y diplomado hizo unos rápidos y hábiles movimientos sobre el mármol del lavabo; dos rayas paralelas, simétricas, perfectas, aparecieron de forma mágica ante sus narices, inclinó éstas hacia aquéllas y las aspiró de dos profundas inhalaciones haciéndolas desaparecer con idéntica pericia con la cual las fabricó; limpió, muy meticuloso él, los restos del lavabo y después los de su rostro para más tarde hablarle al tipo del espejo:
_ Bueno Dioni, vamos a ver al jefe.
_ Hasta luego-, se despidió de la camarera ya en el exterior del cuarto de baño, sin dejar de caminar y dirigiéndose a la salida sin aguardar una respuesta que de hecho no se produjo. Antes de que consiguiera alcanzar la puerta entró en el local un joven desgarbado, cabello largo y rubio, amplia sonrisa descarada bajo una nariz larga y gruesa; el recién llegado saludó a toda la concurrencia con grandes voces.
_ Buenos días a todos, ha llegado Antonio, agencia de viajes calle Farmacia, si alguno de los presentes o incluso de los ausentes necesita un buen viaje, cualquier tipo de viaje, yo soy el tipo apropiado para proporcionárselo-, se sentó en el primer taburete vacío y apoyó los codos en la barra, después, utilizando el mismo tono de voz e idéntico volumen se dirigió a la camarera-, buenos días preciosa, ponme... bueno tú ya sabes, lo de siempre y tu mejor sonrisa.
Rosa no pudo servir su mejor sonrisa, no estaba de humor, además unas nauseas repentinas y amargas sobrevinieron desde su estómago, tuvo que salir corriendo hacia el baño para no vomitar delante de los clientes, la bilis que devolvía no era producto de su desmesurado dolor por el reciente fallecimiento de su novio, ni producto de una repentina enfermedad, sino de su embarazo. El ser que comenzaba a brotar de sus entrañas era lo único que tenía de Álvaro, ella no lo sabía pero en su vientre crecía el hijo de un fantasma.
_ ¡Qué gente más rara viene a este local!- protestó Dionisio entre tanto lograba alcanzar la calle-, claro que por otra parte no es extraño, ¿quién va a venir con semejante camarera?- subió por la calle Fernando VI, giró a la izquierda en la calle Hortaleza-, nunca volveré a pisar ese antro-, murmuró enfadado.
Rafael Pizarro, el vigilante de servicio en el edificio que albergaba la sede de la empresa para la cual trabajaba Dionisio, le vio acercarse a la puerta por el monitor cuya imagen recogía la cámara exterior de la fachada principal. Cuando llegó a la entrada, el vigilante atento, accionó el mecanismo de apertura sin esperar a que se produjera llamada alguna, tal y como gustaba a los ejecutivos de la empresa, permitiendo así el acceso al interior del edificio del jefe de seguridad.
_ Buenos días señor-, tras el saludo el trabajador aguardó unos instantes en silencio, pero como no hubo ninguna respuesta ni saludo continuó su monólogo elevando un ápice su volumen de voz, por si el problema estribaba en que su interlocutor no hubiese percibido sus palabras-, decía que buenos días señor y por cierto, hace quince minutos ha llegado el presidente y ha preguntado por usted.
_ ¿Ya ha llegado?-, preguntó Dionisio sorprendido y consultando su reloj visiblemente contrariado, por lo menos Rafael tuvo la certeza, ahora sí había oído aunque no obtuvo saludo alguno-. ¡Maldita sea!, la cita era a las diez, son menos cuarto y ya lleva aquí quince minutos, ¿qué mosca le ha picado?- y diciendo esto salió corriendo escaleras arriba como alma que persigue el diablo-. Y todavía le habrá parecido extraño que no hubiera llegado yo.
_ De nada señor, a servirle a usted, para eso estamos-, añadió el vigilante sarcástico advirtiendo que no solamente no le había dado los buenos días sino que también había olvidado darle las gracias por transmitir el recado.
_ Buenos días Cristina -, saludó amable, ahora sí, a la secretaria del presidente-, dile al jefe que ya he llegado, por favor.
_ Hola Dioni, buenos días, pasa directamente, te está esperando.
Dio dos golpes tímidos y no obstante ruidosos, con sus nudillos en la puerta del despacho.
_ Adelante-, dijo una voz autoritaria desde el interior.
_ Soy yo don Alberto, ¿da usted su permiso?
_ Pasa Dionisio y siéntate, hago una llamada urgente y enseguida estoy contigo.
Don Alberto era un presidente exigente, un ejecutivo agresivo y un empresario eficaz, y sin embargo era muy buena persona. Le gustaba el trabajo bien hecho, las cosas claras y el chocolate espeso. Había alcanzado la dirección de la empresa comenzando desde los puestos de abajo, a fuerza de tesón, de trabajo y sin enchufes, y precisamente por esas circunstancias respetaba a sus operarios, a quien servía para el trabajo lo cuidaba y lo mimaba, al que no valía o no quería valer, lo despedía y lo indemnizaba, nunca empleado alguno de su empresa se sintió explotado, nunca trabajador alguno bajo su dirección pudo decir, sin faltar a la verdad, que sus derechos habían sido vulnerados.
En cuanto a su aspecto físico era alto y corpulento como un practicante de lucha libre, sus cabellos impecablemente cortados y peinados permanecían negros como azabache a pesar de haber cumplido ya los cincuenta y tantos, sus trajes siempre eran oscuros, sus camisas siempre lisas y azules, sus corbatas serias como sus ojos y su gesto.
Cesó el ronroneo monótono de su voz, colgó el teléfono, levantó el rostro y su bigote poblado y negro apuntó directamente al responsable de seguridad de la empresa por él dirigida.
_ Bien Dionisio, ya estoy contigo, cuéntame.
Tras el escueto preludio, el jefe de seguridad se aclaró la garganta con un ligero carraspeo al tiempo que extrajo unos portafolios de su abrigo, prenda de la cual se había liberado durante la conversación telefónica de don Alberto y ahora reposaba a su lado, en una silla cercana, cuidadosamente plegado.
_ Verá don Alberto, el asunto es referente a los últimos sucesos y a nuestro... digamos... incompleto sistema de seguridad.
