
A veces tengo miedo, sí, cada vez más, de presentar un libro. No es por la responsabilidad de qué pensarán los lectores de mi nueva obra o por si tendrá mayor o menor aceptación; no, es por los desastres que causa, por los daños colaterales.
El día de la presentación seis familiares, amigos, compañeros y conocidos se pusieron repentinamente enfermos. Cinco tuvieron compromisos ineludibles de índole laboral a última hora, entre ellos mi jefe, que tuvo una reunión nacional de comerciales. Yo pensaba que él marcaba el calendario de los comerciales pero debe ser que no. Cuatro tuvieron que quedarse con hijos, sobrinos o similar, (nunca se niega la entrada de niños a mis presentaciones, al contrario, mis hijos van a ellas). Tres no se atrevieron a venir en soledad, les daba vergüenza, traté de unir a estas personas y que vinieran juntas pero como no se conocían entre ellas desestimaron la idea; otros dos tuvieron que resolver inconvenientes de las comuniones de sus hijos (a estos los compadezco, yo también me-ando en esas lides, aunque lo dejé para otro día), otros dos estaban inmersos en compras y asuntos ineludibles de la casa y todo ello por no mencionar a los muchos que se les olvidó o que abrieron el correo tarde.
Lo he dicho muchas veces pero como las palabras se las lleva el viento lo voy a dejar escrito a ver si así se comprende mejor. No es necesario poner excusas (algunas eran verdad, lo sé, pero no todas). Asistir a una presentación de un libro es voluntario, nadie tiene obligación (esto sobre todo para aquellos que pronto me llamarán a sus propias presentaciones), pero sobre todo es obligatorio no comunicar la excusa de turno cuando ya está empezada la presentación.
Mi móvil no dejaba de vibrar en el bolsillo, el temblor que algunos percibisteis no era frío, la temperatura del salón era perfecta; tampoco eran nervios, llevo ya muchas presentaciones como para ponerme nervioso a estas alturas; eran excusas innecesarias y a destiempo.
Sé que la presentación de un libro despierta poco interés, voy a muchas y lo veo. Sé que las mías son menos interesantes que cualquier otra, excepto en esta, que gracias a las dos personas que estuvieron en la mesa conmigo y al coloquio que se mantuvo con el público asistente, (nunca por mi aportación evidentemente), fue muy interesante, amena e instructiva.
Sé que casi todos vosotros queridos ausentes de última hora, compraréis el libro, sé que muchos de vosotros incluso lo leeréis, pero asistir a la presentación es un complemento, una aportación que ayuda a la lectura, a la comprensión de muchas ideas y a saber el porqué de muchas de las frases escritas. El jueves 7 desvelé algún secreto de mi anterior libro “La profecía del silencio” que por culpa de una enfermedad repentina, un exceso de trabajo inoportuno o un sobrino recién llegado ya no conoceréis si no lo habéis adivinado en su lectura.
Me quedo con los detalles: el de mi presentadora y gran amiga Paloma Sanz que canceló un viaje de trabajo por estar presente; con Yolanda Iscar también presentadora, también amiga que dejó a los peques al cuidado de su esposo para poder estar; con mis amigos Reyes y Javier que teniendo la posibilidad de verme en otra presentación más cercana a su casa o en las cañas del domingo, vinieron en dos coches diferentes desde dos sitios diferentes, tras dos jornadas largas de trabajo y disfrutando de un maravilloso atasco. Agradecido a mi compañero José Luis, enfermo de verdad, que casi cojeando vino, despacio pero vino; a mis amigos Manolo y Laura que me dieron la sorpresa y la grata alegría en forma del regalo de su presencia; a mi amigo y compañero Boris que también sé que hizo un esfuerzo por estar allí; a mis compañeras y no obstante amigas María y Tere que llegaron las primeras; a Rosa la de “La taberna del Renco” que además vino con “Álvaro”; a Conchi, Juan, Juan Alberto y Patricia que nunca me abandonan; y especialmente a Luisa que teniendo los libros en su librería y sabiendo que yo iré a presentarlo allí, a su casa, se chupó hora y media del magnífico transporte público de Gallardón para estar allí con nosotros. Sé que no he citado a algunos pero no os olvido. Gracias a quienes no vinieron y no hicieron temblar mi chaqueta inútilmente, ésos seguro que tienen una buena coartada.
Y finalmente gracias a todos, presentes y ausentes, gracias porque con vuestra presencia o vuestra ausencia me ayudáis a ver con más claridad las circunstancias que me rodean y me ayudáis a tomar decisiones que por mí sólo quizá no fuera capaz de tomar. Sólo os ruego que si hay una próxima vez, recordéis que no es necesaria la excusa de última hora, seguiremos siendo igual de amigos, igual de compañeros, igual de familiares o exactamente igual de desconocidos, asistir a la presentación de mis libros es un acto voluntario.