_ ¿Qué significa exactamente la expresión “últimos sucesos”?- preguntó directo sin tropos ni ambages, ya quedó advertido anteriormente su gusto por las cosas claras y el chocolate espeso.
_ Ya lo sabe usted don Alberto, no es ningún secreto, hay un grupo terrorista especializado en secuestros y extorsión a personalidades públicas relevantes, este año han cometido ya siete secuestros de importantes empresarios y ejecutivos o de familiares de hombres de negocios, además, han atentado contra tres firmas diferentes enviando ántrax por correo a sus órganos de dirección, ese producto no está al alcance de cualquiera, por lo tanto no son aficionados sin importancia, y nosotros no disponemos ni siquiera de escáner para revisar la paquetería recibida; ahora hemos tenido la desventura de sufrir la desgraciada muerte de un vigilante en acto de servicio, la prensa nos ha puesto en el disparadero, estamos en boca de la opinión pública y quizá por ello, ahora más que nunca, en el punto de mira de los terroristas, nuestra obligación es protegernos, blindarnos contra esa posible amenaza.
_ Bien, ya conocemos el problema-, dijo don Alberto sin impresionarse demasiado ante la explicación de su experto en seguridad para luego añadir-, ahora necesitamos una adecuada evaluación de riesgos y conforme a los resultados elaborar un plan de protección adecuado.
_ Exacto-, aguardaba con deleite aquel momento, abrió el portafolios, entregó una documentación al presidente-, vengo bien preparado, acaso creías que con cinco minutos de paciente escucha me ibas a despachar-, pensó, y sin embargo adujo-, me he tomado la libertad de traer ya preparadas ambas cosas.
_ Perfecto, entonces estudiemos el resultado y las conclusiones obtenidas-, añadió el presidente.
_ El resultado es evidente, somos una víctima potencial y probable de cualquier acto violento, los factores de mayor influencia son la importancia, magnitud, y posibilidades económicas de la empresa, además, debemos considerar como posible elemento inductor nuestro defectuoso, parco y anticuado sistema de seguridad cuya única ventaja es su bajo presupuesto y mínimo coste.
_ Si no recuerdo mal eres el responsable de ese sistema de seguridad defectuoso parco y anticuado.
_ Sí, lo soy, por ahora no he estimado oportuno introducir grandes cambios, pero las circunstancias han cambiado y lo que ayer era bueno o pasable hoy es a todas luces insuficiente.
_ Hazme un resumen de estos documentos que más tarde estudiaré con detenimiento y dime, ¿qué necesitaríamos para tener un sistema de protección óptimo?
_ En cuanto a medios materiales lo principal es un equipo de revisión de correo y equipajes de mano por rayos equis, un arco detector de metales para el acceso de visitas al edificio y un coche blindado para usted don Alberto, y dotado con inhibidor de frecuencias, por supuesto.
_ ¿Y en cuanto a medios humanos?
_ Más personal claro, mejor preparado y más cualificado que el actual y de plena confianza.
_ ¿Cuántas personas más son más personal?
_ Pues exactamente necesitaríamos un vigilante de seguridad con arma en el garaje durante el horario en el cual el edificio esté abierto para evitar el acceso de vehículos no autorizados; mantendríamos un vigilante de seguridad con arma veinticuatro horas en el acceso principal, serían dos hombres al día a turnos de doce horas y necesitaríamos otro vigilante armado que prestaría apoyo a los otros dos y con libertad de movimiento por las instalaciones; éste último sería el jefe del equipo, tendría horario flexible, según las necesidades, pero estaría presente siempre que el edificio estuviera abierto y sería mi hombre de confianza, el nexo de unión entre el equipo de seguridad y nuestra empresa... también necesitaríamos un escolta para usted veinticuatro horas al día, y quizá otro para sus familiares directos con las mismas características.
_ Todo eso supondría incrementar mucho el gasto y además es difícil explicar a los accionistas tantas medidas de seguridad para mí mismo y para mis familiares, no me gusta.
_ Es cierto, se incrementaría el coste, pero demos otro enfoque al asunto, veámoslo desde el punto de vista opuesto y considerémoslo como una inversión, un ahorro, invertimos en nuestra seguridad don Alberto.
_ De acuerdo, prepara un presupuesto, pero no te prometo nada.
_ Me he tomado la libertad de hacerlo ya, he solicitado presupuesto a cuatro empresas de seguridad diferentes pero siempre dentro de las mejores del mercado.
_ ¡No me jodas Dionisio!- Don Alberto se levantó de forma tan brusca y además dando un golpe seco con las palmas de sus manos en la mesa, que su inesperada reacción sobresaltó a Dionisio-, no vamos a cambiar de empresa justamente después de que ha fallecido un muchacho, dame el presupuesto de la nuestra y tira los otros tres a la basura.
_ Hay otra empresa con precios muy asequibles-, se atrevió a decir Dionisio acercando no obstante el pliego de la prestataria actual del servicio y sus honorarios a don Alberto con mano temblorosa.
_ No estoy disconforme con la empresa que tenemos y no veo razón para cambiar Dionisio, a no ser que tú tengas algún motivo especial.
_ No don Alberto, únicamente el precio, no hay otro motivo, sería un gran ahorro para la empresa.
El presidente estudió la documentación por unos minutos, después, sin cerrar la carpeta añadió:
_ Déjame ese tan barato al cual has hecho referencia.
Dionisio le dio otra carpeta y el análisis del expediente le hizo albergar esperanzas, en realidad a él le daba lo mismo que le adjudicaran el servicio a una empresa u otra excepto en un pequeño detalle, la que resultaba más económica le había ofrecido una pequeña comisión si conseguían sacar adelante el proyecto.
_ No hay una gran diferencia-, adujo el presidente una vez realizadas las comparaciones-, además estas empresas tan asequibles consiguen abaratar los costes a base de explotar a los trabajadores y de escamotearles parte de sus honorarios, con lo cual tendríamos un servicio más barato pero con un personal descontento y eso, por supuesto, no nos interesa-, le devolvió los documentos y puso su mano sobre los primeros-, nos quedamos con nuestra empresa de siempre, aunque de todos modos el resultado final tiene muchos ceros.
_ Es más de lo que supone el desembolso actual pero las mejoras merecen el esfuerzo.
_ Esto es un Potosí Dionisio-, dijo don Alberto ejecutando un movimiento negativo con su cabeza-, no puedo permitirme este gasto, me gustaría, pero no puedo, nuestros accionistas se nos echarían encima y esos sí son fieras capaces de matar cuando se trata de incrementar costes, podrían resultar más peligrosos que los propios terroristas.
_ Entonces... - Dionisio no se atrevió a terminar la pregunta iniciada, de todos modos don Alberto contestó sin dar mucho tiempo a la duda.
_ Entonces estamos de acuerdo en cuanto al aumento de efectivos humanos, excepto en lo concerniente al horario del escolta, al cual lo suprimiremos durante los fines de semana y sólo lo utilizaremos de ocho de la mañana, hora en que habitualmente abandono mi domicilio, hasta las nueve de la noche, hora normal de regreso; y al vigilante con arma del garaje lo convertiremos en la opción siempre más barata de vigilante de seguridad sin arma. En cuanto a las medidas materiales compraremos el escáner, el arco detector de metales tendrá que esperar, y por supuesto permanecerá a la espera también el asunto del coche blindado y de los inhibidores. ¿Estamos de acuerdo?
_ No es lo que yo había pensado, pero si no hay más remedio, estamos de acuerdo.
_ En ese caso estamos de acuerdo, porque en efecto no nos queda más remedio-, afirmó don Alberto para después interrogar-, ¿tenemos algún tema más pendiente?
_ Sí señor, un pequeño detalle.
_ Pues venga, dispara y se breve dentro de lo posible, me espera el consejo de administración.
_ Seré muy breve; es necesario sustituir a todos los vigilantes que en la actualidad prestan servicio con nosotros y escoger personal con nuevas ilusiones.
_ Y eso ¿por qué?, no me gustan los cambios ni tampoco soy partidario de prescindir de trabajadores que no han realizado mal sus obligaciones.
_ Necesitamos gente nueva, profesionales capacitados, los mejores del sector, personas de plena confianza.
_ ¿De qué confianza hablamos, de la tuya o de la mía?
Dionisio reflexionó unos instantes, no había previsto aquella pregunta y meditó con cuidado la respuesta, tras el breve silencio balbuceó inseguro.
_ Bueno... debido a que yo soy el jefe de seguridad, y soy el experto en este asunto... me refería a personas de mi confianza, además, ya he pensado en todas las personas apropiadas para cada puesto, algunos trabajan en otras empresas pero no habrá problema, la empresa de la cual somos clientes no tendrá inconveniente en contratarlos en condiciones favorables para ellos.
_ Seamos sinceros Dionisio, tú quieres llenarme el edificio y mi casa de amigos tuyos, no me parece correcto, tú puedes elegir a algunas personas de tu confianza, pero... si me veo obligado a sufrir la incomodidad de llevar un escolta pegado al trasero todo el día exijo que sea de mi confianza, y lo mismo digo de quien deba acompañar a mi esposa, ése, además de un excelente profesional y perfectamente capacitado, deberá ser feo, calvo, bajito y gordo para que ella no me ponga los cuernos con él, ¿entiendes?
_ Bien, de acuerdo en ese punto, los escoltas los elige usted en persona y los vigilantes de uniforme del edificio son cosa mía-, dijo Dionisio transigente en parte y levantándose de la silla para dar la conversación por finalizada sin más inconvenientes.
_ ¡Espera!- exclamó don Alberto que ya estaba de pie hacia tiempo-, hay otra cosa.
_ Usted dirá.
_ Rafael Pizarro, el vigilante que está hoy de servicio, le tengo un cariño especial, lleva mucho tiempo con nosotros, desearía que se quedara, me parece buen trabajador, responsable y por descontado merecedor de toda nuestra confianza, además sería perfecto como jefe de equipo. ¿Qué te parece?
_ Pues sintiéndolo mucho debo contradecirle señor, no es lo que yo había pensado, tengo otra persona perfecta para ser el jefe de equipo, alguien cualificado y de confianza, además es alguien a quien no le importa alargar su horario si es necesario, ni realizar funciones que no correspondan por completo a las propias de seguridad y que otros trabajadores, como por ejemplo Rafael Pizarro, se negarían a realizar y lo más importante, una persona ajena a la empresa, desconocida para nuestros empleados con quienes probablemente tendrá que discutir y podrá hacerlo sin lastres anteriores, sin antiguas amistades ni confianzas.
_ De acuerdo, tú eliges a tu jefe de equipo, pero Rafa se queda.
_ No me acaba de gustar la idea, es muy rebelde, era muy amigo del vigilante fallecido y parece resentido contra nuestra empresa, parece culparnos de lo ocurrido.
_ Dionisio, te repito que Rafa se queda-, dijo tajante el presidente.
_ Está bien-, añadió con resignación Dionisio-, si es su deseo que se quede pero...
_ Sí es mi deseo-, interrumpió don Alberto-, además, tienes razón, le veo muy afectado por la desaparición de su compañero, habla con él, si necesita unos días de vacaciones que se los tome sin ningún problema.
_ Como usted crea conveniente señor presidente.
_ Otra cosa, respecto al chico fallecido, Álvaro creo que se llamaba ¿no es así?
_ Sí, así es, Álvaro Mohíno Ibáñez.
_ No llegué a conocerle bien, pobre muchacho, no me resultó posible asistir a su entierro, ponte en contacto con su familia, disculpa mi ausencia en el sepelio y transmíteles mis condolencias, y... añade de forma que resulte sincero y convincente que si necesitan algo, cualquier cosa, ayuda económica incluida, que se pongan en contacto directo conmigo sin dudarlo un instante.
_ Así se hará don Alberto, es usted muy generoso si me permite el comentario.
_ ¿De qué murió el muchacho?, parecía un joven fuerte y sano, ¿hemos descartado la posibilidad de un suicidio?
_ La autopsia determinó fallo en el sistema cardiorrespiratorio, no fue un suicido, ni tampoco un asesinato, fue una muerte natural, llegó su hora.
_ Rafael me ha contado una historia de fantasmas y añadió como colofón que su compañero murió de miedo.
_ Habladurías, esos comentarios son propios de gente ignorante, supersticiones e invenciones de mentecatos y obtusos-, dijo Dionisio con una gran sonrisa sarcástica en los labios.
_ Pues aun a riesgo de que me creas un nesciente y me adjudiques uno de esos calificativos despectivos yo pienso que cuando el río suena agua lleva, por lo tanto, mañana a primera hora quiero ver sobre la mesa de mi despacho un informe completo y detallado sobre la muerte del muchacho, resultado de la autopsia incluido y un resumen de las investigaciones policiales.
_ Mañana estará en su mesa a primera hora, ordena alguna cosa más señor.
_ No, gracias Dionisio, preséntame lo antes posible a los nuevos vigilantes del nuevo sistema de seguridad, yo por mi parte presentaré el nuevo proyecto y el nuevo presupuesto al consejo de dirección-. Había recalcado en exceso las cuatro veces que utilizó la palabra nuevo y esa circunstancia dio a sus frases un tono de susceptibilidad que, desde luego, no era nada nuevo.
_ Sí don Alberto, descuide, posiblemente la semana próxima estemos en disposición de ponerlo en marcha, le mantendré informado.
Salió del despacho del presidente de la empresa, sus pasos hicieron crujir la tarima de madera que cubría el suelo, cerró con suavidad excesiva la puerta, no dio un portazo pero ganas no le faltaron para hacerlo. No se despidió de la secretaria, y eso, teniendo en cuenta lo meloso y dora membrillos que era con las secretarias de los ejecutivos en particular y con las mujeres en general, sobre todo si eran bonitas, y Cristina en verdad lo era; aquel modo de actuar suponía una señal evidente e inequívoca de su enfado. Hubiera deseado él conseguir todos los medios propuestos en su estudio, cambio de empresa incluido, había perdido su comisión y también otras que ya tenía apalabradas con los fabricantes que suministraban coches blindados, inhibidores de frecuencias y arcos detectores de metales; pero sobre todo y por encima de cualquier beneficio económico hubiera querido librarse de Rafael, y no porque fuera un mal vigilante, que no lo era, sino porque sabía demasiado, porque no le gustaba su manera de tratarle, nunca, jamás, le había hecho la pelota, todo lo contrario, aprovechaba cualquier mínima ocasión para mostrarle un ambiguo desprecio, siempre cuestionando sus órdenes, rebatiendo sus argumentos, siempre pronunciando la última palabra, quedando por encima como el aceite, y lo que menos le gustaba y más le preocupaba, tenía muchas y buenas amistades entre los trabajadores de la empresa, incluso con alguno de los ejecutivos, hasta el presidente le tenía un cariño especial según sus propias palabras, ¿dónde se ha visto ese dislate?, el presidente de una importantísima empresa apreciando al vigilante de seguridad, al último eslabón de la cadena, el rey estimando al bufón del castillo.
_ ¡Inaudito!- exclamó terminando de bajar las escaleras.
A su derecha quedaba ahora la garita de seguridad, el vigilante, Rafael, atendía a una visita con su característica profesionalidad y educación, posteriormente, realizada su misión, le facilitó una tarjeta distintiva de visitas y le abrió la puerta permitiéndole la entrada. La mirada del jefe de seguridad y la del vigilante quedaron entonces enfrentadas, pasó un ángel entre ellos, la tensión era palpable, el silencio angustioso, ninguno de los dos parecía cómodo en presencia del otro, las pupilas no pestañeaban como si ese acto reflejo fuera señal de debilidad, se miraban sin titubeos, desafiantes.
_ ¿Quería usted alguna cosa?- preguntó el vigilante por fin.
_ No, nada, ¿por qué?- interrogó a su vez su superior.
_ Como me mira de esa forma y con esa insistencia he pensado que tal vez me había hablado y yo no le había escuchado.
_ Pues has pensado mal como de costumbre, y no me hables de usted, soy más joven que tú.
_ Sé que es usted más joven, pero no le apeo el tratamiento por respeto.
_ Yo no necesito tu respeto.
_ Lo sé señor, usted no necesita nada de nadie y menos de mi humilde ser, pero eso no me exime de ser educado, por tanto y con su permiso lo seguiré siendo, educado y humilde quiero decir.
Dionisio lo fulminó con la mirada, le hubiera despedido de inmediato de no haber sido por la conversación reciente con el presidente, contuvo su malestar a duras penas… pudo mirarse por dentro, descubrir su infierno y seguir adelante. Giró a la izquierda y se encaminó a su despacho. Siempre la suya debe de ser la última palabra pronunciada, siempre quedando por encima de todo como el aceite, siempre sacándole de sus casillas, siempre exacerbándole, enervándole, irritándole...
_ Adiós señor que tenga USTED buen día-, escuchó a su espalda todavía la voz de Rafael, una vez más, y subrayando el usted para enojarle más, indignarle, molestarle, fingió no oírle y murmuró en voz alta:
_ Ya me ocuparé de ti en su debido momento.
A mitad del pasillo advirtió la presencia de Eva López, la única trabajadora de la empresa que, a excepción de él, había asistido al sepelio del vigilante fallecido. Sonrió, estuvo a punto de dedicarle uno de sus habituales y ocurrentes piropos, pero el gesto hosco, rudo, hostil de la secretaria ante su intento de sonrisa amistosa ahogó las palabras en su garganta. No obstante cuando se cruzó con ella se giró con descaro a observarla por la retaguardia.
_ Otra que tal baila-, murmuró de nuevo sintiendo aumentar su mal humor-, también me ocuparé de ti no lo dudes, ¿por qué mostrará esa tosquedad conmigo? ¿Será el día de hoy que ha amanecido adverso? Desde la camarera al presidente pasando por el vigilante y las secretarias todos se muestran antipáticos conmigo, pero tranquilos, Dioni no olvida las afrentas y sabe esperar su turno. La paciencia es una de mis múltiples virtudes.

Los doce amigos de la amiga de mi amiga


Artículo publicado en el número de marzo de la revista Vivir Valdemoro
Fotografía de Charo Hernandez (Colectivo Toc Arte)

Un día espléndido de la espléndida
primavera que aunque no ha llegado
parece que quiere adelantarse. Un
parque agradable con su quietud y su
silencio, una terraza tranquila al sol, la
temperatura es agradable, el día perfecto.
Un grupo de amigos, se divierten,
toman algo, charlan, bromean, mas no
están todos, falta alguien a quien aprecian,
falta la amiga de mi amiga.
Alguien la echa de menos y pregunta
por ella. Mi amiga coge el móvil,
mientras va marcando un número que
conoce de memoria comenta.
- Pues creo que este fin de semana
no se ha ido al pueblo, además vive
aquí cerca, vamos a llamarla a ver si
está en casa y viene un ratito.
El teléfono da tono de llamada, parece
que nadie va a contestar, cuando
casi se ha consumido el tiempo para
que se produzca la desconexión se oye
una voz débil al otro lado.
- Hola, ¿no te habré despertado?
Bueno es igual en todo caso ya estás
despierta, estamos todos en la terraza
del parque, te echamos de menos, ven
a tomar algo, la gente quiere verte.
- Creo que no, no me apetece salir,
no me encuentro muy bien, me he levantado
un poco mareada me duele la
cabeza y lo único que me apetece es
estar tumbada.
- Venga, están locos por verte, además
te vendrá bien salir y tomar un
poco el aire, aquí se está fenomenal.
- Quizá tengas razón, me conviene
salir a ver si me despejo, me doy una
ducha rápida y bajo, en treinta minutos
estoy ahí.
Todos celebraron su pronta presencia
cuando mi amiga les notifico su
decisión, entre tanto la amiga de mi
amiga deja caer el teléfono con desánimo,
busca las zapatillas por debajo
del sofá, se levanta y sale al pasillo
en dirección al baño. Al levantarse su
sensación de mareo se incrementa, se
tambalea, la cabeza duele a rabiar, las
paredes del pasillo parecen moverse,
finalmente cae, se desploma, se desvanece
sin llegar al baño.
Mi amiga se impacienta, ha dicho
media hora y ya ha transcurrido una.
Llama de nuevo, no obtiene respuesta,
van a su casa y nadie contesta.
Empiezan a preocuparse, deciden avisar
a la policía que irrumpe en la casa
ante la desesperación de los jóvenes.
La amiga de mi amiga yace en el suelo,
toda su belleza esparrancada en el
suelo del pasillo, un derrame cerebral
repentino y traidor ha sellado su vida.
Han pasado unos días, la sorpresa
y el dolor de sus familiares y amigos
no han menguado tras la repentina
desaparición de una mujer joven y saludable,
auténtica mala suerte de una
buena persona. BUENA PERSONA
con mayúsculas digo y afirmo, la amiga
de mi amiga era donante, hasta doce
de sus órganos han sido utilizados para
aliviar el dolor de otros enfermos o
para salvar sus vidas. Doce amigos,
secretos para todos excepto para ella,
doce amigos de la amiga de mi amiga
serán más felices gracias a ella y su
actuación solidaria. Y quizá ese gesto,
sirva para atenuar el dolor de sus familiares,
saber que en algún lugar del
mundo parte de ella vive todavía, además
de estar para siempre viva en sus
corazones.
Otro día de primavera, los amigos
otra vez se reúnen en el parque, a partir
de la desgracia de su amiga han decidido,
como modo de rendirle homenaje,
que nunca pasarán más de un mes sin
verse y brindar por ella. Alzan sus copas
al cielo y les parece adivinar que
desde una nube alguien les sonríe, ven
su sombra blanca, su pureza transparente,
su esencia cristalina, incluso, si
guardan silencio y concentran su mente
en el azulenco cielo pueden oír su
voz dulce y nítida sin demasiado esfuerzo.
- Ahora que estáis todos juntos os
diré que la muerte es tan sólo un episodio
más de la vida, es como estar dormido
en una habitación secreta donde
nadie te molesta y desde donde todo lo
dominas, a pesar de la muerte yo sigo
existiendo, estaré con vosotros siempre,
en vuestros corazones, seguiremos
siendo amigos. No dejéis nunca de hablarme,
ni cambiéis vuestro tono de
voz por otro más compungido o triste,
no debéis dejar de sentirme cerca ni
estar apenados. Por el contrario debéis
seguir sonriendo, siempre, brindad por
mí y pronunciad mi nombre de forma
natural, sin que haya sombras oscuras
de miedo ni dolor alrededor, aunque
no me veáis mi corazón estará junto al
vuestro, seré como las estrellas, aunque
no me veáis tendréis la certeza de
que estaré ahí y la existencia, vuestra
vida continua y yo la disfrutaré con
vosotros mientras seáis capaces de
mantenerme en el recuerdo. Para mí
ya siempre será primavera.
Doce personas son más felices que
antes, sus amigos la quieren igual o
más todavía y ella, les habla, les sonríe
desde el cielo, porque las buenas
personas están en el cielo, y en esta
ocasión, estoy seguro de no estar equivocado.

martes, 2 de febrero de 2010

Caitulo I: El sepelio de dos héroes.


fotografía publicada bajo licencia de Creative Commons, autor Inthesitymad.


Os dejo aquí el capítulo I de "La profecía del silencio" es el primer episodio que nos lleva al año 1625 dos héroes han muerto y van a ser sepultados en el convento de las Arrecogidas.




Se cruzan las voces de los muertos con el fragor del agua de los ríos inferiores del paraíso que desembocan en la eternidad.
Fernando Sánchez Dragó. “La prueba del laberinto”





CAPITULO I
El Sepelio de dos héroes
(15- 10- 1625)
Las campanas de la iglesia de San Antón tocaron a muerto.
Una fina lluvia comenzaba a caer. El lamento fúnebre de los tañidos instiló de tristeza al viejo Madrid de los Austrias, en el cual la vida se organizaba por los sonidos de los bronces de sus iglesias, que no sólo dictaban los horarios, sino también cuando debían sus habitantes estar tristes y cuando alegres.
La ceremonia religiosa, oficiada por el nuevo abad superior de la Congregación de San Antón, que ocupó el puesto del difunto hermano Pascual, había sido breve aunque solemne; el silencio respetuoso de los asistentes al templo fue completo, tan sólo interrumpido por las palabras del sacerdote y tímidamente cuestionado por los sollozos ahogados de Constanza y de Catalina, anteayer esposas, hoy viudas de Alejandro Tordesillas, Capitán de la Guardia de Madrid, y de Francisco Espinosa el Renco, respectivamente.
Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, también asistió, compungido de dolor, al entierro de los dos héroes, y contaron mil hablillas y rumores que circularon durante algún tiempo por los mentideros de la capital, que el propio Rey, don Felipe el IV y la Reina, su esposa, doña Isabel de Borbón, también estuvieron presentes en el oficio religioso celebrado en honor de los dos valientes finados, si bien permanecieron ocultos en un oscuro y discreto palco, escondidos de las miradas del populacho y manteniendo así sus lágrimas y su tristeza en secreto.
Concluida la ceremonia, seis guardias impecablemente uniformados con atavío de gala, trasladaron a cada uno de los féretros hasta sendos coches fúnebres ornamentados con cortinas de seda oscura y crespones de luto, tirados por cuatro briosos corceles negros. Constanza y Catalina, las apenadas viudas, aunque la distancia a recorrer era brevísima y lo sabían, subieron al pescante de los carruajes para cubrir el último camino acompañando a sus esposos. El propio Olivares se situó inmediatamente detrás de los coches para abrir la comitiva de acompañamiento; los familiares, allegados, caballeros y cortesanos formaron una hilera a la diestra del cortejo, tal y como era lo habitual en estas situaciones; las damas construyeron otra fila a la siniestra, era lo apropiado y acostumbrado; detrás, amalgamados sin orden ni concierto, pero con profundo respeto, el vulgo en general: curiosos, mendigos, matachines y valentones, criados y bufones, ex compañeros, ex soldados, espadachines a sueldo, amigos y enemigos, tan sinceros como discretos.
Y vio el Conde Duque, a su retaguardia, como se situaban el hermano Emilio, nuevo abad superior de San Antón, y la madre superiora de la Congregación de Santa Águeda, ocupando el lugar que les correspondía en la comitiva, e inmediatamente detrás apreció las figuras solemnes y oscuras del Capellán Real y del Obispo de Madrid y primer juez de la Inquisición, fue entonces cuando el rictus de dolor de su rostro y su gesto de quebranto, se convirtió en arrebato de ira.
_ Aguarden un momento-, ordenó al sargento encargado de mandar la compañía de guardias y alabarderos que debían abrir el cortejo, y tras dar esta orden se dirigió hacia atrás con paso airado deteniéndose junto al nutrido grupo de religiosos. Su mirada era gélida, fría como hielo, y era la única parte de su cuerpo que acusaba frío, pues el resto ardía de rabia. El ala ancha de su oscuro sombrero se elevó y sus ojos buscaron sin disimulos ni concesiones los del Capellán Real y más adelante los del Obispo, después de dedicarles tres segundos exactos a cada uno de ellos, su mirada se centró en la del Capellán Real y espetó:
_ Caballeros-, se dirigió a ambos aliviándoles del tratamiento religioso con absoluta intención-. Si bien dentro del templo no tengo autoridad, ni soy persona apropiada para permitir o negar la entrada o la asistencia a los oficios religiosos, por el contrario aquí afuera sí tengo autoridad y voy a ejercerla. Como ministro del rey y como familiar directo de uno de los finados les ruego, o mejor aún, les ordeno, que no ensucien con su presencia este doloroso momento-, dejó de hablar y sin embargo continuó observándoles con frialdad y desprecio.
Todo en su actitud evidenciaba que les atribuía a aquellos frailes la responsabilidad de la muerte de los dos caballeros. Y en realidad, ni siquiera él sabría si le había molestado más la muerte de Alejandro Tordesillas, o que se hubieran saltado su jurisdicción para resolver el problema por éste suscitado.
_ Pero señor, nosotros...- fue el Obispo quien intentó balbucear una disculpa con sabor a sorpresa, mas el Capellán Real con un gesto airado de su mano diestra le obligó a callar, y llevando la mano despacio a la cruz dorada que brillaba en su pecho, añadió muy digno y sereno:
_ Debemos acatar el deseo expreso de la familia, será nuestra forma de exteriorizar nuestro respeto por los desaparecidos y manifestar nuestro dolor- dicho esto se retiraron ambos del cortejo fúnebre y se cobijaron en el interior del templo seguidos por la atenta y retadora mirada de Olivares.
Una vez hubieron desaparecido en el cobijo de los santos muros, el señor Gaspar de Guzmán recobró su elegante compostura y haciendo alarde de ella se dirigió al abad superior de San Antón y a la madre superiora de Santa Águeda.
_ Disculpen este desagradable incidente impropio de un acto como el que nos ocupa, les invito a hundirlo en el más profundo de los olvidos, así como también mis... momentáneos bruscos modales-, sin esperar respuesta se marchó con paso lento pero firme, ocupó el lugar preeminente que le correspondía en el acompañamiento y dirigiendo su mirada, ligeramente más cálida ya, al sargento de la guardia, asintió con gesto grave autorizando el comienzo del desfile.
No fue largo el paseo, apenas a setecientos metros del templo de San Antón giró la comitiva a la izquierda para bajar por la calle de las Infantas y de nuevo girar a la izquierda en la primera boca calle para transitar por la calle de San Antón y recorrer otros setecientos metros, hasta llegar a la entrada del huerto situado en la parte posterior del convento de Santa Águeda.
En aquel huerto había dos tumbas recién escavadas bajo la apacible sombra de un tilo. Entre respetuosos silencios y dolorosos lamentos, los dos ataúdes fueron introducidos en las fosas, cuatro frailes comenzaron a cubrir los féretros devolviendo la tierra húmeda a su lugar de origen, cuando los túmulos estuvieron terminados, los asistentes al sepelio se fueron marchando.
Quedaron los familiares más próximos que eran a su vez los más compungidos, al menos en apariencia, y también el abad, la superiora, y el valido Olivares. Al finalizar el murmullo de la última oración, los dos hijos del Renco, condujeron a Catalina, su madre y reciente viuda, hasta su casa en la calle de las Flores; el abad y la superiora desaparecieron con discreción y presteza en el interior del convento por una puerta bien disimulada entre los árboles del huerto; Constanza se resistía a abandonar el camposanto, ella sentía que todo cuanto tenía en el mundo yacía en aquella tumba, cuando en verdad, no era así, no, no era así.
Un vómito amargo y silencioso recorrió su esófago, la bilis que devolvía no era producto de su desmesurado dolor, ni producto de una repentina enfermedad, sino de su embarazo. El ser que comenzaba a brotar de sus entrañas sí era lo único que tenía en este mundo y se cruzaban las voces de los muertos con el fragor del agua de los ríos inferiores del paraíso y la vida se confundía con la muerte en aquel camposanto. Olivares le facilitó un pañuelo de seda, impregnado de un delicado perfume, para limpiarse el rostro de lágrimas, saliva y hiel; entre tanto consiguió convencerla de la necesidad de marcharse y, gentil, la acompañó para darle consuelo. Alejandro Tordesillas Capitán de la Guardia de Madrid y Francisco Espinosa el Renco, quedaron allí para siempre, sus cuerpos maltrechos vilmente acuchillados y mal remendados descansaban con dos metros de tierra madrileña sobre sus valientes pechos. Quedaron allí enterrados para siempre sus cuerpos, sí; mas no así sus atormentadas almas.
Apenas pasada la media noche Constanza consiguió conciliar el sueño. Fue entonces y sólo entonces cuando el conde duque de Olivares abandonó su compañía, afuera seguía lloviendo, era una molesta y monótona llovizna que por instantes crecía en intensidad y molestia y monotonía, por suerte para don Gaspar Guzmán, en la misma puerta le aguardaba su coche, el único de Madrid provisto de cristales. El coche recorrió la calle Don Juan de Alarcón, bajó por la calle de Santa Catalina y enfiló por la calle Ortaleza hacia la Puerta del Sol. Ordenó el viajero detener la carroza justo entre la iglesia de San Antón y la de Santa Águeda, a través del vidrio mojado se pudo ver como fijaba sus tristes ojos en la figura de San Antón que presidía la entrada de la iglesia, y a la par sus labios se movieron bajo su cuidado bigote murmurando algo; ¿una oración?, ¿una petición?, ¿una disculpa?, ¿una arrepentida jaculatoria? Sea cual fuere el asunto de su susurro fue un secreto que el cristal de su coche salvaguardó al igual que a su cuerpo salvaguardaba de la lluvia, y así, sólo él y San Antón conocieron de su existencia y contenido.

lunes, 1 de febrero de 2010

Introducción: El amplio manto de la desgracia

En "La profecía del silencio", tras la presentación, viene una introducción que es en realidad el primer capítulo encubierto, lo dejo en el blog para ir introduciendo a los lectores en la trama.






Temo que éste sea el preludio de la muerte. No puedo hacer planes a medio plazo, me veo forzado a medir el tiempo en unidades muy pequeñas, el porvenir no existe cuando llega la hora de olvidar lo que uno ha ido aprendiendo a lo largo de la vida. Un amigo me decía siempre que la vejez no es más que ir dejando poco a poco de correr, de andar, de comer, de beber, de leer y hasta de amar, y en dicho instante la muerte se convierte en una posibilidad más atractiva que la vida. Espero que ese trance tan penoso como inevitable sea lo más digno posible.

Nativel Preciado. “El egoísta”

INTRODUCCIÓN

El amplio manto de la desgracia

(27- 3- 2000)

Ayer lo supo, ocupaba la primera página de todos los periódicos del país y, ¿cómo no?, también del Heraldo de Aragón, el diario que un amigo suyo compraba y dos veces a la semana, piadosamente, le leía.

Ayer lo supo, sí, por fin alguien, un desconocido, había matado a “El Majara”.

Ayer lo supo, y por un fugaz instante, la alegría le permitió olvidarse del dolor crónico de sus múltiples heridas. Horas más tarde, evaporada la euforia inicial, pidió perdón a Dios por alegrarse de una muerte, aunque se tratara del fallecimiento de un desalmado mal nacido, del desalmado mal nacido que había destrozado su vida y la de su familia hacía ahora un año.

En la actualidad, en la cruda realidad del jueves veintisiete de marzo del año 2000, su ceguera era su memoria y su recuerdo, su fantasma y su pecado, su incapacidad auditiva le sumía en un agónico y eterno silencio, en la profecía del silencio.

El tímido sol de la mañana acariciaba sin llegar a calentar sus párpados cerrados para siempre en torno a oquedades donde debía haber, y no había, dos perfectos y jóvenes globos oculares.

La brisa de aire frío rozaba las cicatrices de su rostro, las quemaduras del cuello y en ocasiones, cuando el cierzo, soplando desde el Moncayo, sustituía a la brisa, ondeaban como dos estandartes de un ejército derrotado, las dos mangas vacuas de su jersey, donde debía haber, y no había, dos joviales y fuertes brazos.

La temperatura no era agradable, todo lo contrario, los últimos días de marzo resultaban aventados y desapacibles, pero a él, el frío le gustaba, su compañero, el cierzo, era el único capaz de hacerle sentir vida.

Muy pronto la nieve de la sierra comenzaría a derretirse e inundar los riachuelos, a sembrar de cilancos los meandros; los lobos pasearían entonces entre los nuevos brotes florales y las laderas se tornarían verdes, llenando de primavera los alrededores de la aldea que majestuosa se recostaba entre las faldas de las montañas. Y no obstante, todas esas circunstancias serían imperceptibles para él, inexistentes, excepto en lo que su padre, su madre y algún vecino piadoso, fueran capaces de contarle y transmitirle. No lo vería, pues no tenía ojos, no lo tocaría, pues carecía de manos, y apenas lo oiría, pues el setenta y cinco por ciento de su capacidad auditiva se la había robado la onda expansiva de la bomba.

Un mal día, no muy lejano, había decidido abandonar su pequeño pueblo natal y se había trasladado a Madrid, quería ser actor, pretendía dedicar su vida al cine y el teatro, y regresar a su tierra rico y famoso; a duras penas consiguió un empleo de vigilante de seguridad, y su amiga inseparable, la mala fortuna, lo puso en el sitio equivocado en el momento más inoportuno. En realidad él no era el destinatario de aquél sobre entregado con un día de retraso y que ocultaba una trampa explosiva; tampoco era, el infortunado muchacho, culpable de la avería en el escáner, ni del muy deficiente sistema de seguridad de aquél edificio; él sólo era un trabajador anónimo, honrado e inocente que deseaba hacer bien su trabajo, cumplir con su deber y realizar sus sueños, él era apenas un número en el elenco de empleados de una empresa de seguridad que deseaba regresar a su casa y regalar a su familia un triunfo; y sin embargo todo se derrumbó en un instante como si de un frágil castillo de naipes se tratara, regresó al hogar, sí, pero volvió horriblemente mutilado, y excepto su humilde presencia, ningún otro presente podía ofrecer a sus seres queridos. Sus padres se veían obligados a vestirlo, alimentarlo, incluso llevarlo al cuarto de baño, y si bien dentro de la casa conseguía él desenvolverse, con grandes esfuerzos y una enorme dosis de paciencia, apenas cruzaba el umbral de la vivienda debían acompañarle como al ser indefenso, débil e incapaz de valerse por sí mismo en el cual se había convertido.

Era tan amplio el manto de su desgracia que no podía ni llorar, sus lagrimales destrozados por el explosivo, nunca fabricarían lágrimas, sus párpados sellados para siempre, jamás se abrirían, imposibilitando así la salida de las diminutas perlas saladas.

Sonaron tañidos de bronce lejanos, procedentes del campanario del pueblo, que él muchacho apenas percibió, aún así, concentró el veinticinco por ciento de la capacidad auditiva que le quedaba, y pudo contarlos mentalmente, después del último, una mueca, la cual lo mismo podía tratarse de una sonrisa como de un suspiro, se dibujó en su rostro, luego, unas palabras apenas susurradas escaparon de sus labios.

_ Las doce de la mañana, ha llegado el momento.

El plan estaba perfectamente diseñado, a esa hora, sus padres se encontraban trabajando en el campo, tardarían al menos dos horas en regresar; además, era jueves, día estipulado para la visita semanal a su domicilio del asistente social de la Seguridad Social, cuya estricta puntualidad permitía vaticinar, e incluso asegurar, su presencia en la casa a las doce y treinta y cinco minutos, ni un segundo antes, ni un minuto después. El joven, con todas las dificultades inherentes a su estado físico, invertiría veinte minutos en ejecutar su proyecto, contaba pues con diez minutos más de margen de error.

Se levantó de la mecedora con decisión pero sin movimientos violentos, la manta que abrigaba sus piernas cayó junto a sus zapatos, procuró esquivarla elevando en exceso el pie y dando una zancada larga, luego comenzó a contar en voz alta y clara los pasos que le separaban de su actual ubicación en el porche de la casa, hasta la puerta de entrada a la vivienda.

_ Uno, dos, tres...-, a cada dígito voceado al viento daba un paso, ni demasiado corto, ni excesivamente largo, tan sólo un paso-,... diez, once, doce, y doce más uno.

Ni siquiera en aquellas circunstancias fue capaz de olvidarse de su estólida superstición con el número innombrable que seguía al doce. Giró con suavidad hacía la izquierda y entró en la casa, el recibidor medía cuatro metros aproximadamente, por tanto, cinco pasos le separaban del primer peldaño de la escalera.

_ Uno...-, el eco ascendió despacio por el hueco de las mesillas de la escalera, y así su voz le precedió en el ascenso-,... cuatro y cinco.

Respiró hondo y comenzó a subir, seis tramos de ocho peldaños con cinco descansillos le separaban de la tercera planta de la construcción, altura en la cual se encontraba su habitación.

_ Una, dos, tres...-, al final de cada trecho tanteaba con su pie izquierdo hasta rozar el primer escalón del siguiente tramo; siempre iniciaba la subida con el mismo pie, el izquierdo, el más próximo a la barandilla, y sin dejar de rozar con su cadera en el pasamanos en ningún instante-, ... izquierda, diecisiete; derecha, dieciocho; izquierda, diecinueve; derecha, veinte...-, estaba ya llegando al final y sólo debían haber transcurrido cinco minutos, seis a lo sumo-, ... cuarenta y seis, cuarenta y siete, y cuarenta y ocho.

Ahora sí, la mueca de su rostro había sido un suspiro, una expresión de alivio, como cuando alguien termina una tarea delicada de forma satisfactoria. Giró de nuevo a la siniestra, siete pasos le separaban de la puerta de su cuarto.

_ Vamos, no te duermas en los laureles-, se animó a sí mismo antes de comenzar de nuevo a caminar y a contar-, uno, dos... seis y siete.

Viró ahora a la diestra, apoyó el tacón de su zapato en el suelo y la punta en la puerta de su alcoba y con un suave movimiento del pie la empujó con delicadeza para evitar que golpeara contra la pared y volviera a cerrarse. Conocía de memoria, como cualquier invidente, la distribución de los muebles de su habitación, pero en realidad tan sólo uno de ellos le interesaba, el más modesto, el más discreto, el menos útil en una alcoba, la silla. Cuatro pasos en diagonal hacía su derecha le llevarían hasta ella, además, al tercero, su pierna diestra debía rozar el cobertor de su cama.

_ Uno, dos, tres-, en efecto, percibió la pata del catre junto a su tobillo y exhalando otro suspiro, completó la cuenta- y cuatro.

Había llegado el momento delicado, el instante que más habilidad requería, se trataba de arrastrar la silla a través de la habitación, hasta la ventana, y hacerlo sin que ni el mueble remolcado, ni él mismo, perdieran el equilibrio y cayeran al suelo. Trabó una de las patas de la silla con el empeine de su pie diestro y se desplazó lateralmente.

_ Uno-, desplazó su pie izquierdo y arrastró la silla con el derecho atrayéndola hasta su cuerpo con cuidado-, dos-, avanzar y arrastrar, avanzar y arrastrar-, cinco... y seis.

Si sus cálculos eran correctos y sus movimientos habían sido precisos, el mueble se interpondría en este momento entre la ventana de su habitación y su propio cuerpo. Una cosa era cierta, había actuado con rapidez, por lo tanto era posible efectuar una comprobación. Rodeó la silla por un lateral desplazándose con extrema precaución y acercó su mejilla hacia la pared, muy pronto su piel percibió el tacto frío y húmedo del cristal, el rictus de su rostro tornó la mueca incierta de nuevo en suspiro, los cálculos fueron exactos. Efectuada la comprobación volvió a rodear la silla en sentido inverso, desandando el breve camino recorrido para, de nuevo, dejarla situada entre la ventana y él, respiró profundamente llenando de aire sus pulmones, exhaló despacio relajando sus músculos y adujo:

_ Comencemos la función.

Dio un paso adelante tropezando con la silla como si ya no recordara su presencia allí y ésta cayó al suelo con estrépito. El muchacho, sin inmutarse por el ruido ni por lo que parecía un accidente, la rodeó una vez más y esquivándola regresó junto a la ventana. En esta ocasión no acercó el rostro al cristal, sino la espalda, y el vidrio mojado trasladó todo su frío al cuerpo del joven muchacho.

_ Bueno, ya está-, afirmó en voz alta-. Espero que este trance tan penoso como inevitable sea lo más digno posible.

Con un movimiento brusco de balanceo del cuerpo, se inclinó hacia delante para acto seguido, sin pausa, sin titubeos y con un gran ímpetu, lanzarse hacia atrás con toda su fuerza.

El cristal, tal y como estaba previsto, cedió ante la embestida y se rompió en mil pedazos, su cuerpo mutilado y desequilibrado quedó suspendido en el aire durante un breve instante antes de empezar a descender a gran velocidad; apenas tres segundos duró la caída, y, no obstante muchas ideas pasaron por su mente en ese fugaz espacio de tiempo:

Todo el mundo, pero sobre todo sus padres, creerían que su muerte fue provocada por un accidente doméstico, pensarían que tropezó con la silla y así les evitaría el disgusto del suicidio; el asistente social llegaría a la puerta de su casa en diez minutos, precisamente él sería quien encontraría su cuerpo sin vida y así ahorraría a su familia el sufrimiento de presenciar el espectáculo de su cuerpo esparrancado en el suelo. Sus padres sufrirían por su fallecimiento, eso era inevitable, llorarían por su ausencia, sin embargo también les ahorraría el padecimiento diario y más cruel de su presencia casi vegetal, les evitaría la obligación de despejar la incógnita en la ecuación del destino, aquella que su padre llevaba tiempo planteándose en secreto durante sus noches de insomnio, ¿quién se hará cargo de mi hijo cuando nosotros faltemos de este mundo? Problema solucionado, cuando ellos faltaran él ya habría muerto, sí, él moriría por fin, dejaría de sufrir y de provocar sufrimiento, y su muerte habría sido tan sólo postergada, pues en realidad debió haber perecido el año pasado, el nefasto día en que la carta bomba estalló entre sus manos.

Durante la caída, la mueca de sus labios era un suspiro de alivio, o quizá una sonrisa satisfecha de quien envuelve un regalo justo antes de entregarlo al ser amado...

Sin embargo, de repente cambió y surgió la sombra oscura de una duda, una terrible duda...

¿Moriría? ¿Habría altura suficiente para fallecer por causa de la caída? ¿Sobreviviría? ¿Quedaría postrado en el lecho o en una silla de ruedas, pero vivo, añadiendo todavía más dolor a sus días, mayor aflicción a su afligida familia?

_ Noooooo.

El grito nacido de su garganta fue horrible, nadie lo escuchó, pero si alguien lo hubiera oído hubiese creído que fue provocado por el miedo inminente a la muerte cercana, y en realidad no era más que pánico a la improbable y lejana posibilidad de la vida, a la ínfima eventualidad de una macabra broma del destino.

¿Sobreviviría? ¿Sería posible que una persona acaparase tanta mala suerte en sus espaldas?

Estaba ciego y por tanto no pudo ver la proximidad del suelo acercándose a velocidad de vértigo, escuchó un golpe seco y hórrido que se le antojó lejano, y sintió un intenso dolor naciendo en su cadera y extendiéndose lento y cruel por todo su cuerpo.

No tenía ojos y por tanto no pudo ver como unas gotas de su sangre salpicaban la manta, esa misma manta que el asistente social debería utilizar para tapar su cuerpo inerte, esa misma manta que momentos antes había cubierto sus piernas, esas mismas piernas que ahora intentaba mover sin conseguirlo.

La sensación no le era en absoluto desconocida; no se oía ya el viento, no soplaba el cierzo desde el Moncayo, todo era silencio y oscuridad. Ya no hacía frío, percibían sus labios el sabor amargo de la sangre y el agridulce de la muerte, todo era miedo, oscuridad y silencio, la profecía del silencio.

Y entre tanto él se dormía soñando que se moría.